El enigma de la pirámide

Las vistas desde el ático mostraban unos jardines muy bien cuidados atravesados por sendas de fina arena amarilla. La gente transitaba por ellos en un trasiego constante, hasta que caían las últimas luces del día.

Un parque de juegos para niños reunía allá al fondo a los padres durante cada tarde. La distancia atenuaba la algarabía no suponía ninguna molestia para Lorenzo, uno de los tres habitantes del ático que compartía desde tiempo atrás. Lorenzo trabaja en localizar ubicaciones para supermercados de distintas cadenas alimenticias. Convive con David, funcionario del ayuntamiento en la Central de Gestión y Vigilancia de la Circulación. También con Mateo, el inspector de la policía nacional de quien era buen amigo.

Lorenzo había realizado un pedido por internet que iba a recibir esa misma mañana y lo esperaba con ilusión, como en su primera infancia, cuando su padre le regaló el juego aquel sobre una misión lunar de la NASA.

–Esto es como aquellos Reyes Magos –pensaba con añoranza–. El “Lunojod 2000, un astromóvil que explora la superficie lunar”. Mi puerta de entrada a otra dimensión.

La imaginación de Lorenzo se desbocaba con facilidad. Por eso le gustaba escribir novelas de ficción y todo tipo de relatos, solo que nunca había obtenido renta alguna de su habilidad. Los hobbies son solo eso.

El timbre del videoportero automático sonó con ese tono de armónica desgastada. La pantalla mostraba al repartidor que esperaba junto al portal. Sin mediar palabra, Lorenzo apretó el interruptor de apertura.

Con el paquete ya en su poder, decidió desenvolverlo con cuidado. Le gustaba tratar bien a sus juguetes desde el primer momento.

La caja mostraba la imagen de una pirámide con cuadrículas en cada uno de sus lados. Extrajo el contenido del envase y lo miró con atención.

–Tiene muy buena pinta, sí señor. A ver cómo va este rompecabezas.

Acto seguido inició varios movimientos de giro de las caras piramidales cambiando la posición de los cuadrados.

–Los cubos de Rubik pasaron a la historia. Estos cacharros son más divertidos –pensaba–. Me encantan los colores de estos cuadrados. A ver esas instrucciones…

Una vez hubo comprobado qué alineamientos había que hacer para completar el rompecabezas se puso manos a la obra. En pocos minutos obtuvo uno de los resultados que debía conseguir en una de las caras.

–Ahora toca repetir lo mismo en las otras dos sin modificar la primera.

Estaba disfrutando como un crío. Le costó un cuarto de hora lograr el éxito. Lo celebró con un grito apenas contenido.

–Esto es la leche. Relajante y entretenido. Justo lo que necesitaba.

Loren llevaba tiempo buscando distracciones que le alejaran de la pantalla del televisor y de las pantallas en general.

–Vale, ahora a la cocina. Las bestias hambrientas llegarán en un momento.

 

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El inspector de policía Mateo López era un bigardo de uno noventa de estatura y cuerpo torneado por el gimnasio, siguiendo los preceptos de la Policía joven. Su tez morena perfectamente afeitada le hacía parecer un treintañero bien cuidado, aunque había cumplido ya cuarenta y dos abriles.

–¿Qué tienes hoy para engullir, amigo? –soltó a bocajarro nada más pisar el vestíbulo.

–Seguro que darás buena cuenta de este guiso. Son carrilleras de cordero en salsa de menta.

–Paso por el lavabo y me entrego a tu creación, Loren –dijo eufórico el inspector.

David se incorporó al ágape unos minutos más tarde. Ofrecía el aspecto de haber sufrido una jornada de trabajo especialmente complicada.

–Esas carrilleras van a desaparecer en un momento, Loren. –anunció con sonrisa forzada–. No cambiaría a este chef por nada del mundo– comentó pugnando por evitar transmitir su pesar.

A los postres, Lorenzo se dirigió a David, iniciando la tertulia propia de todos los días en la sobremesa.

–Chico, te noto cansado ¿Todo bien por la sección de sanciones? El ayuntamiento no sabe qué diamante tiene por empleado.

David miró a sus dos compañeros de piso con ojos cansados.

–Hombre, hoy no ha sido mi mejor día. Empiezo a sospechar que los jefes están… urdiendo algo.

El inspector Mateo exageró su compostura irguiéndose sobre la silla ante el comentario.

–A ver amigo David, dime quién te ha hecho daño que lo empapelo –dijo medio en broma.

 

Estuvieron un rato más de charla durante el cual Lorenzo había empezado a notar una sensación distinta a cualquier otra. Una especie de discurso paralelo a la conversación durante el cual escuchaba otras palabras que parecían proceder de sus dos compañeros pero que solo él oía.

Cada uno se retiró a sus habitaciones y Loren se tumbó en su cama mirando al techo.

–No puede ser. Es como si les escuchase en una grabación. Y lo que dicen suena a confesión, como si otro “yo” les estuviera representando ¿Qué está pasando?

Decidió levantarse y desplazarse hasta el salón para mirar por el ventanal. Los jardines mostraban las sendas de paseo desiertas bajo un sol primaveral más intenso de lo común por esas fechas. Optó por localizar la pirámide rompecabezas y jugar con ella durante un rato. Todo lo que consiguió fue deshacer el puzle sin poder devolverlo a la posición correcta. Volvió a tumbarse en su cama y se quedó dormido en pocos minutos.

 

–Eh, bello durmiente –oyó decir a David entre tinieblas– ¿Es que no vamos a echar una al póker esta tarde?

Tras desperezarse, Lorenzo agitó su abundante melena oscura y dijo que con un café todo se solucionaba.

Jugó unas partidas de póker a tres cartas y después se retiró a escribir.

–Tengo que seguir con el relato sobre los crímenes del ferrocarril –dijo para sí.

Una vez sentado ante el ordenador, reflexionó sobre algo que le rondaba la cabeza.

–Es curioso –pensaba–, pero durante las partidas de cartas no han vuelto a sonar voces. Debo indagar sobre esto.

 

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En los días posteriores, Lorenzo jugó con su puzle piramidal consiguiendo las alineaciones correctas varias veces. Las voces volvieron a aparecer. El paso siguiente fue apuntarlas en el ordenador tal como las recordaba para ver qué conclusión podía sacar de todo ello.

–Es alucinante, oigo dos “grabaciones” distintas –decía para sí mismo–. La voz de David por un lado y la de Mateo por el otro, cada uno contando reflexiones íntimas, como si yo estuviese leyendo sus pensamientos ¿Tendré que visitar a un loquero?

Unos días más tarde, durante una de las comidas en el piso compartido, David mostraba más aturdimiento del que habitualmente le había acompañado en las últimas jornadas. Mateo tampoco se comportaba con normalidad. Se mostraba taciturno y poco hablador, cosa bastante infrecuente en él. Lorenzo decidió tomar las riendas de la situación de forma inesperada.

–Vamos a ver chicos, hace tiempo que vengo comprobando cómo llegáis a casa. Y no me convence que tengáis mucho trabajo en esta época y ya está. Creo que a cada uno de vosotros le preocupa algo concreto, muy particular. Os ruego que os sinceréis conmigo porque sois mis amigos y quisiera poder ayudar en lo que esté en mi mano.

–Vaya, Loren es nuestro ángel de la guarda y no lo sabíamos –dijo Mateo en tono forzadamente burlón– ¿Por qué no lo habíamos notado antes?

–Creo que te preocupas demasiado por los demás, Loren ¿Acaso tú no tienes estrés por esos contratos obligatorios que has de hacer cada mes? –intervino David–. Las grandes superficies dependen de tu capacidad para elegir los lugares más adecuados para construir sus templos del consumo. Eso no se logra así como así. Pero tú siempre estás de buen talante y… además preparas manjares para estos dos animales.

–Ya, ya, soy consciente de la explotación a la que sometéis a este pobre sirviente.

Unas tímidas risas emergieron de las bocas de los presentes. Sin embargo, la incógnita aún flotaba en el ambiente.

–Vale, chicos, pero decidme ¿Qué os pasa últimamente?

David fue el primero en tomar la palabra.

–Bueno, yo, el asunto es difícil de manejar… Es algo relacionado con el, llamémoslo así, pasotismo de mis jefes ante ciertas multas de tráfico.

–¿Hacen la vista gorda por alguien en particular? –inquirió Mateo sirviéndose una taza de café colombiano cuyo aroma embriagaba–. Cuenta, cuenta.

David se sirvió otro café en un vaso grande. Su capacidad para rendirse a los brazos del sueño vespertino era proverbial, así que tomaba medidas.

–Bueno, eh, ¿quieres otro de estos querido chef? –dijo mirando a Lorenzo con el rabillo del ojo.

–Dale, dale –le animó Loren–. Tendremos charla para rato. Sacaros información útil no será cosa de coser y cantar.

Mateo se impacientaba.

–Venga señor de las multas ¿quieres soltarlo ya?

David suspiró y empezó a hablar con la mirada perdida.

–Mis jefes están reteniendo y cancelando informáticamente las infracciones de tráfico de cuatro miembros de… un… partido político muy conocido. Han infringido muchas veces el límite de velocidad dentro y fuera de la ciudad, se han saltado semáforos en rojo… incluso a dos de ellos les ha parado la Policía en controles de alcoholemia y han duplicado la tasa máxima permitida.

–Vaya, menudo marrón –observó Lorenzo con la boca abierta– ¿Y tú te has opuesto?

–Ahí hemos topado con el muro, amigo mío. Comenté a mi jefe algo obvio: que toda infracción hay que reportarla en un listado genérico de incidencias. Borrarla sería infringir la ley. Tenemos inspecciones por sorpresa durante el año y si hay irregularidades mi jefe es el máximo responsable… y el único que puede modificar los expedientes. Como te opongas, puede hacer de tu trabajo un infierno y relegarte al olvido más oscuro. Ya le pasó algo así a otros compañeros.

–Pero ha habido un momento en que no has podido aguantar y has protestado ¿a que sí?

 

 

Una chica de aspecto menudo, con una larguísima cabellera de color castaño, se dirigía a paso rápido hacia el aparcamiento de una urbanización de chalets en las afueras. Los finos tacones de sus zapatos no le permitían dar más velocidad a su paseo. Un coche deportivo de color azul metalizado con los cuatro faros delanteros encendidos iluminaba el camino en medio de la noche.

Dulce María deseaba encontrarse muy lejos de aquel parking infernal, donde llevaba meses acudiendo cada semana al filo de la medianoche. Su hijito de 4 años estaba siendo cuidado por su vecina y amiga Claudia, fiel compañera de infortunio. Ambas pertenecían a la fuerza a la banda de narcos más temida de la ciudad.

Sólo su relación sentimental con el policía que había conocido unos meses antes en el aeropuerto, servía como bálsamo que apaciguaba el rencor y el miedo almacenados en su interior.

–¿Cuándo parará esto? Dios mío, ¿cuándo?  –se preguntaba mientras saludaba con una mano al conductor del deportivo.

–Hola, aquí tienes –dijo dirigiéndose al ocupante del coche–. Es todo lo que han sacado los chavales entre los tres edificios.

El impresentable de turno, mafioso, pandillero, traficante o lo que fuere, contó los billetes y dio un golpe sobre el salpicadero con el sobre que los contenía. Su mirada reflejaba la típica sonrisa maligna de los malos de las películas malas.

–Sí, ya sé, es que no hay forma de encontrar clientes. La zona está ya muy trillada.

–Mírame, Dulce, mira el color de mis ojos y no lo olvides. Nací con uno de cada color y eso será por algo. No me tomes por idiota, porque sé que puedes sacar mucho más. No permitas que me entere de que las cuentas no están bien hechas porque te estamparé contra una pared con una bola de derribo ¿de acuerdo?

Ella asintió al cabo de unos segundos. Luego dio media vuelta y se alejó de allí como si anhelara echar a volar en cualquier momento.

 

–Así es, Mateo –afirmó David tras soplar sobre su taza de espumeante café colombiano–. Protesté en varias ocasiones sobre el lío en que se metería el departamento de vigilancia de tráfico si omitiese las sanciones a esos golfos y golfas. Son dos hombres y dos mujeres los políticos infractores.

Lorenzo estaba preocupado debido a las voces que escuchaba en su cabeza paralelamente a las de sus amigos. “Esto no puede ser verdad”, pensaba cada vez más inquieto.

David se dirigió a Mateo con actitud casi infantil.

–¿Tú podrías…? ¿Podrías ayudarme con esto, Mateo? –se atrevió a preguntar tartamudeando.

–¿Eh? ¿Por eso de que soy poli?

Lorenzo decidió intervenir.

–Pues sí, porque eres poli, pero sobre todo porque somos amigos ¿a que sí? –declaró sorprendido por su propia determinación.

 

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Eran varios días los transcurridos desde que Loren detectó su extraña capacidad de escuchar los pensamientos de sus compañeros y estaba decidido a actuar. Cuando volvieron a tocar el tema del día anterior, el inspector Mateo intentó eludir cualquier colaboración.

–Pero no sé qué puedo aportar yo en realidad, David. Estoy hasta arriba de casos abiertos y antes de fin de mes tengo que haber resuelto uno que me tiene quemado. De verdad, no es buen momento para…

–Tonterías, Mateo –interrumpió Loren con vehemencia–, no creo que no puedas echar un cable a tu amigo. Conocerás a alguien que le pueda ayudar al menos.

–No, no –intervino David moviendo las manos de un lado a otro–. Pido que por favor te encargues tú, Mateo. Eres un inspector de prestigio. Tu nombre ha aparecido en la prensa y todo eso. Si lo haces tú,  hay garantía de que llegaré a buen fin.

 

Dulce María acababa de descalzarse al entrar en la casa de Claudia, su amiga y compañera de banda. Dejó el paraguas en la entrada y el impermeable sobre la percha. Gotitas de la tenue lluvia que había comenzado poco antes se deslizaban por la superficie sintética de esa prenda tan querida que le había regalado Mateo. Dulce recordaba en ese momento aquel día de agosto en el que se conocieron; el aeropuerto bullía de gente atareada y presurosa por escoger uno de los cientos de destinos aéreos que ponía a su disposición el gigantesco recinto. Faltaban pocos minutos para que Mateo acabara el servicio de vigilancia a un delincuente buscado en más de veinte países. Dulce María apareció a su lado mientras tomaba asiento en la sala de espera de donde él ya salía.

–Uy, lo siento –se disculpó, pues su maleta de ruedas le había rozado una pierna.

Mateo vestía de paisano, como casi siempre. Hizo un gesto desenfadado sin fijarse mucho hasta que reparó en aquel rostro tan bello surcado por el ámbar de unos enormes ojos. El hechizo fue mutuo.

Estuvieron charlando cerca de una hora junto a una de las barras de bar de la zona de espera. El aeropuerto empezó a vaciarse de gente y una extraña paz rodeaba a la pareja.

Dulce María dejó de pensar en esos recuerdos en el momento en que entraba en la casa de su amiga. Cuando accedió al salón, su hijito Daniel se abalanzó sobre ella.

–Mami, mami, ¡ya estás aquí! Mira, tengo el coche de policía…

–Muy bien, así que te gusta el regalo de Mateo.

–Sí, es un poli bueno…

 

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El enigma de la pirámide

 

Los tres compañeros de piso se miraban unos a otros. Lorenzo habló en tono ceremonioso.

–Yo también he de contaros algo que me trae de cabeza, nunca mejor dicho. Y es que… es que oigo, sí, oigo voces.

Los dos amigos se miraron incrédulos y rompieron a reír.

–Bueno, te ingresamos en el sanatorio mental cuando quieras, Loren –se burló Mateo sirviéndose un gran vaso de agua fría. Había trasegado tanto café que lo necesitaba vivamente.

–No lo toméis a broma. Nos conocemos demasiado bien y creo que, si doy este paso es porque yo también os necesito. Llevo tiempo deseando saber qué me pasa y lo he averiguado.

Los otros le miraban asombrados. Creían que les tomaba el pelo, pero enseguida corrigieron su actitud. Loren no estaba para más bromas.

–Bueno, parece que todo iba a centrarse en mi problema de las multas –dijo David– y al final tenemos también a Loren y su misterio.

–Así es, David. El misterio de la pirámide.

 

Claudia saludó a Dulce María desde el suelo. Estaba jugando con el pequeño Daniel a las persecuciones de policías y ladrones. Lanzó con fuerza uno de los vehículos hacia el chico y chocó contra el pie descalzo de su amiga.

–Lo siento, Dulce, no calculé…

–No importa, me encanta ver que os entendéis tan bien –se agachó junto a Claudia y la besó en la frente–. Muchas gracias por tu esfuerzo –en seguida le brotaron lágrimas de emoción. Las dos estaban involucradas en una cadena de narcotráfico que acechaba la seguridad de sus vidas y que ellas no habían buscado.

–Todo esto es por el mal karma, Claudia. Si nos hubiéramos quedado en la Sierra, en nuestro pueblo de toda la vida…

–Escucha, nadie puede saber lo que le espera al doblar la esquina. El destino es un túnel o un pozo. Da igual lo que elijas. Nunca sabes si hay o no salida.

–Del túnel puedes salir siempre que no esté tapada la otra boca –apuntó Dulce.

–Y del pozo sales si encuentras otra boca –dijo Claudia en un juego de palabras que las dos bien conocían.

 

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El enigma de la pirámide

 

Los tres amigos habían pasado de la cocina a la terraza que daba a los jardines. Lorenzo estaba a punto de revelarles su inquietante secreto.

–A ver, no estoy loco ni enfermo. Se trata del efecto de la pirámide-puzle que me he comprado. Por favor, a partir de ahora no admito bromas.

David y Mateo se miraron expectantes.

–Cada vez que completo la secuencia en las tres caras de la pirámide, algo parecido a un eco entra en mi cabeza. Si no hay nadie a mi lado no noto nada más, pero al reunirme con gente aparecen las voces. Parece un desatino, de acuerdo, pero lo bueno es que todo termina al deshacer el puzle.

–Pues tira a la basura esa reliquia o lo que sea, solo te dará problemas –señaló Mateo.

–Aparte de que para ti somos como un libro abierto –apuntó David–, hasta en los pensamientos más íntimos ¡Menuda gracia!

Lorenzo le interrumpió con un gesto de la mano.

–Por supuesto que el primero en sentirse mal soy yo y lo que más quiero es deshacerme de este artilugio del demonio. Si no lo hago me traerá otros problemas aparte de perjudicar mi salud mental. Pero antes debo conseguir… otra cosa –Loren apoyó los codos sobre la mesa en actitud de querer comentar algo confidencial.

–Quiero ayudaros con todo eso que más os preocupa a cada uno y luego destruiré la pirámide ¿de acuerdo?

Mateo estaba perplejo.

–¿Por qué hablas en plural? ¿Se supone que yo también tengo un problema?

–Vamos, Mateo, por culpa de la pirámide sé lo que está pasando con Dulce María.

–Pero si ni yo mismo sé lo que pasa… –protestó Mateo un tanto indignado.

–Encontraste un paquete con droga en un rincón del armario en casa de Dulce. Llevas un par de días muy preocupado porque no sabes en qué lio está metida ¿Me equivoco?

–Qué barbaridad, esto… esto es increíble. Es verdad que puedes… leer la mente –acto seguido, Mateo dio unos pasos por la terraza dando la espalda a sus compañeros.

–Para saber lo que pasa, te propongo una cosa –indicó Lorenzo–. Quedas con ella para invitarme a cenar y así podré leer lo que está pasando por su cabeza ¿Qué te parece?

–Pues dime cómo lo haremos para ayudarla –dijo Mateo apoyándose en la barandilla. Los gritos de varios niños jugando en el parque se transmitían en la distancia acompañados del sonido del viento enredándose entre las ramas de los árboles.

–Eso lo sabremos a su debido tiempo. Tú tendrás tu papel en este asunto como buen poli que eres.

Mateo se mantuvo pensativo durante unos instantes antes de asentir.

–Vale, cuanto antes empecemos con esto antes acabaremos –sentenció el inspector.

–Respecto a lo tuyo, David –añadió Lorenzo–, necesitaré acudir a tu oficina una mañana para hacerte una visita de cortesía y de paso me presentas a tu jefe. Puedo ser, por ejemplo, un amigo bloguero que va a documentarse para escribir un artículo. Avisas a tu jefe el día antes y me lo presentas.

 

León, Camila

Victoria y Próspero

 

Eran las dos de la madrugada cuando León y Camila bebían su cuarto “Dry Martini” acodados en la barra del Chill out en las afueras. La casa pertenecía a Victoria, era un regalo de sus padres y tomó posesión de ella hacía poco, más o menos cuando tomó posesión de su cargo en el partido.

La Vicesecretaría segunda le venía como anillo al dedo. Igual que el puesto de coordinador regional había enorgullecido en extremo a Próspero, en su coalición política correspondiente. Las ambigüedades de los puestos habían concedido a Victoria y Próspero un estatus de mucha holganza y poco trabajo. El whisky que tomaba ella era un Lagavulin de dieciséis años y el de él un Macallan Gold Highland de quince.

León y Camila reían sin parar y en un momento dado León parecía que fuera a precipitarse banqueta abajo. Camila lo sujetó y ambos juntaron las cabezas con una risotada. Ninguno de los cuatro compañeros eran pareja, no por seguir normas de partido sino porque eran amigos de batalla y nada más. Llevaban años invadiendo los lugares de copas más visitados de la noche urbana.

 

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El enigma de la pirámide

En esta ocasión, Victoria había organizado en su gran chalet una fiesta-toga de las que tanto gustaban a los cuatro. Era obligatorio acudir a esas reuniones ataviados con el típico atuendo de los nobles en la antigua Roma. La música sonaba con muchos decibelios de intensidad y la veintena de asistentes campaban por el caserón como les daba la gana.

–¡Mi casa es la de todos! –voceaba Victoria en medio del sarao alcohólico-musical.

León y Camila, ya borrachos, compadreaban de manera cómplice, como si estuvieran confiándose algún secreto.

–Pues le dices a esa jefa de prensa que tienes que tú decides lo que el partido ha de sacar en los comunicados. Esa no sabe ni donde tiene la mano derrecha –el comentario les provocó una carcajada inmediata por la forma de pronunciar la palabra derecha.

–Eres muy extremo, León, siempre te lo he dicho –comentó Camila con lengua de trapo. A continuación, hizo un gesto al chico que atendía la barra pidiendo dos copas más.

–Ese veneno os matará –advirtió una voz recién llegada. Era Victoria, que acompañada por Próspero alzó su copa y él la imitó.

–Vaya, esperad a que llegue el siguiente cargamento –bromeó León. En realidad, su frase había sonado a algo así como “cagamento”.

–Eso, eso, a rellenarlo todo ¡Bebed, bebed, malditos! –festejó Camila con unos ojos como brasas.

 

Una reacción en cadena

 

Las oficinas del Servicio de Vigilancia de Tráfico del ayuntamiento ofrecían más superficie acristalada que la mayoría de los edificios destacados de la zona empresarial urbana. Una claridad procedente de luz natural inundaba la sala donde David y sus compañeros funcionarios se afanaban en procesar y resolver los miles de sanciones de tráfico de la capital. Abraham, jefe de Lorenzo y de todo el departamento, charlaba animadamente con el telépata Lorenzo y con David.

–Pues bien, amigo Lorenzo –comentaba Abraham– pregúntame lo que quieras sobre el funcionamiento de este servicio. Te atenderé encantado.

Lorenzo detectó en seguida que esa cordialidad mostrada por el superior jerárquico de David era una impostura que en nada se debía al talante natural del jefe. La capacidad de leer la mente se estaba manifestando plenamente en Lorenzo pues escuchaba todo lo que emitía la cabeza de ese mandón corrompido.

–Te enseñaré los archivos digitales y el programa que usamos para examinar el circuito que siguen las multas. Lorenzo, puedes acompañarnos si quieres –anunció Abraham en tono condescendiente.

Pero, al mismo tiempo, Lorenzo escuchaba una perorata desencadenada en el interior de su cabeza donde había material suficientemente interesante para acabar disgustado.

La voz interior revelaba que para el jefe de David todo aquello era una pérdida de tiempo y que no tardaría ni dos segundos en llamar la atención de David y ponerle en su sitio para que nunca volviese a molestarle con esas visitas.

Varias fueron las revelaciones procedentes de la mente de Abraham en distintos momentos de la conversación que Lorenzo mantuvo con él. Al cabo de una hora, Loren había conseguido conocer cómo acceder a los archivos de datos personales de cada conductor sancionado por el ayuntamiento. La clave de acceso tampoco tardó en ser revelada. Lo que pasaba por la cabeza del mal jefe se traducía en palabras claras para Lorenzo, quien apuntaba todo en su Tablet, simulando tomar nota de lo que el mandamás le estaba explicando.

Al despedirse y abandonar las instalaciones acompañado por David, este preguntó nerviosamente.

–¿Qué tal ha ido? ¿Tienes la información?

–Tengo todos los detalles que necesitamos, David. Esto puede suponer un buen revés para tu amado dictador. Te daré la ruta de acceso y su clave personal. Lo demás corre de tu cuenta.

–Entraré en su despacho y en su ordenador –comentó David–. Todos podemos hacerlo con el nivel de autorización limitado, pero para abrir esos archivos de sancionados, Abraham es el único autorizado.

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Dulce María había dejado al pequeño Gabriel al cuidado de Claudia. Se disponía a preparar la cena para atender la petición de su chico, el inspector Mateo. Este le había pedido que invitaran esa noche a Lorenzo, compañero de piso de Mateo y gran amigo.

–Verás qué buena gente es, Dulce. Me hace mucha ilusión presentártelo, es amigo mío desde que nos preparábamos las oposiciones.

Lo cierto es que a Dulce María le apetecía quedar con personas que consideraba normales, lejos de la banda de narcos en la que estaba metida. Aquel individuo del instituto en su pueblo de la Sierra, la convenció con engaños para involucrarse en una red que ahora la mantenía apresada.

–Me alegro de invitar a tu compañero, Mateo –se acercó a él y lo besó en la boca–. Estará todo listo para cenar a las nueve.

De la conversación con Dulce María, Lorenzo dedujo que era una persona culta, imaginativa, que se expresaba bien y tenía las ideas claras. Sin embargo, una nube oscura acompañaba sus pensamientos. Resultó de una total transparencia para Lorenzo y su poder telepático temporal. Él había trasladado hasta allí la pirámide, oculta en el bolsillo de su abrigo, quizá para asegurarse de recibir toda la información de manera clara.

Tras los postres, Mateo acompañó a su amigo Loren hasta el vestíbulo para despedirse.

–Entonces ¿ya lo sabes todo sobre ese lío en el que está metida? –Loren asintió–.  Le he dicho que te acompaño al coche un momento –y ambos abandonaron aquel apartamento tranquilo de las afueras.

 

En los siguientes días, David llevó a cabo todo lo necesario para obtener pruebas de que los políticos sancionados habían sido perdonados injustamente. El problema es que los 255.000 euros que abonaron las respectivas corporaciones políticas al ayuntamiento, borraron definitivamente el historial de infracciones de León, Camila, Victoria y Próspero. A su vez, el jefe de David no tomó represalias contra él porque este le dijo algo que no admitía discusión.

–Querido jefe, tengo todos los archivos y correspondencia que demuestran mi acusación, en la que tú estás implicado. Así que, o me concedes el traslado a otro departamento con un nivel superior o la cosa no habrá terminado aquí. No quiero ver tu jeta nunca más –sentenció el funcionario sometido a acoso. Acababa de nacer otro gran jefe.

El enigma de la pirámide

 

Dulce María jamás habría comunicado a Mateo ninguna información contra la banda por el pánico atroz que sentía hacía sus miembros. Pero la casualidad hizo que, pocos días antes de la cena con Lorenzo, ella se encontrase en el destartalado piso franco que usaban cada vez que la convocaban para entregarle mercancía de menudeo. La oficina estaba vacía. Había acudido antes de tiempo y decidió sentarse a esperar en la antesala de una especie de despacho de mala muerte utilizado para esos fines. La puerta cerrada estaba tan desvencijada que podía oír lo que al otro lado hablaba por teléfono el individuo que iba a entregarle el producto. Escuchó detalles de una entrega muy grande en un polígono industrial, en una fecha y hora determinadas. Atemorizada por las consecuencias si la descubrían optó por escapar de allí. Volvería una hora más tarde disculpándose por el retraso.

Tras su conversación durante la cena con Dulce, el telépata Lorenzo supo con todo detalle que la banda de narcos iba a involucrarse en el acopio de un alijo de más de 4.000 kilos de cocaína de alta pureza.

El inspector solicitó ayuda a los departamentos policiales adecuados y tras un seguimiento exhaustivo de los movimientos de la banda, en la fecha señalada detuvieron a los implicados. Ninguno de ellos pudo sospechar jamás de Dulce María.

El policía y Dulce degustaban un mojito en casa de Claudia, que había sacado a pasear al pequeño Daniel.

–Esto solo es una gota en medio del océano –comentaba Mateo mientras la miraba a los ojos con un atisbo de pesar y añoranza, lamentando que, a pesar de las detenciones, la gran red de esos narcos quedaba aún operativa en muchas zonas, dentro y fuera del país.

Ella entendió lo que el inspector no expresaba con palabras.

–No te lamentes Mateo. Gracias a ti Claudia y yo hemos podido abandonar para siempre a esos monstruos. Nunca te podré agradecer lo bastante… –Él se limitó a besarla profundamente, con un entusiasmo que ella se apresuró a devolver.

–Espero que estemos juntos por mucho tiempo –comentó Dulce con los ojos entrecerrados.

 

Lorenzo había preparado las bolsas de basura con los materiales reciclables clasificados. No sabía muy bien dónde meter la pirámide que tanto le había ayudado y que tanta ansiedad le estaba ocasionando. Quería relegarla a un vertedero lejano y olvidarla para siempre.

Así pues, la pirámide terminó en un contenedor grande de basura plástica. Cuando la bolsa donde se hallaba llegó a manos del operario del vertedero, este se sintió atraído por ella.

–¡Vaya! Parece que hoy estoy de suerte. Me gustan los rompecabezas –dijo para sí, muy ufano.


 

Y aquí terminamos por hoy. Si te ha gustado por favor haz click en el corazoncito de más abajo o sígueme si quieres.

¡Os deseo mucha salud y mucha suerte!

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2 Comentarios
  • Los libros de Baker Street
    Posted at 22:20h, 25 septiembre Responder

    Un relato muy entretenido y bien hilado. Excelente trabajo. Un saludo.

  • Rosa Fernanda Sánchez Sanchez
    Posted at 08:23h, 26 junio Responder

    Magnífico relato, siempre sorprendente, tanto en la historia, como en el impecable lenguaje…Gracias por tu esfuerzo, un auténtico deleite

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