Mensajero del pasado. Tercera parte

Ver segunda parte

 


 

El hospital oncológico Virgen del Prado ocupaba una extensión de tres manzanas. Su tamaño contrastaba con el del pueblo de Alabarca, del cual representaba la construcción más grande y el proyecto más ambicioso.

Cuando el doctor Olavide decidió emprender y desarrollar un centro sanitario de referencia, donde pudiesen llevarse a cabo trabajos de investigación contra el cáncer infantil, la atención médica oncológica a los niños de aquella región de España la llevaban a cabo desde las ciudades principales del país, por lo que el servicio prestado ahora por el nuevo hospital a los habitantes de las provincias colindantes era extraordinario.

El doctor Roger Olavide contaba con un curriculum internacional, figurando como miembro en activo y también de honor en asociaciones médicas de todo el mundo. Por eso cuando los investigadores Alonso Almenas y Mauro Santos lo conocieron en persona en el hospital, ambos le miraron con sorpresa por lo corriente de su aspecto.

–Mira, se parece a Timoteo, el mesonero del pueblo –comentaba Mauro mientras se acercaban al doctor.

–Buenas tardes, caballeros –saludó el facultativo exhibiendo una franca sonrisa–. Pasen a mi despacho, por favor.

La sala que alojaba el despacho de Roger Olavide era una muestra fehaciente de minimalismo. Los colores blanco, negro y gris dominaban el espacio, tan solo salpicado de vez en cuando por objetos de esos que se reciben en congresos como recuerdo. Jarrones, placas conmemorativas, fotografías grupales con colegas oncólogos y un gran poster colgado tras la mesa del despacho, que anunciaba el próximo evento médico a celebrar en Maui (Hawai).

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–Siéntense, siéntense. Hoy dispongo de algo de tiempo para hablar. Un inesperado hueco en mi agenda –comentó el doctor señalando a su ordenador portátil.

Su aspecto le haría pasar totalmente desapercibido en cualquier reunión, si no fuera por el tatuaje que llevaba grabado en el nacimiento del cuello: dos serpientes enfrentadas mostrando sus lenguas bífidas.

–El teniente Germán Galiano le habrá hablado sobre nosotros ¿verdad? –inquirió Alonso.

–A ver, hago memoria –dijo el médico con aires de suficiencia–. Ustedes escribieron artículos sobre la desaparición de la niña Laura Rielves. Los publicó el periódico del Instituto de Alabarca allá por los primeros años ochenta, cuando sucedió aquella desgracia. En aquel entonces ustedes colaboraron con la policía dándoles información relacionada con sus investigaciones para el periódico.

–Veo que el teniente le ha informado bien, doctor, con todo detalle –indicó Mauro extrañado por los matices aportados por Olavide.

–Un gran inspector, ese Galiano –añadió el oncólogo–. ¿Y qué desean ustedes investigar? ¿El expediente del último niño desaparecido? Ya me dijo el teniente que tiene autorización judicial para acceder a dicha información, así que, por mi encantado.

–El nombre del niño es Faustino Calas y tenía siete años. Sí, eso queremos, por una parte –dijo Alonso un tanto incómodo con la frialdad del doctor– ¿Qué sabe acerca de los otros casos de niños desaparecidos? Ocurrieron este mismo año, separados por un plazo de cinco meses.

El médico frunció el ceño ante dicha información.

–Supongo que habrá oído algo en los medios sobre ello ¿no? –preguntó Mauro.

–Eh, sí, sí. Eso lo sabe todo el mundo. Pero ¿por qué me pregunta a mí? Si están aquí es porque Faustino es… era un paciente de este hospital. Los otros casos no son de mi incumbencia ¿Qué insinúa?

–Laura Rielves padecía un linfoma de Hodgkin en estado avanzado cuando desapareció en 1982. El niño y la niña que lo hicieron el año en curso también tenían algún tipo de cáncer. Usted lo sabe porque fueron pacientes de este hospital hace tres años.

–¡Pero ahora no lo son! Aconsejamos a los padres trasladarlos a otros centros donde les podrían aplicar tratamientos específicos a sus dolencias. Este hospital, Virgen del Prado, del que tengo el orgullo de ser el fundador, no es sin embargo ninguna panacea para el cáncer infantil. Hacemos lo que podemos y si no, los derivamos.

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El oncólogo cruzó con rapidez el amplio despacho para escoger dos fichas de pacientes de un archivador.

–Miren, aquí figuran los datos de las clínicas adonde fueron trasladados los dos niños. Les daré los números de teléfono de la dirección médica de cada una, si lo desean.

 

Una vez hubieron salido del despacho, Alonso y Mauro comentaban la entrevista mientras daban una vuelta por el recinto hospitalario. El doctor les había invitado a hacerlo.

–No debíamos haber preguntado a Olavide de forma tan directa por los niños desaparecidos este año –se quejó Mauro–. Teníamos que haberle dejado a él la iniciativa de mencionarlos.

–Pues ha quedado claro que nos lo quería ocultar –repuso Alonso. Su carácter perspicaz iba acompañado de una acidez verbal característica que le empujaba a adentrarse en los más intrincados campos de batalla.

–En esta ocasión nos ha servido de ayuda, es cierto –reconoció Mauro–. Lo que es incuestionable es el valor de la información que nos ha revelado el teniente Galiano sobre los niños con cáncer ¿Qué se estará cociendo, en Alabarca o fuera de ella?

 

 

Noelia soñaba con duendes inmersa en una agitación que la hacía sudar. Su habitación hospitalaria era compartida con Mónica, otra niña que al igual que ella padecía un tumor.

Noelia flotaba en la neblina de un sueño agradable, donde se veía a sí misma en presencia de duendes, elfos y ninfas del bosque, quienes le ofrecían todo tipo de juegos y diversiones.

Ella celebraba junto a todos ellos una fiesta donde las hadas hacían demostraciones de sus hechizos benignos, los duendes ejecutaban vistosos juegos malabares de todo tipo y un conjunto de ninfas hacían saltar grandes chorros de agua de un caudaloso río. Este se parecía bastante al río Goblin de Alabarca. Sus padres y ella se habían instalado en el pueblo hacía unos meses procedentes de la región de Castilla-La Mancha.

Habían ingresado a su hija en el hospital por traslado desde una clínica pequeña donde ya no podían atenderla. En Alabarca, la niña recibía clases a distancia mediante un software que la monitorizaba desde el hospital Virgen del Prado.

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En su sueño, Noelia subía y bajaba por toboganes adornados con flores silvestres en forma de ramilletes de fantasía. Estos habían sido preparados con afán por laboriosos duendecillos verdes de ojos saltones. Las orillas del río brillaban con una algarabía de canciones, danzas y música, en una nebulosa cada vez más difusa en la mente de la niña. Esta se veía a sí misma acercándose por la orilla del río a la zona que en el pueblo conocían como “las tres piedras”, animada por una curiosidad tan solo propia de los sueños.

En un momento de su paseo, en medio de la fiesta mágica del bosque, Noelia descubre un punto de luz.

–¿Qué es esa luz amarilla? ¿De dónde sale?

Da unos pasos más y se adentra entre las rocas de donde parece provenir una luz dorada cuyo destello la atrae como un imán. Camina entre las grietas rocosas a través de lo que le parece la estrecha entrada a una cueva, da unos cuantos pasos más y lo que ve la deja maravillada.

–¡Ala! ¡Qué bonito es este sitio! Está pintado con los colores del arco iris –soñaba.

 

Lanchas de alta velocidad surcaban esa parte del Mediterráneo donde los cabos de La Nao y San Antonio levantaban sus atalayas como majestuosos baluartes naturales defendiendo la costa. Las embarcaciones habían partido del buque carguero Datoskas, procedente del puerto turco de Izmir. El capitán del navío lo había situado a unas prudentes dos millas del litoral de Alabarca, a salvo de miradas indiscretas. El cargamento que portaba en su interior compartía espacio con otras cargas de las que no interesaba que hubiera control aduanero.

Los envases herméticos destinados a conservar los anticuerpos monoclonales se hallaban apilados en cajas refrigeradas de polímero reforzado donde el aislamiento resultaba requisito imprescindible. Esa carga en concreto correspondía con un pedido hecho por Roger Olavide un mes antes.

Los anticuerpos formaban parte del programa de quimioterapia aplicado a los niños pacientes del hospital Virgen del Prado.

En su veloz carrera hacia el acantilado del cabo San Antonio, una de las lanchas se pasó de recorrido y el piloto hubo de maniobrar dando la vuelta. La cantidad de espuma procedente del chorro de agua originado alarmó a su compañero.

–No llames mucho la atención, Edgar –le recriminaba Oswaldo, el otro tripulante de la embarcación. Esta había sido cargada con veinte cajas de anticuerpos monoclonales, unas mil dosis.

–No te preocupes, Oswi –respondió el piloto–. El doctor recibirá su pedido intacto.

Las dos embarcaciones penetraron en una especie de ensenada donde unas cuevas proporcionaban una entrada segura.

–¡Vamos, vamos! –animaba Oswaldo a los tripulantes de las otras embarcaciones–. No os demoréis.

El interior de la gran gruta donde escondieron las lanchas reflejaba el brillo de las aguas subterráneas sobre las paredes rocosas. La bóveda plagada de estalactitas era el techo natural de aquel espacio cavernoso donde el Mediterráneo se fundía con las aguas de un río.

El río Goblin ofrecía su contribución silenciosa para arrojar algo de luz sobre las desapariciones que atenazaban el ánimo de los habitantes de Alabarca. Los recién llegados a la gruta lo acababan de descubrir en ese instante.

–Eh, compañeros –vociferó uno de ellos–. Mirad ese foco amarillo que brilla allá al fondo. Parece oro luminoso…

 


 

Y hasta aquí hemos llegado, amigos. En el siguiente episodio encontraréis la continuación. Muchas gracias por hacer click en el corazoncito de más abajo y por dejad vuestro valioso comentario.

¡Salud y buena vida!

 

Nota: todas las imágenes de este post pertenecen a la página bing.com/images/create/

7 Comentarios
  • AMAIA LARRREA
    Posted at 14:16h, 26 febrero Responder

    Con la vista pegada en la pantalla sin poder pestañear hasta el final, je je je
    Y al final con ese «foco amarillo que brilla allá al fondo» he cerrado los ojos deseando la continuidad de este fantástico relato.
    Aplausos Marco. Abrazo grande

    • marcosplanet
      Posted at 18:14h, 26 febrero Responder

      Eres muy amable Amaia. Tu valoración es importante para mi.
      Muchas gracias.
      Un fuerte abrazo.

  • Arenas
    Posted at 15:30h, 14 febrero Responder

    ¡Realismo mágico! Aparente relato detectivesco en el que, sin embargo, capto mucha y muy conmovedora poesía.
    Y claro, esos nunca bien ponderados Mauro y Alonso que, al menos a mí, me llegan hasta dentro de las entrañas. Y más allá.

    • marcosplanet
      Posted at 11:56h, 15 febrero Responder

      Muchas gracias por tus impresiones, Antonio, siempre más que bienvenidas.
      Un fuerte abrazo.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 03:14h, 14 febrero Responder

    Y será oro?… Nos dejas con la intriga Marcos.
    La historia me gusta y disfruto leyendo tus entradas que son una maravilla, aunque si pudieras hacerlas un pelín más cortas mejor.
    Un fuerte abrazo

    • marcosplanet
      Posted at 14:50h, 14 febrero Responder

      Cuando quiero hacer relatos cortos los hago, si se trata de microrrelatos, también, pero igualmente hay escritos que consisten en Sagas, y esos los hago más largos. Es lo que demanda la historia que guardo en mi cabeza. De momento no tengo compromiso editorial alguno y no me debo a ningún requisito ajeno a mi voluntad. Tengo creaciones para todos los gustos (creo).
      Un abrazo.

  • Federico
    Posted at 20:45h, 13 febrero Responder

    Te quedas en suspense esperando que las diferentes tramas del relato lleguen a confluir. Habrá que esperar a la siguiente entrega. Saludos

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