UNA HISTORIA AUTÉNTICA. El primer clon. Cap.1. La Corporación.

EL PRIMER CLON
AUTOR: MARCOS MANUEL SÁNCHEZ

–Veo Luz. Distingo sombras y… formas –sintió la presión sobre las sienes–. ¿Qué
tengo sobre mi cabeza?
Mientras hacía estas consideraciones, el equipo de especialistas se arracimaba
ante los ventanales de la sala del despertar.
Comenzaba a percibir el entorno.
Aquellas caras representaban los primeros seres humanos que contemplaban
sus ojos tras ese… letargo. Guardaba la sensación de haber vagado a través de un
espacio oscuro y sin fin, durante un interminable lapso de tiempo.
Lo cierto es que habían transcurrido catorce meses desde el instante en
que las imágenes del mundo exterior impresionaron por primera vez su retina.
Pero en aquel entonces no había sido capaz de discernir lo que ocurría.
No había entendido los sonidos que procedentes de distintas gargantas pugnaban
por transformarse en vocablos inteligibles, descifrables por algún rincón de su
cerebro.

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Jano, el dios de las puertas, los comienzos, las transiciones y los finales.

Ahora era distinto. Podía identificar las voces, sus inflexiones, el tono… y
asociarlas con los que le contemplaban a través del cristal. Sí, allí estaban todos.
Mary Ann Keller, menuda y bella, con su larga cabellera color azabache; Mark
Cóndom, el genetista, el cerebro creador; Lucía Galera, con su expresión risueña…
y aquella habitación tan apartada del mundo exterior, impregnada de ese olor a
almizcle dulzón y penetrante.

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Hasta ese instante no había tenido oportunidad de percibir sensaciones
auténticas pues nunca había llegado a estar del todo despierto. Las sesiones de
percepción que llevaba a cabo el equipo del doctor Cóndom le mantenían en un
estado de semi-inconsciencia, de modo que sus sentidos captaban la información
transmitida a través de medios artificiales. Grabaciones, cambios de temperatura,
humedad, tacto de superficies… Cóndom había desarrollado una técnica espectacular mediante la cual enriquecían su cerebro con conocimientos y recuerdos;
con los más diversos sentimientos, amor, odio, ternura y experiencias vitales, tal
como si las hubiese captado del mundo real.
Señales electromagnéticas de baja frecuencia atravesaban un microprocesador
que las traducía en imágenes, sonidos y palabras, estimulando a la vez
el resto de los sentidos.

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–«Así son los colores, los objetos… las voces» –pensaba él, adormecido
aún. Regresaba al mundo tras una larga ausencia, entre las brumas de un sueño
que poco a poco se disipaban para mostrar ante sus ojos aquello que antes sólo
tomaba forma en el interior de su mente, visto a distancia. Se sentía observador,
pero no protagonista; albergaba sentimientos que ahora provenían de sí mismo
y no de los impulsos de una máquina.
–«Me siento vivo por primera vez desde hace… tanto».
Ese aroma a almizcle… Recordaba perfectamente los olores con los que
artificialmente estimulaban su cerebro cada vez que era despertado a medias para
su entrenamiento. En aquellas sesiones preparaban tanto su mente como su cuerpo,
al que ejercitaban mediante un dispositivo mecánico. Ahora, sin embargo, se
enfrentaba por su propia voluntad a la idea de moverse, de ordenar a sus miembros
que cumplieran las funciones para las que habían sido desarrollados.
Tuvo el impulso de sentarse en la camilla pero notó un entumecimiento
que se extendía por todo su cuerpo.

Lavandula

La inventiva del doctor Cóndom había proporcionado los medios para hacer realidad
el deseo de alguien que dos años antes había acudido a él solicitando ayuda.
Alguien que obraba empujado por una firme voluntad. Desde el momento en que el
doctor conoció a Hache Solo supo que ningún obstáculo le haría retroceder: aquel
hombre quería cambiar. Cambiar sin renunciar a seguir siendo él mismo, alguien
a quien el entorno no le resultaba amigable. El doctor escuchó los motivos que
Hache expuso en su primera entrevista en el hotel, percibiendo en sus palabras el
mensaje de una persona segura de lo que quería para su futuro, pero que debía
resolver el conflicto con su presente. Deseaba proporcionar a su mujer Claudia
y a su hijo Natham una vida mejor y para ello no dudaría en llevar a la práctica
el plan que se había perfilado en su mente. Al doctor Cóndom no le cabía duda
de que ese hombre haría lo que fuera para ver realizado su sueño.

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11
1 – LA CORPORACIÓN
Hache Solo entró como un ciclón en la oficina de inversiones y proyectos. Bajo
un brazo llevaba una carpeta atestada de documentos. Con el otro sostenía su
maletín de ejecutivo.
–No puedo llegar tarde a ésa reunión –decía para sí. No ahora, cuando
tengo el negocio al alcance de mi mano.
Había dejado olvidadas las llaves del coche en el interior del cajón de su
escritorio. Al inclinarse sobre la mesa para depositar la carpeta se topó con una
nota escrita con letra menuda y destartalada. Hache leyó: –Asunto Bahía Resort.
Verme. M.R.

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–Lo que faltaba. Marcelo Rótula incordiando justo ahora. Supongo
que por fin ha leído mi informe sobre el maldito complejo hotelero… ¿Qué
querrá?
La forma de dar el aviso lo sacaba de sus casillas –«Esa coletilla… verme.
Te veré en el infierno» –solía decirse cada vez que leía una de esas notas.
Dejó el maletín en el suelo y se dirigió apresuradamente hacia el despacho
de su jefe. Encontró la puerta abierta.
–Buenos días señor Rótula.
Una figura obesa agachada bajo la mesa oval de madera intentaba agarrar
lo que parecía un lápiz caído sobre la espesa moqueta gris. La figura levantó
la cabeza revelando un rostro inflado y carnoso, cuya papada abundante bailó
trémula al comenzar a hablar.

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–Hola Hache ¿Cómo estás? –saludó. El tono de su voz denotaba algo parecido
a una ira contenida como si estuviera lleno de aire a presión y no existiese
hueco alguno por donde aliviarse.
No se debía a nada especial, era su forma de ser.
–He visto su nota sobre mi mesa –comenzó a decir Hache.
–Sí. Siéntate, tenemos que hablar.

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El primer clon / Marcos Manuel Sánchez
Aquello significaba por desgracia que tendrían para rato. Hache empezó
a acusar el estrés.
–«Debo decirlo ahora o estaré perdido» –pensó
–Señor Rótula, tengo una cita urgente y voy con retraso.
– ¿No será para ver a esos patanes de Red de Ferrocarriles? Si hay algo que
no soporto es que me mareen yendo de un lado a…
–Se trata de Copersa. Voy a cerrar el trato –atajó.
Marcelo Rótula esgrimió una media sonrisa:
–No me gusta que utilices tu tiempo en esas cuentas de poca monta
–dijo sin ocultar un cierto desprecio–. Sólo dan quebraderos de cabeza y rentas
raquíticas.

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Hache permaneció durante un par de segundos con la boca abierta.
–Ya le indiqué en su momento que podemos sacar mucho más a esta
cuenta, señor Rótula – repuso cuando encontró la voz–. No es que sea poca cosa.
Es que nuestro negocio con ellos es insignificante ahora. Ni la centésima parte
de su volumen de compras…
–Más te vale que consigas algo. No es la primera vez que te oigo hablar de
mejorar la cartera, pero esta no crece.
–«Hipócrita» –se decía Hache–. «Sabes perfectamente que a priori no
simpatizas con nada de lo que te propongo. Lo que más me duele es que no
consigo saber por qué».

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–A las cuatro de esta tarde volveré a estar disponible –recordó Rótula–.
Hablaremos del complejo hotelero.
Hache hizo un gesto de asentimiento y atravesó el umbral de la puerta
con la cara contraída.
Su cabeza bullía. Red de Ferrocarriles, Copersa, rentabilidades, beneficios…
Explotación. Eso se les daba bien. Exprimirle a uno hasta dejarlo como
una vaina hueca.
–«Creo adivinar lo de Bahía Resort. Hoteles de lujo, vaya timo –pensaba–.
Se habrán quedado sin un céntimo de la subvención local y ahora vendrán a
pedirnos pasta. Espero despejar la incógnita esta tarde».

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La Corporación, un monstruo de tantas cabezas como operaciones financieras
desarrollaba por todo el mundo. Su inmensa maquinaria funcionaba incesante
en un sinfín de mercados: renta fija y variable, biotecnología, inmobiliarias, ingeniería civil, extracción de minerales… Tan pronto participaba en la construcción
de una presa en Tailandia como insuflaba capital a una empresa farmacéutica o
constituía una sociedad para la explotación de un parque temático.
Creaban sociedades, las fusionaban, disolvían, vendían o bien compraban
negocios ruinosos para subir artificialmente su valor de mercado y venderlos en
el momento justo.

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La Corporación, así la conocían todos; un formidable conjunto de mecanismos
interdependientes, de los que los ejecutivos formaban parte como minúsculos
engranajes, condicionados a una pléyade de superiores que organizaban
sus deberes y obligaciones de forma sistemática, acotando cualquier iniciativa o
inquietud de cambio del individuo.
Quedaba poco margen para la promoción. Unos pocos elegidos encontraban
el camino en virtud de una fortuita combinación de mano izquierda, habilidades
sociales, política de despacho y suerte para caer bien, entre otras.
Los no favorecidos por ese toque mágico, pasaban sus días trabajando
maquinalmente, como las ruedecillas del sistema de engranajes.

evangelistas

Como resultado de su descomunal tamaño, la macro estructura se hallaba
cuajada de ruedas enormes en comparación, de Ruedazas y de Soles-Rueda,
capaces de iluminar con su esplendor de altísimos ejecutivos de éxito los confines
de la gran empresa. Una corporación estructurada en multitud de niveles y
sub-niveles como resmas de papel, que iban siendo alcanzados según el éxito del
individuo, de su perfección como un elemento del sistema que ha sabido aprovechar
oportunidades. Así, unos pocos escogidos experimentaban una metamorfosis
desde entidades microscópicas a algo cada vez mayor, creciente hasta alcanzar
un tamaño soberbio en algunos casos, monumental en otros.
No era el caso de Solo.

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Este vivía en el tiempo en que se acababa de aprobar en algunos países
la clonación de embriones humanos con fines terapéuticos. Por primera vez se
permitía la duplicación del material genético para uso médico e investigación
científica. Los manifiestos antiabortistas daban muestra de sus inquietudes:
–»Una vez que se abra la puerta a la clonación de embriones humanos
se habrán establecido las condiciones necesarias para la creación de auténticos
bebes clonados. Un atentado contra la ética».
Los parlamentarios habían dado el visto bueno a la reforma de la Ley de
Fertilización, la cual permitía utilizar embriones humanos sólo en investigaciones (continuará)…

 

Esta historia está dedicada:

A todo aquel que sabe mirar a través de la superficie.
A los que valoran la belleza que guarda un corazón.
A los que permanecen ciegos ante fachadas deslumbrantes.
A los que resisten el arrastre de las corrientes.
A los que pueden sumergirse en el océano de un libro
y olvidarse del tiempo.
A quienes aún no se han dejado conquistar por lo evidente,
la murmuración o la crítica sin fundamento.
A los que aún no han sucumbido ante la falsedad,
al menos ante alguno de sus formatos.
A los que intentan conservar un criterio objetivo.
A los que saben escuchar.
A los que son capaces de conceder un minuto seguido de atención.
A los que admiten el diálogo.
A los que descubren cada día algo nuevo que hacer
sin gastar nada más que tiempo.
A los que desconocen marcas y modismos
y causan sorpresa con su ignorancia.
A los que hablan con cuidado de no hacer daño.
A los que dicen un «te quiero» recién salido del alma.

 

Y a todo aquel/aquella con un mínimo de sentido autocrítico.

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