El Mar de los Sargazos. Una aventura atlántica

Tiempo de lectura ocho minutos

 

Introducción

 

Existen cuatro corrientes cuya combinación forma todo un sistema oceánico que circula en el sentido de las agujas del reloj denominado “Giro del Atlántico Norte”.

Aunque las corrientes citadas son responsables de la presencia de abundantes plantas marinas y desechos, el agua oceánica del Mar de los Sargazos posee un color azul intenso con una transparencia fuera de lo común. La visibilidad submarina por debajo de la capa de algas llega hasta los 60 metros de profundidad.

Es el único mar que no limita con ninguna costa. La absoluta tranquilidad de sus aguas junto a la proliferación de una abundantísima masa de esas algas flotantes, han provocado en muchos marinos la ilusión de hallarse a salvo tras alguna de las ocasionales tormentas o temporales que sacuden el perímetro de esa zona septentrional del océano Atlántico. Este límite entre la parte tempestuosa de las aguas previas al Mar de los Sargazos y la quietud que se encuentra en él, es lo que ha llevado a muchos navegantes a encallar en sus aguas, atrapados en “La melena del diablo”, como algunos indígenas caribeños han calificado a ese mar desde hace siglos.

El poema “Ora marítima”, escrito en el siglo IV d.C. por el poeta latino Avieno, describe en uno de sus fragmentos una porción del Atlántico cubierta de algas y sin viento, y cita un relato ahora perdido del siglo V a. C. del navegante cartaginés Himilcón. Colón conocía este relato y pensaba que Himilcón había conseguido llegar al Mar de los Sargazos, aunque los expertos actuales no lo consideran verídico.

El primer relato escrito que se conserva y hace referencia al mar de los Sargazos se remonta al propio Cristóbal Colón en 1492, quien escribió en su diario de abordo sobre la existencia de estas algas marinas que cubrían una vasta superficie bajo la cual había aguas poco profundas que podrían hacerlos encallar. Mencionaba además que la falta de viento temía que inmovilizara los barcos envolviendo parte del casco en una gigantesca red de pesca.


 

El capitán de yate Patricio Ventura llevaba muchos años en su palmarés figurando en la Categoría A en navegación oceánica. La embarcación que utilizaba medía 14 metros de eslora, lo que viene a ser la media para cruzar el Atlántico, y debía poder soportar vientos constantes de más de 40 nudos, así como olas de más de 4 metros.

Patricio había bautizado su yate como “Indomable espíritu”, una alusión que le animaba a continuar en sus arriesgados viajes por los océanos del mundo. En una ocasión, navegando por las islas Azores le asaltó un temporal de grado 9 en la escala Beaufort, es decir:

“Olas muy gruesas. El mar ruge, mala visibilidad por rociones y espuma”.

 

El espíritu de Patricio le había llevado a explorar todo tipo de mares y ya había cruzado en otra ocasión el océano Atlántico. Una de ellas por la ruta del sur, desde España, de este a oeste hacia el sur del Caribe, pretendiendo llegar a la Isla de Antigua y Barbuda. Lo consiguió partiendo de las Islas Canarias, junto al Sahara Occidental y tras unos 20 días de navegación.

La ruta que ha elegido ahora es una modificación de la anterior con destino a la isla Dominica. Zarpará en el mes de febrero, retrasándose así respecto al mes de noviembre elegido en la anterior ocasión. Esos dos meses son la ventana de tiempo donde se sitúa el período de menor riesgo de huracanes. Patricio sabía además que los vientos alisios y de levante soplarían a favor.

El experimentado navegante había decidido zarpar navegando de cara al viento desde Canarias a Cabo Verde desembarcando en la costa de Dakar, la capital de Senegal, . Desde Cabo Verde se alinea la ruta en una recta que apunta a cualquiera de las islas surorientales caribeñas. Estas forman un rosario de más de 700 islas de 28 países.

Patricio repasa en su cabina los detalles de la travesía en el interior del “Indomable Espíritu”, que permanecía anclado en el pantalán del puerto deportivo Marina Rubicón en Lanzarote.

–A ver ¿Qué tenemos aquí? Un folleto sobre Los Estados Miembros de la Comunidad del Caribe o CARICOM, que en total… son trece:

Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Haití, Jamaica, Monserrat, Santa Lucía, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Surinam, y Trinidad y Tobago.

–¡Hola! –se oyó decir desde la acera del muelle. Una mujer de pelo castaño que ondeaba al viento de poniente levanta una mano saludando a Patricio. Este le hace una señal para que bajara al pantalán.

–¡Qué alegría verte tan pronto, Sara! –comenta muy complacido–. Así que has podido escaparte de tus guardias médicas y ayudarme a preparar esos detallitos que tanto te gustan antes de mis viajes.

–Es que si no te ayudo con el reparto de espacio interior vas a tener que acabar tirando la mitad de los enseres por la borda –bromeó ella.

Llevaban cinco años recorriendo más millas marinas que kilómetros en tierra firme y de ahí había surgido algo más que les mantendría unidos para siempre.

Tras un profundo beso, él la sujeta entre sus brazos y la mira directamente a sus ojos color miel.

–Tus ojos son una distinción que tu familia nunca habría pensado que heredarías de tu bisabuela Berta –dice él.

–Berta nació en Dinamarca, de padres suecos, así que, alguna papeleta debería yo tener para… Él completa una frase repetida por la pareja desde siempre…–para tener estos ojos de caramelo.

–Bueno, querido, te he traído un pendrive con un Excel donde verás que están los artilugios útiles para guardar y ordenar todo lo imaginable.

–Eres un pozo de sabiduría, Sarita mía –dice él en tono jocoso–. Nunca agradeceré lo bastante a mi insigne colaboradora… –ella lo interrumpe con un manotazo en el hombro.

–Recuerda que esta vez no voy contigo, porque cuando lo hago nunca te enteras de esas útiles muestras de orden –. Ella eleva las manos al cielo en gesto de plegaria–. Solo espero que sobrevivas a tu tendencia natural hacia el más perfecto desorden.

Patricio la besa de nuevo y permanecen fundidos en un cálido abrazo mientras los últimos rayos de sol tiñen Playa Blanca. Se encuentran en el sur de Lanzarote. Una zona romántica protegida de los vientos alisios.

Ya había anochecido cuando Sara abandona el “Indomable Espíritu”. Sabe que Patricio librará bien la batalla y llegará a su destino en isla Dominica. Sí, está segura, claro. Él ya hizo la travesía en solitario dos años antes. Sin embargo, la sombra de duda que la invadió en aquella ocasión en que tampoco pudo acompañarle regresaba ante ella y le presentaba su peor cara.

–Tiene que asumir todos los roles de capitán, marinero, operador de radio, cocinero… estará desamparado si se pone enfermo y quién sabe si… –. Sara da una sonora palmada e intenta recuperar el sosiego.

–¡Vamos! –se dice a sí misma–. Celebraremos juntos en el Caribe nuestro reencuentro.

Ambos habían planeado reunirse en isla Dominica a la llegada de Patricio y relajarse por esas tierras durante un tiempo indefinido. Sara acababa de pedir la excedencia en el hospital y Patricio gozaba de un estatus de prejubilado por el que había renunciado a parte de su pensión para quedar libre de toda atadura laboral.

–Vamos, que mil euros no es dinero, pero ayuda al compañero –. Solía decir ante el grupo de amigos del club.

En realidad, Patricio recibía además una renta vitalicia por la herencia de sus padres, fallecidos en accidente de tráfico hacía una década. Cumplidos los sesenta y dos años en una excelente forma física, vio abierta la ventana hacia la libertad practicando la navegación a vela por esos mares que le atraían como cantos de sirena imborrables de su mente.

–Los del club –apuntaba su buen amigo Rigoberto– siempre hemos envidiado tu condición física y lo sabes, Patricio, pero que quieras volver a intentar la travesía ahora…

–¿A mis sesenta y dos decís? –repone él–. Mejor que nunca.

 

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A los pocos días, Patricio zarpa esperanzado desde el puerto de Playa Blanca, en el sur de Lanzarote.

Inicia así su anhelado viaje de redescubrimiento de un océano cuyo influjo sobre él aumentó sobremanera la primera vez que lo cruzó en solitario.

Para él se trataba de una auténtica renovación que pensaba le serviría para sanar su interior de todas las heridas sufridas en los últimos años, sobre todo, tras la muerte de sus padres en aquel accidente.

Mientras maneja la rueda de aluminio del timón recibiendo la corriente por la proa, recuerda como en un flash de imágenes sucesivas los momentos anteriores a la despedida de sus padres en su madrileño ático de Chamartín.

Habían cenado copiosamente una mariscada de armas tomar rociada por el mejor rosado de Merlot. Tras el ágape, un brindis con “1886 Brandy de Jerez”.

–Entonces ¿salís ya camino de Santillana, papá? –preguntó Patricio distraídamente.

Es curioso cómo se echa de menos la atención que podías haber dedicado a alguien tan querido a quien no sabes que nunca vas a volver a ver. Sólo recordaba las últimas palabras de sus progenitores en el momento en que subían al automóvil del que una hora después tuvieron que extraerles los bomberos en un proceso de excarcelación que duró varias horas.

 

Pasada la tragedia, Patricio entra en un proceso paulatino de aislamiento y es cuando decide convertirse en el navegante solitario. De hecho, su actitud ante la vida sigue una metamorfosis que aún no ha finalizado. Para él no lo hará hasta que haya encontrado una razón por la que ha de estar condenado a soportar tanto dolor.

Hay muchos que han realizado la travesía del Atlántico en solitario. Cada uno con su historia personal y sus lastres de conciencia. A Patricio le lastraban varios hechos de su vida que llevaba marcados a fuego. Se repetían en su mente cada vez que se tumbaba al final del día, en medio del dormitorio del ático heredado de sus padres, como si lo envolviese una pegajosa tela de araña que le impedía respirar.

Las pesadillas se repetían en medio del océano, como tuvo ocasión de comprobar en su primera travesía del Atlántico hacía dos años.

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Pero ahora, el navegante se ha alejado de Lanzarote con rumbo a Cabo Verde, adonde piensa llegar en unos siete días. Primero hará escala en Dakar, la capital de Senegal y tiene intención de explorar algunas islas caboverdianas.

Patricio quiere conocer Praia, la capital actual de la isla más grande que es Santiago.

Cabo Verde se volvió económicamente próspero durante los siglos XVI y XVII, atrayendo a comerciantes, corsarios y piratas. Esto atrapaba la mente de Patricio en el momento del atraque en la isla de Maio, la más próxima a Santiago.

–Con aquellas embarcaciones de hace cinco siglos había que echarle mucho coraje –pensaba en plena evocación de otros tiempos–. Y las tripulaciones debían estar muy entregadas al trabajo de a bordo para capear todos los temporales.

El “Indomable Espíritu” era un barco monocasco con cuatro velas sujetas al palo trinquete (el delantero, de proa), al palo mayor y al de mesana mediante sogas, cabos y cables con diversos nombres propios de la navegación a vela.

El palo de mesana es el último de los mástiles (parte trasera o popa) y su función está asociada con la estabilidad del buque.

El barco iba equipado con tres tipos de vela: una vela mayor, una trinqueta y una genaker. Esta se emplea cuando el viento es flojo o moderado, y se quiere embolsar el máximo de aire posible cuando el viento viene de espaldas.

La trinqueta aporta seguridad y confort de marcha con más de 25 nudos de viento real.

Los aventureros solitarios como él nunca se sentirán lo suficientemente agradecidos a los famosos “winches”. Se trata de dispositivos mecánicos del barco diseñados para recoger, soltar y ajustar la tensión de un cabo o cable sustituyendo así el esfuerzo y trabajo de brazos que anteriormente realizaban los tripulantes. Su sistema de poleas se usa para el manejo de los cabos principales, velas y cables de la embarcación.

Patricio gobernaba la nave con decisión y pericia. Ya se había visto envuelto en más de un tifón y en varios encontronazos con ballenas, contenedores a la deriva, incluso en cruces demasiado próximos a enormes barcos cargueros. Esto sucedía cuando fallaba el Sistema de identificación automática AIS, el que transmite la posición de un barco a un mínimo de 10-12 millas, para que otros barcos estén avisados y evitar colisiones.

En los momentos de sueño nocturno, que transcurren en lapsos muy cortos, cualquier ruido de las olas sobre el casco o del viento sobre las velas supone un sobresalto, el navegante se pone en pie y recorre la embarcación en busca de algo fuera de lo normal.

También existe un instrumento al que llaman “Soplón”, un compás magnético cuya rosa se observa desde abajo y se coloca sobre las literas, para vigilar el rumbo estando acostado. Al lado, un cuaderno de apuntes para anotar el rumbo cada vez que consultas el compás.

 

–La peor amenaza es que durmiendo choques con un mercante –le decía su instructor del Club náutico antes de su primera incursión en el Mediterráneo–. O con algo que no ves. No vas iluminando el mar con un foco en la proa. Si colisionas con algo debes comunicarlo mediante la emisora de onda corta BLU de radioaficionados y luego arrancas el motor para que no se vengan abajo las baterías porque la radio consume electricidad.

Al final quedas con una persona en una determinada frecuencia –continuaba el instructor–. Son conversaciones de 10 o 15 minutos, vitales para mantener un contacto necesario, también para poder saber algo de otros. La organización “La rueda de los navegantes”, de habla hispana, es una gran ayuda.

–Pero ahora existen las comunicaciones por teléfono vía satélite –repuso Patricio, dudando.

–El teléfono vía satélite para la comunicación es una opción muy cara y la usarás solo si hay un problema grave. Entonces y solo entonces llamarás a salvamento marítimo y contactarás con seguridad.

Al cabo de los años, el navegante aprendería por experiencia sus propias recomendaciones.

Ahora navega rumbo al oeste caribeño tras haber pasado una semana en las islas de Boa Vista, Santiago y San Nicolau. En Praia hizo las principales compras de víveres, repuso el agua potable y acopió combustible.

–Un mes cruzando el Atlántico es muy duro –le comentó Sara en la travesía atlántica que compartieron años antes–. Soportarte a ti mismo durante tanto tiempo… el aspecto psicológico es fundamental si vas a navegar en solitario. Buscas limpiarte por dentro. Sentirse bien contigo mismo.

–Algo así como una renovación interior ¿no? –dijo él sin esperar respuesta.

–¿Y por qué insistes en atravesar el Atlántico, Patricio?

Él la mira a sus ojos color caramelo con un semblante algo más serio.

–El mediterráneo en invierno es muy duro, en verano hay mucho veraneante… el Atlántico es otra cosa. Te sientes más seguro de ti mismo y a la vez insignificante en medio de esa inmensidad. Sientes que formas parte de ese universo como un átomo más, inseparable del resto de la materia. Ves la cantidad de cosas superfluas que te rodean en tu entorno habitual. Y ves que con lo más elemental puedes ser feliz. Con un rayo de sol, con el viento a favor…


 

Por el momento lo dejamos aquí, para que reposéis la introducción a esta aventura. Continuará en la siguiente y última parte.

Si os gusta el desarrollo de la historia, haced click en el corazoncito de más abajo y dejad vuestro comentario, que es lo más valioso.

Salud y suerte en la vida, amigos.

Nota:

Las imágenes de este post han sido obtenidas de pixabay, iStockphoto y Wikipedia.

12 Comentarios
  • Carmen en su tinta
    Posted at 14:00h, 02 enero Responder

    Hola, Marcos. Uau, qué aventurero y qué buen relato para que todos los amantes de la navegación lo disfruten. Se lo envío a mi cuñado que ama la navegación. y lo disfrutará muchísimo. Mil gracias por tus escritos. Un abrazo y feliz 2024.

    • marcosplanet
      Posted at 05:06h, 03 enero Responder

      Muchísimas gracias Carmen. Feliz 2024. Que se cumplan tus mejores sueños.

  • Mis Chic@s y Yo
    Posted at 17:45h, 01 enero Responder

    Me encanta navegar y especialmente en velero. Toda una aventura la de cruzar el Atlántico en uno, aunque personalmente no se si me atreveria!!

    • marcosplanet
      Posted at 10:02h, 02 enero Responder

      En mi caso no, desde luego. Se requieren años de experiencia y no temer a lo desconocido por ejemplo.
      Muchas gracias por la aportación.

  • Froi
    Posted at 19:05h, 30 diciembre Responder

    Hay que ser valientes para lanzarse a esa aventura. Amor marino. Libertad sin límites. También riesgo, mucho riesgo. Me encanta esa historia que has dejado abierta, hacia lugares desconocidos y hermosos, que seguro que le llenarán de luz si logra descubrirlos y regresar a Lanzarote.
    Un abrazo, Marcos

  • Ana Piera
    Posted at 13:05h, 30 diciembre Responder

    Hola Marcos, un relato muy interesante, explicándonos el yate, la ruta, y el mar de los sargazos. Yo de chica oía una canción que decía algo de este mar y desde entonces me intriga. Ya mayor, sé que gran parte del sargazo que se deposita en el caribe se desprende de allá. Interesante también la motivación de Patricio para cruzar el Atlántico. Una gran aventura, sin duda.
    Saludos.

  • Ric
    Posted at 11:03h, 30 diciembre Responder

    ¡Vaya Marcos!, ahora si que me ilusionas, no creo que tenga el valor de hacerlo en solitario pero navegar es algo que me llama de manera poderosa, trataré de hacer algo al respecto en un futuro próximo.

    En cuanto a Patricio, es un fenómeno y está claro que para atravesar el atlántico hay que ser profesional, algo que creo que ya me pilla tarde, tengo otras cosas en mente, que tampoco he hecho, las cuales me gustaría hacer en cuanto acceda a mi jubilación, es posible que este año que entra.

    Enorme artículo y documentado de manera poderosa como siempre.

    ¡Muchas gracias por compartirlo y saludos!

    • marcosplanet
      Posted at 13:19h, 30 diciembre Responder

      Me agradan mucho tus palabras, Ric y me animan como siempre a continuar con mis historias.
      Muchas gracias por tu tiempo.

  • Isaac
    Posted at 09:21h, 30 diciembre Responder

    Navegar a vela siempre me ha parecido una experiencia maravillosa. La sensación de libertad sin límites que sientes cuando el viento hincha las velas y el barco comienza a deslizarse sobre el agua es una de las más intensas que he sentido jamás. Cruzar el Atlántico en un velero es uno de mis sueños inalcanzables. Enhorabuena por la entrada.

    • marcosplanet
      Posted at 09:26h, 30 diciembre Responder

      Muchas gracias Isaac. Me alegra que te haya gustado. Ojalá y puedas cumplir pronto tu sueño.
      Te deseo una feliz salida y entrada de año.

  • Arenas
    Posted at 21:34h, 29 diciembre Responder

    El Mar de los Sargazos ha alimentado mi imaginación desde adolescente. Relatos maravillosos que leí y que jamás olvidaré. Es estupendo poder revivir todo aquello a través de tu escrito. Enormes deseos de continuar la aventura de este tipo de nuestra quinta y forma física similar a la nuestra. Absorbo cada pequeño detalle con delectación.
    Cuánto me gustaría vivir una aventura así en primera persona. En fin, de alguna manera lo puedo hacer siguiendo la aventura transatlántica de Patricio.
    ¡Venga pronto la segunda entrega!

    • marcosplanet
      Posted at 22:52h, 29 diciembre Responder

      Hay una generación dorada que pertenece a un pasado dorado. Poder decir que se pertenece a ella es un auténtico privilegio, amigo mío, ya lo creo.
      Tus palabras me llenan de aliento.
      Un abrazo.

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