El primer clon. Cap.3. Embriones.

(Ver capítulo anterior).  Para algunos elegidos, salir con bien del
fango suponía mejorar el palmito y cada vez se hallaban más cerca de la ansiada
promoción.

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A otros no se les medía con el mismo rasero y no quedaban tan bien parados.
En gran medida, dependía de simpatías personales. En medida complementaria,
del instinto de un buen trepador de espaldas más altas.
En la Corporación, nada se dejaba al azar. Los problemas normalmente
ya vienen solos, pero allí además se multiplicaban. Debido a la intrincada organización
de aquel emporio financiero, la maraña de procedimientos y laberintos
burocráticos dificultaba sobremanera la labor.

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–En efecto. El controller Sergio Adamez es la persona adecuada para darte
esa información –exclamaba alguien ante la pregunta de un incauto. Este se daba
de bruces contra Adamez:
– ¿Por qué me preguntas a mí? –inquiría el directivo con acritud–. No es
mi responsabilidad. Habla con el jefe de sistemas…
El interfecto rebotaba una y otra vez entre personas que no le servían de
ayuda, como la bola en una máquina tragaperras. Para cuando hallaba al fin al
interesado, había acumulado el cabreo y la confusión necesarios para terminar
perdiendo la noción de lo que estaba buscando.
–«A la mierda con esta gentuza» –pensaba Solo, mientras contemplaba
los reflejos del sol a través de la gran ventana.

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Es el momento en que, enfrentado al abismo, Hache siente una iluminación.
Una idea se abre paso desde lo más profundo de su mente y le hace
murmurar:
–Acabaré con esto.
Reflexionaba sobre sus limitaciones dentro de ese mundo de manipuladores
que le maniataba, cuando pensó en algo que ahora se le antojaba lejano, pero
que su intuición le animaba a considerar muy en serio–. «Con todo lo que se ha
investigado sobre clonación de animales y aún no se ha hecho con seres humanos.
Que si conflictos éticos, que si los riesgos; pero ese doctor americano…»
Tras varios días de dar vueltas a la idea, consultando artículos de la prensa
especializada y leyendo todo lo que caía en sus manos desde que en 1997 se lograra
clonar a la oveja Dolly, el impulso subconsciente de recurrir a un maestro de la
Genética que le replicase, que creara un Hache nuevo con nuevas oportunidades
para prosperar, volvió a aparecer; esta vez con mayor intensidad…

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Mirador de Valcabado

Así, después de varios años de vicisitudes y complicaciones, atrapado en la
telaraña corporativa, Hache decide acudir a la mano experta del genetista Mark
Cóndom.

Este era doctor en Inmunología y Virología por la Universidad de Princeton,
con una sucesión de cátedras en su palmito como la de Bioquímica de la Universidad
de Maryland y autor de multitud de publicaciones de las que «Desarrollo de la
Teoría del Clon Activo» había llamado particularmente la atención de Hache. Se
trataba de una sólida colección de pruebas que aportaban justo lo que necesitaba
para renacer transformado en alguien que, mejorando genéticamente el original,
lograse alcanzar el objetivo que le obsesionaba. El clon estaría allí, en su lugar de
trabajo, desempeñando sus funciones… pero de otra manera.

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Hache no había llegado a conocer la existencia del comercio clandestino
de embriones clónicos. Los destinatarios del mismo los adquirían para muy diversos
fines. Centros hospitalarios, clínicas o Institutos de la Salud los utilizaban
para investigación, obtención de células para transplantes o sustitución de tejidos
dañados por enfermedades degenerativas como el Alzheimer o la esclerosis
múltiple. Los traficantes trataban de eludir las severas leyes vigentes en cada país
que establecían limitaciones sobre el número y aplicación de los embriones,
alimentando las crecientes necesidades de los mismos por parte de los centros
sanitarios que cada vez debían atender una mayor demanda. Lo que pretendían
impedir las naciones era la proliferación excesiva de embriones humanos, lo cual
escaparía a su control y posibilitaría que fuesen utilizados indiscriminadamente
para obtener clones.

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Aunque las aplicaciones terapéuticas abrían el camino hacia un futuro
inmediato muy prometedor para la Medicina, el terreno estaba suficientemente
abonado para que los visionarios de un mundo servido por indivíduos hechos
a medida pusieran su empeño en producir clones en serie. El mismo Eric Van
Möeller se daba un plazo inferior a dos años para estar a la cabeza de ese tráfico
embrionario.
Pero nadie había llegado a clonar un ser humano.
Hache no titubeó un sólo instante cuando el nombre de Mark Cóndom
resplandeció en su mente. «Desarrollo de la Teoría del Clon Activo» se convirtió
en su libro de cabecera.
Tres meses más tarde se encontraba en la oficina, entregado a su paranoia
mientras miraba la pantalla del ordenador:
«Necesito un clon». La idea adquiría cada vez mayor consistencia, pues
acababa de tener la última desgraciada experiencia que hizo desbordar el vaso
de su inconformismo.

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Su superior Marcelo Rótula bramaba y bufaba, gesticulaba con las manos contraídas
como garras. No era crispación. Era un torrente de hiel que circulaba por
sus venas y le bombeaba andanadas de odio que dirigía al infeliz a través de unos
ojos abombados por la ira (el globo ocular parecía inflarse por momentos) con
una intensidad tal que al desgraciado le pareció apreciar que un velo flameante
cubría las pupilas del basilisco.
Aquel huracán, más que articular palabras las profería. Hacía gorjear en su
garganta sonidos sin timbre, en una emisión áfona ininteligible pero devastadora
para la psique de cualquier persona equilibrada. Hache ya estaba habituado a
las furias de su supervisor. En ocasiones, sorprendido por esos desmanes había
acusado los golpes y había sentido, como un cáncer que se extendiera a toda
velocidad en una metástasis desbocada, que su seguridad en sí mismo se desvanecía
en el espacio infinito.

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El Camino de las Estrellas, es el “Mapa escrito en cielo” que guia a los peregrinos en la noche de manera infalible, hacia el “Finis Terrae”.

Hache jamás pudo entender de qué manera había alcanzado Marcelo Rótula
aquel estado de enajenación: – ¿Será por el informe trimestral de beneficios?
–se preguntaba con estupor. Debido al informe, los de la central de Sydney
habían recriminado al directivo al no haber llegado este a alcanzar el objetivo
previsto. ¡Lástima! Se trataba de la única filial en toda Europa que se
mantenía por debajo. Hache no era más que el mensajero de las cifras, sin
embargo Rótula lo retuvo como providencial rehén para descargar sobre él
su impotencia y el miedo a las consecuencias que acarrearía semejante bajón
en la rentabilidad.

Stefan Morrell - The Inevitable
Al principio, Hache no podía dar crédito a los cambios de humor de Rótula.
Algo accionaba repentinamente un resorte en el interior de su superior, quien
demostraba ser perfectamente capaz de pasar de la afabilidad a la rabia, del
tono contemporizador en una conversación tranquila a la agresión psico-activa
mediante un proceso que duraba unos pocos segundos.
«Extraordinario ejemplar de saurio carnívoro, muy útil para la Corporación
», se decía Solo.
Los compañeros lo comentaban durante las ausencias de Don Marcelo,
aunque la cautela dominaba las palabras de los contertulios:
–Parece un tanto amargado ¿no? Puede que tenga problemas familiares
–indicaba Antúnez, responsable del informe Roscow–. No quisiera estar en su
presencia en uno de esos ataques…. toco madera –se llevó una mano a la cabeza–.

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He llegado a la conclusión de que es mejor trabajar para él como una máquina
sin hacerle mucho caso. Creo que así evito provocarle.
Antúnez desconocía que el informe Roscow le acarrearía consecuencias
fatales merced a aquella conversación entre grandes jefes al borde de la piscina
de termo-burbujas.
–Pues yo no me llevo mal con él –explicó Marian, la estilizada analista de
balances–. Hasta ahora no le he visto enfurecerse.
Los presentes intercambiaron miradas reveladoras de conocerse bien el
percal. Lucía, una analista contratada recientemente, decidió intervenir.
–No veo por qué os preocupáis por unas palabras dichas un poco fuera
de tono –comentó tímidamente–. A mí me parece un tío normal y no le he visto
cabreado más que un par de veces. Debe tener muchas presiones ¿no?
–Lucía… –Hache la miró el tiempo justo para pronunciar su nombre.
Después volvió la cabeza hacia el resto de compañeros:
– ¿Cuánto tiempo llevas en la Corporación?
–Unos… cuatro, no, cinco meses. Eso es, cinco…

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Es obvio que aquella maquinaria no podría transmitir la mentalidad, el espíritu
necesario, la actitud más conveniente entre sus empleados, si no existiera un
medio común a través del cual circularan esos intangibles. No se trataba de un
medio material, pues las recompensas económicas fuera del salario estaban excluidas
en la Corporación. Ninguno de los elementos engranados en la maquinaria
conocía incentivo material alguno.
Según el esquema existía un vehículo etéreo, un medio intangible
de transmisión de la fidelidad a los principios corporativos. Una forma de
conseguir objetivos segura e inmutable en el tiempo: el miedo; ese recurso
que no por ser explotado de manera recurrente resultaba menos eficaz. Era
la herramienta ideal, el inagotable generador del movimiento perpetuo de los
engranajes, la razón de ser en la gestión del ejecutivo, tanto para los más bajos
como para los otros. Todos lo experimentaban. Todos menos los ruedecillas
lo ejercían.

Galwar Bagh - Monkey tempel in Jaipur.
Una frase determinada podía sugerir un significado corriente para alguien
ajeno a la Corporación. Sin embargo, un empleado bien entrenado sabía muy
bien cómo identificar amenazas veladas para otros o instrucciones incompletas
de allá te las compongas para hacer esto o lo otro.

Eso sí, se hiciese lo que se hiciese nunca era lo más acertado. El engranaje
superior siempre disponía de algún dardo en la recámara.
Como ocurrió aquel primer Domingo de Pascua.
Hache disfrutaba de la festividad con su mujer en casa de los padres de
esta. Sonreían mientras veían corretear a su hijo Natham por la amplia pradera
cuajada de flores. La casa de campo de La Puebla rebosaba esplendor primaveral.
Cada vez que acudían allí, Eugenia y Segismundo les recibían encantados
deseando disfrutar de su nieto.
Resultaba curioso contemplar a aquel señor mal encarado, funcionario de
la Diputación de La Puebla, que hacía payasadas a Natham y se prestaba a todo
lo que el pequeño demandaba.

Halloween
Hombre conservador hasta la médula, era un fiel seguidor de principios
inmutables: el colegio religioso para los hijos, las vacaciones en el chalet de San
Juan en Alicante, la partidita de mus en el Casino los Viernes a las cuatro y el fin
de semana en el campo, donde cultivaba un pequeño huerto al pie del monte,
rodeado de olivos y zarzas.
Su forma de ser contrastaba con la de su esposa Maria Eugenia, mujer
campechana criada entre vides e higueras, pero a quien su condición de heredera
de un bodeguero de la región había permitido transformarse en regente de un
negocio propio.
Aquel Domingo de Pascua acababan de dar buena cuenta de una
parrillada de chuletas del excelente cordero que se cría en aquella zona
de la Mancha. Con el talante alegre propiciado por el sabroso tinto local,
observaban cómo Natham se divertía persiguiendo un pequeño gato blanco.
En un último esfuerzo por alcanzarlo, el niño dio un salto tal que acabó
cayendo de bruces y rodando sobre el prado. El pequeño levantó la cabeza
con el ceño fruncido:
– ¡Vaya torta! –exclamó en su media lengua. Todos rompieron a reír.
Al segundo siguiente sonó el teléfono. Se miraron unos a otros y fue Claudia
quien acudió a la llamada. Se adentró en el interior de la cocina campera, de una
de cuyas paredes cubiertas de sartenes y cazos colgaba un teléfono.
Enseguida volvió a aparecer en el umbral de la puerta.

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–Cariño, es de la oficina –avisó mientras agitaba el teléfono con una mano
y hacía un gesto simpático con las cejas. Antes de que Hache cogiera el aparato,
susurró–. Es ese… Crápula, no, no… Rótula –se tapó la boca para aguantar la risa, acarició la cara de él con el dorso de la mano y salió de allí lanzándole un
beso con la punta de los dedos.
Claudia procuraba hacer causa común con Hache. Con su complicidad trataba
de apaciguar su ánimo, encendido por las contiendas libradas en la Corporación.
Ella se burlaba del sistema y provocaba que su marido participase de la chanza,
lo que resultaba ser un antídoto formidable para revitalizar su autoestima.
–Pero, señor Rótula, es un trabajo que me ha llevado semanas –la protesta
se podía escuchar desde el claro de hierba donde sus padres y Claudia jugueteaban
con el niño–. El análisis de costes es correcto.

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A través del auricular se oía el graznido de una voz metálica:
–No has tenido en cuenta los factores de riesgo que te comenté en la última
reunión ¿Cómo puedes dar por terminado un informe sin mencionar esas
variables fundamentales?
–Pero esos factores son evitables según la fórmula que explico en el estudio
que va a continuación. ¿Lo ha leído?
–Mira Hache, mi experiencia me permite ver de inmediato los errores con
sólo hojear un informe y te digo que el tuyo es una completa gilipollez.
No era cierto que Marcelo hubiera llegado a leer a fondo el estudio, pero
se permitía especular con observaciones malintencionadas, uno de los Principios
seguidos fielmente en la Corporación.
En ese momento, Hache sentía que cualquier cosa que dijese resultaría contraproducente.

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Entendió que lo mejor era dar por terminada la conversación y
despedirse con una expresión lo más escueta posible.
«No puedo creer que esto me este ocurriendo –se decía–. En mi casa y en
pleno fin de semana». Una mezcla de inquietud y hastío comenzó a irritarle.
–Bien, lo reharé todo Don Marcelo.
–Lo revisarás conmigo mañana –dijo Rótula, y cortó.
Claudia se apartó de Natham y los abuelos para ir al encuentro de Hache,
quien tras haber colgado el teléfono avanzaba lentamente con las manos en los
bolsillos.
– ¿Qué le pica a ese memo? Será algo urgente…
–Es increíble. Lo hace para machacarme, para evitar que me relaje.
– ¿Qué harás ahora?
–Recomponer el estúpido informe –contestó él mirándola a los ojos.

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– ¿Y tiene que darte la tabarra en un día festivo? ¿Es que ese desgraciado
no tiene familia? Me figuro que no tendrá otra cosa que hacer más que maquinar
retorcimientos en su cabecita de sapo.
–Le gusta mantener a la gente inmersa en el trabajo. Mi informe es conciso,
pero el muy cretino ha dejado de leerlo en cuanto ha creído detectar un fallo.
–Es que estas cosas hay que presentarlas según lo que ellos quieren ver
–dijo ella–. Olvídate de los números. Tienes que decorar el trabajo y entregarlo
bien envuelto en papel de regalo. Así ganarás su… confianza.
El sarcasmo de Claudia hizo sonreír a Hache.
–Sí, tendré que olvidarme de lo que me dicta la conciencia, del sentido
común y hasta de las matemáticas. Me falta percibir… lo conveniente –hizo un
gesto con las manos, entrecomillando el término.

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–No me veo capaz de aplicar uno por uno los Principios solemnes por los
que se rige el gigante financiero, pero ellos los cumplen a la perfección.
Los dos bajaban por la cuesta que llevaba por una estrecha senda hasta la franja
de chopos que poblaba las dos orillas del río. A su paso por allí, el Bullaque dejaba
escuchar el borboteo de sus aguas agitándose impulsadas por la corriente en apresurada
carrera hacia el valle, donde su discurrir se haría más tranquilo dando lugar
a las famosas tablas, tramos del río muy requeridos por los bañistas. Cogidos de la
mano alcanzaron la primera fila de chopos. Claudia se detuvo y tiró de él invitándole
a sentarse. Recostando la espalda sobre la corteza blanca del tronco preguntó:
– ¿Y cuáles son esos regios principios?
Hache sonrió y habló jugueteando con un tallo de hierba entre los labios.
–Espero que no te duermas con la perorata, pero se trata de algo que
aprendes al poco de entrar. Allá van:

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Primero. No mojarse jamás dando indicaciones concretas ni profundizar
en los análisis, pero sí exigirlo a los demás.
Segundo. Traspasar a otro u otros cualquier atisbo de problema, cuanto
mayor sea el número de elementos a los que impliques, tanto mejor.
Tercero. Favorecer el surgimiento de dudas antes que arrojar luz sobre
cualquier asunto que te sea consultado con intenciones de aclararlo.
Cuarto. Dar opiniones que parezcan bien fundadas, esgrimiendo los argumentos
con contundencia.

Claudia escuchaba sonriente asintiendo con la cabeza. Reconocía en aquellos
mensajes una suerte de principios universales aplicables a cualquier trabajo. No
se diferenciaba gran cosa de lo que estaba acostumbrada a vivir en la Facultad
de Biología
–Y vamos con el quinto. Este principio se aplicará en los momentos en
que todo parezca ir en contra y consiste en presentar una fachada que irradie
una seguridad en apariencia inquebrantable, aún cuando no se tenga la menor
idea de lo que se está hablando–. A Hache le asaltó la risa–.Es algo habitual entre
los trepadores.
–Y no olvidemos el sexto: En una reunión en presencia de engranajes más
altos es preceptivo intentar minar la aparente seguridad de otro de tu mismo
nivel, formulándole preguntas comprometedoras. Poco a poco empezará a tambalearse
su autoestima y terminará dando una imagen de inseguridad bastante
inconveniente ante los de mayor rango.

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En el séptimo encontramos una firme disposición de ánimo para
desorientar en lo posible a los de abajo o de igual nivel, dando instrucciones
en un sentido para que se tome un camino equivocado y, al pedir resultados,
asegurar que las instrucciones dadas fueron otras –Hache se incorporó para
recoger una de las piedras de formas redondeadas que tanto abundaban en la
ribera. La lanzó con fuerza sobre la corriente que discurría a pocos metros,
abriéndose paso impaciente por alcanzar los remansos del valle de la Torrecilla,
a dos kilómetros de allí.
–Ahora viene algo importante –continuó– y es no dejar rastro escrito de
instrucción comprometedora alguna. Aquello que no se ha escrito, sencillamente
nunca ha existido.
–Eso mismo sucede en la Facultad. Como nadie va a reconocer que ha
dicho algo en el pasado que pueda comprometerle en el presente, es suficiente
con negarlo.
–Como ves, lo que intentan todos es hacer bajar puntos a los demás en la
«Tabla de Méritos». Sabes que en toda empresa hay un baremo o escala, llámalo
como quieras, que compara y sopesa a unos y otros cualquiera que sea el lugar
de trabajo o la casilla que ocupe en el organigrama. Eso va con los tiempos y
se ha ido transmitiendo a lo largo de la historia desde la aparición del hombre
sobre la Tierra.
–Bien, este era el noveno principio inmutable ¿Y cual es el último?

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–Seguir estrictamente los contenidos de la Política de Recursos Humanos.
Quizá sea mejor decir «disgustos humanos» –Hache alzó las manos al cielo–.
¡La Gran Política! –exclamó de forma teatral–. En ella tienen cabida las claves
de funcionamiento del Mecanismo, los vericuetos por los que obligatoriamente
hay que adentrarse sin posibilidad de dar marcha atrás…
Una voz resonó en la distancia, procedente de la casa.
–Eh, pareja… ¿Estáis muy ocupados?–. La delgada silueta del padre de
Claudia se recortaba en el horizonte, en lo más alto del sendero – ¿Pensáis regresar
ahora o lo dejareis para otro día? –bromeó.
Hache saludó con la mano en alto.
–Ya vamos, no hay prisa…
Bien Claudia, has conocido los inviolables principios corporativos –bajó
la cabeza, pensativo–Una casa de locos…

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–Tómalo con filosofía. Haz como yo. Me gusta ser profesora y no permito
que nada perturbe eso. Es mi coto privado.
–Cariño, yo no he ejercido nunca mi profesión. Este trabajo fue algo
coyuntural. Lo que pude encontrar cuando acabé los estudios. En este país se
cuentan con los dedos de una mano las oportunidades para investigar en el
campo de la Física.
Caminaban de regreso a la casa. A través de la brisa fresca les llegaba el
rumor de Natham, que jugaba en brazos del abuelo. El sol mostraba franjas de
un naranja subido de tono, como una brasa avivada por un repentino soplo de
viento.
–Pasó mi oportunidad Claudia. En la multinacional no encuentro mi lugar
–se interrumpió unos instantes–. Debo cambiar mi futuro.

(Continuará)…

 

 

Un comentario en “El primer clon. Cap.3. Embriones.

  1. Pingback: El primer clon. Cap. 3 (continuación) Preparativos. - MARCOSPLANET

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