La casona de la ribera

 

Llevaban dos horas de viaje por la carretera nacional del sur cuando Ernesto la vio. Una pequeña roulotte estaba aparcada junto a la arboleda al final del paso elevado. El aspecto era avejentado y descuidado, como si ya no perteneciera a nadie.

–Mariola, tira para la derecha, abandonamos la autovía.

–¿Estás loco? ¿Quieres que nos estrellemos? –contestó ella mientras reducía la velocidad. –¿No has podido pensarlo antes?

–No te sulfures, venga, luego te explico.

–Tus ocurrencias son únicas, cariñin. A ver si corriges esos impulsos…

Subían por la rampa de salida que conducía al puente sobre la nacional. La arboleda daba paso a una espesura vegetal donde la jara, olmos y sauces, sargas y fresnos, aportaban riqueza visual al entorno.

–Mira eso… la vegetación de ribera, el bosque es un corredor biológico, una fuente de alimento para el ecosistema que sirve de filtro para los contaminantes del agua. Nos rodea un paraíso natural.

–Vale, y también es el regulador de la temperatura del agua, el refugio de animales y de multitud de plantas. ¿Te crees que eres el único en esta furgo que estudió biología, amorcito?

–Ah, es verdad, nos conocimos en la facultad, creo, –bromeó Ernesto–, aunque no estoy muy seguro…

Mariola le dio una palmada en la pierna –eres un ganso lo sabías, ¿verdad? –. A continuación, paró el vehículo junto a la roulotte. Ambos la miraron fijamente durante unos segundos.

–¿A qué esperamos? –dijo él mientras abría la puerta deslizante de su furgoneta Volkswagen híbrida.

–Ah, no, yo no me acercaré a ese trasto. Es probable que dentro haya un asesino en serie o una familia de asesinos.

–Has visto demasiadas pelis de Stephen King, amor –dijo él en la distancia. Se hallaba a unos pasos de la puerta de entrada a la caravana cuando alguien abrió la puerta de esta.

Un hombre de aspecto afable, de larga barba entrecana y de mirada profunda, sujetaba con una mano una regadera medio oxidada. Su peto de tela vaquera terminaba de darle el aspecto de granjero a la vieja usanza.

 

–Hola ¿Qué tal? ¿Os habéis perdido? –preguntó en un amistoso tono de voz que parecía salida de la garganta de un presentador de radio.

–No, la verdad –contestó Ernesto–. Hemos tomado este desvío para contemplar el bosque tan rico que nos rodea. El Guadiana deja mucha vida alrededor, ¿verdad?

–Sobre todo, este año en que la lluvia ha hecho su labor. No podemos decir lo mismo de años anteriores. Se nota mucho que los humedales se hayan recuperado. Si queréis os enseño la zona de charcas que hay ahí detrás. Solo hay que descender unos metros para llegar a la orilla.

–Eh… bueno, no es necesario –replicó Mariola–, solo queríamos echar un vistazo a la zona, estirar las piernas y volver a ponernos en marcha. Tenemos que aprovechar que a estas horas no hay mucho tráfico.

–Pues si queréis dar un paseo bonito podéis seguir por aquel camino, siguiendo el curso del río. Casi llega a juntarse con el Guadiana, de hecho. Las vistas son únicas.

A continuación, el desconocido extiende su mano derecha para presentarse.

–Soy Toribio, un jubilado que ama la naturaleza.

Tras el ritual de rigor, el ermitaño se ofreció a enseñarles el camino que llevaba hasta el río.

–Cojo en un momento el sombrero y os muestro el camino. Será solo un momento…

–¿Puedo acompañarle? –preguntó Ernesto. Me gustan estas caravanas antiguas.

–Adelante, amigos, sois bienvenidos.

–Yo os espero fuera si no le importa a Toribio –dijo Mariola sacando un paquete de cigarrillos de un bolsillo de su chaqueta –. Prefiero dar unas caladas viendo el paisaje.

Toribio invitó a Ernesto a entrar en la roulotte. Un vistazo al interior le reveló una limpieza inesperada. Todo parecía estar perfectamente organizado y colocado.

–Es pequeña pero acogedora. No necesitamos… ah, aquí está el sombrero. Bien, ya estoy equipado, cuando quieras damos la vuelta de reconocimiento –comentó el anfitrión en tono divertido.

Mariola exhaló la última calada y arrojó al suelo lo que quedaba de cigarro.

–¿Nos vamos ya? –quiso saber, animada por una inquietud creciente que no conseguía disimular.

Los dos hombres habían dado unos pasos sobre el terreno cuando en el umbral de la puerta apareció una mujer de unos sesenta años acompañada de un muchacho de aspecto adolescente.

Ambos permanecieron callados observando a Ernesto y Mariola con expresión ceñuda.

–Eh, estos son Sonia y… Andrés –dijo Toribio dirigiéndose a la pareja de biólogos. Tras completar las presentaciones, animó a la pareja a seguirle por la senda que conducía al Guadiana.

El trío se despidió de los recién presentados y encaminó sus pasos hacia la furgo.

–Tenéis que conducir unos cientos de metros, os acompañaré hasta donde comienza el camino ribereño. Allí dejáis el coche y podéis iniciar el paseo.

Al cabo de unos minutos el ermitaño descendió del vehículo y se despidió de ellos cortésmente con un toque en el ala de su sombrero.

–Hasta la próxima, amigos. Que disfrutéis de la aventura.

Una vez en el lugar señalado, la pareja abandonó el coche y lo cerró con llave.

–No me fio de esa gente, Ernesto, de verdad. Tú pareces muy familiar con los desconocidos pero ya sabes que la extroversión no es lo mío.

Ernesto mostraba un semblante serio. Con un gesto de preocupación que no le había abandonado desde que subió a la furgo con Toribio.

–Me parece que ese Toribio oculta algo. No sé de dónde han salido esa mujer y el muchacho. Te lo juro, Mariola, cuando entré en la caravana puedo asegurar que allí no había absolutamente nadie. Era un espacio muy pequeño para dar cobijo a tres personas ¡Tan solo había una cama!

–Es que eres un lanzado –le espetó ella–. Mira que si es un psicópata y te apuñala o algo así. Y luego yo me quedo a solas con él ¿te imaginas?

Esta vez Ernesto no bromeó con el tema Stephen King.

–¿Te has dado cuenta de que no nos ha presentado a la mujer y al chico como esposa e hijo ni nada parecido? –inquirió él–. Es muy extraño.

–Y parecía que dudaba del nombre del chaval…

–Bueno, pasemos página porque si no, cogemos la furgo y nos vamos –dijo Ernesto mientras se agachaba para contemplar unos nenúfares cuya flor flotaba sobre las aguas ribereñas.

Una densa arboleda de olmos, sauces y sargas engalanaban el recorrido con una variedad de verdes rica en matices.

 

Al cabo de unos diez minutos, cuando estaban a punto de dar media vuelta, una novedad ocupó parte de su campo visual.

–Mira aquello, Mariola, parece una casa rústica abandonada. No tiene muy mala pinta ¿verdad? ¿Vamos?

–Parece mentira que te apetezca acercarte a esa casucha que parece sacada de un cuento de Lovecraft. No me lo puedo creer.

–No perdemos nada por verla de cerca, cariño. Sólo será un momento. Igual es el hogar de Toribio y su familia.

–Eso no puede ser un hogar. Nadie medianamente normal querría…

–No seas pesimista, Mariola. ¿Vas a preferir quedarte sola afuera como hiciste en la caravana?

–No sé dónde tienes la cabeza últimamente, Ernesto. En fin, hágase tu voluntad, pero al primer ruido raro doy media vuelta y salgo corriendo hacia la furgo ¿entendido?

 

La casona era amplia por dentro, con un recibidor desastrado y telarañas en abundancia colgando de los techos y poblando los rincones. Un oscuro salón con chimenea presidía la planta baja, por donde se accedía a una escalera lateral que bajaba al sótano. Tentaron a la suerte descendiendo sin mucho convencimiento, pensando que de esa coyuntura podrían no salir bien parados.

En un momento dado, la pareja de biólogos pensó que estarían inmersos en la oscuridad, por la penumbra que dominaba aquel sótano que olía a una mezcla de ozono y alcanfor. Gotas de agua caían por todos los rincones formando una peculiar combinación de sonidos al compás de una mano invisible que organizara aquella orquesta imaginaria.

Al cabo de un par de minutos, cuando Mariola tiraba ya del brazo de Ernesto para volver sobre sus pasos, él la retuvo y señaló un punto cercano del que emanaba una luz azulada.

–¿Te has fijado, amor? Eso es un auténtico foco de luz. ¿Cómo puede ser?

–Parece provenir de un hueco horadado entre las maderas del suelo ¿Una trampilla?

Enseguida se encaminaron hacia la fuente luminosa y accedieron al interior bajo el suelo. Una escalerilla les condujo hacia una especie de antesala desde donde se escuchaba el discurso de alguien que parecía dirigirse a un grupo de gente. Ernesto y Mariola se miraron con una incertidumbre cercana al miedo.

 

–Estamos a tiempo de dar la vuelta –dijo él en un susurro.

Ella tardó unos segundos en responder.

–Mira, si hemos llegado hasta aquí debemos continuar. Si no, estaremos siempre con la incógnita de lo que está pasando entre estas puñeteras paredes.

Ernesto asintió con la cabeza y ambos traspasaron el umbral que les separaba de la habitación contigua. La puerta que abrieron era pesada, de madera dura y compacta.

Lo que vieron allí les desconcertó por completo.

Un pequeño grupo de personas ataviadas con túnicas de color violeta y dos más vestidas de senderistas escuchaban a una mujer entrada en años, que ataviada con una túnica rosada hablaba sobre algo así como un nuevo mundo.

–… porque en la nueva tierra todo cambiará sin haber exigido sacrificios ni penas. Os dirigís a la nueva luz que iluminará vuestras vidas… –en ese instante interrumpió la exposición y observó a los recién llegados.

Se los quedó mirando durante unos segundos para dirigirse a ellos a continuación.

–Vaya, tenemos otros dos espíritus inquietos que han llegado al final del camino. Entrad y uníos a nosotros. Somos humildes siervos de la Luz.

Mariola y Ernesto decidieron intervenir hablando casi al unísono.

–No, no hemos venido por nada que… –habló Mariola.

–Estamos aquí por… –balbuceó Ernesto.

–Es normal que os sintáis turbados, amigos. Hasta aquí se llega gracias a un espíritu aventurero, buscador de verdades o animado por la curiosidad más pura. Esos son los que necesitamos, fieles perseguidores de la Luz que ilumina el camino por delante de nuestros pasos.

–Pero, ¿Qué hacen ustedes, entonces? –preguntó Ernesto–. ¿Acoger gente que encuentra por casualidad este reducto, como nosotros, y convencerles de seguir una idea mesiánica? ¿Es usted la Mesías?

–No te confundas, nosotros confiamos en que es la Luz quien guía a personas como vosotros, como estas dos almas que también nos acompañan ahora –. La mujer señaló a la pareja de senderistas–. Estáis los cuatro en un momento de encrucijada. La casualidad os ha traído hasta aquí movidos por un afán. Nosotros los seguidores del Bien, los que buscamos transformar la vileza, la violencia y las malas costumbres de la sociedad en que vivimos, os esperamos a los nuevos seguidores que nos ayudarán a transformar el mundo.

–Ah, no, nada de eso, no queremos saber nada de sectas –afirmó Ernesto desconcertado–. Esto no me gusta, damos media vuelta y nos vamos, encantado de conocerles… –Dos de los que vestían con túnicas hicieron ademán de acercarse a Ernesto y Mariola.

 

 

–Mi nombre es Sontra –dijo la oficiante de la ceremonia, que con un gesto de la mano detuvo a sus dos acólitos–. Estoy aquí para anunciar que formamos un amplio número de seguidores que van difundiendo nuestra palabra, procediendo a limpiar el mundo con sus discursos.

–Pero, ¿Cómo crees que la gente os va a tomar en serio si dais las charlas poco menos que un agujero bajo el suelo? ¿Estáis bien de la cabeza?

–Lugares como este son sagrados –repuso Sontra–, templos de captación de los más intrépidos, de personas como vosotros que van buscando un descubrimiento y os adentráis en lugares como esta preciosa ribera porque admiráis la naturaleza o por un motivo que impulsa vuestra voluntad a ir más allá. En las ciudades disponemos también de salones apropiados para extender nuestra palabra y donde la gente libremente elige entre abandonar la sala o continuar. Eso está pensado para quienes están en la urbe y les llama la atención escucharnos antes que hacer cualquier otra cosa. Siempre hay un espíritu que llama a los interesados desde su interior. Ellos no saben en principio el porqué.

–¿Y nosotros podemos elegir marcharnos de aquí? ¿O esto es diferente y nos retendréis a la fuerza? –inquirió Mariola agarrándose al brazo de Ernesto.

–Cada cual es libre de tomar su decisión. Estos amigos senderistas han decidido escuchar mi palabra y aquí permanecen. Vosotros podéis marchar cuando queráis.

–¡Adelante pues! –exclamó Ernesto con énfasis.

En ese instante, tanto él como Mariola sintieron un pinchazo en la espalda y en pocos segundos una bruma espesa invadió sus mentes perdiendo la consciencia.

La pareja de biólogos despertó de su accidentado paseo sin recordar nada sobre el encuentro con Sontra y sus seguidores. Lo primero que vieron al abrir los ojos fue a Toribio el ermitaño, que les hablaba en el interior de la roulotte acerca de un sombrero de paja.

–Bueno, decía Toribio–, aquí está mi sombrero para paseos. ¿Queríais estirar las piernas ¿no?

–Eh, si, esa era la intención –dijo Ernesto frotándose la nuca–, pero me duele un poco la cabeza y… bueno, lo dejamos para otro día.

–A mí también me duele la cabeza–afirmó Mariola sintiéndose como recién aterrizada de un mal vuelo en avión–. Encantada de haberle conocido, Toribio.

–Ah, claro, no hay problema. Igual llevabais demasiados kilómetros de coche. Bien pues, hasta la próxima, amigos. Por eso os sentará mejor dar ese paseo del que hablamos.

–No, no, ya nos vamos –indicó Ernesto con premura.

La pareja estaba sentada sobre la única cama de la caravana. A continuación, se pusieron en pie pasando junto al ermitaño quien les despidió con un gesto de cortesía. Descendieron de la roulotte y se acercaron a su furgoneta algo aturdidos.

Llevaban en carretera unos minutos cuando, ya recuperados de sus jaquecas, Mariola pareció recordar algo.

–Oye, amor, me están viniendo imágenes a la memoria, como escenas vividas en un sueño. Esto es muy extraño y empieza a preocuparme. ¿Qué ha pasado en la caravana de Toribio? ¿Por qué estábamos sentados en su cama?

–A mí también me sucede, es como un carrusel de imágenes que llenan mi cabeza, algo sobre una cueva o un sótano… dentro de una casucha en el campo…

–Eso es –convino Mariola–, es como si … como una experiencia paralela que hayamos tenido.

 

–Fue justo después de aparcar la furgo en aquel recodo del camino hacia el Guadiana. Pero nuestro vehículo ahora estaba junto a la caravana; no sé, es un poco surrealista todo.

–¿Y la mujer sesentona y el muchacho que vimos salir de la caravana al principio? Ahora no había ni rastro de ellos –indicó Mariola pensativa–. Creo que con el tiempo iremos recordando más… ¿Qué estaría maquinando el tal Toribio cuando nos invitó a subir a la furgoneta? –De repente, Mariola dio un respingo–. ¡Oh, no! ¡Igual nos ha robado!

Ernesto, que conducía la furgo, se palpó los bolsillos y allí parecía estar todo en orden.

–Toma mi cartera, mira a ver.

Ella comprobó que no faltaba nada.

–Todo bien. Uf, qué alivio. Mi bolso también está al completo.

–Nadie sería capaz de encontrar nada en esa selva en miniatura, cariño. Hasta un león pasaría desapercibido.

–¿Ah, ¿sí?, verás la que te espera cuando lleguemos a casa. Te vas a enterar… –El resto del viaje lo pasaron bromeando hasta llegar a su destino.

La pareja terminó el viaje sin esforzarse mucho en recordar lo sucedido en su paseo por la ribera, es más, poco a poco fue desapareciendo de sus cabezas cualquier idea o recuerdo al respecto.

Los chips que Sontra le había implantado a cada uno estaban surtiendo efecto. Y con el tiempo esos artefactos irían reconduciendo sus vidas para dirigirles a próximos encuentros con la Mesías, ya como siervos de la Luz.

 


 

Y eso es todo amigos. ¿Queréis especular con otro posible final? Aportad vuestras ideas y decidme cómo habríais terminado este relato.

 

Muchas gracias.

Haced click en el corazoncito si os ha gustado.

 

Nota: todas las imágenes de este relato pertenecen a la web bing.com/images/create/

 

 

7 Comentarios
  • Arenas
    Posted at 18:11h, 03 junio Responder

    Estupendo relato que puede ser, sin duda, el inicio de una nueva saga.
    Me encanta cómo sacas a tus personajes a la naturaleza y les haces actuar «en exteriores”.
    Hay que tomar nota de tu maestría en esas lides para que lo que se escribe no acabe pareciendo Estudios 1.

  • Federico
    Posted at 14:46h, 31 mayo Responder

    Estoy viendo una serie que son extraterrestres los que implantan chips de control mental para que olvides que has sido abducido. Puede que sean una realidad en un futuro. Saludos y buen finde.

    • marcosplanet
      Posted at 10:40h, 04 junio Responder

      Fenomenal, Federico, creo que sé de qué serie hablas. No sé si está en Netflix, Disney + o Prime…

  • Dakota
    Posted at 22:55h, 28 mayo Responder

    Maravillos9 relato, te mantiene en ascuas desde el principio, felicidades.
    Saludos!

    • marcosplanet
      Posted at 15:40h, 29 mayo Responder

      Muchísimas gracias por aportar tu opinión, Dakota. Me alegra mucho que te haya gustado.
      Saludos!

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 20:41h, 28 mayo Responder

    Me has recordado el libro Futuros imperfectos, por. Los chips. Un relato intrigante desde el inicio e inquietante conforme vas leyendo y te introduces en la trama y más impactante con el final.
    Aunque me pareció un poco extenso es de agradable lectura y desarrollo. Te felicito.
    Un abrazo

    • marcosplanet
      Posted at 15:40h, 29 mayo Responder

      Muchas gracias por tu interesante aportación, Nuria.
      Un abrazo.

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