Controlar la mente. La saga de la Academia Faro

<Curso de controlador mental. Matrícula gratuita. Pagos mensuales muy asequibles>.

Este es el reclamo del anuncio en internet de “Academia Faro”. El nombre se debe a la supuesta labor de guía de voluntades que realizan quienes pasan por sus aulas.

“Alumbra en la oscuridad para que nadie se desvíe de la senda marcada”

, es su lema.

 

Rogelio Gómez se disponía a salir de su hogar para hacer su primera visita de la mañana. Rogelio era “product manager” de una multinacional que fabricaba aislamientos ignífugos de edificios. En fin, un muy digno vendedor ambulante.

–A ver si puedo estar de vuelta antes de las dos del mediodía y mato dos pájaros de un tiro. Así cubro el cupo de visitas de hoy y después no tengo que pasar por la oficina.

Esto pensaba Rogelio mientras desayunaba en la cocina de su diminuto apartamento del extrarradio urbano.

–Hola cariño –saludó Laura, su pareja, dándole un beso en los labios–­ ¿Mucho jaleo para hoy?

–No demasiado. Haré lo posible por volver directo a casa al mediodía. Es un gusto esto de la jornada intensiva.

–Qué bien, Roge. Entonces podremos ir al centro comercial a por los regalos de los niños –comentó ella visiblemente animada–.

Rogelio negó con la cabeza.

–Es que hoy me estreno en el curso ese de control mental. Son solo tres días.

Ella frunció el ceño en un gesto habitual que indicaba reticencia.

–Bien, Roge, pero ¿crees que merecerá la pena?

 

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Controlar la mente

 

Rogelio hizo las visitas grabadas en su agenda esa mañana. Estaba moderadamente satisfecho. Tampoco es que le entusiasmara su labor en la multinacional de aislamientos, pero bueno, era un trabajo apañado.

La pregunta de Laura rondaba su cabeza. Él pensaba que lo del control mental sin duda merecería la pena, siempre que pudiera aplicarlo a su puesto de trabajo para intentar prosperar en el escalafón. Había encontrado un motivo de interés para intentar mejorar su situación laboral como engranaje de pequeño tamaño en la macro empresa.

–Es mi ocasión de oro para superar todas las barreras que me han puesto delante. Son demasiadas zancadillas… –pensaba mientras aparcaba en el garaje del “Edificio Cristal” donde se ubicaba la “Academia Faro siglo XXI”.

Nada más entrar observó que solo había dos personas sentadas en la sala de espera. Se dirigió a la recepcionista del vestíbulo.

–Perdón, vengo a la primera sesión sobre el curso de control mental ¿Dónde es?

Una mujer de unos veinte años que se hallaba detrás de un mostrador blanco reluciente levantó la mirada de su Tablet para observar al recién llegado por encima de sus gafas de marca puntera.

–¿Tiene cita hoy? –le preguntó sin más–. Él contestó después de un par de segundos.

–Claro, de lo contrario no estaría aquí –dijo ahogando un suspiro de resignación.

–Muchas veces la gente viene a preguntar nada más. Si tiene cita, siéntese ahí enfrente por favor.

Rogelio obedeció y dedicó un saludo al par de visitantes que esperaban en el mismo sitio.

Le fastidiaba tener que esperar, no lo podía disimular, como en tantas situaciones que le producían una actitud de rechazo que la gente enseguida detectaba. Ese era uno de los puntos débiles que creía tener y que pensaba corregir gracias a las enseñanzas del curso de controlador mental.

La mujer que esperaba junto a él tenía una edad próxima a los cincuenta años y vestía un traje-chaqueta color vainilla que a Rogelio le resultó elegante. Por su aspecto diría que se trataba de una ejecutiva de empresa. Su pelo recogido en un tocado clásico anunciaba algunas canas. Que no las llevara teñidas le pareció que obedecía a un talante conservador.

–Buenas tardes. Parece que no somos muchos ¿no? –anunció la mujer dirigiéndose al recién llegado.

El joven sentado en frente se presentó.

–Hola, soy Germán, encantado.

–Yo soy Rogelio, encantado.

La señora se recostó en su silla estirándose la falda de tubo sobre las piernas.

–Me llamo Alejandra. La verdad es que no he ido nunca a un curso como este ¿Vosotros sí?

–Qué va –contestó en seguida el joven Germán–. Me gusta estar al día sobre este tipo de cosas.

–¿Qué cosas? –inquirió ella.

–Pues… esto de cómo controlar nuestras mentes. Me he cansado de hacer yoga –por la expresión de su cara, Germán daba la impresión de tomárselo un poco a broma.

–Vamos, que no tienes nada mejor que hacer –añadió Alejandra en tono distendido.

Él se encogió de hombros y extrajo su móvil de un bolsillo del pantalón vaquero hecho girones, pero de valor no inferior a los 100 euros. Fijó su mirada en la pantalla y parecía que acabara de entrar en otra dimensión.

–Bueno, ¿y tú por qué deseas estar aquí? –preguntó ella a Rogelio con gesto de curiosidad.

Él la miró enarcando las cejas.

–Pues mira, creo que esto me ayudará a aprender a manejar la información y a comunicarla de la manera más eficaz para conseguir más objetivos en mi vida.

Durante un instante, ella pareció quedar impresionada por la respuesta. Sin embargo, se limitó a toser con el puño ante su boca. Sacó un pañuelo de su bolso de mano y un espejo. Se retocó el maquillaje y volvió a recostarse sobre el respaldo de su asiento.

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Controlar la mente

 

El joven Germán levantó la mirada del dispositivo electrónico.

–¿Así que crees que este curso es para enseñar a manipular a los demás? –preguntó con un desparpajo que resultaba un tanto atrevido.

–En efecto, así es –consiguió decir Rogelio, sorprendido por el tono de la pregunta.

–Pues entonces estoy equivocado –comentó el joven–. Pensaba que veníamos aquí para aprender a controlar nuestra propia mente, no sé, algo como el yoga.

Rogelio quiso manifestar su disconformidad, pero optó por callar.

–A ver, continuó el joven Germán–. Yo trabajo con mucho estrés y hago cientos de kilómetros diarios en mi moto. Soy mensajero, para oficinas y eso. Si no me relajo acabaré mal de los nervios dentro de poco.

Alejandra volvió a toser, esta vez sin recurrir al pañuelo. Su voz sonó tajante.

–Nuestro amigo… Rogelio ¿verdad? –inquirió en un tono comedido–, está en lo cierto. No veo qué relación tiene la manipulación de otros con el control de tu propia mente.

Rogelio miraba pensativo a sus dos contertulios. Parecían estar en un plató de televisión pugnando por crear discordia.

–Bueno, igual los dos puntos de vista no son tan distantes sino la expresión de una misma… habilidad –apunto él.

La disidencia seguía en boca de Germán.

–No tiene nada que ver, parece mentira que no lo veáis. Estoy seguro que lo que quieren con este curso es enseñarnos a conservar nuestra energía para no desperdiciarla en el desgaste diario que supone el trabajo y todas las demás servidumbres a las que nos somete el día a día.

–Pues sigo opinando –insistió Rogelio– que lo trascendente de aprender a controlar tu mente es aplicar ese control a defenderte de los demás y algo más. Una especie de ingeniería social sin ir más lejos.

–Nada más y nada menos –dijo Alejandra alzando la voz– ¿Crees que dominar a la gente como si fuera un rebaño es lo que buscan en esta academia? ¿Por qué les iba a interesar eso?

Rogelio respondió levantando ambas manos como si intentara quitarle hierro al asunto.

–Vamos a ver, no nos desviemos. Yo me limito a decir que he venido hasta aquí porque creo que me vendrá bien aprender a ganar influencia sobre los demás y así crecer profesionalmente.

–¿A costa de lo que sea? –preguntó Germán con una expresión que le hacía parecer tener mayor edad.

En ese momento hizo su entrada en la sala de espera una pareja vestida de forma muy sencilla. Ella con una blusa de florecitas y una falda blanca y él con camisa blanca y pantalones de tela gris.

–Buenas tardes –dijeron casi al unísono–, somos Sandra y Manuel –anunció ella con voz musical– ¿Estáis por lo del curso de control?

Los tres restantes asintieron. Tras presentarse, Germán hizo un resumen de lo comentado.

–Oh, vaya, así que dudáis del objeto de la reunión –comentó ella–. Pues no veo la diferencia entre un control y otro, la verdad.

Sandra era una mujer de rostro agradable, de nariz algo pronunciada y barbilla saliente que indicaba determinación.

Manuel tomó la palabra. Era un hombre rubicundo, de tez blanquecina y bastante delgado. Hablaba con voz tenue que invitaba a escucharle.

–En el yoga se aprende a dominar la energía acumulada en nuestra columna vertebral y purificar los chakras para alcanzar la plenitud. Esta se refiere a mente, cuerpo y espíritu, luego si controlas tu mente podrás dominar también lo que está fuera de ti. Así lo veo yo.

-Qué casualidad, antes hablábamos de yoga –anotó Alejandra en tono festivo–. Pero no estamos de acuerdo en que tenga algo que ver con los motivos de este curso.

Germán tomó la palabra después de tapar la botellita de agua mineral con gas de la que acababa de echar un trago.

–A mí me ha llamado la atención el curso –dijo–, sobre todo como ayuda a mi relajación mental. Para nada lo de manipular la voluntad de nadie.

–El Kundalini es una energía corporal que hay que aprender a dominar –indicó Manuel–. Si lo logras, activas el despertar de cuerpo y mente y entras en niveles superiores de conciencia. Si eso no es control mental que venga Krishna y lo vea –bromeó con su voz pausada.

–Anda, entonces ¿eres monitor de yoga o algo así? –inquirió Alejandra.

–Sí, Nivel II de Teaching Yoga. También sé algo de meditación y Mindfulness. Por eso creo que lo de este curso tiene más que ver con el control de uno mismo que con el ajeno.

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Controlar la mente

 

Rogelio intervino con expresión sincera.

–Seguro que una cosa lleva a la otra. Pensar en uno mismo es el primer paso para allanar tu camino en la escala social. Es como quien hace carrera en política. Escalan desde una posición, la que sea, y en un momento dado ocurre la transformación. Alcanzan un estado de gracia que les permite avanzar casi sin límite.

Alejandra carraspeó para captar la atención.

-Pero los límites los impone el sistema, los de fuera, esos a quienes tememos y que manejan el poder ¿no?

–El límite lo pone la propia ambición –intervino Rogelio–. Los más simples necesitamos otras armas para triunfar, cuando vemos que lo que tenemos no es suficiente.

Sandra arremangó un poco las mangas de su camisa floreada y tomó la palabra mirando a Rogelio.

-Me parece que estás al borde de una teoría de la conspiración. No puedes pensar que hay que pisar a los demás o manipularles para pasarles por encima y prosperar en la vida. Eso es reaccionario.

–No puedo pensar, así es, este es el objetivo, que la gente no piense demasiado; mejor si solo tienen dos o tres cosas en que pensar y solo quieren distraerse y disfrutar. Vivimos en una sociedad en la que, como ocurren tantas desgracias diariamente según nos cuentan los medios de comunicación oficiales, necesitamos que todo lo que hagamos sea divertido. Es decir, no es divertido leer para conocer las noticias en detalle y analizarlas, dialogar en profundidad con nadie, documentarse para conocer la historia, ni aprender nada en general, porque parece que razonar es peligroso para los que controlan el sistema. Estamos ante un ejemplo claro de autocensura.

–¡Vaya! –exclamó Sandra con sorna–. Apareció la sombra del Gran Hermano.

–Eso es –afirmó Roge–, eso es exactamente de lo que se ha tratado siempre en la Historia de la humanidad. La cosa va de controlar a las masas, a la gente corriente que pasa por el aro y todo eso. De lo contrario, el poder corre el riesgo de que se le amotine la tropa.

Los demás se miraban unos a otros desconcertados. Manuel sonreía en actitud condescendiente.

En ese momento, la recepcionista hizo acto de presencia.

–Hola, parece que va a haber un pequeño retraso en el comienzo de la reunión –anunció tras sus gafas de pasta azul eléctrico. La Academia pide disculpas por el inconveniente.

–Ah, pues la verdad es que estábamos aprovechando el tiempo para conocernos. Gracias por el aviso –dijo Alejandra educadamente.

–Nos ha venido bien este rato de espera. De todas formas ¿el retraso va a durar mucho? –preguntó Germán.

–No lo creo. Les avisaré pasados unos minutos, por si se aplaza la reunión.

Los presentes se miraban unos a otros con inquietud.

–Pues vaya broma –apuntó Rogelio–. ¿Es que no hay nadie que nos pueda atender? Aunque sea para una introducción general o algo así.

Sandra se había levantado para comprar una bebida de la máquina de refrescos y abrió una lata de tónica. El gas empezó a escaparse con fuerza y la espuma le salpicó a la cara.

Manuel le acercó en seguida un pañuelo de papel.

–Gracias, cariño –dijo Sandra dedicándole una mirada tierna desde sus bellos ojos castaños–. Bueno, íbamos por aquello del Gran Hermano –continuó–, uno de los miedos típicos que nos cuentan las películas.

–Uno de los miedos de una sociedad enferma –remató Rogelio con una voz que sonó cavernosa–. No son bulos, ni leyendas urbanas, sino una realidad que debemos reconocer y ya está. Por eso estoy aquí, porque quiero subirme al tren de los que mejor viven.

–¿Y no te importa que lo logres a costa de manipular a la gente?

–Ya le pregunté yo algo así al principio de este… debate –aclaró el joven Germán.

Rogelio continuó en el mismo tono gutural.

–Nada es lo que parece. El sistema debe mantener a la gente agarrada por el cuello y de vez en cuando afloja la mano para que sean supuestamente felices, pero no demasiado. Es como durante la última pandemia. Al llegar el verano dijeron: “se acabó el confinamiento, querido ganado. Ya os podéis ir de vacaciones”.

Sandra reaccionó airada.

–Perdona, pero creo que exageras. El gobierno se enfrentó a una situación complicada que intentó resolver como pudo.

–Lo resolvió muy bien, como debe hacerse en estos casos de aplicación de la ingeniería social. Así han tomado nota de cómo nos comportamos en situaciones extremas, además de completar el perfil social más extendido en nuestro país. Es decir, el de perfecto rebaño que necesita a los pastores para reconducir sus vidas.

Se hizo el silencio. En ese instante en que unos y otros intercambiaban miradas esquivas de incomodidad sonó el teléfono móvil de Roge.

–Sí, hola Laura –saludó poniéndose en pie–. Aún no ha comenzado la clase. No, no han hecho nada, estoy con otra gente en una sala de espera. Creo que lo van a aplazar.

–Cariño, eso una pérdida de tiempo. Ven para acá y salimos a cenar fuera ¿Cuánto hace que no pasamos por un Thai? –la voz de Laura sonaba algo apagada a través del auricular.

–Vale, preguntaré otra vez a ver qué me dicen. Chao, cariño.

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Controlar la mente

 

Cuando Rogelio regresó a la sala de espera se encontró una escena curiosa. Los cuatro compañeros de charla se encontraban de pie, sonriéndole. Alejandra extendió su mano hacia él.

–Enhorabuena, Rogelio. Has pasado la prueba de selección de Academia Faro. A partir de la próxima semana empezarás un entrenamiento con otros seleccionados. Seguirás un programa formativo al principio y después… a trabajar.

Roge les miraba estupefacto.

–Pero ¿qué ha sido esto? ¿Una prueba simulada?

–Es nuestro modo de selección de candidatos –confirmó el joven Germán–. Tenemos nuestras propias normas para estas cosas.

Manuel intervino cordialmente.

–Se trata de conocer al candidato de la manera más rápida y eficiente, comprobando cómo se comporta en situaciones realistas, cuando la gente saca a relucir aspectos más auténticos de su forma de ser.

–¿Qué te ha parecido? –inquirió Sandra sin cambiar la sonrisa.

Roge se sentía confuso.

–Pues estoy intentando comprender de qué va esto. ¿Qué quieres decir con… y después, a trabajar ¿Alejandra? Esto es una simple academia. Parece como si hablases de una actividad laboral.

–De eso se trata, Rogelio –aclaró Sandra–. Es un trabajo. Hace tiempo que estamos estudiando tu perfil mediante tu actividad en Internet. Ya sabes que la aceptación de cookies conlleva que podemos seguir tus preferencias a cualquier hora del día.

–Hablamos de un seguimiento absolutamente permitido por la ley –añadió Germán–. Se siguen los hábitos de navegación del usuario por internet y sirve con fines publicitarios y otros, como es nuestro caso.

–Pero esto ya lo sabrás, Rogelio –apuntó Germán–. Eres usuario asiduo de internet y además trabajas en una multinacional que vende cosas.

–Y pienso seguir trabajando en ella. No entiendo que esto implique un puesto de trabajo ¿Os queréis explicar de una vez?

Alejandra tomó la palabra.

–Por favor, toma asiento –todos hicieron lo mismo–. La Academia Faro es el portal de selección de candidatos que quieren ocupar puestos clave en la Nueva Ingeniería. Esta es una disciplina que busca el control social y la mejora continua del poder público de los gobiernos. No tenemos inclinación política, tan solo nos decantamos por los que gobiernan en un momento dado. Saben cómo y cuándo recurrir a nosotros, que somos una única corporación extendida en casi todo el mundo. Únicamente no estamos presentes en aquellos países que gestionan a sus ciudadanos dentro de gobiernos considerados oficialmente como dictaduras políticas o religiosas.

–Digamos que representamos los intereses de gobiernos “teóricamente democráticos”–anotó Manuel.

–Lobos con disfraz de cordero ¿no? –inquirió Rogelio sin disimular su interés en lo que estaba escuchando. Su mente descontenta y ambiciosa vislumbraba el comienzo de un nuevo futuro, una vía de escape de su rutinaria vida como engranaje perfectamente sustituible. Sentía cómo crecía en su interior el interés por aquella oferta desconcertante.

–Rogelio –dijo Germán–, sabemos que estarás lleno de preguntas, pero debes decirnos si te interesa en un principio cambiar tu trabajo por un contrato indefinido para formar parte de nuestro equipo de asesores. Claro está que eso tendrá lugar una vez que hayas finalizado la formación, si sigues interesado y si nosotros estimamos que vales para el puesto.

–Tendrías que venir hasta aquí cada día laborable de siete de la tarde a nueve de la noche durante dos meses –añadió Sandra– ¿Podrás hacerlo?

El vendedor de materiales aislantes para la construcción se tomó dos segundos antes de asentir con la cabeza.


 

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11 Comentarios
  • AMAIA LARRREA
    Posted at 19:56h, 26 febrero Responder

    Deseando saber más, muy interesante lo que está por venir.
    Como siempre he querido dar clic en el corazoncito pero en este artículo no me cuenta.
    Aplausos Marcos.

    • marcosplanet
      Posted at 12:58h, 27 febrero Responder

      Lo del corazoncito es porque hay que esperar mucho para que contabilice, no sé por qué wordpress presenta tantas trabas para tantas cosas.
      Saludos.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 16:45h, 19 febrero Responder

    No sé porque creí que ya había leído este post tan inquietante. Veremos si va más allá.
    Un abrazo

  • eliom
    Posted at 12:42h, 18 febrero Responder

    Las cookies que miedo dan. ¡Qué historia tan impactante! Es cierto que el futuro puede ser desconcertante a veces, pero es importante reconocer el valor de historias como esta que nos hacen reflexionar sobre lo que está por venir. Gracias por escribir.

    • marcosplanet
      Posted at 17:40h, 18 febrero Responder

      Gracias por tu siempre valiosa opinión, Elio.
      Saludos.

  • Anónimo
    Posted at 07:35h, 30 mayo Responder

    Inquietante e interesante relato, Marcos..
    Algo vemos de cómo se mueven los hilos.
    Un fuerte abrazo 🙂

  • María Pilar
    Posted at 16:15h, 22 mayo Responder

    Un tema tan interesante como terrible. Hace unos años lo hubiera calificado de CiFi. Hoy lo veo como una amenaza total por su implantación en la vida real que vivimos. ¿Por qué los gobernantes de los países democráticos tienen “tropecientos” asesores? ¿Por qué cobran más que el propio líder político? ¿Por qué no dan la cara y permanecen envueltos en una nebulosa de misterio? Lobos con disfraz de cordero, dice Rogelio. Él lo tiene claro.
    Saludos, Marcos.

    • marcosplanet
      Posted at 20:16h, 22 mayo Responder

      Los asesores mueven hilos y obedecen instrucciones que en ocasiones vienen de fuera.
      Muchas gracias por tus útiles comentarios.
      Saludos!

  • Federico Agüera
    Posted at 10:45h, 21 mayo Responder

    Buen comienzo de la historia. Me ha dejado intrigado esperando su continuación. Saludos.

  • Rosa Fernanda Sánchez Sanchez
    Posted at 07:38h, 19 mayo Responder

    Fantástico e inquietante relato fiel reflejo de una realidad…

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