Os presentamos el capítulo 15 de la saga «Sangre entre los escaños». Tanto mi amigo Arenas como yo esperamos que lo disfrutéis.

 

Resumen del capítulo anterior

 

El presidente Prometeo Nadal se enfada con sus asesores del Centro Nacional de Inteligencia Artificial por estar retrasando tanto tiempo su regreso a la vida y al ruedo político después del envenenamiento de su clon mientras mantenía una entrevista en el programa de TV de máxima audiencia “Al día con Mercé”. Nadal necesita volver antes de que se celebren las elecciones para destituir al impostor Pascal y poder concurrir como candidato a la presidencia.

Celestino Calamuelas, anciano impedido físicamente y antaño director del Orfanato «Alma de Dios” está ahora internado en una residencia de mayores y recibe una visita cruel e inesperada.


 

En esta ocasión el turno de escritura es de:

(Arenas)

 

Desenlace inesperado

 

Luisín acudió exultante a la sede del Heraldo del Tiempo, allí le esperaban impacientes Mateo y Ploteo, ávidos por saber cómo se había desarrollado la reunión de su confidente con Anselmo “Coello Puello” y Milagros Mercé.

–Amigos, la cosa no ha podido ir mejor –les comunicó sonriente el mediador–. El trato está cerrado.

–Eres un hacha, Luisín –dijo Mateo también sonriendo–, ¿y el resto de nuestro acuerdo con Amadeo Grosso?

–No dudéis que se cumplirá. Os extrañará lo que os voy decir, tratándose de quien se trata, pero me parece un hombre de palabra, de esos que chocan la mano y vale más que un documento escrito. A la Mercé únicamente le soltará generalidades, divagaciones, vamos que la va a marear con topicazos. Que si el pueblo oprimido, que si la causa justa, que si el derecho de autodeterminación… Pero dentro de un par de días, una vez suscitada en los medios la polémica sobre la poca chicha de su entrevista, os concederá a vosotros la «entrevista definitiva”, que así podréis titular si os parece. En ella concretará muchas de las imprecisiones que va a endosar a Milagritos. Seréis vosotros los que soltéis las verdaderas bombas informativas de Grosso en el Heraldo del Tiempo.

–La jugada es maestra –afirmó radiante Mateo–. Menuda carita de gilipollas le va a quedar a esa sabelotodo. Luisín, el día que nos conocimos en aquel tugurio de mala muerte no sospechábamos lo lejos que iba a llegar nuestra asociación contigo.

–Pues ya ves –dijo Luisín entre risas–. Este sí que va a ser vuestro despegue definitivo como periodistas de la división de honor.

 

Al día siguiente, tal como se había convenido, Milagros Mercé fue recogida en un vehículo negro de alta gama con los cristales tintados, conducido por un individuo anónimo. Anselmo quedó en el aparcamiento a cielo abierto del canal de televisión, viendo al automóvil alejarse hacia lo desconocido. La presentadora hizo el viaje, con los ojos vendados, hasta un lugar secreto donde supuestamente la esperaban el mediador Luisín y el terrorista Grosso.

Coello sentía un pinchazo en el pecho. Le invadía una negra idea: hacer tratos con la organización criminal más mortífera de Europa no podía acabar en nada bueno. Así que para aliviar su tensión entretuvo la espera con una de sus habituales sesiones sado maso, que le relajaban sobremanera. Calculó que entre pitos y flautas el regreso de su presentadora estrella se produciría transcurridas al menos tres o cuatro horas. Lo peor era que, al no llevar móvil, la Mercé no podía adelantarle cómo había ido la cosa.

El pinchazo en el pecho tornó en penetrante punzada cuando habían pasado ocho horas y Milagros no regresaba. La operación era alto secreto y no podía hablar con nadie sobre sus temores. Bajó a los aparcamientos con la ridícula idea de que así la presentadora regresaría antes. Pero nada, no aparecía. Tras media hora con la mirada perdida en la lejanía, reparó en algo que le heló el alma. En uno de los extremos del amplio parking se encontraba estacionado un vehículo que reconoció de inmediato. Negro, de alta gama, con los cristales tintados.

Corrió hacia él. Era con total seguridad el vehículo que había recogido horas atrás a la Mercé. No había ocupantes en su interior. Abrió con facilidad la puerta y pudo comprobar que en el asiento del copiloto habían depositado un sobre. Lo abrió nervioso, hallando en su interior un pendrive y medio folio con el siguiente texto escrito: “Señor director de CRONOS TV, le envío la entrevista completa. Espero que sea de su total agrado”. Subió sudando al despacho, instaló el pendrive en el ordenador y se dispuso a visionar su contenido.

–Queridos telespectadores…, esta noche…, esta noche asistimos…, asistimos en riguroso directo…, a la entrevista más esperada…, la entrevista…

Era Milagros Mercé, sentada junto al entrevistado en una mesa alargada que pretendía simular la de su exitoso programa televisivo. Pero algo muy extraño ocurría. La presentadora hablaba como si estuviera adormilada, de manera que le costaba seguir el hilo de su propio discurso. Peor aún, pensó Coello, ¡parecía drogada!

–Señor Grosso…, comenzamos…, comenzamos la entre…, la entrevista con la primera…, la primera pregunta…, ¿Cuál es la primera pregunta?, perdone…, la primera pregunta… –y al decir esto, la presentadora cayó redonda sobre la mesa.

El entrevistado se levantó instantáneamente de la silla, tomando por la cintura a la Mercé. Coello pensó que la caracterización con la que iba ataviado el terrorista era bastante disparatada: barba desaliñada y canosa, abundante y luenga melena, sombrerucho de ala verdaderamente ridículo y anacrónico.

El director del canal televisivo, como hombre depravado que era, estaba familiarizado con escenas verdaderamente atroces contempladas en sus sesiones sado masoquistas, pero aquella grabación superó todo lo que jamás había visto.

El individuo del disfraz abrió una enorme maleta y extrajo diverso instrumental. Desnudó ante las cámaras a la famosa presentadora, agarró con fuerza sendos cuchillos de sierra y se los clavó en los pechos. A continuación, procedió a la eventración de sus vísceras, rajándole el abdomen hasta el mismo pubis. Acto seguido clavó un destornillador de punta plana en las arterias femorales de sus piernas para rematar el trabajo.

Coello comenzó a dar gritos de pánico, entre sollozos y temblores que le generaban la sensación de ir a perder el conocimiento de un momento a otro.

Tras la salvajada cometida con la Mercé, el sujeto se dirigió hacia la cámara que grababa la escena y la giró para que el telespectador pudiera ver lo que sucedía detrás. Allí estaba Luisín, echado sobre el cuadro de realización, aparentemente inconsciente. El estrafalario carnicero lo agarró por las axilas y lo tiró al suelo. A continuación realizó con él idéntico ritual macabro. Finalmente, mientras humeaban las calientes vísceras de Luisín, el autor de la masacre, con las manos, la cara y la ropa ensangrentadas, se dirigió a la cámara con voz claramente distorsionada:

–Lo lamento, era necesario cometer este disparate, necesitaba aprobar otra de mis asignaturas pendientes.

 

–<” ¡Un momento, por favor! Necesito parar aquí la narración. Jamás he

visto tantos desatinos juntos. Esto se está yendo de las manos, y me ha

tenido que tocar a mí. Aspiro a tener un prestigio, una reputación. Me

siendo agredida de manera inmisericorde. Reclamo la presencia

inmediata de los autores de este desaguisado.

–<” ¿Pero esto qué es? ¿Cómo puede ser que nuestro relato nos esté

interpelando?”>.

–<” Lo desconozco, ustedes sabrán, son mis creadores. Todo lo que aquí

ocurre se lo inventan ustedes, incluida esta interpelación. Pero por

favor, ya que se han dignado responder, hablen uno a uno,

identifíquense individualmente”>.

–<” Eso es imposible, estamos escribiéndote a cuatro manos. Lo que

redacta uno de nosotros es refrendado al cien por cien por el otro.

Vamos, que a todos los efectos somos una sola voz”>.

–” <De acuerdo, entonces expliquen a cuatro manos por qué están llevando

mi trama a tan grandes niveles de sinrazón. Repito que deseo

mantener un determinado nivel de prestigio literario. Una novela que se

precie debe responder a unas normas básicas que ustedes están

incumpliendo conmigo. Me están dotando de un ritmo de acción

exageradamente intenso, argumentos poco verosímiles y unos

personajes de notable simplicidad psicológica>”.

–” <Es que verás, lo que consideras carencias son para nosotros

características inherentes al texto que estamos escribiendo.

Convendría aclarar que no eres una novela propiamente dicha, de esas

en que el autor se sienta y se pone a escribir sin hacer pública su

creación hasta que la da por concluida. Tú eres un relato por entregas,

en la tradición de aquellos folletines decimonónicos que se publicaban

en los periódicos, caracterizados por un ritmo frenético, argumentos

increíbles y personajes más bien lineales. Ni mucho menos

pretendemos compararnos con autores como Dumas, Verne o Galdós,

Dios nos libre, pero sí estamos encantados de seguir esa honorable

Estela>”.

–“<Y yo creyendo que era una novela con todas las de la ley. Podían

haberlo avisado antes>”.

–“<Bueno, ya te iremos aclarando más cuestiones cuando proceda, ahora

a callar que Mateo y Ploteo se acaban de reunir con Guillermina

Conrado>”.

 

–Amigos míos, lamento los trágicos acontecimientos ocurridos con vuestro confidente Luisín, imagino por lo que debéis estar pasando –dice la inspectora en su despacho de la comisaría, mientras sirve a los periodistas sendas tazas de tila bien caliente.

–Es horrible, no hemos dormido en toda la noche –repone Mateo–.

Cuando ayer nos enteramos de la horripilante noticia, sin saber muy bien qué hacer nos fugamos al Florida Park para emborrachamos hasta las trancas con nuestro buen amigo Jose María Índigo.

–Estamos destrozados –añade Ploteo–, nos sentimos culpables por lo ocurrido. Luisín se embarcó en esta demencial aventura para ayudarnos, y mire cómo ha acabado. Es una pesadilla.

–Queridos míos, todos estamos igual, el director de CRONOS TV ha tenido que ser ingresado en el hospital tras un colapso nervioso que casi se lo lleva por delante –relata la inspectora–. No os mortifiquéis más de la cuenta. Habéis ingresado en una liga en la que se juega muy fuerte. Son gajes del oficio, como se suele decir. Sabed que tenéis todo mi apoyo y comprensión. Tal vez la publicación en vuestro periódico de la información que os filtré haya traído estas terribles consecuencias.

Eso me podría hacer sentir a mí también culpable por lo sucedido, pero repito que las cosas en esta liga son como son. Lo que tenemos que averiguar cuanto antes es quién os ha puesto esta trampa.

–Inspectora Conrado –afirma enérgico Mateo–, es evidente que las opciones sobre la autoría de este aquelarre sangriento solamente pueden ser dos, el Batallón Armado o el asesino en serie de políticos.

–Vamos por partes –aclara la inspectora–. Efectivamente de momento no habría que descartar la que podríamos llamar “Opción A”. Es decir, que el asesino haya sido Amadeo Grosso o algún miembro de su grupo terrorista, imitando en una suerte de burla sangrienta al anónimo «asesino del disparate”. A mí personalmente esta opción no me convence por dos razones: el Batallón reivindica siempre sus crímenes, y en este caso no lo ha hecho. Por otro lado, no me entra en la cabeza que actúen imitando a un asesino en serie, es ridículo. Ellos, permitid el contrasentido, son gente seria. Su “modus operandi” es otro, y no coincide ni ética ni estéticamente con el empleado en estos salvajes asesinatos.

–Pasemos entonces a la “Opción B” –adelanta Ploteo –. El autor sería el que usted llama «asesino del disparate”, que habría urdido una alambicada trama para hacernos creer que estábamos en contacto con el Batallón Armado de Liberación Nacional a través de Luisín.

–Se me encoge el alma pensando que nuestro mediador estaba haciendo tratos con un desequilibrado que lo ha acabado destripando –señaló compungido Mateo.

–En todo caso, algo sí está claro –asevera Guillermina–. Tanto en la “Opción A” como en la “Opción B”, el objetivo no era el pobre Luisín. No se molesten si digo que era un “don nadie”. El asesino iba, sin duda, a por Milagros Mercé, ejecutando tal vez un ajuste de cuentas.

–¡Uf!, si por eso fuera, medio país sería sospechoso. La Mercé era querida y odiada a partes iguales –apunta Ploteo.

–Pero en la “Opción B” no casa tampoco el “modus operandi”. El “asesino del disparate” nunca ha utilizado un método tan sanguinario como el empleado en esta carnicería. Y eso me lleva directamente a lo que cabría considerar “Opción C” –dice con una sonrisa más bien pícara la inspectora.

–¿Cómo? –preguntan sorprendidos al unísono los dos ex plumillas de medio pelo.

–Acomodaos en vuestros sillones. Esta es una conjetura muy loca, porque el sospechoso está muerto y bien muerto. Repito, es absurda, pero debo compartirla con vosotros. Hace muchos años, en un viejo colegio de niños huérfanos se produjeron unos terribles asesinatos. Dieciséis niños fueron masacrados utilizando una técnica milimétricamente idéntica a la que ha acabado con Luisín y la Mercé. Repito, milimétricamente idéntica. Varios alumnos, testigos de los hechos, dijeron que el autor había sido un compañero del centro que aquel mismo día desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.

Jamás se le encontró, y consiguientemente no se le juzgó por aquellos crímenes. Muchos años después, un individuo con el mismo nombre y apellido que aquel alumno desaparecido comenzó a darse a conocer en los medios de comunicación. Había iniciado una vertiginosa carrera política, y en poco tiempo se convirtió en alguien muy importante, hasta llegar a ser la mismísima mano derecha del presidente del Gobierno.

–¿Abdón Monegal? –preguntan boquiabiertos ambos periodistas, de nuevo al unísono.

–El mismo.

–¿Y cómo no fue detenido y juzgado siendo el principal sospechoso de aquellos tremendos crímenes? –inquiere Ploteo sorprendido.

–En primer lugar no estaba totalmente clara la cosa, y además habían transcurrido más de veinte años, los delitos habían prescrito.

–La veo venir –interviene Mateo burlón–, la Opción C es que Monegal ha vuelto una vez más, ahora desde el más allá, para seguir cometiendo sus horrendos crímenes. Y nosotros, que le vimos morir estrellado contra el suelo en la Audiencia Nacional, nos lo tenemos que creer.

–¿Pues y yo? Asistí personalmente a su autopsia, tras lo cual dispuse que el cadáver permaneciera en la morgue de esta comisaria hasta nueva orden. Hace un rato he bajado a comprobar que sigue allí a buen recaudo.

–Inspectora Conrado, le voy a decir una cosa, con todo cariño –ironiza Mateo–, va a ser que nos quedamos en exclusiva con las “opciones A y B”.

 


 

Y hasta aquí llega el decimoquinto episodio de esta saga. En breve publicaré el capítulo siguiente.

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Te deseo salud y suerte en la vida.

 

Nota: todas las imágenes de este post incluida la portada las he elaborado desde la página  bing.com/images/create/ a no ser que se indique otro origen en el pie de foto.

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Marcos

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