El mago de los mini-héroes

 

Daniel coleccionaba pequeñas figuras de muñecos vestidos de superhéroes que hacían las delicias del pequeño en todo momento. Inventaba aventuras que escenificaba con maestría y llegaba a reproducir escenas de acción con tal fidelidad que atraía la atención de otros niños y también de algunos padres. En ocasiones se formaban corrillos alrededor de Daniel para observar de cerca las peripecias que se le ocurría escenificar al pequeño de seis años.

Los padres del niño estaban más que acostumbrados a verle recrear, dentro de su casa o en el jardín, situaciones cada vez más imaginativas llegando a pensar que el pequeño tenía una especie de don.

Pero cuando cambiaban de escenario y su hijo atraía la atención de todos en el parque, los padres de Dani se sentían incómodos ante el poder de convocatoria de los juegos que su hijo ideaba.

–Ahora la patrulla de los polis persigue al león de fuego y este les hace frente y los derrota. Pero aquí está Nick el lanza-hielo para acabar con el poder de fuego del león. Toma, toma, león de la sombra, vuelve a tu guarida…

Su público aplaudía la entretenida actuación de los personajes que Daniel iba introduciendo en sus historias. Le animaban con vítores y coreaban las acciones de los mini-héroes cuando conseguían vencer a los personajes malvados.

Los padres de Dani preferían dar cortos paseos alrededor para evitar formar parte de aquel grupo de seguidores de su hijo sin saber bien del todo el porqué.

–¡Venga, Supraman!, vuela alto para que los torpedos que han lanzado los insectos de las nubes negras no lleguen a nuestro bonito pueblo –decía Daniel mientras manejaba a uno de sus muñecos con una mano y con la otra hacía moverse a un manojo de palitos de pan seco como si fueran cohetes.

–¡Vamos, vamos, Supraman! –coreaban los presentes.

–Ahora es el turno de que entre en acción la Hechicera Berta –apuntó Dani poniendo un tono de voz grave–. Supraman necesita ayuda…

El niño cogió una figurita de una chica vestida con abundantes ropas multicolor que iba montada sobre un águila y repelió el ataque de los misiles con un hechizo.

Los presentes volvieron a jalear con alegría la victoria de los buenos.

 

Aquella noche, después de cenar, Dani dijo que se iba a dormir pues se sentía cansado. Dio un cariñoso beso a sus padres y subió a su habitación. Se puso el pijama y se metió en la cama junto a algunos de sus muñecos.

Apagó las luces.

Sus padres, Ana y Martín, comentaban las incidencias del día sentados a la mesa donde habían cenado.

–El niño sueña en voz alta, ¿te has dado cuenta, Martín?

–Sí, a veces oigo una especie de susurros cuando me acerco a la puerta de su habitación.

–Pues me preocupa que le pasen esas cosas. Pensaba que esos episodios nos suceden a los adultos nada más. Deberíamos consultarlo con el pediatra ¿no te parece?

–Bueno, no creo que sea algo que nos deba alarmar, Ana. Mi madre me decía que me oía hablar en voz alta cuando dormía, así que…

–Vaya, Martín, nuestro hijo ha heredado todo lo “bueno” de su padre ¿eh?

–No tienes por qué verlo como… –en ese momento, ella hizo un gesto para que Martín guardara silencio.

–¿Oyes eso? ¡Está hablando!

Acto seguido, Ana y Martín subieron por la escalera a paso rápido hacia la habitación de Dani. Se escuchaban palabras susurradas que no entendían muy bien.

Llamaron a la puerta.

–Dani, ¿estás bien? –preguntó Ana al tiempo que empujaba la puerta para abrirla. Lo que vio fue al dulce Dani tumbado sobre la cama rodeado por un grupo de sus muñecos favoritos–. Te dormirás tarde si continúas con tus juegos a estas horas, hijo. Venga, termina ya.

 

Los padres se despidieron de él y cuando volvió a quedar cerrada la puerta, el niño se llevó dos dedos a la boca para indicar a los muñecos que… ¡guardaran silencio!

–Ssh, esperad, que pueden haberse quedado tras la puerta.

En ese instante hubo una agitación bajo las sábanas y por un hueco entre estas y el colchón asomaron tres pares de cabecitas.

–Creo que se han ido –susurró Supraman bajo su traje de color acero–.

–¡Cabeza de chorlito!, no ha dado tiempo para eso –protestó Nick el lanza-hielo enarbolando su proyector de gel–. Ten paciencia.

–Ni por asomo podemos permitir que nos descubran, compañeros –advirtió Berta la Hechicera–. Sus largos brazos se apoyaban sobre un águila majestuosa y portaba una blanca varita mágica sujeta a uno de sus costados.

–La prudencia es lo que ponemos en práctica todos los días cuando Dani nos saca a jugar –añadió Bocagrande. Su cabeza era también mayor de lo normal, con las orejas de soplillo y tan redondas como las galletas. Parecían dos cookies desmesuradas pegadas a los costados de una pelota de balonmano algo deshinchada.

–Oye, Bocagrande, no hay que perder los buenos hábitos ni por un minuto –añadió Pegalotodo mientras ajustaba su mochila lanzadora de pegamento. Tan solo dentro de esta habitación es donde podemos mostrar lo que somos. Cuando está Dani, es verdad, pero sus padres…

–Ya está bien de cuchicheos, amiguitos –intervino Daniel–. Mis padres ya se han ido. El sonido de sus pasos cuando pisan los escalones que crujen al bajar la escalera es inconfundible. Os habéis portado bien. Mañana os llevaré al desván para que podáis jugar cuanto queráis.

–¡Si, si, si! –dijo Soplaviento haciendo gestos de alegría golpeando su gran pecho con ambas manos. Por el ‘gran soplador’ que es una gran idea, amigo Dani. Echaba mucho de menos un poco de vida en el desván.

 

Berta la Hechicera puso cara triste.

–¿Es que no voy a poder volar tanto como quiera por el cielo? Nos movemos siempre en interiores. Os recuerdo que mi águila necesita alzar su vuelo a las alturas para buscar un buen lugar donde montar su nido.

Nick el lanza-hielo no tardó en replicar.

–¿Y cuándo se supone que tu amiguita podrá encontrar pareja y traer crías de mini-águila a este mundo? Tu tamaño es como el de una paloma. Ningún águila macho te hará caso para formar un hogar.

–Eres injusto y frío como el hielo que disparas, Nick –le reprendió Hada-Tormenta. Esta vestía un largo impermeable con una gran capucha que le servía para provocar a las nubes cercanas y hacer que nevara o lloviera con intensidad, hasta con abundantes relámpagos y rayos si ello fuese necesario.

–A veces me cuesta evitar poner sobre tu cabeza un buen nubarrón que te limpie las ideas con agua pura de lluvia –remató el Hada.

–A ver, compañeros, ¿podríais dejar de discutir? –inquirió el niño–. Me parece que en lugar de visitar el desván necesitáis algo de acción para variar. ¿Qué os parece tener una aventura en el parque mañana por la noche?

–¿Te refieres a una buena obra? –preguntó Supraman– ¿Como la ayuda que dimos a aquel niño al que maltrataban unos compañeros en el cole?

–Eso es –confirmó Dani–. Pero hay que ir con cuidado pues esta vez nos enfrentaremos a gente que puede ser más peligrosa.

 

La mañana siguiente en el desayuno, Daniel degustaba unas rosquillas deliciosas que había horneado su madre. Esta se quejaba de que no había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de los escandalosos jóvenes que invadían los jardines que había junto a su casa. Música a todo volumen, gritos y voces cada dos por tres o el sonido constante de un balón de futbol rebotando por todas partes impedían conciliar el sueño a muchos de los vecinos. Tras las protestas de alguno de ellos, la policía atendía a veces el aviso, pero hasta el momento no había podido hacer nada pues los juerguistas eran muy listos y cuando veían a lo lejos la sirena azul de un coche policial, cesaban enseguida en su algarabía y permanecían quietecitos como si nunca hubiesen roto un plato. Los polis se limitaban a circular cerca del escenario de la fiesta y acababan pasando de largo.

–Los vecinos deberían unirse y dar una lección a esos impresentables –aseguraba Martín con gesto de enfado–.

–Papi, es casi la hora –dijo Dani después del último bocado–. Tenemos que ir al cole.

 

 

Esa noche, un grupo de muñequitos apenas visibles en la oscuridad, se había ubicado en el jardín detrás de los bancos que un montón de jóvenes ocupaban intercambiando risotadas. Algunos alborotadores daban golpes a latas vacías de bebidas diversas dispersas por el suelo. Uno de ellos gritó: ¡sacad el balón, vamos! Y otro le obedeció abriendo la puerta de su coche tuneado, en cuyo maletero había instalado un enorme altavoz que difundía a los cuatro vientos sonidos desgarradores de música desagradable.

Siguiendo las instrucciones que aquella tarde Daniel les había dado, Pegalotodo había proyectado un buen chorro de pegamento con su mochila lanzadora sobre cada uno de los bancos que los escandalosos solían utilizar para acomodarse.

Uno a uno, al menos seis de ellos empezaron a soltar palabrotas y quejarse de que sus traseros estaban húmedos y pegajosos.

Soplavientos se acercó a un grupo de ellos y volando sobre sus cabezas soltó en sus oídos un buen chorro de aire a presión. Los chicos se escandalizaron por la presencia de “una especie de pajarraco que revoloteaba por allí”. Las brumas de la noche les impedía distinguir nada con claridad.

Bocagrande cerró sus mandíbulas sobre el balón con el que otros jugaban al futbol, aprovechando que el esférico había caído tras unos arbustos después de una torpe jugada.

–¡Eh, mirad allá! –advirtió uno de ellos, alarmado–. Parecen algo así como conejos, hay una ardilla entre ellos… ¿O serán ratones?

–¡Vamos tras ellos! –gritaron todos a una.

De inmediato los pequeños muñecos emprendieron la huida, algunos con mayor rapidez que otros.

–¡Esperad! –pedía el redondo Bocagrande–. Tengo que rodar yo solo porque nadie me empujaaa… En ese momento, el águila que transportaba a Berta la Hechicera le sujetó con sus garras y levantó el vuelo logrando acelerar la carrera de su compañero.

Los cinco mini-héroes se encontraban a unos cincuenta metros de Dani, quien les esperaba con su mochila de los juguetes escondido entre unos arbustos del parque en el punto convenido.

–Vamos, Hada-Tormenta, te toca a ti –le avisó el niño.

Un chaparrón repentino comenzó a descargar con fuerza una tromba de agua que dejó empapados a los alborotadores nocturnos en menos de un minuto. Algunos relámpagos se dibujaban ya en el cielo negruzco que flotaba sobre sus cabezas.

–¡Vaya con la lluvia de las narices! –protestó el cabecilla de los ruidosos–, es mejor que demos media vuelta colegas.

Todos detuvieron la persecución tras las palabras del cabecilla y regresaron a sus coches tuneados con la ropa empapada y algunos con la trasera de los pantalones bien manchada de pegamento. Otros escuchaban aún un pitido en sus oídos procedente de la labor de Soplavientos. El dolor de cabeza que Berta la Hechicera había provocado en media docena de escandalosos repiqueteaba en ellos como un martillo.

Supraman contemplaba satisfecho la colección de botellas de bebidas alcohólicas que había conseguido amontonar junto al contenedor de basura, motivo por el cual los bebedores nocturnos anduvieron un buen rato discutiendo sobre quién era culpable de habérselas olvidado.

 

El mago de los muñecos logró que la paz nocturna se instalara en la urbanización, cosa que celebró con sus mini-héroes en el desván con un banquete donde cada uno de ellos degustó con placer la comida y las bebidas especiales que solo el mago Daniel sabía que podían tomar sus pequeños héroes animados.

Pero este detalle culinario lo conoceremos en un próximo episodio de: “El mago de los mini-héroes”.

Hasta la próxima, amigos.

 


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Nota: todas las imágenes de este escrito incluida la portada pertenecen a la web: bing.com/images/create/

 

 

6 Comentarios
  • Anónimo
    Posted at 16:58h, 23 mayo Responder

    Hola Marcos, muy buena y linda historia, me encantó el personaje, muy bien llevada, abrazo grande

  • Federico
    Posted at 14:30h, 21 mayo Responder

    Me recuerda la serie de películas de Toy Story. Saludos.

    • marcosplanet
      Posted at 14:54h, 21 mayo Responder

      Puede ser, aunque quiero que esta curiosa pandilla tenga personalidad propia y pasen aventuras diferentes a lo que esas pelis que mencionas nos tiene acostumbrados. Saludos.

  • Arenas
    Posted at 21:36h, 20 mayo Responder

    Mágico y encantador relato.
    Falta le hacen a este mundo de mayores más Danis con sus muñequitos de hacer el bien.
    Esta saga va a dar para desfacer muchos entuertos, al modo del viejo rabo de nube de la canción de Silvio Rodríguez.

    Si me dijeran: pide un deseo
    Preferiria un rabo de nube
    Un torbellino en el suelo
    Y una gran ira que sube
    Un barredor de tristezas
    Un aguacero en venganza
    Que cuando escampe
    Parezca nuestra esperanza

    Tu relato me lo ha recordado.

    • marcosplanet
      Posted at 10:32h, 21 mayo Responder

      Precioso comentario y bella composición de Silvio Rodrigues,, que engalana este blog desde tu mano poética.

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