Draguis y la pócima del boticario

Esta es la tercera entrega de la saga “El dragón, la princesa y la dama de honor”. Para ver episodios anteriores, por favor entrad aquí.

 

Resumen de la saga

 

La dama de honor de la reina Ranais viaja en compañía del dragoncito Draguis, un huérfano de la Academia para Dragones de Compañía que debe cumplir una misión: acabar con la melancolía que ha hecho enfermar a la reina.

Esta les recibe en el precioso castillo de Nordalia, capital del país de Samodia, uno de los más bonitos del montañoso norte.

El rey Borgundio falleció hacía un año y la sucesión del reino pasó a manos de su hija Ranais, pero como esta no se casase antes de los 21 años de edad, sería su hermano Gabriel el sucesor.

En su entrevista con el dragoncillo, Ranais descubre lo que parece una jugada sucia de su hermano el príncipe para quedarse con el trono apartando a Hernando, prometido de la reina e hijo del boticario real.

Gabriel  se ha perdido en una excursión a las montañas, de donde ha sido rescatado por la expedición organizada por Draguis en compañía de María, la dama de honor.

Los salvadores regresan al castillo después de un intercambio de impresiones que profundizan en el carácter de Gabriel, del dragón y de la dama de compañía.

 

Draguis y la pócima del boticario

 

El príncipe Gabriel acaba de entrar con la comitiva que lo acompaña a la sala de recepciones del castillo de Nordalia.

La reina Ranais saluda a su hermano con un cálido pero breve abrazo. No se encuentra precisamente satisfecha con el desarrollo de los acontecimientos que tuvieron lugar cuando el simpático dragoncillo le reveló la trama más que probable que había urdido Gabriel para apartarla del trono.

–Me alegro sinceramente de tenerte ante mi sano y salvo, hermano. Tenía el corazón en un puño. Por favor, la próxima vez que hagas una escapada de las que te gustan procura llevarte el móvil o haz eso de ir echando miguitas por donde vayas. Bueno, bien mirado, harían falta toneladas de pan para eso –añadió ella entre risas–, dada tu tendencia a las excursiones largas.

El momento podía haber conservado el tono hilarante algunos segundos más, pero Draguis fue directo al grano como siempre.

–El príncipe Gabriel tiene algo que anunciaros, mi princesa –dijo en forzado tono solemne, mientras dirigía a Gabriel una mirada oblicua.

–¿En qué nuevo lío quieres meterme, bestiecilla? Mira, hermana, este tipejo volador ha interpretado una conversación que tuve, imprudente eso sí, con tu prometido, el hijo del boticario real.

–Bueno, pues arrójanos luz sobre ese tema –repuso la princesa Ranais.

 

–A ver, al parecer, Hernando confirmó a Draguis y a María que yo le había amenazado con inculparle de la muerte del rey por envenenamiento con una de sus pócimas si no se iba del castillo para siempre. Nuestra charla la tiene grabada en el vídeo de seguridad de la botica, el día en que me personé allí. Porque me encontraba ya muy harto de haber esperado durante todo este tiempo desde que murió nuestro padre sin mediar palabra; ni siquiera pensé en encargar a un siervo el trabajo.

–Así que te presentaste en la botica y… –quiso saber con premura la princesa.

–Le conté lo que me refirió a mí uno de los médicos de la Corte. El doctor Bordano estaba seguro de que nuestro padre había sido envenenado.

El silencio más sólido que podía existir se adueñó de la sala del castillo. Las enormes paredes de esta parecieron retumbar con la rotundidad de las palabras de Gabriel. Un estremecimiento recorrió a los presentes transformándose en un murmullo de dudas y sorpresa.

–Pero eso no… eso no es lo que dijo el equipo de médicos –expuso María–. Ellos hablaron de un ataque al corazón por la vida sedentaria que llevaba el rey y sus excesos en libaciones y comidas pantagruélicas. Como dama de honor de la princesa estuve presente junto al lecho del rey Borgundio en el momento en que hicieron el diagnóstico.

–Pues cuando todos hubieron desalojado los aposentos donde acababa de expirar mi padre –Intervino Gabriel–, el doctor Bordano me refirió que en la autopsia había encontrado restos de una pócima con arsénico y bismuto en su composición al analizar en el laboratorio las muestras del estómago. Lo que sucedió fue que el resto del equipo médico le obligó a participar en un voto de silencio para no perturbar el buen orden de las cosas en la Corte y evitar así un escándalo mayúsculo que nunca habría conducido a nada bueno ¿Qué? ¿Cómo os quedáis?

–Entonces ¿Quién lo hizo? –inquirió María–. ¿Quién puso el veneno en la comida del rey?

–Eso aún está por determinar, pero lo más lógico es pensar que Hernando y la botica Real pueden ser una combinación letal ¿no creéis?

–¿Así que, entonces, no deseabas ningún mal para mí, ni ambicionabas el trono de padre?  –consiguió articular Ranais entrecortadamente.

–Bueno, lo del trono es una golosina muy atractiva hermana, pero veo en ti a la digna sucesora de la familia en la gestión de este reino. Yo no haría más que haraganear entre partidas de caza y excursiones de montaña, ya me conocéis todos. La vida me sonrió al nacer en el seno de una familia real y en un país de leyenda. Samodia es para disfrutarlo, bebérselo y comérselo –aseguró el príncipe con un entusiasmo que sonó muy sincero.

–Ya fuera de bromas, hermana, puedes preguntar a los médicos para ver cómo reaccionan uno a uno, pero yo guardo celosamente el informe forense y análisis químico del doctor Bordano, que es el único facultado para hacer la autopsia. Cuando queráis lo vemos.

Draguis había observado atentamente cada uno de los gestos de Gabriel en toda su exposición de descargos y no pudo encontrar ninguna quiebra de lo que a simple vista parecía una verdad incuestionable. Una estela de melancolía rozó su mente al darse cuenta de que la trama que había imaginado como la más probable acababa siendo tumbada por un argumento contundente avalado por la ciencia. Por primera vez en sus cincuenta y cinco años, Draguis se sentía desconcertado.

Sin embargo, una de las enseñanzas más útiles que les impartía la Academia para Dragones de Compañía era que antes de reflejar en una conversación cualquier contratiempo sufrido, debían armarse de valor y mostrar una actitud lo más elocuente posible para disfrazar con palabras una interpretación errónea de los hechos.

–Pues bien, príncipe Gabriel –intervino Draguis–, debo reconocer que mi teoría acerca de tu papel en esta historia no gozaba de la seguridad que caracteriza mi labor de consejero de compañía. Las imágenes y el sonido de una cámara de seguridad no son a veces más que la señal parcial de una flecha indicando una dirección. Si no dispones de todos los elementos de juicio no es posible interpretar correctamente los hechos.

El príncipe observaba al dragón con expresión un tanto divertida. Sin embargo, parecía que esta vez no sentía rechazo a las palabras pronunciadas por Draguis.

–Algo en el tono y el contenido de tu discurso me indica que estás reconociendo haberte equivocado. Lo cierto es que si yo no hubiera guardado con tanto celo el secreto médico no habría existido el enfrentamiento con el hijo del boticario –razonó Gabriel–. Ni tampoco habríamos empezado con tan mal pie nuestra relación, dragoncillo –apuntó en tono franco y distendido.

–Vaya, una barrera parece estar desmoronándose entre hombre y dragón –anotó Draguis en la casilla de las ironías–. Me complace oír eso, mi príncipe. No obstante, podíamos haber evitado horas de conflicto entre ambos si no te hubieras resistido tanto a mis encantos, querido Gabriel.

El príncipe hizo una pequeña reverencia en reconocimiento a esas palabras y acto seguido se dirigió a su hermana.

–Ranais, has de estar bien tranquila porque en estos momentos y para siempre contarás con mi apoyo incondicional. Sea quien fuere el que reine a tu lado. Cuando me necesites.

 

El farmacéutico Hernando se halla sumido en la investigación de su vida. En el interior de uno de los aparatos de destilación del laboratorio, ha programado una homogeneización temporizada de su mezcla maestra.

Se trata de una disolución de Tiopentato sódico, un barbitúrico conocido en el siglo anterior como “Suero de la verdad”. La fórmula había sido modificada por Hernando para mejorar los resultados de la droga y garantizar un funcionamiento perfecto.

Su intención es obtener la verdad de cualquiera que se interponga en su camino, pues se siente víctima de una monumental estafa.

Desde que el príncipe Gabriel le acusara de ser el responsable de la muerte del rey, lo que supuso su expulsión del Castillo y la ruptura de su relación con la princesa, Hernando había cambiado. Tan solo buscaba venganza y se resarciría con creces, de eso estaba seguro.

Desconocía por completo la identidad del autor del envenenamiento del rey Borgundio. No hubiera sospechado nunca que tal fuese la causa final de su muerte. Pero las miradas de todos recaían, cómo no, sobre el laboratorio real, un lugar repleto de sustancias venenosas.

Hernando contaba con toda la experiencia necesaria para elaborar cualquier fármaco, incluidos aquellos que, suministrados en dosis inadecuadamente elevadas, podrían resultar letales. Además, ya atendía completamente el negocio en lugar de su padre, Apolonio, relegado como había quedado en los últimos tiempos al papel de dependiente, pues deseaba que todo el negocio lo llevase adelante su hijo.

En ese momento de sus diatribas mentales aparece el simpático Draguis revoloteando por el interior de la botica.

–¡Vaya día bueno que hace hoy! –exclamó sonoramente–. No me puedo creer la suerte que he tenido de que la princesa Ranais haya aceptado mis servicios como Dragón de Compañía.

–Tienes toda mi atención, dragoncillo. He oído hablar de ti –dijo Hernando al oír la referencia.

–Creo que hasta hace poco eras una persona muy unida a la Corte y ante todo a la princesa ¿me equivoco?

–Espero, ante todo, que esta conversación sirva para algo. Porque hasta ahora nadie ha querido escucharme.

–Mira, Hernando, he descubierto que dentro de las paredes de ese precioso castillo de Nordalia, se ha fraguado una tragedia que ha sido buscada mediante el envenenamiento de un rey. Aquí hay dos motivos de preocupación:

– ¿Quién ha ordenado el crimen? y

– ¿Quién ha ejecutado el crimen?

Y la tercera es pregunta directa también.

–¿Qué opinión tienes?

 

–A ver, yo jamás envenenaría a nadie y muchísimo menos al rey Borgundio, con lo cercano que era con todos. Su nobleza le caracterizaba como persona. Sé que sentía aversión por el rey Fadrique, del vecino país de Limodia, aunque no creo que eso tenga nada que ver.

–Bueno, pero dime algo que me convenza de que no pusiste tú el veneno.

–Tienes que fiarte de mi palabra. No puedo convencerte diciéndote que nunca me he acercado a las cocinas del castillo, en donde se supone que vertieron la pócima letal sobre la comida del rey. Pero el personal de cocinas me hubiera visto seguro, porque son muchos sirvientes y siempre hay alguien presente.

–No se abre la puerta de la excepción, por lo que veo –añadió Draguis en actitud reflexiva–. Si nunca te veían por allí, lo lógico como dices es que hubieras llamado mucho la atención ¿Qué dijo la policía?

–No intervinieron más que para dar fe de que había un cadáver en el castillo; igual que se hace con cualquier ciudadano que ha fallecido, informar para que el juez pueda hacer el levantamiento del cadáver y el forense cumplir con su tarea.

–Creo que por ahí ya no debemos explorar más –concluyó Draguis–. La policía no aportaría nada, pero nosotros sí. Seguiremos investigando el caso y esta vez debo acertar de lleno en la diana.

–Entonces ¿confías en mí? –inquirió Hernando como si una respuesta afirmativa le fuera a liberar de una pesada carga.

–No puedo confiar en nadie hasta que haya resuelto este… caso–. Sentenció Draguis mientras dirigía al hijo del boticario un gesto de despedida.

El dragoncillo sonrió al expresarse pues le sonaba como si estuviera ya interpretando el papel de un detective o un inspector de homicidios como los que tanto gustaba visionar entre sus series de cine favoritas.

En la Academia Dragonland para Dragones de Compañía disponían de un programa de esparcimiento en el que los dragoncillos huérfanos podían evadirse de la complejidad de asignaturas como: “El arte de saber escuchar a los humanos”, “Vuelos cortos como parte de la terapia Dragonland”, “Investigar y compartir” o “Cómo ganar la confianza humana”.

La llamativa sala de ocio de Dragonland era una combinación de actividades lúdicas exclusivas para los dragones, incluyendo las sesiones de cine que tanto atraían a Draguis. Este se sentía invadido por aquel personaje que más le gustaba y a veces practicaba interpretación cuando estaba a solas en sus aposentos.

Dragonland era una institución de renombre en toda la nación de Samodia. A sus aulas acudían dragoncillos huérfanos pues era resultado de un acuerdo entre el rey Borgundio y los regentes de la academia, que en la actualidad son descendientes de los fundadores que idearon la forma de aprovechar las cualidades del “dragón de cuello azul”, una especie muy codiciada de contratar como elementos de compañía para las personas con necesidad de aportar solución a problemas emocionales.

La academia ofrecía trabajo, eso sí, solo para los huérfanos, pues el resto de dragones de cuello azul siempre trabajaban en esa especialidad y contaban con una familia y un hogar.

Acoger a los huérfanos fue una labor que extendió la fama de Dragonland por todo el reino y que decía mucho a favor del noble talante de los profesores fundadores.

Estos habían ejercido su labor docente en la universidad de Nordalia durante años y decidieron fundar la academia para dar una salida digna a parte de sus fortunas personales. Estaban emparentados con el rey Borgundio mediante distintos lazos. La familia real también había ganado prestigio ante sus súbditos por su relación con los profesores.

Y es que la labor de la academia había conseguido atender problemas de miles de ciudadanos que, agradecidos, depositaban regalos y ofrendas tanto en las instalaciones de Dragonland como en el Castillo de la Corte.

Ahora dirigían Dragonland los profesores Docom y Mitch, nietos de los creadores. Ambos exhibían caracteres opuestos, algo muy conveniente para el desarrollo de la actividad dentro de la academia.

–Tengan en cuenta –decía Docom en una charla preparatoria de comienzo de curso dirigida al resto de los profesores– que en esta institución de enseñanza se mezclan dragones de caracteres muy distintos entre sí y de capacidades dispares. Pueden darse casos de algunos que tienen tan alta capacidad cognitiva que se aburren.

–Pero eso es como lo que sucede en los centros de enseñanza de los humanos. Los que son superdotados llegan a tener problemas de aprendizaje –apuntó pomposamente uno de los asistentes al evento.

–Sí, señor Doblorius –intervino Mitch mientras ajustaba el soporte nasal de sus lentes bifocales–, pero estoy seguro de que ningún humano puede adelantarse al futuro, y hay dragoncillos que lo consiguen. Tan solo con contemplar la expresión de una cara o el tono de una voz. Aunque su asignatura, señor Doblorius, le haga un experto en analizar lo que podemos deducir de cosas que ya han pasado, como ayuda para predecir las que están por venir, la visión de un dragón que percibe el futuro de forma extrasensorial no está al alcance de ningún humano. Ahora bien, “Adelantarse al futuro” es una meritoria materia que usted imparte con brillantez, lo reconocemos todos.

Los presentes intercambiaban miradas de asentimiento no exentas de picardía pues conocían muy bien el carácter afectado y exagerado del profesor Doblorius.

–Ah, lo cierto es que a mí no me ha tocado nunca lidiar con uno de ellos. Oí hablar, sí, alguna vez sobre… –En seguida fue interrumpido por el discurso de Docom, quien anhelaba que Doblorius dejara por alguna vez en su vida de querer protagonizar cualquier momento público con su histrionismo.

–Entonces comprenderán, como les apuntaba antes, que las aulas sean un conjunto de egos de grandes dimensiones –Docom dirige una mirada de soslayo a Doblorius–, formado por dragoncillos de cuello azul y… algunos profesores.

Un murmullo de risas incipientes recorrió la sala de eventos. Incluso Doblorius esbozó una sonrisa.

El salón de eventos era un enorme espacio que recogía toda una exhibición de arte antiguo. Podía verse una mezcla retro de objetos mecánicos compartiendo vitrinas que guardaban miles de libros de encuadernación cosida a mano, bustos esculpidos que representaban a ilustres profesores del pasado, objetos arqueológicos o fósiles de gran tamaño, adornando cada estantería de los altos muros de piedra vista. El tono violáceo en algunos tramos de esas paredes llamaba la atención por su luminosidad.

 

Era como si dichas zonas brillaran con luz propia. La unión entre paredes y techo culminaba en interminables alineaciones de mosaicos coloreados en todos los tonos del arco iris y sus intermedios más discretos.

A los regentes de Dragonland, pese a sus caracteres tan dispares, les conmovía el arte del tipo Prerrafaelita, esa forma de manifestar la belleza a través de imágenes extraídas de escenas de antiguas leyendas.

Los prerrafaelitas exaltaban el colorido de las escenas cotidianas y amaban incondicionalmente la madre naturaleza, lo que reflejaban en sus obras, como también la fantasía en todas sus facetas. De este modo, bellísimas representaciones de mitos y leyendas griegos, romanos y de otras civilizaciones gobernaban la estética de la inmensa sala.

 

Una vez terminada la reunión, los veintinueve profesores de la academia abandonaban pausadamente el lugar. Una de las conversaciones presentes en esos momentos giraba alrededor de las nuevas incorporaciones en la plantilla.

–Pues no parece que esa tal señorita Ajanis sea tan mandona como la pintan –afirmaba una señora entrada en años que lucía un inmenso moño cruzado con agujas. Estas parecían estiletes mortales. Dirigía la clase destinada a “Investigar y compartir”.

–No lo aparenta, amiga Clara –comentaba un hombre de unos cuarenta años aquejado de una mal disimulada cojera–. De hecho, la señora Ajanis imparte la clase de “Cómo ganar la confianza humana”, algo que suele exigir una virtuosa calma. Pero dicen que su genio la delata en cuanto algo no es de su agrado. La paciencia no es su virtud, según creo.

–Bueno, Leo, tú tampoco eres buen ejemplo de templanza, querido amigo. Tus clases sobre “El arte de saber escuchar a los humanos” requieren de un temple muy considerable. Te aplaudo por tu valentía, eso sí –comentó Lovaina, la más joven de los presentes.

Su complexión fibrosa y musculada destacaba bajo un llamativo mono elástico ceñido a su cuerpo. Gustaba de ir mostrando su buena condición física en todo momento. Por algo Lovaina era la profesora de “Salud y buen vuelo”, una de las asignaturas preferidas de los simpáticos dragoncillos de cuello azul.

–Mirad, Docom y Mitch vienen hacia nosotros –avisó Markus, el hombretón docente de una de las clases favoritas de Draguis: “Resolver enigmas”.

–Hola compañeros, ¿qué, os ha gustado la apertura de curso? –inquirió Docom con satisfacción, esperando la respuesta positiva de todos los años.

–Bueno, yo creo que cada apertura es más de lo mismo y nunca dedicamos un minuto a los nuevos proyectos, dudas o sugerencias –expresó Markus con su voz tranquila y una sinceridad aplastante que le caracterizaba.

–No me ha dado tiempo para preguntar vuestras sugerencias de cambios, es verdad –reconoció Docom–. Espero que comprendáis que esas son materias reservadas para nuestra actividad diaria, no para un acto institucional.

–Pero las reuniones de claustro nos absorben con la problemática intrínseca a los dragones –apuntó Leo resintiéndose de su cojera–, porque ellos son el alma de esta academia. No hay tiempo para innovar o mejorar en resolver los conflictos de personalidad de cada uno de ellos. No son corrientes, no son humanos.

–Bien, dejadme que eche un vistazo a la Escala de Tiempos y os comunicaré por Speedmail las modificaciones. Hasta la vista compañeros.

Aunque Hernando se despidiera del dragón con el corazón un tanto esperanzado, su proyecto de pócima de la verdad seguía invadiendo su mente. Desde que fue obligado a abandonar a su amada Ranais no pudo conciliar el sueño. Este le llegaba sin embargo en momentos del día más bien inoportunos, como cuando un cliente se personaba en la farmacia para pedirle medicación y sobre todo obtener unos minutos de charla gratuita sobre los cotilleos de última hora en Nordalia.

Cada vez que eso ocurría procuraba ceñirse a la petición técnica del charlatán de turno y se obligaba a ignorar a este, para lograr que diera media vuelta y desapareciese de allí.

Entre los habitantes de Nordalia se iba extendiendo un rumor cada vez más sonoro.

–El hijo del boticario debe estar pasando una mala racha –comentaba la costurera del castillo a una de sus empleadas–. Fíjate que le fui a contar lo del divorcio de Norberta y no se dignó ni a escucharme de cara. Me dio la espalda todo el tiempo…

La marginación sufrida por Hernando al ser expulsado del castillo tuvo un efecto casi inmediato en su capacidad inventiva. En pocos días había conseguido obtener la fórmula deseada para su pócima de la verdad, así como una lista de acciones directas encaminadas a darle utilidad.

–Conseguiré descubrir al asesino del rey Borgundio y recuperar mi relación con Ranais. Lo verán todos y restauraré mi honor.

En los días siguientes a la visita de Draguis a la botica real, Hernando cambió radicalmente su actitud respecto a su trato con los clientes cotillas. Ahora les animaba a dar detalles sobre el tema que a él más le interesaba, aquel que pudiera conducirle al origen del envenenamiento del rey.

Pasaron semanas hasta que un individuo de tez morena, curtido al parecer por muchas horas bajo el sol, se presentó en la botica pidiendo “crema de hidratación rápida”.

–Se trata de una fórmula especial que debe prepararme el farmacéutico, según me ha dicho mi médico.

–Sí, no se preocupe, dijo Hernando recogiendo la receta de manos del visitante. Lo prepararé con mucho gusto.

Mientras se dirigía a las dependencias del laboratorio, Hernando quiso indagar en la procedencia de su cliente.

–Parece que el sol le está causando eccemas y quemaduras ¿Trabaja usted muy expuesto?

–Así es, señor. He trabajado mucho en las antiguas minas de Cobalto aquí en Samodia. Al ser una explotación a cielo abierto, los trabajadores estamos sometidos a mucha exposición –en ese instante pareció contener emociones perdidas en su alma–. He visto a compañeros caer bajo el cáncer de piel y otros males horribles. Nadie desea eso a un minero.

–Sí, ahora lo recuerdo, amigo. Fue noticia hace mucho tiempo. Gracias a la presión de los trabajadores y la publicidad indeseada para la empresa, esta acabó cerrando.

–Eso es, y ahora parece que nuestro país vecino Limodia, por voluntad del gobierno de su rey Fadrique, desea reabrir la mina en nuestro territorio. Los intereses mandan y hay un fondo de esos que invierte mucho dinero que le ha tentado para que negocie la reapertura.

–Pero la reapertura debe ser aquí, en Samodia ¿Hay ya algún acuerdo sobre ello?

–Por eso vuelvo a ponerme el tratamiento que acabo de encargarle. Nos están llamando a los antiguos empleados para reanudar la actividad, y con buenos sueldos.

El rostro del visitante parecía ensombrecerse por momentos. Surcos de arrugas lo cruzaban sin misericordia alguna. Cada uno de ellos relataba año a año la vida de un minero curtido al sol.

 

–La verdad es que el rey Fadrique –continuó el trabajador–, a través de sus ministros, propuso la reapertura de la mina al rey Borgundio en varias ocasiones. Hasta organizó una visita real dirigiéndose directamente a la Corte de Nordalia para ver a Borgundio cara a cara. Creo que la cosa fue bastante mal y desde entonces las relaciones entre Samodia y Limodia empeoraron.

Hernando notó como un aldabonazo en su espalda. Una idea se abrió paso en su interior casi instantáneamente. Ese podría ser el motivo del envenenamiento de Borgundio.

–Muy bien, amigo… ¿Cuál es su nombre?

–Gervasio, señor.

–En cuestión de minutos tendrá preparada la pomada.

Entre recomendaciones de uso y el cobro del servicio, Hernando coló una pregunta al visitante.

–Y sabe usted o algún compañero quiénes acompañaron al rey Fadrique en su visita al castillo de Nordalia?

–¿Cuándo se vieron con el rey Borgundio? Pues, no tengo por qué saberlo. Soy un simple empleado. Pero no se preocupe, preguntaré a mis colegas. Nunca se sabe…

Hernando tenía bien claro que debía localizar a alguien implicado de lleno en el nuevo proyecto de minas y que hubiese sido enviado en su momento por el gobierno de Limodia para convencer al ahora difunto rey.

–El autor material del asesinato estará mezclado con otros –decía Hernando para sí–, pero entrevistaré a todo el que haga falta y mi pócima de la verdad hará todo el trabajo. Vaya si lo hará.


 

Pues hasta aquí hemos llegado por hoy con la tercera entrega de la aventura de Draguis en Nordalia.  espero que haya sido de tu agrado.

Clica like en el corazoncito de más abajo si te ha gustado y por favor, lo más valioso son tus comentarios. Tu opinión será muy bienvenida.

¡Salud y mucha suerte en la vida!

Las imágenes que aparecen en este post  han sido generadas por la IA  Leonardo

7 Comentarios
  • ARENAS
    Posted at 13:26h, 04 diciembre Responder

    La historia del dragoncillo, la princesa y la dama de honor crece y se ramifica. Entretenidísima trama, que te engancha y no te suelta. Deseos enormes de leer la siguiente entrega, siguiendo los pasos de esta nueva versión del teniente Colombo que escondía el simpático Draguis. Estupendas y depuradas escenas las que nos ofreces, perfectamente construidas, ensambladas y escritas. Una delicia de relato, en el que sigue resultando muy atractiva la mezcla de medievo y modernidad.

  • Maty Marín
    Posted at 09:41h, 30 noviembre Responder

    ¡Qué bárbaro Marcos! Eres tremendo novelista, un gran creativo. No dejas de sorprender! Vaya una imaginación y don de la palabra. Y aún habrá más, no lo puedo creer!

    Te felicito en verdad. Un abrazo!

  • Estrella Pisa
    Posted at 23:00h, 29 noviembre Responder

    Sorprendente, Marcos.
    Menuda historia estás creando a partir de un relato sobre un dragón. Como sigas así, de aquí te puede salir una novela.
    Como Federico, ya estoy deseando leer cómo continua.

    Un fuerte abrazo.

    • marcosplanet
      Posted at 09:44h, 30 noviembre Responder

      Pues si, estoy lanzado con esta historia, la verdad. Y es gracias a vosotros, la buena gente, las personas especiales y sensibles a la palabra, quienes hacéis posibles estos retos.
      Otro abrazo fuerte para ti.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 19:15h, 29 noviembre Responder

    Una pócima con arsénico y bismuto… Menuda historia has creado Marcos.
    Ya veremos si Hernando descubre al autor material del asesinato.
    Todo un relato fantástico, con escalas de tiempo, y enigmas, al más puro estilo de Harry Potter con dragón incluido.
    En cada avance más me sorprende su desarrollo y tú creatividad.
    Te aplaudo.
    Un abrazo

  • Federico
    Posted at 14:37h, 29 noviembre Responder

    El giro en los acontecimientos abre nuevas perspectivas. Espero ansioso el nuevo capítulo

    • marcosplanet
      Posted at 14:55h, 29 noviembre Responder

      Agradezco mucho tu comentario. Me pongo manos a la obra.

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