El Refugio del Botánico

Tiempo de lectura once minutos.

 

 

Una casa de tres plantas en medio de un gigantesco jardín junto a un bosque de hayas y robles, es un hábitat donde puedes encontrar una rica variedad vegetal: el sauce, el tilo, castaño, alisos, el abedulillo, robles de invierno, el álamo, la magnolia…

El roble de invierno puede alcanzar hasta 45 m de altura y habita las laderas y faldas de las montañas, como es el caso del terreno donde Gerardo vive y alimenta su altruista entrega a la madre naturaleza.

Gerardo habita una hacienda que recuerda a una casa clásica de la campiña inglesa. Está dotada de tres plantas con fachadas llenas de ventanales y una balconada a cada lado de la fachada principal.

Delante de esta, se abre diáfana una pradera muy amplia que riega de color la casa en cualquier época del año. Su dueño se ocupa de que así sea pues siembra todo tipo de flores, injerta distintas especies arbóreas y cuida del entorno para que ofrezca un lado que refleje un espacio vivo.

Para Gerardo no supone esfuerzo mantenerlo todo controlado para que su mundo vegetal luzca en todo su esplendor. Tiene sus preferencias, pero no muy acusadas. Le atrae especialmente una planta denominada “Lluvia de oro”, un lindo árbol ornamental que ha de plantar de forma aislada cuya dura madera es sustituto del ébano.

 

Sin embargo, el botánico es consciente de una ineludible salvedad. Todas sus partes son tóxicas y la ingestión de sus semillas es mortal.

Conoce tal número de especies que se siente muy seguro identificándolas y no suele dudar a la hora de extraer las esencias que luego transforma en sustancias curativas en el laboratorio del invernadero.

El estilo de vida que decidió mantener a raíz de la muerte de su madre un año antes, le estaba recomponiendo como persona y reactivaba su espíritu hermanándole cada vez más con la naturaleza.

El botánico recorría grandes trayectos que le llevaban hasta las altas montañas del cañón de Añisclo en pleno pirineo aragonés. El que más le gustaba era el que conducía a los altos de la Ripareta, un enclave de vistas privilegiadas sobre el cañón cuyo fondo había esculpido el río Bellós durante millones de años.

El sinuoso camino que seguía Gerardo en esa ruta pasaba por el desfiladero de las Cambras. Un camino en herradura que desciende hasta el intrincado puente de San Úrbez, elevado 30 metros sobre el río. Su objetivo consistía en detenerse y meditar ante la entrada a la ermita rupestre de San Úrbez, santo y pastor que vivió en esta cueva en el siglo VIII.

La desaparición de su madre supuso para Gerardo una especie de resurrección, como si una cosa intentara compensar a la otra dentro de su mente. Hasta ese momento él daba clases de Zoología y Botánica en la universidad y disfrutaba realmente con ello. Ampliando sus enseñanzas por un acuerdo con la Facultad, mediante su canal de Internet había logrado reunir a un numeroso grupo de alumnos fieles, auténticos fans a través de las redes sociales, lo que complacía mucho el ego de Gerardo al menos al principio.

La rutina de atender cada día las consultas de miles de seguidores virtuales, unida a las visitas a su despacho de profesor numerario, no estaba favoreciendo un ritmo de vida sano que le permitiera ocupar parte de su tiempo en su gran afición, la de cultivar una gran extensión del terreno que sus padres poseían en las afueras de la ciudad.

Su aspiración consistía en desarrollar un plan de siembra, cultivo e injerto para la reproducción de todo tipo de plantas. Había conseguido reunir varios tomos de un herbario que inició cuando empezaba a estudiar la carrera y esperaba con ilusión desde hacía años poder llevar a cabo lo que él llamaba “Proyecto del Refugio”, refiriéndose a la gran casona de la campiña junto al bosque.

El hecho de haber conocido a Paola en el penúltimo curso de la carrera universitaria, supuso para Gerardo el primer cambio de rumbo. Ambos empezaron bien pronto a compartir una vida típica del campus de profesores, rodeados de compañeros que abrazaban la vida intelectual y a la vez una manera de entender la convivencia que resultaba muy afín al medio natural donde se encontraba. El pirineo atrae a los espíritus libres.

Cinco años antes de haber adoptado su modo de vida retirado en pleno bosque, Gerardo preparaba su tesis doctoral para la presentación que tendría lugar en el aula principal de la Facultad de Ciencias. También Paola iba a hacerlo, por lo que ambos andaban de aquí a allá repasando continuamente los contenidos.

Al cabo de unos meses llegó el gran día. El Aula Magna se había llenado con unas doscientas personas, contando con los familiares de quienes iban a exponer sus trabajos, diez doctorandos en total.

–Te vas a llevar todos los laureles, Paola, ya lo verás –aseguraba Gerardo –. Te lo digo porque lo presiento. Es esa expresión de tus ojos que refleja tanta seguridad. Me gustaría poder sentir yo lo mismo. Me ha faltado tiempo para prepararme bien. En fin, ¡gloria a Paola! –gritó teatralmente.

–Anda, no te pases amorcito, que no será para tanto. Aquí hay doctorandos con muchos recursos y muy preparados. En realidad, no las tengo todas conmigo.

–¿Ah no? –dice Gerardo mirando a los padres de ella–. Atrévete a insinuarles que no vas a dar la talla.

Ella le da un manotazo en el hombro. –a ver si cierras ya esa boquita, osito Jerry–. Para ya.

Los padres de Paola están hablando con Mariola, la madre del botánico. Ocupan asientos contiguos en el Aula y mantienen una buena relación desde que sus hijos se habían conocido.

La familia de Paola Duquein había cambiado varias veces de residencia y ahora habitaban un ático en pleno centro de la ciudad, donde se encontraban muy satisfechos de llevar una relajada vida de prejubilados gracias a la herencia de un par de fincas de los abuelos que vendieron muy bien casi de inmediato.

–Esta chica vuestra, mi Paola, destacará en el mundo de la investigación, estoy segura –afirmaba Mariola con entusiasmo. Siempre había mantenido buena sintonía con la novia de su hijo.

–Pues mira tú que nosotros estamos convencidos de que se quiere entregar de lleno a la enseñanza –comenta el señor Duquein–. Piensa prepararse para ganar una cátedra cuando transcurra el plazo necesario.

–Mi hijo Gerardo también desea dedicarse al profesorado, pero con menos aspiraciones. Le basta con la enseñanza y que sus alumnos se lo reconozcan, sobre todo a través de esas… redes sociales del demonio.

–¡Ah! no sabía que tu hijo diera importancia a esas vías de comunicación –apunta Duquein.

–Está algo obsesionado diría yo. Creo que necesitará una cura de “urbanitis”. Le he sugerido que se traslade a nuestro Refugio.

–Oye, qué buena idea –dijeron los padres de Paola casi al unísono–. Será divertido pasar una temporada por allí con vosotros.

Mariola les miró directamente a la cara.

–No, no se trata de convivir con él sino de dejarle que se enfrente solo a la vida en el bosque y haga un poco de reflexión interior. Será su mejor terapia.

–¿Y lo habéis hablado con Paola? –pregunta la madre de esta con un tono de inquietud.

–No os preocupéis por vuestra hija. Esos dos lo habrán hablado de sobra y ya habrán decidido qué es lo que más les conviene.

Gerardo y Paola saludaban a sus padres desde diez filas más abajo. Se hallaban frente al estrado donde expondrían sus tesis junto a los demás compañeros.

–¿Qué estarán tramando esos papás allá arriba? Se les ve un poco serios –cuestionaba ella mientras buscaba en su bolso el pendrive para la presentación.

–Seguro que están emocionándose con lo orgullosos que se sienten de nosotros y esas cosas. Los viejos no pueden evitarlo –. Dicho esto, Gerardo sintió una punzada en el corazón al recordar la figura de su padre, que cayó bajo el yugo de un ictus hacía tan solo unos meses y ya no estaba en este mundo.

Ella se dio cuenta al instante.

–¿Estás bien? Él… era quien te apoyaba en todo ¿verdad?

–En lo peor y en lo mejor, contra viento y marea. Sobre todo tras el incidente en el aula con aquellos alumnos locos. Ya sabes que aquello… –A Gerardo se le entrecortaba la voz–. No te obligues a recordarlo, cariño y menos precisamente ahora. Todos lo sufrimos y mira, aquí estamos sanos y salvos a punto de doctorarnos. ¡Venga, organízate! ¿Tienes listo tu disco duro? –dijo ella señalándose la frente.

 

Las primeras semanas de su estancia en El Refugio fueron exigentes para Gerardo. Un sinfín de viajes con el gran furgón cargado hasta el último centímetro atestiguaban la ingente cantidad de materiales que se vio obligado a trasladar.

Más de cien esquejes de plantas y árboles de jardín de todo tipo, materiales para realizar injertos, mangueras interminables de poliéster trenzado para aguantar la alta presión, válvulas de paso de agua, mil juntas y adaptadores de riego, abono en abundancia, y hasta elementos ornamentales como un camión a carga completa con grava, marmolina y rocalla blanca.

Además de lo anterior, Gerardo debía proveer con una amplia despensa a aquella hacienda perdida entre la pradera y el robledal más espeso que el pirineo aragonés había consentido que creciera en sus dominios.

Al principio necesitó la ayuda de varias cuadrillas de operarios de jardinería cuya financiación acusaron los ahorros que el botánico guardaba celosamente en su banco. Por fortuna no tuvo que recurrir a un préstamo.

Cada día transcurrido suponía un avance en su estado de ánimo. El botánico veía claro su objetivo y su mente ya le había dado forma.

Sobre un plano trazado en varias láminas de papel, disfrutaba añadiendo detalles que ampliaban el conjunto del jardín frente a la casa y lo extendían hacia el bosque.

La conexión con el bosque era su finalidad. Llevaría los bordes de la pradera hasta su confluencia con el robledal que conducía hasta el hayedo y acondicionaría los caminos naturales para que atravesaran túneles vegetales, rampas de pendiente moderada y rincones únicos para la contemplación.

Con el transcurso de los meses sucesivos iría sintiendo un lazo cada vez más fuerte con ese entorno de hadas que le rodeaba en todo momento, y él apuraba cualquiera de esos momentos entre el alba y el crepúsculo vespertino para recrear en su mente las innovaciones que iría implantando día a día.

Empezaba a crearse un vínculo emocional entre el botánico y los árboles de un jardín que sumaba ya dos hectáreas de superficie. Un perímetro rodeado de lechos de flores quedaba marcado por macizos de plantas perennes o por piedras afiladas encajadas sólidamente. Así quedaban protegidos los estratos florales interiores y las sendas de grava, dispuestas con un bello diseño simétrico.

Hubo un instante en que el botánico se sentía algo mareado y con una amenaza de náusea que apareció súbitamente.

–Siento que algo me trae el viento, rodea mis sentidos, intenta comunicarse conmigo –pensaba Gerardo en voz alta–. Es como una fuente de energía sin nombre pero que casi, casi me… susurra.

La sensación iba creciendo a medida que el botánico se adentraba en el bosque, un atardecer especialmente cálido en el que parecía flotar un mensaje. El botánico descubre algo que le mantendría en un estado de shock semiconsciente durante horas.

Vientoo – dijo una voz profunda que parecía salida de una caverna–. Vientoo del Estee, aquel que resopla sobre lo más profundo de los bosques y llena las mentes humanas de pensamientos confusos.

El botánico no consigue recuperar la entereza, pero hace un gran esfuerzo por hablar.

–¿Quién anda ahí? ¿Estás de broma, amigo? Suelta ese megáfono que modifica tu voz y … acércate –indicó sin tenerlas todas consigo.

–No te llames a engaño, Gerardo. Soy un arce rojo, mi hojarasca me delata. No es difícil localizarme, amigo botánico. Mido 25 metros de alto y mi tronco es bien grueso.

–No, no es que no te… vea, es que estoy aterrado –consiguió explicar con un temblor que recorría todo su cuerpo.

En el instante siguiente, la enorme copa del arce rojo se removió como queriendo llamar más la atención o a modo de saludo. En una visión que jamás podría olvidar, Gerardo observa asombrado cómo una boca se abre en pleno tronco del arce y sobre ella se moldean dos orificios nasales. Dos ojos que surgen repentinamente de sus cuencas leñosas lo miran con melancolía.

–Llevo cientos de años esperando poder comunicarme con un cuidador. Así llamamos a quienes han tratado bien a este bosque. Tú eres uno de ellos Gerardo. Amas sin condiciones a todas las criaturas animales y vegetales que moran por aquí. Estás alojado en El Refugio desde hace meses sin ser consciente de que Paola ha quedado atrás en tu vida. Eso dice mucho a tu favor.

–Pero ¿Qué clase de pesadilla es esta? –se cuestionaba el botánico– ¿Una alucinación?

Un rumor sordo que poco a poco adquiere consistencia de tumulto empieza a manifestarse alrededor de Gerardo. Al menos un centenar de árboles agitaban sus copas a la vez creando un fragor que espantaba a los animales.

Ardillas, comadrejas, nutrias salidas de las orillas del río, sapitos y ranas saltarinas formaron un desfile incontrolado que salpicaba de movimiento el bosque y toda la ribera.

–Te lo has ganado, Gerardo –añadió un tipo de abedul conocido como “llorón”–. Este es el premio a tu dedicación y entrega por nosotros, por todo el bosque que agradecido reconoce tus buenos cuidados.

La voz del abedul retumba en un tono casi estridente pues, haciendo honor a su nombre, parecía que gemía de dolor.

Una preciosa jacaranda mimosifolia de copa azul violáceo se erguía sobre sus quince metros de altura para bramar a los cuatro vientos.

–¡Gerardo es el guardián!, ¡Gerardo es el guardián!

El Refugio del Botánico

 

El botánico no podía aguantar más aquel disparatado despropósito, por lo que decidió dar media vuelta y correr sin parar hacia el refugio. No supo cuántas veces había tropezado por el camino, pero con cada caída veía con dolor ante sí la imagen de Paola desvaneciéndose.

Ella corría por delante de él mirando hacia atrás de vez en cuando, pero parecía huir de su presencia. Gerardo llegó a creer que se sentía perseguida. En su ciega carrera, el botánico cae por un barranco hasta la orilla del río, donde los ojos desorbitados de una nutria le miran a menos de un palmo de distancia. Se incorpora como puede aterrado por la sorpresa y grita inmerso en la desesperación.

–Tengo que decírselo –era lo único que podía pensar con algo de cordura–. No se merece esto, no se lo merece.

A lo largo del camino de regreso a la seguridad del refugio, Gerardo observaba los rostros tallados en la madera de cada árbol que jalonaba su paso. Parecía un ejército quijotesco frente al que hacía falta una legión de hidalgos que defendiera el sano juicio del botánico.

Bocas abiertas en troncos descomunales movían unos labios imposibles en una vibración tan rápida que creaban en Gerardo la sensación de que todos los árboles iniciaban un ritual. Pronto sus oídos detectaron un coro de mil voces de todos los tonos y vibratos que penetraban sin piedad en su cerebro.

–Despertaré de esta alucinación, debo hacerlo, esto no lo aguanto más.

Ese fue su último pensamiento antes de caer rendido sobre la entrada del refugio.

El Refugio del Botánico

Dos horas más tarde, cuando la noche había cerrado su manto sobre aquel enrarecido día de otoño, Gerardo contempla el rostro de Paola pensando que la pesadilla no había terminado.

–He.… tenido una… pesadilla –consiguió balbucear–.

–Nada de eso cariño. Tú debes haberte intoxicado con alguno de tus preparados medicinales.

–Vamos para adentro, pero me tienes que ayudar. Pesas una barbaridad. Te he llamado varias veces por el móvil en el horario habitual que escogimos para hablar y me ha parecido alarmante que no respondieras.

Ya en el salón del refugio, ella revisa los trastos depositados sobre una de las mesas de trabajo de Gerardo. Localiza unos tubos de ensayo y detecta un aroma familiar para una botánica experimentada como ella.

–¿Has consumido Brugmansia? –pregunta alarmada.

–Trompeta de angel –dice él con dificultad.

–Sabes perfectamente que produce alucinaciones, ansiedad, pérdida de memoria…

–Menudo coctel ¿eh? –consigue bromear el botánico.

–Rápido, tienes que tomar Eserina. Debes tener esas pastillas de Antilirium por aquí. Tú nunca has dejado de ser previsor.

Una vez la medicación hubo hecho efecto, la pareja intentaba calmarse ante el fuego de la chimenea.

–Pero ¿Cómo se te ocurre probar una planta como esa? Cariño, sabes que contiene escopolamina.

–Pues te vas a reír, pero intentaba sujetar con una mano uno de los tubos del líquido que había destilado de la planta y como la otra mano la tenía ocupada no se me ocurrió otra cosa que sostener el tubo entre los labios.

El Refugio del Botánico

–Vamos, que te has dado un chute de escopolamina de cuidado.

–No era concentrado y no ha podido ser tanto porque he echado a correr por el bosque sin problema durante un buen rato. Habré ingerido lo justo para alucinar con los árboles parlantes y poder escapar de ello.

Ambos se miran a los ojos redescubriendo un amor enjaulado en el proyecto de nueva vida que Gerardo había decidido emprender en solitario.

–Nunca debí permitir alejarme de ti, Paola. Mi ceguera me ha llevado a una especie de aislamiento en lugar de a un retiro temporal.

–No te preocupes, cariño mío. Yo he venido a rescatarte y no te abandonaré.

Se besaron con ternura y unos segundos más tarde Paola cierra el diálogo.

 

–¿Árboles parlantes? ¡Tu alucinas!


 

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¡Salud y mucha suerte en la vida!

 

Nota: Todas las imágenes de este post pertenecen a la página Deviantart

16 Comentarios
  • ARENAS
    Posted at 13:39h, 28 diciembre Responder

    La Zoología y Botánica y Félix, amigo Marcos. Y Félix. Nunca nos olvidemos de Félix. Amor por la Naturaleza y Félix son una misma cosa para aquellos niños de los setenta que hemos llegado más lejos, porque salimos antes.
    En enero de 1978 yo era un adolescente de 16 años.
    Había ido con mi familia a visitar a unos tíos a Madrid. Me enteré de que Félix iba a dar una conferencia en el Ateneo. Sentía verdadera devoción por él. Es difícil explicarlo con palabras.
    No me costó trabajo convencer a mis padres para que me llevaran al Ateneo junto con mi hermano, porque ellos iban a la misma hora a ver una obra de teatro por allí cerca.
    Imaginad a dos chavales de 16 y 13 años entrando solos a un edificio señorial y decimonónico como el Ateneo de Madrid.
    En la puerta había un señor uniformado que nos miró con cara de extrañeza, pero nos dejó pasar sin problemas. La entrada era libre.
    El salón de actos impresionaba. Más por los asistentes que por el local: señoras y señores muy mayores, con aspecto de «gente seria». Mucho traje, corbatas, abrigos de pieles…Todo gente de postín.
    Y en medio de aquello dos mozalbetes desentonando absolutamente en tan estirado ambiente.

    Pero allí estaba también Félix. Os aseguro que iluminaba con su sola presencia aquel tétrico lugar. Félix era más espectacular y magnético en persona que en la tele. Su charla fue deliciosa. Amena, instructiva y entretenidísima. No trataba sobre animales, sino sobre la evolución humana. Félix era absolutamente anticonvencional, fresco., espontáneo. En mitad de su conferencia se incorporó, se desprendió de la americana y en mangas de camisa comenzó a hacer rotaciones con su hombro para explicarnos un avance anatómico fundamental en el paso de los antiguos prosimios a los primeros homínidos.
    Verle gesticular así delante de un público tan rígido y envarado me encantó.
    La hora larga que duró su charla dirigió constantemente su mirada a mi hermano y mí. Quizá pudo extrañarle ver a dos adolescentes entre tanto vejestorio. ¿Qué harán aquí estos dos?, debió pensar.

    Al terminar la conferencia algunas de aquellas personas se acercaron a saludarle. Yo no me atreví, era muy tímido.
    Y entonces ocurrió algo que no me podía esperar: cuando vio que nos íbamos sin decirle nada, se desentendió de las personas con las que charlaba y nos llamó. «Chicos, un momento…».
    Me temblaron las piernas. Hizo un gesto con la mano para que nos acercásemos a él.
    Preguntó nuestros nombres, si nos había gustado la charla…
    Nos estrechó con fuerza la mano y nos dio las gracias por asistir a su conferencia. ¡Félix dándome a mí las gracias por algo! Me pareció inaudito.

    Salí del Ateneo flotando en una nube. Le dije a mi hermano que no me lavaría jamás la mano.
    Todo esto os parecerá una tontuna, pero yo guardo el recuerdo de aquel día como algo muy especial en mi vida.
    Dos años después, un 14 de marzo por la mañana, puse la radio en la habitación de mi Colegio Mayor de Madrid y mi amigo Félix estaba hablando. No le di mayor importancia, pero sí presté inmediata atención, como siempre que escuchaba su voz. De repente, dejó él de hablar y apareció un un locutor escupiendo el drama: «era la voz de Félix Rodríguez de la Fuente, que ha fallecido esta madrugada en Alaska…».
    El mazazo fue brutal. Como si me dieran la noticia de la muerte de un familiar o de un amigo íntimo. Jamás he sentido la muerte de un «famoso» como de Félix. Todavía hoy se me encoje el corazón recordando aquel momento.
    Es sabido que su muerte fue una tragedia nacional.
    Pero hoy quería dejar constancia de la tragedia personal que supuso para un desconocido chaval de la perdida periferia manchega.

    • marcosplanet
      Posted at 16:22h, 28 diciembre Responder

      La figura de Felix Rodríguez de la Fuente permanecerá siempre viva, y su influencia forma parte de mi amor por la naturaleza, que es la suma de muchos sentimientos encontrados. Como lo son aquellos momentos de mis once años, cuando mi padre adquirió una casita de pastor allá en La Mancha, en medio de un fértil valle que parecía sacado de aquellos paisajes vírgenes de la Prehistoria. En aquel entorno agreste y enormemente feraz se desarrolló mi adolescencia y décadas de felicidad encontrándome con la madre naturaleza que todo lo baña con su manto de pureza.
      Gracias por tus palabras amigo mío.

  • Mila Gomez
    Posted at 03:54h, 28 diciembre Responder

    Hola, Marcos, a tu historia no le falta ningún ingrediente, has recreado la nueva vida de Gerardo y no falta detalle. Es curioso como muchas veces la pérdida de un ser querido te lleva a un nuevo nacimiento, en este caso la madre fue la precursora de la decisión de su hijo. Nos muestras la belleza del Pirineo aragonés (conozco mucho de él y me encanta), y puedo apreciar todo lo que allí se respira de sano, y lo que se puede conseguir de lo que nos regala la madre Tierra. Gerardo cuenta con la ventaja de ser botánico, y ha sabido aprovechar debidamente los beneficios de muchas plantas, sabe apreciar y no pierde ocasión de reinventarse. Marcos, cuentas la historia de forma que podamos ser partícipes de que en la naturaleza, con las plantas los árboles… realmente son medicina y están más acorde con el ser humano. Una invitación sino a vivir en un espacio natural, el saber que allí estamos conectados mejor con el universo, y que siempre podemos encontrar el momento de unificarnos con la tierra. Siempre se ha dicho que la madre tierra provee, pero el ser humano ha decidido encontrar en las ciudades o grandes espacios, imitaciones menos saludables.
    Un gran relato, invita a la reflexión, y visualmente hasta nos lleva a ver ese árbol; lluvia de oro, que por cierto me encanta con sus flores amarillas.
    Felicidades, realmente creo que vives lo que escribes.,
    Un abrazo.

    Mila Gomez

    • marcosplanet
      Posted at 06:36h, 28 diciembre Responder

      Muchísimas gracias, Mila. Tus palabras me han llegado a emocionar. Es tal como dices. Amo la naturaleza y eso debe quedar reflejado en mis relatos, lo que es enormemente gratificante para mi. Comentarios como el tuyo hacen que desee continuar en esta labor de aficionado a contar historias.
      Un fuerte abrazo.

  • Abraham Cuentacuentos
    Posted at 21:18h, 27 diciembre Responder

    Me gusta como este texto captura bellamente la esencia de un jardín no solo como un espacio de belleza natural, sino también como un refugio para el alma.

    Me conmovió especialmente la pasión y dedicación de Gerardo, que refleja cómo la naturaleza puede ser un espejo de nuestros anhelos más profundos y un santuario para la reflexión personal.

    Su historia inspira a buscar nuestra propia conexión con el mundo natural y a reconocer su poder curativo y rejuvenecedor..

    Un placer leerte,

    Abraham Cuentacuentos

    • marcosplanet
      Posted at 06:38h, 28 diciembre Responder

      Agradezco mucho tu opinión, Abraham. Tus palabras me animan mucho a seguir con mi afición por la escritura.
      Un cordial saludo.

  • Arenas
    Posted at 20:47h, 27 diciembre Responder

    Es lo que tiene la Zoología y Botánica. Los que nos hemos criado a sus pechos, seremos para siempre unos incorregibles soñadores.
    Estuve en San Úrbez y sus derredores hace unos años, y conociendo aquel mágico lugar descarto de plano que la causa de lo que sucedió a Gerardo fuera esa accidental y mínima ingesta alucinógena.
    No amigo, no. No nos intentes vender la moto. Tú, precisamente tú, sabes muy bien que los árboles hablan. Es loable tu intento de volvernos a la cordura, te lo agradecemos en el alma, pero cesa en tan vano y loco empeño. No vas a disminuir la certidumbre de algo que sabemos desde antiguo todos los que nos criamos a los pechos de Zoología y Botánica.

    • marcosplanet
      Posted at 06:40h, 28 diciembre Responder

      Jajaj, ¡diste en la diana! Lo cierto es que intenté mantener el carácter de las visiones como factor dominante, pero en realidad…
      ¡Un fuerte abrazo, amigo mío!

  • froi
    Posted at 18:36h, 27 diciembre Responder

    Hace un año, me fui con unos comnpañeros del trabajo a algún ricón del pirineo cercano al que tu nombras. Un buen motivo para ahondar en ese relato que nos lleva a una vida en contacto con los miembros del bosque, que te hablan, que te hacen reflexionar.
    Agradable lectura. Buena tarde, amigo.

  • Mirna Gennaro
    Posted at 02:44h, 27 diciembre Responder

    Menudo viaje el del cuidador! Menos mal que su compañera conocía el antídoto!
    Hermosa descripción de ese lugar de ensueño.
    Un abrazo

    • marcosplanet
      Posted at 17:29h, 27 diciembre Responder

      Muchísimas gracias Mirna, por tu comentario y por tu tiempo. Otro abrazo para ti.

  • Vicente Ramírez
    Posted at 19:48h, 26 diciembre Responder

    Gran relato.
    Un final inesperado.
    Por suerte, estuvo como enviada del cielo, esa mano que a veces no deja que nos adentremos en el más allá.

    Saludos.

    • marcosplanet
      Posted at 17:30h, 27 diciembre Responder

      Así es, amigo Vicente.
      Muchas gracias por dar tu opinión.
      Saludos.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 15:40h, 26 diciembre Responder

    Tras escuchar un coro de mil voces, no me extraña que tuviera ese último pensamiento de despertar antes de caer rendido sobre la entrada del refugio…. Yo me habría muerto de miedo. Pero supongo que habrá aprendido la lección porque el chute debió salirle por las orejas.???? Buen relato Marcos, un final que no esperaba. Me encantó. Un abrazo

  • Ric
    Posted at 13:35h, 26 diciembre Responder

    Debe ser excelente poder aislarse en una vida con la naturaleza, es algo que debo intentar.

    Me maravilla tu atracción por el Pirineo, ya que lo has mencionado en varios de tus relatos y lo que, para mi, es algo complicado, vivir en contacto con las criaturas del bosque, los que hemos sido mucho tiempo urbanitas, lo tenemos crudo, pero confieso que me motiva.

    Buen relato compañero, un ¡saludo cordial!

    • marcosplanet
      Posted at 17:58h, 26 diciembre Responder

      Muchas gracias Ric. Pues si, el Pirineo me ha inspirado mucho por su extraordinaria belleza y su magnetismo irresistible.
      Saludos!

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