El hombre tras el mostrador. La tienda

Resumen de la primera entrega

(ver la primera entrega)

 

Una pareja llega al territorio canadiense del Yukón, muy próximo a la frontera con Alaska, dispuestos a pasar unos días de vacaciones en contacto con la naturaleza. Por casualidad descubren una tienda donde la actividad principal nada tiene que ver con el cartel que cuelga de su fachada.

 


 

El hombre tras el mostrador. La tienda

 

–Aparte de las rutas de los Lagos Escondidos, asistir a la carrera de trineos con perros hasta Fairbanks y la sesión de esquí en el monte Sima ¿Qué más podemos hacer por aquí? –convine yo.

–Muy bien, pues nos divertiremos de lo lindo en esa sesión espiritista o como quieran llamarla. No quiero imaginar lo que sería de esta ciudad sin atractivos turísticos como ese –comentó Noelia en tono burlón.

–Bueno, si miras al Yukón como un territorio que limita al norte con el océano Ártico y al oeste con Alaska, poco atractivo le verás si eres un urbanita convencido. Pero con un poco que te guste el senderismo, la llamada de la naturaleza es poderosa y disfrutar de estos paisajes no lo olvidarás en la vida.

–El reclamo histórico habitual –añade ella– es que el Yukón ha sido el escenario de la Fiebre del oro de Klondike, a finales del siglo XIX.

–Así es. He leído bastante sobre eso. Al parecer, un grupo dirigido por un tal Skookum descubrió oro en un afluente del río Klondike en un verano de 1896. Unas 40.000 personas acudieron al lugar tras grandes dificultades, con el único fin de encontrar el yacimiento de oro.

–El escritor estadounidense Jack London reflejó la vida de los buscadores de oro en varias de sus novelas y relatos –apuntó Noelia–. Acudió al canto de sirena con la idea de hacerse rico por la vía más rápida, pero tras contraer el escorbuto regresó con las manos vacías. Algunos de sus mejores cuentos ambientados en la adversa vida del Norte los tenemos en casa, como La hoguera, El silencio blanco…

–Hubo un momento en que se hizo insoportable el número de inmigrantes y de prospecciones auríferas a lo largo del Klondike, cerca de Dawson City. Venían hasta de los Estados Unidos y todos se expusieron al riesgo de sufrir una hambruna.

–Vamos, que muchos se dejaron la vida en el empeño –repuso ella–. No quiero imaginar las disputas por los terrenos de prospección, venganzas y cosas así.

–Ni yo. Oye ¿Qué tal si tomamos algo para entrar en calor? Queda media hora para… el espectáculo de otro mundo.

–¿Caldito caliente o cerveza? –preguntó Noelia abrazándose a mí.

 

 

A las doce en punto se había formado una larga fila de visitantes ante la tienda de souvenirs del enterrador, como la habíamos bautizado. El aspecto del tendero no podía ser más de película. Casi dos metros de estatura, delgado, de rostro enjuto surcado por arrugas profundas que marcaban facciones duras, como esculpidas en roca, rematando una expresión permanente de hastío.

–Es el vivo ejemplo de alguien que desearía cualquier otra cosa antes que continuar en esta ciudad y en este país.

–Mira, Rodrigo, ¿ves lo que llevan algunos sobre sus cabezas? Son tiras de papel de aluminio, no lo puedo creer. Pensaba que esas chorradas habían quedado olvidadas en los años setenta.

–Sí, cuando la gente pensaba que los extraterrestres podían leernos el pensamiento.

Sin pensarlo dos veces pregunté al tendero.

–¿Por qué algunos llevan esos trozos de aluminio?

Dada la diferencia de estatura, él bajó la mirada unos tres palmos para conectar con mi campo visual.

–Algunos están majaras –es todo lo que quiso aportar.

Claro, a veinte euros la entrada podían estar como quisieran –pensé–. Igual nuestro anfitrión podía añadir otra fila para curiosos que quisieran descubrir cómo iba disfrazaba esa gente.

–¿Has visto ese grupo del fondo? –pregunté a Noelia.

Llevaban todos la misma indumentaria, unos pantalones de esquí color plata y unas camisetas con la leyenda: “Hazte fan de los espíritus de Whitehorse” acompañada del hashtag “Hazte miembro del Club Reno”.

El interior de la tienda dispondría de unos 100 metros cuadrados para recibir a cada grupo de treinta personas en los que el enterrador nos dividía a las visitas. Los percheros y bloques de estanterías habían sido dispuestos junto a las paredes de forma que no estorbasen al grupo. En un rincón alejado de nosotros estaban los muestrarios de botas de esquí, el único motivo que al principio nos había llevado hasta aquella tienda de souvenirs.

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–Bueno, querido, a ver qué nos reserva el espectáculo. Ya estoy intrigada.

El hombre tras el mostrador inició la presentación.

–Bienvenidos. Me llamo Ronnie y soy el conductor de esta sesión del fenómeno que hoy les ha traído a ustedes aquí. Experimentarán una auténtica vivencia extrasensorial, aunque a la vez muy realista, se lo aseguro. Lo que capten sus sentidos cada cual lo interpretará a su manera y al final de todo yo podré aportar explicaciones a ciertas fases del fenómeno, si ello es posible. Ruego que dejen sus teléfonos móviles en las cestas que he dispuesto para ello en la entrada. Por favor, háganlo porque cualquier intento de usarlos los estropearía.

 

Noelia y yo nos miramos casi con la boca abierta. El tal Ronnie resultó ser un maestro de ceremonias de primera, que se dirigía a los visitantes con cordialidad y en un tono de voz completamente distinto al que había manifestado con nosotros. Un presentador de televisión o radio no lo habría hecho mejor.

Acto seguido, el tendero apagó las luces y los murmullos de los presentes disminuyeron hasta extinguirse.

Detecté un olor a cable eléctrico quemado y comprobé que otros debieron percibir también algo así. Una pareja que portaba sendos crucifijos besaron las cruces; un trío de adolescentes intentaba ahogar risitas nerviosas mientras uno de ellos lamentaba no tener a mano su móvil para hacer un selfi; el señor de unos sesenta años situado junto a él se llevó una mano a su enorme sombrero vaquero mientras miraba a su hijo haciendo un gesto divertido con sus pobladas cejas.

Noelia y yo íbamos agarrados de las manos.

En ese instante, Ronnie el tendero elevó los brazos al techo y adoptó la postura del crucificado sin moverse.

En cuestión de segundos, un reguero de chispazos cubrió las paredes y el techo de toda la tienda emitiendo un sonido percutiente, como si el espacio fuese una cremallera y esta empezara a desgarrarse.

El olor a cable quemado se intensificó saturándonos el olfato. El grupo de fans del Club Reno decidió agacharse de inmediato buscando refugio, como si aquello se tratara de un seísmo.

Los tres adolescentes de risita nerviosa echaron a correr a la vez tropezando unos con otros, lo que aumentó la confusión. Una estantería entera de botas de esquí se abalanzó sobre ellos.

Ronnie permanecía inmutable en medio de un éxtasis con los brazos levantados en forma de cruz. El chisporroteo inicial dio paso a una serie de condensaciones en forma de nube a lo que los presentes no eran capaces de dar crédito. Sin mediar palabra, se limitaban a señalar hacia ellas con estupor mirándose unos a otros.

Todos comprobamos cómo las supuestas nubes se transformaban en figuras humanas, de distintas formas y edades y lo más espeluznante vino después.

Las formas empezaban a hablar como si se dirigieran selectivamente a cada uno de los presentes.

El padre con el sombrero vaquero enorme recibía el susurro al oído de una dama vestida a la moda de un par de siglos antes. Esto hizo que su semblante adquiriese la palidez del marfil. Su hijo no se movía de su lado, impactado por lo que fuera que ese ente tuviera que decir.

La pareja que portaba los crucifijos aparecía rodeada por tres presencias con aspecto de niños que celebraban el encuentro. A mí me llamó la atención el aspecto de sus caritas de angel no exentas de un rictus de amargura que no contribuía a adivinar nada bueno acerca de su pasado.

En un momento dado, Noelia señaló con un dedo tembloroso sobre mi hombro y yo di un respingo de puro pavor.

Me giré y observé que ante mi tomaba forma un hombre vestido con ropas de la época de los buscadores de oro o al menos eso me pareció por lo que yo había visto en las películas.

Carecía de piernas y la altura que le faltaba para mirarme a los ojos la suplía caminando sobre una especie de zancos de hierro oxidado. Pude ver de cerca la herrumbre que manchaba sus manos pues estas pretendían acariciar mi cara. El óxido disuelto caía ante mí gota a gota.

No lo pude resistir, permanecí inmóvil esperando el contacto, desconozco el por qué. Quizás por un instinto atávico de carácter familiar.

 

Me dirigió unas frases que pude escuchar a la perfección en medio de aquel tumulto de personas que recibían comunicados similares por toda la tienda, convertida ahora en un escenario de encuentros insospechados que ninguno de los presentes habría imaginado en sus peores pesadillas.

Al instante siguiente noté el tirón que Noelia dio de mi brazo separándome de aquel espectro que terminó difuminándose en el fondo de la sala.

El tendero Ronnie seguía sin mover ni un centímetro de su gigantesco cuerpo, anclado en una postura de brazos que pretendía abarcar todo el entorno.

 

Unos segundos más tarde, el hombre tras el mostrador reaccionó por fin despertando de aquella especie de letargo. Encendió las luces del local y lo que allí quedó reflejado fue el final de una breve experiencia macabra.

–Señoras y señores, les comunico que la sesión ha terminado –indicó Ronnie con su mejor tono de showman improvisado–. Ahora pueden recoger las bolsas con el refrigerio que les he preparado para que vayan recuperándose de la experiencia. Se abre también el turno de preguntas, que será compartido entre todos ahora.

Al cabo de pocos minutos llegó la primera pregunta y después una veintena más. Yo quise reservarme para el final. Todas las cuestiones giraban alrededor de las frases transmitidas por aquellas supuestas presencias.

Unos niños que recriminaban a sus padres la falta de cuidados cuando más los necesitaban; una dama que había sido obligada a casarse con un hacendado dos siglos antes, lo que provocó una batalla constante en el matrimonio que terminó con el cadáver de ella emparedado y nunca descubierto… También se manifestaron testimonios de quienes en principio habían sido pioneros en la búsqueda de oro que relataban a algún familiar de los asistentes a la tienda cómo habían sido sus muertes.

Noelia quiso saber lo que me contó el espíritu de los zancos.

–Pues parece que se trata de un antepasado mío que anduvo por aquí buscando oro. Los zancos los usaba para poder acceder a zonas algo más profundas del río, donde se suponía que había más pepitas doradas. Terminó ahogándose por culpa de esas muletas improvisadas.

Lo que hice a continuación era algo que llevaba en mi cabeza desde hacía un buen rato.

–Ronnie, desearía saber algo sobre ti ¿puedo preguntarte? –dije al tendero con tono afable.

–Dispara, amigo –añadió él en una actitud tan distinta a la conocida que parecía otra persona.

–¿A qué te dedicabas antes de acabar en la tienda?

–Bueno, eso casi lo habéis dado por seguro, tanto tu como ella –contestó sonriendo hacia Noelia–. He sido el enterrador oficial de esta ciudad durante veinte años. Lo mismo que hicieron mi padre y mi abuelo. Por eso deduzco que empezaron a aparecer esos espectros en la tienda, con tanto molestarles en sus residencias eternas. A medida que crecía el cementerio tenía que ir trasladando sus restos a fosas comunes y eso no debía agradarles mucho a aquellos amigos.

 

Un olor parecido al del ozono mezclado con el de circuito eléctrico fundido se extendía por la tienda, lo que me llevó a pensar si en realidad todo aquello no obedecería a un montaje perfecto de nuestro enterrador Ronnie, el mejor presentador de una tele de otro mundo.

 


 

Y hasta aquí hemos llegado. Haced click en el corazoncito de más abajo (está muy cerquita, a unos centímetros de tu ratón). Y dejad un comentario por favor. Vuestra opinión es muy valiosa.

Salud y suerte en la vida

 

Nota. Todas las 8imágenes que aparecen en este post pertenecen a la página Deviantart.com

10 Comentarios
  • Federico
    Posted at 14:05h, 24 enero Responder

    Me gustaba de joven leer las novelas de Jack London sobre la búsqueda del oro. Qué recuerdos!

  • ARENAS
    Posted at 13:33h, 24 enero Responder

    Espeluznante lo que monta tu showmaniático enterrador. Papel por cierto que en la futura serie debería interpretar Narciso Ibáñez Menta con zancos.
    Inquietante relato, Todo en él perfecto, atmósfera, descripción de personajes, tensión de la escena cumbre. El lector siente como le rodean los espectros y fuera a uno mismo a quien le tocan la cara. Magistral

    • marcosplanet
      Posted at 15:14h, 24 enero Responder

      Gracias amigo mío. Tus palabras reconfortan siempre y me ayudan a seguir con mis historias.
      Un abrazo.

  • Pascual Herrera
    Posted at 05:23h, 24 enero Responder

    Me ha gustado, sobre todo Ronnie, un personaje curioso con mucho misterio.

    • marcosplanet
      Posted at 09:19h, 24 enero Responder

      Muchas gracias Pascual. Aprecio mucho tu opinión. La verdad es que Ronnie es un personaje que da mucho de si. Es propio de un relato más largo.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 17:26h, 23 enero Responder

    Con qué tranquilidad se toma la explicación de su antepasado. Una experiencia increíble, llena de fantasía y una pizca de realidad, sobre todo en los lugares donde aseguran haber visto espíritus.
    Buen relato Marcos.
    Ha sido fascinante.
    Un abrazo

  • Rovica
    Posted at 14:01h, 23 enero Responder

    Visito tu interesante Blog y tengo que decirte que tus textos me han encantado. Seguro te seguiré leyendo. Un abrazo amigo Marcos.

  • eliom
    Posted at 00:46h, 23 enero Responder

    Impresionante, me encanta Marcos, me atrapó. Un abrazo

  • El Demiurgo de Hurlingham
    Posted at 22:00h, 22 enero Responder

    Sin duda, hice click.
    Me gustó cómo manejaste la atmósfera, con la mención a Jack London, sus cuentos basados en lo que pasó por ahí, con aquellos que encontraron la muerte buscando oros. Y otras muertes como la esposa emparedada.
    Y además, el protagonista sabiendo de un antepasado.
    Es lo más inquietante la revelación de Ronnie de como comenzaron las apariciones espectrales.
    Un gran presentador.

    Muy bien contado.

  • Neogeminis
    Posted at 21:37h, 22 enero Responder

    Espeluznante espectáculo al que, reitero, jamás hubiese presenciado. Sea real o ficticio me hubiese impresionada al punto de no poder dormir por muuuucho tiempo jajaja. Muy buena continuación narrativa que nos has dejado Marcos. Parecería ser el relato de algo en verdad ocurrido! Un abrazo

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