TRASGOAZUL. Los colosos del rey Odonte

EPISODIO 4. Los colosos del rey Odonte

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TRASGOAZUL. Los colosos del rey Odonte

 

La Maestra Moura había convocado a Katia en una sala de la Torre Segura, el bastión escondido de Nim. Su preocupación por la defensa de la ciudad subterránea crecía a medida que los elfos arremetían desde el desfiladero con la ayuda de los hobgoblins. Estos intentaban entrar por las grutas laterales conectadas con las galerías subterráneas.

Katia iba conteniendo el avance de los elfos desde el desfiladero de la mejor manera.  A la anciana no le cabía duda de que la portavoz de los Mouros ejercía un liderazgo indiscutible y bien merecido. Habría podido ser una excelente Maestra, sin duda. Sin embargo, todas sus esperanzas estaban puestas en su propia hija Gudruna. Su don natural la convertía en la mejor candidata.

–Necesitamos acción inmediata para parar a esos elfos, Katia. Debemos ser más previsores como estrategas en esta guerra. He pensado solicitar ayuda al rey Odonte de Las Mesetas ¿Qué te parece?

Katia tomó la jarra con hidromiel que reposaba sobre una de las suntuosas mesas de oro labrado dispuestas por la estancia y llenó una copa casi hasta el borde.

–Nunca han intervenido en guerras, Maestra, los colosos son una raza aparte, muy centrados en su trabajo en las canteras de cuarzo. Son una comunidad muy cerrada que… –La Maestra la interrumpe con un gesto de la mano.

–Y son capaces de construir una presa con rocas de varias toneladas en menos de una semana ¿Quién puede mejorar eso?

–¿Una presa? ¿Vas a encargarles levantar una presa? ¿Dónde?

–Al pie de las cataratas de la Montaña Dorada. De ese modo lograremos embalsar un volumen suficiente para anegar ese territorio que da acceso a nuestros bancales subterráneos, junto al desfiladero. Es la mejor manera de protegerlos.

–¿Y estás segura de que los colosos aceptarán sin más? No podemos decir que hayamos tenido mucho contacto con ellos. Tan solo como proveedores de cuarzo para fabricar nuestras cerámicas.

–Querida Katia, esos titanes son, aparte de máquinas de fuerza bruta, ideales para construir cualquier edificio. En el pasado ayudaron a levantar Nim. Su colaboración fue decisiva.

–De acuerdo, Maestra, hablaré con Trasgoazul para que se encargue de comunicarlo al rey Odonte. Nuestro amigo ha mantenido contactos con el rey coloso en el pasado. Habrá menos inconvenientes para que le reciba.

–Me recuerda a su bisabuelo Trasgorojo. No hacía más que volcarse en colaborar para el bien común –dijo la anciana asestando uno de sus característicos golpes con su bastón de mando. El marfil bañado en oro aguantaba muy bien aquel trato –. Pero era blando, demasiado buen corazón para las batallas. No conozco mucho a nuestro Trasgoazul ¿Crees que conseguirá el favor de Odonte?

–Confío plenamente en él –confirmó Katia.

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Los elfos Vániros encabezaban la vanguardia de la tropa enviada por su rey a la entrada de los bancales. Al pie de los acantilados de Nim, la cascada Madre se enseñoreaba de todo el entorno. Más de cien metros de anchura definían una inmensa cortina natural de agua dorada por el reflejo de las pepitas de oro que arrastraba. El salto tenía lugar doscientos metros más arriba, ya en tierras élficas, a escasa distancia del castillo del rey Ronnio.

Los Vániros sabían que no podían fallar, pues sus vidas estaban en juego tanto a manos de Los Mouros como del rey.

–Vosotros, los cincuenta de la columna primera, entrad en las cuevas ahora que nuestros soldados han abierto una brecha en la defensa moura –ordenaba el comandante Vániro–. Las otras columnas irán entrando con cada retumbar de los tambores.

Un grupo de soldados comenzó a golpear la piel de enormes tambores de guerra, dando salida a la primera columna de Vániros. El sonido retumbaba entre las paredes rocosas de doscientos metros de altura del desfiladero. Su cadencia grave y rítmica quedaba flotando en el aire como un rezo para convocar a los espíritus del mal. Ominoso, amenazador, el retumbar estremecía a los propios soldados elfos. En cada batalla, esos bombos que porteaban los soldados más fuertes dadas sus dimensiones, emitían un mensaje estremecedor para el enemigo, se introducía en sus cuerpos como un parásito, anunciando malas nuevas y paralizando la voluntad de los soldados.

La primera columna de Vániros cayó fulminada al cruzarse con los devoradores Krotos en medio de las galerías. Los restos de sus cuerpos desprovistos de vida jalonaban los pasadizos principales, a los que accedían de inmediato los guerreros Mouros para retirar los despojos. Tenían que despejar el camino para dejar espacio a la propia defensa.

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Los bancales eran extensiones de tierra subterráneas donde se separaban las pepitas de oro gracias a un ingenioso sistema de filtración que conducía las aguas del río Espuma desde el fondo de su cauce hasta el interior de las cuevas. Docenas de tuberías transportaban el agua cargada de pepitas arrastradas por la corriente y la vaciaban sobre las extensiones de tierra donde las pepitas sedimentaban.

Los Mouros no podían permitir que los elfos destrozaran aquello como previsible acción de guerra. Les había costado mucho terminarlo, así que habían desplegado varios destacamentos de soldados por los bancales como primera barrera defensiva de Nim.

 

La segunda columna de Vániros acababa de hacer entrada en las galerías, esta vez lanzando flechas a diestro y siniestro, ante la masacre que se abría ante sus ojos. Casi a ciegas por la escasa iluminación de los túneles, los elfos de élite guerrera, tan bien preparados para el combate en espacios abiertos, sucumbían uno a uno ante las impresionantes mandíbulas de los devoradores. El pelaje abundante de las bestias ocupaba prácticamente la totalidad del túnel, dificultando en extremo el avance de los Vániros.

Las dos últimas columnas élficas de hombres especialmente adiestrados en la batalla cayeron bajo la voracidad de los krotos, quedando a manos de los Mouros como presas fáciles. Los guerreros de Nim hicieron esa tarde cincuenta prisioneros, los supervivientes de los 200 que el rey Ronnio condujo a una muerte segura.

Mientras tanto, guerreros hobgoblins armados hasta el último rincón de sus cuerpos intentaban penetrar en las galerías por las cuevas laterales. Como no conocían fielmente cuales eran las entradas secretas a los túneles, sufrían muchas bajas ante la defensa feroz de la vanguardia moura. Un centenar de guerreros de Nim bastó para reducirles. Los hobgoblins huyeron despavoridos cuando vieron el resultado de su incursión.

La noche había extendido su incierta cubierta cuando el rey elfo recibía a los huidos del campo de batalla.

–Pensaba daros un castigo ejemplar en la plaza de armas del castillo para que los demás comprueben adónde puede llevar la inoperancia de una tropa. Sin embargo, he preferido asignaros una misión que os mantendrá muy entretenidos mañana.

El líder de los hobgoblins reflejaba el disgusto en su rostro. Había sacrificado tantos o más soldados que los elfos y además tendría que aguantar los caprichos vengativos de Ronnio.

–¿Qué se te ha pasado por la cabeza, Ronnio?

–Algo muy sencillo de comprender, Cazador. Hasta por los botarates de tus soldados. Mañana volverán a entrar en las galerías de las Mouras y esta vez lo harán precedidos por nuestros lobos negros adiestrados.

–Pero eso es doblemente peligroso –protestó Cazador–. Si los lobos se ven amenazados emprenderán la retirada sin importarles quienes estemos tras ellos ¡Acabaremos cayendo bajo sus fauces!

El rey disolvió la reunión con un gesto destinado a sus guardias, quienes condujeron a los hobgoblins fuera de la sala del trono.  Al líder lo retuvo a su lado.

–A ti no te importan las vidas de tus hobgoblins, Cazador –le dijo casi en un susurro–. Te importa tan solo el tamaño de las alforjas de oro que pueda transportar tu caballo ¿No es cierto? –inquirió Ronnio con la peor de sus sonrisas.

 

Trasgoazul había recibido instrucciones de Katia para desplazarse hasta las Mesetas, la tierra de los colosos, y negociar un acuerdo con ellos. Confiaba en que el rey Odonte estuviera receptivo y aceptara ayudarles en la construcción de la presa sin poner muchas trabas.

Las llanuras que atravesaba el trasgo exhibían un tapiz floral con multitud de colores. Jazmín, lavanda, hierbabuena, lirios del valle… el conjunto era especialmente cautivador. La llanura irisada precedía a las primeras rocas montañosas donde los colosos excavaban para extraer el cuarzo. Grandes extensiones de arena cuarcítica se acumulaban junto a las enormes canteras para su carga y distribución por todo el país de Aquirón.

Los colosos organizaban con gran pericia la extracción en las minas de un mineral tan apreciado que les había hecho ricos durante innumerables generaciones. Aparte del uso de las arenas en la construcción, la cerámica de Las Mesetas era considerada como la materia prima más demandada para fabricar objetos que saciaran los gustos más exquisitos.

Al cabo de una hora, Trasgoazul divisa lo que en la lejanía parece una gran ciudad, pero a medida que se acercaba a ella la dimensión se iba multiplicando. El tamaño de cualquier edificio superaba al menos en cinco veces el de cualquier ciudad de Aquirón.

Cuando el trasgo entró en Odontia, contempló la mayor exhibición de poder que habían visto sus ojos. Las paredes de las murallas reflejaban el sol como una capa de niebla iluminada por dentro, debido a las planchas de cuarzo que recubrían la superficie, produciendo el efecto de un espejo difuminado.

 

A unos 200 kilómetros de allí, una comitiva formada por Elfos del Este cubría un espacio de dos kilómetros de longitud. Los guerreros se habían distribuido en columnas de a cinco, formando una llamativa franja en la que destacaban jinetes elfos bien armados montados sobre bestias de aspecto aterrador. Los cuerpos de estas asemejaban enormes salamandras que llamaban más la atención si cabe por su piel salpicada de manchas multicolor.

El capitán de ese escuadrón militar presidía el despliegue de guerreros encabezados por doce elfos portaestandartes que daban pompa al desfile.

–¡Eh, capitán! –exclamó un elfo montado sobre un reptante que resoplaba girando la cabeza de un lado a otro del camino–. Mi querida amiga Drota necesita beber. Paremos un rato junto a ese río. Supongo que no será el único reptante en necesitar un refrigerio.

–Ni el único ser vivo de este escuadrón –apuntó el jefe de la comitiva–. A una señal de este, las cinco columnas se detuvieron casi de inmediato. Algunas bestias parecían molestas y se resistían al parón repentino tirando de las riendas en cualquier dirección. Claro que, los poderosos músculos de los jinetes estaban entrenados para hacerles recuperar la calma. Unos tirones bruscos y rápidos servían al propósito aprendido en la escuela de doma. Cada cabalgante debía constituirse en el amo de su criatura, creando un entendimiento con ella. Eso resultaba vital para no ser arrojado por el animal desde tres metros de altura.

 

A prudente distancia de allí, unos ojos atentos observaban ocultos entre las sombras de la arboleda próxima. Su propietario medía casi cuatro metros de estatura y vestía como los guerreros colosos del rey Odonte.

 


 

Y eso es todo, amig@s. Dadle click al corazoncito de más abajo si os ha gustado y dejad un comentario por favor. Vuestra opinión es valiosa.

Nota: las imágenes de este post pertenecen a la página bing.com/images/create/

Salud y mucha suerte en la vida.

 

9 Comentarios
  • AMAIA LARRREA
    Posted at 22:01h, 06 marzo Responder

    ¡Uauh, vaya historia!
    Quiero más…
    Y las imágenes geniales también.
    Abrazo grande, Marcos

    • marcosplanet
      Posted at 06:45h, 07 marzo Responder

      Espero que la continuación esté disponible en breve. Muchas gracias por tu entusiasmo. A ver si puedo publicar la nueva entrega en un par de días.
      Un abrazo!

  • Federico
    Posted at 22:16h, 05 marzo Responder

    Los hobgoblins son duendes malvados. Están en su papel. Saludos

    • marcosplanet
      Posted at 07:45h, 07 marzo Responder

      Sí, su aspecto es inquietante: delgados, con enormes ojos de mirada enigmática, dientes puntiagudos y un rictus burlón. Los demás seres de los bosques aborrecen a los hobgoblins por su crueldad, y mezquindad. Además, les precede una merecida fama de seres faltos de higiene. Montan en Lobos Gigantes disparando con arcos al enemigo a distancia. Cuando luchan cuerpo a cuerpo, lo cual prefieren evitar, usan un par de cuchillos curvos impregnados con un veneno rápido.
      Saludos, Federico.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 02:55h, 05 marzo Responder

    Cuatro metros de altura? Madre mía qué imaginación. No sé cómo acabará esto. Pero tengo la sensación de que se avecina algo gordo. Un abrazo

  • María Pilar
    Posted at 20:42h, 04 marzo Responder

    Hola, Marcos. ¡Qué derroche de imaginación! Tengo la impresión de salir de una experiencia de cine inversivo con imágenes envolventes que me iban contando tu narración tan creativa. El sonido atronador de los soldados de vanios y holgoblins, el golpear de los tambores de guerra… Las bellas descripciones de los dorados del agua…Es un texto tan descriptivo y sensorial que lo he disfrutado.
    ¡Un abrazo!

    • marcosplanet
      Posted at 10:03h, 05 marzo Responder

      Muchas gracias por tus palabras de apoyo, María pilar. Son muy valiosas.
      Un fuerte abrazo.

  • Rosa Fernanda Sánchez
    Posted at 11:13h, 03 marzo Responder

    Querido Marcos, tu imaginación desbordante no tiene limites.
    Magnífico relato!. A buen seguro podría ser un excelente guión para una película

    • marcosplanet
      Posted at 11:48h, 03 marzo Responder

      Muchísimas gracias. Solo es una sombra del arte que pones en tus obras.
      Un abrazísimo.

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