Eric viaja a Santo Domingo. El primer clon. Cap. 7 |
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Eric viaja a Santo Domingo. El primer clon. Cap. 7

Eric lo miró con cierto desdén:

–No veo garantía alguna en emprender la aventura clónica, Fabio –masculló a continuación–. No sabemos nada acerca del comercio de embriones ni de quién o quienes están ahora detrás de esa trama… ver el capítulo anterior.

–Yo sí. Se trata de Boris Scropoff, director del Centro Biomédico de Minsk, en Bielorrusia. No actúa solo. Con él colabora el antiguo parlamentario aspirante al ministerio de Sanidad Vladimir Penko, que abandonó la Duma el año pasado cuando cayó la estrella del ahora ex ministro de Industria Antonov, su íntimo amigo y también socio.

– ¿Y entre los tres lo manejan todo?

–Hay un cuarto elemento –exclamó Fabio encendiendo otro purito Tilde–. Exhaló una densa nube de humo y esperó a que se disipara.

–No sé nada de él –añadió–. Sólo que se trata de un contacto que colabora con ellos desde los Estados Unidos. Debe tratarse de un personaje muy introducido en los foros… –En ese momento Anita atravesaba la puerta acristalada con el teléfono inalámbrico en la mano.

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–Señor, una llamada de la embotelladora Calissa. Parece urgente.

Grazie Anita, portarmi il telefono –Fabio dejó la copa sobre la mesa de roble.

–Rocco al habla.

–Señor, soy Siro. La policía ha estado husmeando por la planta. El inspector Sparza quería hablar con usted. Parece que un informador le ha puesto sobre la pista del último cargamento de nieve desde que atracó el carguero Lauria en Messina. Me han obligado a enseñarles el nuevo tren de embotellado, pero no les he permitido tocar nada.

– ¿Le recordaste a Sparza que él y yo tenemos una entrevista mañana en el Nautilus? Podía haberse esperado en lugar de armar jaleo ¿Le ha entrado la prisa de repente o qué?

–Parecía alterado, Rocco. Se lo recordé y me aseguró que te llamaría esta tarde. Se fue sin más con sus dos sabuesos, que no paraban de dar vueltas alrededor de la empaquetadora.

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–Bien Siro, gracias por la información –colgó y se quedó pensativo con el teléfono en la mano.

– ¿Desea realizar alguna llamada? –preguntó Anita.

–No, no… Llévatelo –dijo Rocco, como despertando de su perplejidad. Entregó el teléfono a la filipina y esta se retiró discretamente.

–Es increíble la ambición de ese perro de Sparza. Le tengo en nómina desde que instalé la embotelladora pero parece que no es suficiente el sobre semanal que le hago llegar.

–Algo habrá de cierto si va por Calissa buscando indicios. Tiene un informador ¿no?

–Mira Eric, a Sparza le gusta sorprender de cuando en cuando con alguna intervención teatral de este tipo, sólo para recordarme que no baje la guardia con él. Es una mosca cojonera.

Van Möeller apuró su cóctel.

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–Bueno, se me ha hecho tarde Rocco –anunció al cabo de unos segundos. Se puso en pie agarrando su bastón de acero macizo, báculo que le servía de gran ayuda cuando le atacaban sus crisis reumáticas.

–Agradezco sinceramente tu hospitalidad… y tu preocupación por adherirnos a las nuevas tendencias del comercio–. No tengas en cuenta mis burlas –añadió sonriendo ligeramente–. Con lo del tráfico de clones has despertado mi interés, créeme. Espero que en breve podamos seguir hablando del asunto. Quisiera estudiar contigo la situación actual de ese mercado y qué posibilidades tenemos de hacernos con el control. Pero cuidado, no quisiera meterme en algo que tenga más de ciencia-ficción que de realidad. Eso no da beneficios. –Caminó lentamente dirigiéndose a la escalera de alabastro que comunicaba con el exterior.

–Respecto al tráfico de órganos –dijo, deteniéndose un momento– pensaré si continuamos o no con ello. Voy a Santo Domingo mañana.

–Que disfrutes del viaje. ¿Practicarás la pesca en los islotes de Samaná?

–Antes quisiera pescar a mi contacto en Cayo Levantado. Debo aclarar lo del asunto del mendigo. No podemos dar más pistas a la Interpol.

–Veo que te encargaras personalmente. Pensaba que dejarías para mí el trabajo.

–Me ocuparé yo. Hablaremos a mi regreso.

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El viaje a Santo Domingo resultó provechoso para Eric, quien saldó cuentas para siempre con su fracasado contacto; los cocodrilos de Lago Enriquillo dieron buena cuenta de él.

Eric decidió mantenerse alejado del comercio de órganos humanos al menos durante una temporada. Hizo un paréntesis de dos semanas durante las cuales permaneció ajeno al mundano trapicheo de sus negocios, retirándose a una cabaña oculta entre los cocoteros de las Terrenas en la costa Noreste de la isla; un entorno estudiado para satisfacer al turista que busca tranquilidad.

Ese descanso sirvió a Eric para plantearse cómo entrar en el comercio clandestino de embriones clónicos, no con fines terapéuticos sino con el objeto de desarrollar individuos a medida del peticionario del servicio, de la entidad médica de turno, del Estado necesitado de personas que cumpliesen ciertos requisitos o instituciones de carácter científico que quisieran materia prima para investigación genética.

En esos días, Eric vio clara la oportunidad de negocio que se presentaba: reunió información de diversas fuentes respecto al proceso bioquímico de la clonación, sobre investigadores de prestigio en ese campo, su currículum, obras y actividades. En Internet encontró noticias sobre el controvertido doctor Hopkins, famoso por afirmaciones como: “Traeré al mundo niños clónicos para ayudar a parejas estériles”, lo que conduciría según otros al riesgo de transmitir la infertilidad a la descendencia. También hablaba de reprogramar células de la piel para curar el cáncer, utilizando técnicas de clonación.

“Otro que busca el enriquecimiento rápido”, pensó Eric.el-viaje-de-Eric-marcosplanet

 

Pero quien llamó poderosamente la atención del traficante fue un tal Mark Cóndom, catedrático de la Universidad de Maryland, con tantos títulos publicados sobre el tema como negocios poseía el facineroso por todo el mundo.

Supo de él que viajaba asiduamente a Madrid para atender sus investigaciones en el Centro de Biología Molecular y que en ese momento era la mayor autoridad en experimentación genética. Pero parecía rehuir la publicidad, procurando mantenerse estrictamente dentro de los círculos científicos.

“Me emplearé a fondo en esto” –decía para sí Eric–.

Tras dos semanas de estancia en Las Terrenas llamó a Fabio. Al otro lado del teléfono móvil, el siciliano respondió a la llamada con un “Bon Giorno, Eric”, al identificar en el visualizador digital el conocido número del fundador de la Marzens International.

– ¿Que tal las caribeñas en esta época del año? Dicen que durante el invierno tropical son aún más ardientes que en el estío. ¿Es eso cierto?

–Óyeme Fabio. Quiero que te pongas en marcha y me envíes al número de fax que te apuntarás ahora, un esquema lo más completo posible sobre la organización del comercio de embriones; quiero nombres y apellidos, contactos, quién está en apuros o lo ha estado y por qué, direcciones, teléfonos. Todo al detalle.

– ¡Uf, Eric! –resopló Fabio–. ¿Solo eso? ¿Y cuanto crees que me llevará? No va a ser cosa de poco, amigo. También correré riesgos…

–Dentro de seis semanas estaré en Madrid. Para entonces debo saberlo todo acerca del tráfico de embriones.

–Así que tus vacaciones en el Caribe te han despertado el interés por… la Genética.

–No ha sido algo casual Fabio. Me atrajo tu propuesta de buscar nuevas oportunidades. Y de vacaciones nada. Llevo aquí mucho tiempo recopilando todo lo que hay escrito sobre clonación –respiró profundamente–. Tendremos bastante de que hablar en Madrid.

–De acuerdo, Eric; mani al lavoro. Que sigas disfrutando de tu… retiro.

 

Continuará en una próxima publicación…

2 Comentarios
  • Carmen
    Posted at 20:20h, 19 septiembre Responder

    ¡Hola Marcos!
    Tendré que empezar por el primer capítulo pues este séptimo me ha encantado.
    Excelentes reportaje fotográfico.
    Un saludo.

    • marcosplanet
      Posted at 09:58h, 20 septiembre Responder

      Muchas gracias por dedicar tu tiempo a leerlo. Cuando te leas otros coméntame.
      Un saludo!

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