Trasgoazul. Piedras doradas

Resumen

Un molinero y su familia habitan en el bosque de Aguas Albas, donde criaturas de origen épico pugnan por mantener un equilibrio alterado por una amenaza inminente. El rey de los elfos de las Tierras Altas ansía el oro que atesoran las Mouras desde hace centurias en la ciudad subterránea de Nim.

Los gnomos cobran por vigilar esos tesoros, los Hobgoblins se alían con los elfos para intentar adueñarse de esa riqueza por la fuerza y otras razas del país de Aquirón participarán en mayor o menor  medida en el conflicto que está por llegar.

(Ver capítulo anterior)

 


Piedras doradas

 

–Laurisilva, hermana bonita –decía Tonante, hijo mayor del molinero–. He oído que tienes un pretendiente. Un elfo de las Tierras Altas…

Ella detuvo un momento su labor de empaquetar sacos de harina y lo miró con aire de extrañeza.

–¿Ah, sí, hermanito? ¿Y dónde lo has oído?

–En el mercado del pueblo dejan correr muchos rumores. Dicen que se llama Ronán y que es adinerado. Al parecer está emparentado con Ronnio, el rey de los elfos de las Montañas Doradas.

–Bueno, pues que le vaya bien. A mí no me incumbe porque ese elfo no tiene nada que ver conmigo.

–Ya, ya, no es eso lo que me han contado, pero bueno, tienes todo el derecho a ocultar tu… romance –Tonante dejó caer el comentario al tiempo que lanzaba un puñado de harina sobre la cara de su hermana. Esta respondió de la misma forma y al cabo de unos minutos los dos se habían puesto perdidos.

–A ver, chicos, no os alborotéis tanto y traed los sacos al carromato –dijo la madre intentando poner orden–. Recaredo ya lo está haciendo.

Cuando la carga estaba completa, la madre se acercó a Laurisilva y le habló al oído.

–¿Es verdad eso que dice Tonante de que estás saliendo con un elfo de las Tierras Altas?

La hija se la quedó mirando con gesto de sorpresa.

–Pues claro, mamá. Te comenté algo hace unos días –contestó en tono cariñoso–, pero como siempre estás liada con tus tareas veo que no te diste por enterada.

–Bueno, pues si es para bien, bienvenido sea ese tal… Ronán. Tráetelo por aquí para que podamos verle la cara. Invítale a comer mañana –concluyó guiñándole un ojo.

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Las Mouras llevaban semanas oyendo cuchicheos de varias criaturas del bosque Aguas Albas en los que se mencionaban oscuras intenciones por parte de los elfos de las Montañas Doradas. El rumor los acusaba de pretender sabotear el arrastre de pepitas de oro que de forma natural se venía produciendo desde tiempo inmemorial. El río Espuma transportaba en su caudal el dorado tesoro que quedaba depositado en su lecho pepita a pepita y que las Mouras recolectaban sabiamente como habían aprendido a hacer cientos de años atrás, en tiempos de la Primera Maestra.

En la comunidad de Mouros y Mouras, ellas dominaban todas las técnicas de tratamiento de las pepitas, realizando los varones las labores de corte con el fin de que las Mouras las engarzaran en collares, pulseras y abalorios preciosos, muy codiciados en todo el país de Aquirón.

De orfebrería no sabían nada los elfos de las Tierras Altas, que vivían del cultivo de sus tierras, la pesca y la caza. Las grandes riquezas acumuladas a lo largo de generaciones y guerras con enemigos del país de Aquirón les mantienen en un estatus de vida cómodo y pacífico.

El entorno sería idílico si no fuera por el afán de poder de Ronnio Masante, su actual rey y tío de Ronán, que pretende someter a las Mouras para que trabajen solo para los elfos.

Esa mañana Ronnio ha enviado emisarios a Nim, la ciudad Moura enterrada bajo la bóveda de una enorme cueva sobre la que discurre el caudaloso río Espuma.

El mensaje transmitido giraba alrededor de un trato nada ventajoso para las bellas pelirrojas y sus familias.

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–De modo que Ronnio quiere tres cuartas parte del oro que recolectamos en nuestros bancales –apuntó Katia, portavoz de toda la comunidad Moura–, por el hecho de que procede de allá arriba, donde vivís vosotros. No sois los dueños de la Naturaleza, y esta ha conducido el oro durante miles de años montaña abajo hasta Nim y sus alrededores. De eso no tenemos culpa Las Mouras.

–Pero nuestro rey decide sobre todo lo que el río lleva en sus aguas desde que nace en Dóroban, la cumbre más alta. Es la tradición desde hace miles de años –apuntó el emisario en tono burlón.

Katia estalló en una sonora carcajada que tuvo eco entre las paredes brillantes de la gigantesca cueva. En esos momentos, la ciudad de Nim recibía a través de los enormes ventanales naturales de su techo los rayos de un sol en esplendor que arrancaba tonos irisados al noble metal que cubría los bancales donde los Mouros preparaban las pepitas para su depuración.

Parecía la visión de una ciudad fantástica a través del prisma de un sueño. Nim reunía un conjunto de combinaciones arquitectónicas que se apilaban con formas sorprendentes en atrevidas estructuras de una belleza imposible de creer.

-–Así que ¿te permites usar el sarcasmo en una situación así, mensajero?

–No son tan solo palabras, bella Katia; el rey Ronnio iniciará un asedio inmediato de Nim si no abandonamos esta cueva habiendo sellado el acuerdo.

A una señal de Katia, Tolko, un mauro de gran tamaño y ducho en el combate, agarró su maza guerrera y la aplastó contra el cráneo del mensajero con tal violencia que apenas quedó rastro de esa cabeza. El cuerpo tambaleante de la víctima cayó de rodillas sobre el suelo húmedo de la cueva y la vida escapó de él al instante siguiente.

La comitiva de seis emisarios más que acompañaban al muerto optó por huir de allí, pero solo pudieron dar unos pasos porque una lluvia de flechas doradas les atravesó de parte a parte.

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–Mi tío debió haber supuesto que los Mouros reaccionarían con violencia ante semejante proposición –comentaba el elfo Ronán al molinero mientras degustaban la comida que su mujer Gabriela había dispuesto con presteza. La familia Tornasol asistía al completo al banquete donde la hija Laurisilva compartía banco con su amado elfo Ronán, sobrino del belicoso rey Ronnio.

–Todo el bosque está en alerta por lo que ya se ve venir y es una nueva guerra entre elfos y Mouros –dijo preocupado Tonante, el hermano mayor.

–Te equivocas hermano –intervino tajante Recaredo–. Esto afectará a todas las criaturas de Aguas Albas y se formarán bandos enfrentados. Recuerda la última vez que los gnomos se pusieron de acuerdo con los elfos para sorprender a los Mouros dentro de sus galerías subterráneas. Los mantuvieron engañados durante décadas haciendo de guardianes del oro. Nadie mejor que los gnomos para asaltar esas cuevas y la ciudad de Nim.

–Pero los que traicionaron a las Mouras fueron los Hobgoblins –añadió Tonante–, esos goblins cazadores de día en el bosque y ladrones subterráneos al caer la noche. La ciudad de Nim sigue sufriendo sus saqueos nocturnos, aunque con las enormes riquezas acumuladas por las orfebres eso a ellas no les preocupa mucho.

–Pues debería –añadió Recaredo muy implicado.

El elfo Ronán adoptó un tono sombrío antes de intervenir.

–Mi tío Ronnio no está en sus cabales. Es como si el oro que baja de las montañas ejerciera sobre él una influencia física, algo que le obligase a actuar de inmediato guerreando sin tregua. Tampoco hace caso del Consejo élfico, en absoluto.

Laurisilva lo observaba con ojos de admiración.

–Tu podrías ser elegido como sucesor de ese cretino, Ronán ¿no se lo has propuesto al Consejo?

–No puedo hacerlo por la vía pacífica. El único modo es retarle a un duelo a muerte. Y no quiero llegar a ese extremo, ahora más que nunca.

Él la miraba con ojos cautivos, entregados a un amor profundo. Su cabeza le decía que debía cumplir una obligación sucesoria escrita en los anales de los elfos desde que los primeros hijos de Ilúvatar nacieron junto a las aguas del despertar. Sin embargo, su corazón no estaba preparado o al menos eso pensaba él.

 

Los Hobgoblins hablaban con el rey elfo Ronnio en el interior de la fortaleza del monte Dóroban, el más alto de los picos Dorados y donde la preciosa silueta del castillo élfico se enseñoreaba de todo el entorno.

–Nosotros te somos fieles, Ronnio, pero entre las criaturas que pueblan Aguas Albas hay otros intereses que priman sobre ponerse de tu lado –decía el Hobgoblin apodado “Cazador”–. Represento a más de mil de los de mi raza que están dispuestos a pelear para defender tu reinado, aunque no es esa la fuerza que necesitas, mi rey.

Cazador acabó la última frase en un tono que sugería una alternativa mezquina.

–¡Habla o calla, goblin! Déjate de intrigas vacías.

–Convocaremos a los gnomos del sur. Conozco a su jefe tribal desde hace años y me debe el sitio que ocupa. Recuerda que en el pasado sus ancestros ayudaron a los tuyos en otras contiendas.

Ronnio asentía mientras escuchaba al Cazador. Se hallaban junto al gran ventanal de la sala del trono, a través del cual el rey no podía evitar contemplar, hechizado, las caídas de agua dorada que tanto mal habían provocado en la historia de Aquirón.

Sin desviar la mirada de la panorámica, despidió al Hobgoblin con un gesto de la mano.

–Procede como dices… y no me falles– sentenció.

 

La Moura Katia y su familia de orfebres habían destacado también durante siglos como grandes defensores de la ciudad de Nim. Hubo un tiempo en que existía una jerarquía militar en la ciudad subterránea, una estructura social en la que primaba un ejército bien dirigido, de lo que se encargaba una plana mayor de oficiales entre los que figuraban el padre y el abuelo de Katia.

Ahora, esa estructura permanecía aletargada dados los años de paz que imperaban en Aquirón.

La paz se ha roto –anunció Katia ante los asistentes al Concilio presidido por la Maestra.

–Hoy es un día aciago, sí –convino la anciana levantándose de su trono de piedra–. Nos ha visitado el mal en forma de un grupo de emisarios élficos que jamás regresarán a sus montañas y hemos de disponer las defensas como antaño ¿Habéis empezado a asegurar las galerías?

–La ciudad de Nim estará blindada en cuestión de pocas horas, Maestra –aseguró Katia–. Hemos reactivado para ello la Orden Militar con los necesarios oficiales y generales.

–Dime, ¿son de tu total confianza? –inquirió la Maestra dando un ruidoso golpe sobre una roca con su bastón de mando.

–Los Mouros trabajamos a diario codo con codo en los bancales desde hace décadas. Que los últimos tiempos hayan sido pacíficos añade garantías a esa convivencia ¿no cree, Maestra?

La anciana no abandonó su expresión uraña.

–Los Hobgoblins están de parte del rey elfo y ya habrán conspirado para atacarnos. No sabemos si entre nosotros habrá bocas que se tuercen para informar al enemigo.

–Contamos con la inestimable ayuda de un goblin piel verde. Se llama Trasgoazul y en el pasado sus ascendientes nos ayudaron a resolver conflictos armados.

–Un digno heredero de su bisabuelo, sí. –confirmó la Maestra–. El viejo y yo hicimos buena pareja como estrategas. Lástima que la fiebre del hurón acabara con él.

En ese instante sonaron las trompas de aviso. Desde las profundidades de la cueva, toda Nim retumbó con la vibración de aquellas trompetas enormes que anunciaban una alerta por amenaza inminente.

–Son los vigías del desfiladero –anunció Katia–. Habrán detectado peligro en la pared norte. Los atacantes aún no han entrado por la boca de los bancales, por lo que disponemos de unas dos horas para cubrir todas las posiciones de defensa.

A una señal de la Maestra, cuatro fornidos Mouros porteadores la ayudaron a subir a un palanquín trasladándola con rapidez a sus dependencias en la Torre Segura.

 

En la zona más alejada de la entrada a la ciudad de Nim, oculta por una pared rocosa gigantesca, se levantaba desafiante el pilar que siempre había quedado en pie tras las batallas. Torre Segura era una columna cilíndrica de más de cincuenta metros de base dotada de dependencias donde residía de forma permanente la guardia personal de la Maestra y la única familia que le quedaba: su hija Gudruna y su hermano Tridor.

Gudruna representaba la esperanza de que los Mouros no perdieran el buen consejo y la mano contundente de un líder que los gobernara a todos con seguridad y en quien confiasen hasta la muerte. Katia y cualquier otro dirigente rendían sus servicios sin condiciones a los Maestros Mouros. En este caso, Tridor no reunía los requisitos para ser Maestro, pero Gudruna contaba con un don natural, quizá heredado de una rama genealógica muy distinta a la de su tío.

Las trompas volvieron a encontrar un eco tenebroso entre las paredes de Nim. Máquinas de guerra adaptadas a las dimensiones de las galerías estaban siendo desplazadas hacia las entradas de los bancales. Las bestias que tiraban de ellas eran quienes movían los empujadores de grava para separar las pepitas de oro de la piedra bruta.

Se trataba de animales dóciles pero dotados de una fuerza extraordinaria y un apetito voraz, por lo que servía de gran ayuda reunir a los Krotos justo a la hora de comer para participar en la batalla.

 

Trasgoazul llevaba toda la mañana en el molino repasando su estrategia para evitar una guerra de grandes proporciones. Su pensamiento no se desviaba ni un milímetro de su objetivo.

–Salgo ahora para Nim, amigo molinero. Debo cumplir mi cometido como lo hicieron mis antepasados en otras situaciones difíciles.

–Me hago cargo, Trasgoazul. Somos muchos los que dependemos de ti. Ánimo y mucha suerte.

El goblin montó en su lobo negro como el azabache y puso rumbo a una de las entradas secretas de la ciudad de las Mouras.

 


 

Os animo a seguir esta saga leyendo la próxima entrega. Haz click en el corazoncito de más abajo si te ha gustado este episodio y deja por favor tu comentario, será muy bienvenido.

 

Salud y suerte en la vida.

 

Nota: todas las imágenes de este post pertenecen a la página Deviantart.com

15 Comentarios
  • Miguelángel Díaz
    Posted at 22:12h, 21 febrero Responder

    Hola, Marcos.
    Se pone difícil la relación entre Elfos y Mouras. Ya nos mostrarás como se desarrolla.
    Me encanta tu versatilidad a la hora de mostrarnos cualquier tipo de publicación en tu blog.
    Un fuerte abrazo 🙂

    • marcosplanet
      Posted at 06:52h, 22 febrero Responder

      Muchísimas gracias Miguel. Me alegran tus palabras.
      Un fuerte abrazo!

  • María Pilar
    Posted at 16:42h, 31 enero Responder

    Hola, Marcos. Suenan tambores de guerra entre los elfos y los Mouros, con gran preocupación de que se generalice en todo el territorio de Aguas Albas. Parece probable que los gnomos se unan a los elfos, como ya lo han hecho en otras ocasiones. Son expertos en asaltar las cuevas con las pepitas de oro de la preciosa ciudad de Nim, capital de los Mouros. Si a estos se unen los Hobgoblins con sus saqueos nocturnos sobre la ciudad, se entiende que todo el bosque esté en alerta por lo que ya se ve venir. La esperanza de los Mouros, injustamente atacados, está en el goblin de piel verde, Trasgoazul; en Gudruna y su don natural; en Nim, su ciudad tan bien equipada como fortificada. Y es la esperanza del lector que con su fuerza mental está dispuesto a empujar para que Nim no caiga.
    Me gusta esta fantasía épica cuya acción transcurre en un mundo imaginario que muy bien puede ser una historia literaria. Yo, por su detalladas descripciones, la veo muy cinematográfica o juego de rol.

    Un saludo, Marcos.

    • marcosplanet
      Posted at 06:37h, 01 febrero Responder

      Agradezco mucho tu acertado resumen de la historia, María Pilar. Y le doy el valor añadido de venir de ti, una persona tan afín al mundo de la palabra escrita. Como dije a Nuria, estoy llevando adelante varias sagas que podrían encajar en una novela o en otras «utilidades». Si alguna historia adquiere forma de libro sería uno de mis mejores sueños.
      Un abrazo grande.

  • ARENAS
    Posted at 15:06h, 31 enero Responder

    Trabajadísima trama, en la que todo encaja perfectamente, a pesar de la multiplicidad de bichejos varios que la pueblan. Esto, como te pongas, te da a ti para un Señor de los anillos corregido y aumentado..

    • marcosplanet
      Posted at 15:47h, 31 enero Responder

      Jajaja.. Si, bueno, eso quisiera yo.
      Gracias por tu eterna cortesía, amigo Antonio.

  • Maty Marín
    Posted at 18:34h, 30 enero Responder

    Vuelvo a destacar tu capacidad de recrear historias, Marcos. Un saludo!

  • AMAIA LARRREA
    Posted at 12:33h, 30 enero Responder

    Me está gustando mucho esta historia.
    Abonada a esta saga. Aplausos y abrazo

  • Federico
    Posted at 18:30h, 29 enero Responder

    Cada vez está más emocionante. No me pierdo el siguiente episodio. Saludos

    • marcosplanet
      Posted at 17:02h, 30 enero Responder

      Muy bien Federico. A buen seguro que lo tendrás.
      Saludos.

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 18:05h, 29 enero Responder

    Las Mouras llevaban semanas oyendo cuchicheos de varias criaturas del bosque Aguas…
    Me recordaste al libro que acabo de reseñar, «el rumor de los huesos» con criaturas fantásticas y se desarrolla buena parte de ella en Edén del Trasgo.

    Buena historia para una novela, un abrazo

  • Jorge Roland
    Posted at 16:18h, 29 enero Responder

    A veces la fantasía no dista mucho de la realidad (y no siempre la supera)
    Saludos.

  • Óscar Iglesias Casado
    Posted at 15:52h, 29 enero Responder

    Las guerras siempre son sinónimo de desastres y desgracias, excelente historia, amigo, Feliz Lunes y feliz semana

  • J u a n E l P o r t o v e n t o l e r o
    Posted at 10:45h, 29 enero Responder

    ¡ Se pueden palpar las hostilidades que pueden llevar al desastre a la grey de las mouras! La narración ágil está asaz bien amueblada por los sucesos bien concatenados en éste relato en el que llega el momento cumbre de Trasgoazul para ver su capacidad liberadora o al menos, protectora. Me gustó mucho lo de «la fiebre del hurón» Mi opinión es que atesora Trasgoazul muchísimo potencial.
    ¡Feliz fin de enero esta semanita!

    • marcosplanet
      Posted at 17:34h, 29 enero Responder

      Muy agradecido Juan. Quedan pendientes más entregas.
      Saludos.

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