El coleccionista implacable. Capítulo 3

El coleccionista implacable. Capítulo 3

 

Ver capítulo anterior.


 

El laboratorio sudafricano de Análisis y Certificación de Gemas que estaba siendo puesto en venta por Mako en Johannesburgo, era un hervidero de personas nerviosas yendo de un lado a otro sin norte alguno. Un operario de sistemas de análisis de gemas se dedicaba a pellizcar la gomaespuma de un brazo roto del inmenso sofá donde permanecía sentada a horcajadas la mitad del equipo de la empresa.

–No pueden hacernos esto, no pueden –se lamentaba Johannes el informático–.

–He dedicado diez años de mi vida a este laboratorio y ahora no contamos para nada –era la queja de Elizabeth, hermana de Johannes.

–Dejar sin trabajo a la gente no les ha preocupado nunca –apunta el hermano–. Recuerda cómo se deshicieron de la mitad de la plantilla cuando la crisis económica del 2007.

En ese momento entra en la sala Amari, la mano derecha del expropietario del laboratorio, vestido con un traje de lino suficientemente caro para avivar el rechazo de los empleados.

–Bueno, chicos, no os preocupéis tanto –dijo en un tono que procuraba ser cordial–. La operación de compra-venta os va a garantizar una indemnización superior a la establecida por la dirección pues el fondo de inversión que nos va a comprar ha puesto mucha pasta sobre la mesa.

–¿Ah, ¿sí?  –cuestiona Elizabeth con gesto desconfiado–. ¿Y cuánto más vamos a recibir?

–Bien, pues unos 200.000 dólares para cada uno de vosotros. Después de impuestos ¿Qué os parece?

Todos los presentes se miraban estupefactos los unos a los otros, queriendo creerse a la primera semejante afirmación.

–¿Pero es dinero legal? ¿Podremos ingresarlo en un banco?

–En cualquiera, mi querido Johannes, en cualquiera.

El clima tenso de tan solo unos minutos antes cambió poco a poco a una atmósfera más relajada, aunque no exenta de incertidumbre.

Hakim, el dueño del laboratorio hasta ese momento, solo tuvo que contemplar en la pantalla del dispositivo electrónico lo bonitos que eran los colores de la transacción bancaria de siete cifras realizada a su cuenta desde los Emiratos Árabes Unidos.

Amari ya había programado para él y su familia un crucero por Vietnam que llevaba años queriendo disfrutar.

Parecía que todos salían ganando de la situación de quiebra aprovechada por Orlando para sacar todo el jugo a la partida.

 

Mako Expósito había trabajado en más empleos en los últimos quince años que cualquier persona corriente en toda su vida. De complexión menuda y mente muy despierta, poseía la cualidad de adelantarse a los acontecimientos. Su actitud ante cualquier negocio que estuviera gestando era de alerta permanente para evitar que acontecimientos no deseados entorpecieran sus planes maestros.

Mako era capaz de redirigir una conversación y hacerla cambiar de rumbo cuanto fuese necesario para salirse con la suya. Este fue el caso en la venta del laboratorio de gemas a un fondo de inversión saudí. Los árabes iban preparados con sus tablets por si cerraban el contrato y hacían la transferencia del montante que Mako había propuesto consiguiendo un preacuerdo en un tiempo récord.

–¿Recuerdan ustedes aquella operación sobre gas natural que firmamos en Jaipur?

–Que el lugar del trato fuera la capital india del estado de Rajastán supuso para mí un honor, pues fue allí donde mi abuelo y mi padre sentaron las bases del negocio petrolífero que regenta ahora toda mi familia –recordó el jeque Farid–. Todo un detalle señor Mako, que no podré olvidar.

–Pues ahora nos encontramos con un caso en el que hay que tomar una decisión lo más rápida posible –añadió Mako– y eso es porque el laboratorio de análisis y certificación de gemas que van a adquirir ustedes es la pieza clave para crear una red de Blockchain que en al menos medio mundo dará origen a una nueva criptomoneda.

–Como los Bitcoins, Binance o Polcadot entre casi un centenar –replicó su joven hijo Ibrahim–. Conocemos bien las de mayor capitalización y ya hemos invertido en muchas. Los resultados nos han dado menos rentas que un depósito bancario corriente.

–Pero es que ustedes –repuso Mako–depositan en los bancos unas cantidades escandalosas de dinero que a la larga garantizan una plusvalía mayor que la del Bitcoin, que cada vez es más irregular en su comportamiento.

–Bitcoin, Ethereum o Dogecoin… a mí me parece que son opciones de inversión como cantos de sirena –se quejaba Ibrahim–. Nunca sabes a dónde te van a llevar. Es un mercado cada vez más volátil.

–Pero nosotros crearemos una moneda nueva que llevará la voz cantante –lo digo por lo del canto de sirena –bromeó Mako–.

Una carcajada escapó de forma natural tanto del padre como del hijo. La distensión del ambiente se alcanzó en unos segundos. El jeque Farid puso la mano en el hombro de Mako en señal de que su beneplácito para acordar la operación era seguro.

De este modo, el nuevo socio de Orlando y Jean Paul ganaba posiciones en un mercado en continuo crecimiento que parecía no tener para ellos ningún límite.

Pierre Durois permanecía de pie sosteniendo una copita de vino dulce en una de sus huesudas manos. Se encontraba en el inmenso salón de uno de los pisos del edificio que el padre de Jean Paul había comprado como inversión en pleno distrito 1, el Quai des Orfèvres, situado a orillas del Sena, en la Isla de la Cité, una de las zonas más caras de París.

–Ha sido un gran éxito la operación en Johannesburgo, señor Marinier –comentaba Pierre dirigiéndose al padre de Jean Paul–. No hay duda de que Orlando es un valor en alza para cualquier negocio que emprenda. Y la mediación de Jean Paul al convocarme ha sido decisiva.

–Creo que ya ha matado dos pájaros de un tiro, el segundo mucho mayor que el primero –anuncia el joven ante la cara de sorpresa de su padre y del anciano Pierre.

–¿Que Orlando ha vuelto a negociar algo grande? –inquiere Pierre con un gesto de total sorpresa.

–Sí, de nuevo a través del señor Mako Expósito. Se ve que mi amigo desea dejar bien montado el negocio de gemas por medio mundo. Ha contratado una red de Blockchain entera que le garantiza cualquier cambio en la cadena de transmisión de datos para que los informes falsos no llamen la atención de las empresas auditoras. Es un fenómeno mi amigo, lo he de reconocer.

El señor Marinier se limita a sonreír y apurar su copa de champán Armand de Brignac.

 

En medio del Bosque de Boulogne, su lugar favorito para distraerse del océano de operaciones que rondaban su cabeza, Orlando Gras había encontrado la continuidad que necesitaba para dar rienda suelta a su gran afición por el dibujo artístico.

Desde los 14 años de edad practicaba en la tienda de antigüedades de su madre retratando a aquellos clientes que le llamaban la atención por alguna característica especial. A veces estos se encontraban incómodos ante un chaval que les observaba y tan solo les saludaba con un “buenos días” sin mediar más conversación. Se limitaba a señalar el lugar más probable de la tienda donde podría encontrar a su madre y seguía con su febril afición.

El artista conservaba intactos todos sus dibujos desde aquella época. Los había retocado, enmarcado y cuidado hasta conseguir reunir una auténtica colección. La primera recopilación de lo que él consideraba objetos valiosos y que en ese caso constituía lo más preciado para su ego desmedido. “Mis cuadros serán siempre algo personal e intransferible” –decía para sus adentros con fruición.

 

 

En lo más hondo de su alma, sin embargo, el artista aficionado sentía que su pasión por el dibujo obedecía a una extraña compulsión que casi le ahogaba.

La sucesión de acontecimientos a la que había tenido que enfrentarse desde su adolescencia, con la petición de su madre para que le echara una mano en la tienda de antigüedades al tiempo que debía sacar adelante el bachillerato, supuso para él algo que nunca se había visto en la obligación de analizar.

Pero el tiempo le estaba pasando factura. Él, que no conocía la forma de expresar sentimientos sinceros que no tuvieran que ver con la ironía aplicada a una negociación de cierre rápido, no sabía cómo enfrentar la creciente desazón que crecía en su interior.

“Debo poner en orden mis ideas, ordenar, guardar, limpiar, colocar” … –Un torrente de pensamientos se agolpaban en su cabeza mientras pintaba. Es entonces cuando se da cuenta de que hay unos hechos concretos, una especie de rutina de quehaceres obligatorios que afloran en su mente para torturarle.

Los primeros días de estancia junto a su madre en la tienda con apenas catorce años de edad, Orlando lo pasaba realmente mal. Debía atender a gente desconocida mucho mayor que él, algunos con intenciones no muy claras respecto a si querían comprar, mirar o robar.

Él sí era sensible al peligro. La alarma interior le llevó varias veces ante su madre como recurso que creía de fácil aprovechamiento. Pero siempre encontraba un muro infranqueable de seriedad y recriminaciones.

–No es el modo de comportarse ante el público, nene –decía ella en tono casi despectivo–. Tu padre y yo hemos luchado mucho para mantenernos los tres a flote, dándote la mejor educación que hemos… –Orlando interrumpió aquel previsible discurso utilizando por primera vez el recurso de la burla.

–No, no, no, mami bonita, no me vengas con la historia de siempre, de vuestro descomunal esfuerzo nunca bien pagado por mí, de vuestros insignificantes sacrificios en realidad. Déjame en paz. Ahora me doy cuenta de que he tenido miedo, miedo de verdad por tener que vigilar esta tienda y ordenar, guardar, limpiar y colocar, esa especie de lema raro que te inventas cada vez que me recuerdas mis obligaciones.

La cara de la madre reflejaba estupor y una enorme decepción, tan grande como la bofetada que propinó a su hijo.

–¡Así no se habla a una madre! – le reprochó esta mientras observaba la marca roja de cuatro dedos que había implantado en el rostro del muchacho.

Desde aquel entonces y a pesar de que Orlando pudiera pensar que tenía controlado el origen de su obsesión pictórica, el pasado regresaba de forma recurrente a su cabeza y es por lo que preparaba su carpeta de cuero con las pinturas al carboncillo que usaba en recrear las escenas del Bosque de Boulogne. Necesitaba aquello. Lo anhelaba.

“Terminaré reuniendo la mayor creación de cuadros al carbón que se haya coleccionado nunca y, pensándolo bien, haré que su valor de mercado suba de tal modo que será la colección más cara de la historia. Tendré a mis pies a los mayores captadores de arte del mundo”.

Orlando solía pintar durante una hora, un tiempo perfectamente calibrado para que su agenda no se viera afectada. Esa misma tarde se reuniría con la dirección general del museo Fabergé para cerrar un acuerdo sin precedentes.

El coleccionista se hallaba vivamente interesado en adquirir para su “segunda” colección de objetos preciosos, las miniaturas de personas, animales y flores talladas por Fabergé en piedras semipreciosas. Las tallas más frecuentes eran de animales como elefantes, incluso cerdos, pero también se realizaron algunas a medida de las mascotas de la familia real británica y otros nobles. Las esculturas florales incluían originales vasitos con flores talladas, en cuarzo, diferentes piedras duras y esmalte. Las tallas por lo general medían unos 25 a 75 mm de largo o ancho. Unos ejemplares perfectos para empezar a decorar las docenas de vitrinas de cristal de Sevres que acababa de adquirir e instalar en su apartamento-mansión de los Campos Elíseos.

Orlando tenía el firme propósito de adquirir los cincuenta y dos huevos Fabergé imperiales, aunque los que están localizados son cuarenta y cuatro, los dos últimos de 1917 que nunca fueron terminados por causa de la Revolución rusa.

Aunque la mayoría de los museos del mundo han considerado siempre como una “alienación” vender sus piezas y lo más a lo que han llegado es hacerlo para renovarlas con la compra de otras, las últimas crisis financieras desataron el pánico en los museos de todo el orbe. Esto les ha hecho recurrir a la venta de sus obras de arte para compensar las pérdidas.

El más anhelado por Orlando Gras es el “huevo de la constelación del Zarévich”.

 

–Se trata de uno de los dos huevos de Pascua diseñados por la mano maestra de Peter Carl Fabergé en 1917, por encargo del último zar de Rusia, Nicolás II –apuntaba Dominique, el ejecutivo de ventas del museo–. Fue concebido como regalo de Pascua para su esposa, la zarina Alejandra Fiodorovna. El último huevo imperial Fabergé diseñado y sin haber sido entregado.

–Está hecho de vidrio azul con una base de cristal de roca –continuó Dominique, exhibiendo conocimiento para intentar impresionar a Orlando––. El signo zodiacal Leo está grabado en el vidrio al ser de este signo el heredero al trono ruso, Alexei Nikolaevich, zarevich de Rusia. Algunas estrellas están marcadas con diamantes y un mecanismo de relojería en el interior del huevo debería incorporar una esfera giratoria exterior en forma de disco, si se hubiera terminado.

–Conozco la historia, Monsieur Dominique –se apresuró a aclarar Orlando–. Es por eso que pondré todos los recursos que pueda para que entre todos organicemos una investigación a fondo, por todo el mundo si hace falta, para encontrar una pista tan solo. Con eso me conformaría de momento. Luego, todo se andará.

La seguridad de que hacía gala aquel joven que aún no había cumplido los treinta años, despertó el interés del ejecutivo, quien pensaba en los beneficios profesionales que como mínimo obtendría ante sus jefes por participar en una búsqueda así.

–Podríamos implicar a algunos contactos propios que, digamos, son dignos de mi total confianza –añadió–. Lo cierto es que no saldrá barato…

Orlando estaba admirando una flor de cuarzo amatista de mil toros verdeazulados cuando Dominique hizo aquella observación. Rápidamente se volvió hacia él.

–No me importa el coste, ¿me entiendes? –dijo en tono severo–. Me da igual todo eso del dinerito por aquí y por allá. Siempre que obtengas resultados.

La suerte estaba echada y Dominique lo sabía. Su codicia empezaba a abrirse paso en su mente             presentándole un espectáculo de luz y color que decoraría los siguientes años de su vida.


 

Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Si te ha gustado la tercera parte de esta historia dale click al corazoncito de más abajo y deja tu comentario que es lo más importante.

¡Salud y suerte en la vida amig@s!

 

Nota: todas las imágenes de este post pertenecen a las páginas Deviantart y Artstation

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