Parálisis colectiva. Episodio quinto

RESUMEN de la cuarta parte                       Clica aquí para ver capítulos anteriores

 

La paralización de los cuerpos de más de cien millones de personas en todo el planeta produce un caos global que las autoridades intentan controlar sin éxito. A medida que se va extendiendo el mal, los intereses de los fabricantes de las deseadas “cápsulas de vida” van creciendo.

Vladislav Borisov es un oligarca que pretende hacerse con el monopolio de suministro y también abastece a los integrantes de La Sombra, una entidad oculta en un rincón remoto desde donde están orquestando un proceso de traslado de los cuerpos latentes con único fin: repoblar su civilización que ha sido devastada por una catástrofe natural.

Los miembros del Gran Consejo de La Sombra toman las decisiones reunidos en la gran sala cubierta por una fulgurante cúpula violácea. Bajo esta, el Consejero Mayor Vermis espera sanar de su grave enfermedad por la cual se ve obligado a vivir dentro de una Máquina de control vital; una burbuja de vida artificial idéntica a las que va a utilizar La Sombra para alojar los cuerpos latentes en un destino remoto.

Los primeros cuerpos trasladados son alojados en gigantescas salas de resucitación mediante miles de robots que colocan en lugares específicos a los recién llegados. El orden es establecido de forma precisa y las máquinas de control vital empiezan a realizar su función.

Sin embargo, los latentes manifiestan reacciones inesperadas tras el despertar. Los robots les han inyectado un tipo de interferón que actúa como “antídoto” para contrarrestar los efectos del que les ha provocado su estado de parálisis.

La mezcla ha activado en los latentes una potente energía acompañada de una capacidad de visión del futuro que les convierte en breves instantes en un peligro grave para La Sombra. Sus miembros están desconcertados y por primera vez cunde el pánico en el Consejo. No es para menos.

En cuestión de horas, cientos de miles de resucitados abandonan violentamente sus máquinas vitales con el único fin de vengarse de quienes, arruinando sus vidas anteriores, les habían conducido hasta allí.


 

PARÁLISIS COLECTIVA. Quinta parte

 

En el cuartel General de la Unidad Militar de Emergencias (UME) de Madrid, el capitán Marcelo Benavides y su superior y amigo de academia Héctor Legazpi discutían las últimas novedades.

–Parece ser que la muerte súbita del primer ministro japonés a la que tuvimos la desgracia de asistir en directo, no ha servido para que las potencias del mundo encaren el problema de encontrar una vacuna cuanto antes. Sigue siendo Corea del sur con los laboratorios Almavita a la cabeza, quien está sacando adelante esa vacuna…

–Sí, la llaman Coralvita porque van a medias con el laboratorio español Coral farmacéutica –afirma el comandante–. Al frente de este equipo están Carmen Estepa y un tal Kwan Yung desde Corea. Parece que habían llegado a la meta y nuestro ministerio de Sanidad había autorizado el uso de Coralvita, pero mi contacto con el ministro dice que lo han paralizado todo…

–Pero qué extraño –comenta Marcelo– ¿Será porque no estaba aprobada la fórmula?

–Nada de eso, me dicen de Sanidad que hay un efecto “adverso” que está ralentizando la producción. Es como si alguien quisiera que esta situación no se resolviera ahora.

–Pues dime tú cuando si no –exclama Marcelo indignado–. Ya les vale después de tantas reuniones fallidas entre las máximas potencias. Está muriendo cada vez más gente por la falta de cápsulas de vida y de lugares adecuados para el almacenamiento de los cuerpos latentes.

–Aparte de ese problema que conocemos también y que supone que los animales sueltos que empiezan a deambular por todas las calles están acabando con los restos de cuerpos que no han sido encapsulados –apunta Héctor con clara preocupación–. Esto se les ha ido de las manos y aun así hay quien quiere torpedear la obtención de la vacuna… –El comandante se masajeaba la mandíbula con un gesto nervioso que le lleva a hacer una llamada telefónica.

Su amigo el capitán Marcelo le observa con detenimiento. Para él, Héctor es un hombre íntegro, el más noble que conoce, y sabe que hasta que no consiga hallar el origen del problema no descansará.

–¿Hola? Eres Jacob, ¿verdad?

Al otro lado de la conexión, una voz bien timbrada resuena con el eco que marca la distancia entre Madrid y la australiana ciudad de Melbourne.

–¡Hola amigo Héctor ¿Cómo va la tragedia por allí?

Jacob no era amigo de los circunloquios.

–Pues te llamo porque la situación respecto a la vacuna está cambiando. Hay intereses en que no prospere.

Jacob quedó en silencio unos segundos.

–Ya, y crees que mi labor desentrañando el misterio del falso interferón podrá ayudar ¿no?

–Eso mismo creo, Jacob.

El capitán Marcelo hizo un gesto a su comandante porque deseaba participar de la conversación.

–Mi amigo el capitán Marcelo desea escuchar ¿puedo poner el “manos libres”?

–Sin problema alguno. Encantado de conocerle capitán, aunque sea de oídas.

–Igualmente –carraspeó Marcelo.

 

–Bien, haré un resumen para tu amigo. –dice Jacob tomando aire–. En el año 2019, unos meses antes de anunciarse oficialmente la pandemia Covid-19 en el mundo, yo me hallaba cumpliendo labores de vacunación a los niños en África central, donde una multinacional regentada por un tal Vladislav Borisov suministraba vacunas supuestamente aprobadas para combatir el Ébola.

–Nunca supe de la existencia de esa farmacéutica y mira que conozco bien el sector. Era como si se tratara de una sociedad pantalla para evitar conflictos fiscales. Pero al parecer sí que disponía de instalaciones para desarrollar sus compuestos biotecnológicos. Lo que sucedió después de mi estancia en África fue una auténtica tragedia.

–Miles de niños vacunados contra el Ébola fallecieron y el desastre fue tapado por los países afectados. Ninguna noticia, silencio absoluto.

–Me pregunto cómo una atrocidad así pudo pasar desapercibida, Jacob –comentó Marcelo asombrado.

–Pues la respuesta la encontré meses después, tras investigar unos archivos sobre la vacunación que desarrollé allí con mis compañeros bioquímicos australianos. Permitidme que haga una pausa para dar un sorbo al té de menta que estaba saboreando antes de recibir tu llamada.

–Tómate el tiempo que necesites, amigo –comenta Héctor mientras se pone en pie y se dirige a Marcelo.

–Creo que esto es un motivo más que suficiente para informar al General de División –le anuncia posando las manos sobre sus hombros.

–Bueno, retomo la palabra –añade Jacob con ánimos renovados–. El silencio administrativo no sirvió de frontera a la verdad. Mi equipo y yo descubrimos que la fórmula oficial que figuraba en la etiqueta de la vacuna era exactamente la que estaba aprobada por la FDA y otras asociaciones durante la fase III del procedimiento. Lo que nos sorprendió fue el resultado de los análisis que hicimos a varios viales y que arrojaron resultados estremecedores.

–¿Se descompuso la fórmula y se transformó en letal? –preguntó Marcelo rozando la inocencia.

–Nada de eso –continuó Jacob–. La farmacéutica había introducido en los viales la variante de un Interferón, proteína de bajo peso molecular producida por células de los animales vertebrados que, al entrar en contacto con un virus, actúa impidiendo la entrada y la proliferación de cualquier otro virus.

–Ah, pues eso parece algo bueno ¿no? –dice el capitán.

–No, lo que introdujo la farmacéutica en las vacunas fue una aberración. Una proteína que al mezclarse con las células sanguíneas (hematíes) produce otras que son copia de los hematíes, pero llevan en su ADN otro código. Uno que les permite reproducirse con el mensaje genético de bloquear la circulación de la sangre, ralentizándola.

Héctor asentía pues era conocedor de esa historia que se paseaba por su cabeza durante los últimos años de forma recurrente.

Marcelo no podía estar más pasmado.

–¿Y tomó alguien cartas en el asunto? –quiso saber.

–El caso permanece abierto “con restricciones” si se puede decir así –informa Jacob.

–¿Qué significa eso exactamente? –pregunta Héctor.

–Que si quieres saber si es la misma empresa y el mismo interferón el que han puesto en algunas vacunas para producir ahora la parálisis de la humanidad puede que estés en lo cierto. Ahora bien, demostrarlo te va a obligar a hablar con gente que sepa de vacunas y de todo el submundo farmacéutico. Tus amigos los de Coralvita ¿no crees?

 

En el destino remoto adonde La Sombra está trasladando el primer millón de cuerpos latentes, el caos sangriento más absoluto está sucediendo. Cientos de cuerpos de miembros del equipo de seguridad que protegía el Consejo han sucumbido a la gigantesca melé humana de resucitados que, blandiendo los tubos de protección de sus cápsulas de vida, asestaban golpes a todo ser que se moviera a su alrededor. Además, una extraña cualidad estaba creciendo en sus mentes que les permitía moverse a gran velocidad y lo más importante, adelantarse al mismo pensamiento de quien les rodeara.

Miles de robots habían sido programados por La Sombra para el despertar de los latentes, pero no contaban en su sistema con la dotación preventiva necesaria para combatir en un cuerpo a cuerpo.

Los brazos y piernas de los autómatas colgaban en hilachas de cables y arrastraban su miseria por todas partes. La conducta de los resucitados distaba mucho de preguntar a sus víctimas. No deseaban sino aniquilarles, porque el nuevo don con el que habían vuelto a la vida les permitía leer el futuro y sabían que el destino para un resucitado era ser programado para servir al propósito de La Sombra formando parte de una nueva civilización.

La catástrofe iniciada en aquellas gigantescas salas de resucitación extendía su llama por las dependencias circundantes, cada vez más cerca de la zona habitada por los miembros del Consejo.

El edificio constaba de zonas concéntricas de seguridad. Intercalados entre los círculos, una serie de módulos de vigilancia dotados con cámaras y sensores de proximidad establecía un cordón de seguridad a distancia. En el interior de cada torre de los vigilantes, guardias armados con explosivos y rifles de precisión disparaban a discreción cada vez que una horda de resucitados aparecía en la distancia ante las cámaras. El reguero de cadáveres iba aumentando, acumulándose como un tsunami carnoso que crecía y crecía.

Los cientos de salas del despertar que cubrían las cincuenta plantas del edificio dedicadas a ello, contaban con pasillos de evacuación para trasladar a los resucitados a las aulas de la Academia para su formación directa, que debía haber comenzado con el borrado de memoria y la implantación de los chips.

Pero el desastre creciente impedía cualquier intento de conducir a esa masa desaforada de seres clamando justicia. Dotados de una fuerza sobrehumana, los resucitados aplastaban a los defensores del lugar sin remisión, con una contundencia incontenible.

Pronto, un cementerio de seres orgánicos y máquinas sembraba la devastación por todo el edificio.

Un centenar de despiadados formaban la cabecera del grupo. Al frente, un individuo alto y desgarbado ejercía las veces de líder enarbolando un largo tubo de acero arrancado a su cápsula de vida.

–Estad atentos, por aquí hay menos guardias pero más vigilancia ¿podéis verlo?

Un rumor de voces apoyaba el comentario. La capacidad de percepción de los resucitados se hallaba exaltada. Tal era el efecto del interferón usado como antídoto para el despertar.

–¡Miradlos! Se esconden en sus búnkeres y nos observan. Van a saber quiénes somos –bramó el líder.

Acto seguido se dirigió hacia una de las cámaras y se llevó una mano al oído indicando que abriesen un canal de audio.

En el interior del cuarto de vigilancia principal, el jefe de seguridad dio instrucciones.

–Dejad a ese loco que se comunique. A saber con qué nos sorprende.

–¿Me oís, malditos? –chilló a la primera oportunidad–. ¿Veis lo que está pasando? ¿sí? Os creéis dioses ¿verdad? Nos concebisteis como máquinas carnales para cumplir vuestro débil plan de repoblación. No contabais con el efecto que ese veneno “resucitador” tendría sobre nosotros. Me parece que habéis investigado poco.

–¿Qué queréis hacer? ¿Cuál es vuestro objetivo aparte de la destrucción? –pregunta el jefe de seguridad.

–Esto ya se os ha ido de las manos, jefe. No podéis hacer nada más que… morir por vuestra propia causa.

A continuación, la horda formada por decenas de miles de resucitados reanudó su marcha letal espoleados por aquel líder desgarbado con los ojos inyectados en sangre.

Los primeros disparos de los guardianes pudieron tumbar a un centenar de exaltados pero resultó inútil. La marea humana arrollaba todo a su paso.

Los miembros del Consejo de La Sombra se hallaban recluidos en una zona de seguridad especial para emergencias, de cuya eficiencia cada vez dudaban más.

–El consejero Mayor Vermis debe informar sobre este caos y dar una solución inmediata –cacareaba el Consejero Croor.

El consejero Mayor Vermis intervino entonces con firmeza.

–Voy a lanzar el haz electromagnético –afirmó en un tono que reflejaba su determinación a pesar de lo crítico de la situación.

Un rumor sordo de sorpresa con matices de rechazo y más miedo se dejó oír en la sala de seguridad.

–Pero esa radiación fue la causante de la destrucción de nuestra civilización –afirmó el joven Kroos–. Mantenemos esa energía bajo control en un compartimento acorazado hermético como muestra de su origen solar.

–Mi equipo de ingenieros habilitó el compartimento para poder utilizar esa radiación como un arma defensiva –aclaró Vermis–. Lo ordené personalmente, sin informar al Consejo, por cuestiones prioritarias de seguridad.

El estupor más patente hizo acto de presencia. Las caras de los consejeros cambiaban de color hacia la palidez por la inesperada revelación.

–Entonces ¿hay una forma de acabar con esos miles de desalmados? –preguntó el venenoso Croor.

–Así es –se apresuró a comentar la pelirroja Zoas. La potencia de ese rayo está controlada por un dosificador de intensidad que la repartirá a medida que los asaltantes vayan apareciendo. Aunque será mejor concentrarlos en zonas muy amplias donde el rayo acabará mucho antes con ellos.

–Pues llevémosles hacia el gran cañón –dijo Kroos–. Todos lo conocéis como el basurero.

El basurero consistía en cientos de miles de metros cuadrados de desierto cubierto por una tierra rojiza que podía disolver los residuos de las ciudades donde habitaban los miembros de La Sombra. Las tierras del basurero hacían la digestión de todo lo que cayese en sus dominios.

La forma de verter los residuos a la inmensidad del desierto pasaba por depositarlos previamente en tanques motorizados de enorme capacidad que arrojaban los desperdicios al vacío una vez alcanzaban el borde del vertedero principal, elevado a más de cien metros de altura sobre el desierto. Ya en la superficie de este, las tierras rojas arrastraban los residuos en su voraz proceso digestivo mediante un oleaje continuo que trasladaba cada descarga de un tanque durante kilómetros hasta depositarla en un lugar donde terminaba el proceso de disolución en una especie de descomunal estómago.

–Debemos empujar a toda esa masa de cretinos hacia la explanada de los tanques –continuó Kroos con nada disimulado entusiasmo– y proyectar entonces la radiación sobre ellos para empujarles hacia el abismo de las tierras rojas.

Las consejeras Zoas y Proas se miraron la una a la otra con sorpresa.

–Vaya, joven Kroos, es la primera vez que oímos algo decente salir de tus labios. De acuerdo, ¿aprobamos la propuesta consejero Vermis?

–¡Dejaos de tantos formalismos! –bramó Croos con su voz más retumbante–. ¡Hay que hacerlo ya!

 

Con la ayuda de las cámaras y de los mecanismos que accionaban los resortes adecuados que abrían o cerraban pasillos de acceso, los vigilantes controlaban desde sus puestos la riada de resucitados conduciéndola hasta la explanada de los tanques que transportaban los residuos al basurero.

Duró varias horas el proceso de conducción al matadero. La Sombra contabilizó más de doscientos mil resucitados aniquilados por el haz electromagnético y dos mil víctimas propias, consecuencia de la violencia inusitada de la horda.

Cuando todo hubo pasado, el balance del desastre flotaba en la gran sala del Consejo reunido bajo la bóveda violácea que dejaba ver un cielo amoratado por una gran tormenta eléctrica.

–No volveré a tolerar –protestaba Croos con la respiración tan agitada que parecía ahogarse en su propio desaliento– que esto se repita. Y no volverá a suceder porque desde este momento impongo una censura al Consejero Mayor Vermis.

Los presentes revelaron con sus exclamaciones un desacuerdo general, incluidos los partidarios de Croor.

–Te equivocas Croor –afirmaron varias voces a la vez.

–Vermis ha conseguido eliminar la amenaza y erradicar el peligro –aseguró Zoas–. No sé qué habrías hecho tú, la verdad es que nada más que quejarte, inútil.

La cara de Croos era un reflejo de estupor seguido de un estallido de color rojo que proclamaba prematuramente su derrota.

–Esto no quedará así –mascullaba la víbora entre dientes.

Tras un largo intercambio de instrucciones para recoger la inmensa cantidad de cadáveres amontonados y robots destrozados que abarrotaban las cincuenta plantas del rascacielos, se dio por terminada la reunión del Consejo.

Vermis hablaba a solas con Zoas y Proas.

–Ha sido una experiencia horrible, Consejero Mayor –se lamentaba Zoas–. Hemos retrocedido un año en el proceso de resucitación. No sé cómo podremos retener tanto tiempo la producción de la vacuna para recuperar a los latentes perdidos. No podemos permitir que la vacuna los devuelva a la normalidad sin pasar por nuestro proceso de resucitación en las máquinas de vida. La implantación del chip de memoria es fundamental.

Proas toma la palabra animada por una resolución que anunciaba una clara esperanza.

–Es bien sencillo. Utilicemos la vacuna para resucitarles. Así no habrá peligro de desviaciones de conducta. Y una vez despiertos, los latentes serán sometidos a los implantes siguiendo el plan inicial ¿Qué os parece?

Tanto Vermis como Zoas quedaron mudos ante la evidencia.

–Lo teníamos ante nuestros ojos y no lo supimos ver –afirmó Vermis con satisfacción–. Una sencilla solución. Felicidades Proas, eres un valor en alza para el Consejo.

Zoas también se sentía satisfecha. Que su amante y amiga del alma recibiese los parabienes del Consejero Mayor la llenaba de orgullo.

–Además he de decir –intervino Zoas– que la labor de Proas utilizando a la mujer de Kroos para que este consiga la oposición a Croor de sus propios partidarios, ha sido una táctica muy acertada por su parte.

–Eso ya lo he notado en la reunión de hoy. Vaya si lo he notado. Magnífica labor, queridas.

 

En los laboratorios de Coral farmacéutica la actividad era febril. Se habían activado tres turnos de producción para no dejar de sintetizar la vacuna rVSV-Coralvita ni un solo instante. Leonardo, el presidente de Coral, había dado instrucciones para desoír la orden procedente del ministerio de sanidad español para que paralizaran la producción.

Gracias a la ineficaz burocracia gubernamental, las partidas de vacunas verían la luz y serían facturadas y distribuidas desde los almacenes oficiales del ministerio. La razón: ningún control especial había sido dispuesto para evitarlo. Los viales de Coralvita seguirían el proceso habitual empleado en cualesquiera de las otras vacunas. Afortunadamente para todos los habitantes de España y Corea del sur.

En las instalaciones del Centro de investigaciones bioquímicas y medioambientales Almavita, los socios coreanos de Coral en la síntesis de la vacuna desarrollaban una actividad similar a la de los españoles.

Las partidas iniciales abastecerían en principio a los dos países para después ir extendiéndose por todo el mundo a medida que otros cientos de laboratorios fuesen adoptando el procedimiento de fabricación de la Coralvita.

 

Día 26 después de la tragedia

 

En Bruselas, el Mando Central Coordinado que había constituido la Unión Europea para afrontar la crisis se reunía por segunda vez. El Parlamento estaba abarrotado y se hacía dificultoso guardar silencio. Sus señorías estaban muy afectados por la situación global y clamaban por una solución como quien, sentado en un buen sillón, mira al cielo cada vez que quiere solucionar algo en su vida.

–¿Qué sabemos de la nueva vacuna? –preguntaba el presidente de la comisión–. Parece que hay un laboratorio español y otro coreano detrás de ella ¿no?

El presidente dirigió la pregunta al ministro de Sanidad Angel Melero.

–Eh, sí, así es –empezó a comentar dubitativo. En realidad, había dado orden de paralizar la producción para conseguir tiempo y continuar las compras millonarias de capsulas de vida del oligarca Borisov. Eran diez millones para él de cada pedido global de mil millones. De modo que la vacuna debía esperar porque en cuanto revivieran a los cuerpos latentes cada vez irían reduciéndose más los pedidos.

–No parece usted muy decidido a contarnos cómo va la producción, señor Melero –apuntó el presidente de la comisión.

–No pasa nada, es que debo ponerme al tanto de la situación en tiempo real. Deje que haga unas llamadas.

Un murmullo de desaprobación recorrió los escaños de los parlamentarios. Resultaba increíble que el ministro español de Sanidad no se hubiera asesorado antes en lugar de dar ese triste espectáculo.

–Hola Marcia, dime algo que pueda defender aquí en Bruselas sobre la producción de la maldita vacuna.

–Pero si la has paralizado tú, querido. Coral farmacéutica no ha iniciado la producción que yo sepa.

–¿Y los coreanos? –inquirió el ministro Melero con manifiesta desesperación.

–Ellos dependen de su acuerdo con Coral, por lo que si los españoles no fabrican los coreanos tampoco.

–Esto es un desastre, Marcia. Hemos metido la pata hasta el fondo. Ahora tendré que mentir a todos los de la comisión europea y después arrodillarme ante el presidente de Coral para que inicie la producción.

–De peores retos hemos salido, cariño mío. Mucho peores y lo sabes bien.

–Bueno, tengo que dejarte ahora. Me espera un rebaño de carneros a punto de embestirme.

 

El ministro español mira a un punto indeterminado de la sala parlamentaria y dispone en su cabeza una buena mentira.

–Todo va sobre ruedas. Tanto el laboratorio español como el de Seúl están en ello.

–¿Qué significa exactamente “estar en ello”, señor Melero? –indagó el presidente de la comisión casi con inquina.

–Pues que la producción está en marcha para suministrar a Europa desde España, y desde Seúl lo harán hacia el área de influencia de Corea del Sur. Señorías, tengan en cuenta que habrá que cerrar contratos de producción con cientos de laboratorios para poder abastecer al mundo.


 

Y hasta aquí esta quinta parte de “Parálisis colectiva”. Si te ha gustado dale “like” al corazoncito de más abajo. Acuérdate de dejar un comentario, que es lo más valioso para este blog.

Os deseo a tod@s salud y suerte en la vida.

Hasta la próxima entrega.

Nota: las imágenes utilizadas en este texto pertenecen a la página Deviantart

10 Comentarios
  • Arenas
    Posted at 22:10h, 13 diciembre Responder

    Magistral entrega, amigo mío. Se suele decir que no hay quinto malo, pero este es excepcional. Sobrecogedoras las impactantes imágenes de los renacidos convertidos en informe marea humana. Absolutamente impresionante. La historia crece a todos los niveles. Y estupenda también la crítica a los infames políticos capaces de vender a su madre con tal de seguir en el candelero. Apoteósico y portentoso episodio, que deja sin resuello al lector. Mil enhorabuenas. Sin palabras….

    • marcosplanet
      Posted at 22:35h, 13 diciembre Responder

      Muchas gracias amigo mío. Tus palabras me dejan sin aliento. Me alegra mucho que te haya gustado tanto.
      Un fuerte abrazo!!

  • Federico
    Posted at 19:54h, 13 diciembre Responder

    Una respuesta inesperada del interferón. Me recuerda a los efectos secundarios de la vacuna del Covid y otros medicamentos. A veces el remedio ed peor que l enfermedad. Saludos

    • marcosplanet
      Posted at 22:36h, 13 diciembre Responder

      Los efectos secundarios encierran muchos peligros en esta historia.
      Gracias por comentar, Federico.

  • Honorat79
    Posted at 22:41h, 12 diciembre Responder

    No se porque se ha enviado mi mensaje dos veces ????

    • marcosplanet
      Posted at 23:10h, 12 diciembre Responder

      Yo tampoco. llevo tres semanas con los de wordpress a ver si son capaces de solucionarlo.

  • Honorat79
    Posted at 22:38h, 12 diciembre Responder

    Holaa, soy honorat79. Muy buen e interesante articulo,, las historias apocalípticas pueden dar para más contenido, un saludo ????

  • Anónimo
    Posted at 22:36h, 12 diciembre Responder

    Holaa, soy honorat79. Muy buen e interesante articulo,, las historias apocalípticas pueden dar para más contenido, un saludo ????

  • ric
    Posted at 14:22h, 12 diciembre Responder

    ¿Cuando vas a publicar el libro?

    El mundo apocalíptico da para mucho, y antes de que muchas personas se den cuenta, estamos preparando la sexta extinción, y mucho me temo que te lo dirán cuando sea tarde.

    ¡Saludos Marcos!

    • marcosplanet
      Posted at 23:12h, 12 diciembre Responder

      Si alguna vez ve la luz el libro serás de los primeros a quienes se lo dedique. Cuenta con ello.

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