Un dragón en el reino de Limodia

Resumen del capítulo anterior.

 

El farmacéutico Hernando investiga con un “Suero de la verdad”, un barbitúrico mejorado para garantizar un funcionamiento perfecto.

Su intención es que confiese la verdad todo aquel que se interponga en su camino, pues se siente víctima de una monumental estafa.

Desde que el príncipe Gabriel lo acusara de ser el responsable de la muerte del rey, lo que supuso su expulsión del Castillo y la ruptura de su relación con la princesa, Hernando solo buscaba la verdad.

Desconocía por completo la identidad del autor del envenenamiento del rey Borgundio. Pero todos le consideraban sospechoso. La botica real era un lugar repleto de sustancias venenosas.

Además, controlaba en exclusiva el negocio en lugar de su padre, Apolonio, relegado en los últimos tiempos al papel de dependiente, pues deseaba que todo el negocio lo llevase adelante su hijo.

El dragoncillo Draguis adopta un papel detectivesco para investigar la muerte del rey.

 


Un dragón en el reino de Limodia

 

El minero Gervasio abandona la botica real de Samodia después de haber obtenido su pomada hidratante. El boticario le ha escuchado con mucha atención pues Gervasio le ha revelado la intención del rey del vecino reino de Limodia de reabrir las minas de cobalto antaño explotadas por él en terrenos de Samodia, país gobernado por la princesa Ranais.

Hernando el boticario desea con fervor encontrar al culpable de la muerte del rey de Samodia por envenenamiento y decide ir al encuentro de Draguis, el dragón de compañía de la princesa Ranais. Este le aseguró que no se fiaba de nadie y que iba a investigar a fondo por su cuenta.

–El pobre Draguis no confía aún en mí, pero terminará haciéndolo –decía para sí mientras caminaba hacia el castillo–. Draguis estará entrevistando a los médicos del difunto rey según me dijo. Debo hablar con él.

 

El castillo de Nordalia, capital de Samodia, resplandecía esa mañana de otoño como la gran fortaleza que siempre había sido, inexpugnable y de espléndida estampa bajo los rayos del sol naciente.

Había bastante movimiento en la Corte. Sirvientes, maestros de ceremonias en recepciones oficiales o chóferes que llegaban y partían del patio principal de armas en un trasiego constante. Algo menos habitual era encontrar carruajes en el patio del castillo. Pero Hernando observa uno muy suntuoso, de paredes interiores acolchadas de color ámbar, del cual se estaba bajando alguien en ese momento.

–Tome, amigo cochero –dijo al conductor arrojándole un bastón labrado con el puño de plata–. Sosténgalo un momento mientras me ajusto las botas.

El personaje presentaba el aspecto de un emisario de alto rango en misión diplomática. Una vez recompuesto su calzado recogió el bastón de manos del cochero, le hizo un gesto de cortesía a modo de despedida y partió raudo hacia el interior del castillo.

Hernando lo miraba con especial atención pues le recordaba a alguien a quien había visto en algún momento en las recepciones de la Corte, cuando él aún habitaba en el castillo.

–¿Y si es un enviado de Fadrique el rey de Limodia? –pensó con vivo interés–. Debo indagar.

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El salón de recepciones del castillo de Nordalia era un inmenso espacio iluminado por una serie de ventanales ojivales de preciosa factura adornada por vidrieras multicolor. La luz del Astro Rey se filtraba a su través con un efecto diferente según la hora del día. En aquel momento, los recién llegados a la fortaleza admiraban un entorno verdeazulado, bañado de matices.

Cuatro puertas gigantescas decoradas con relieves de escenas bucólicas daban acceso a cada una de las alas del edificio.

El dragoncillo Draguis se hallaba en las dependencias de las cocinas palaciegas interrogando como si no hubiera un mañana a varios miembros del servicio.

–Veamos, Mercedes ¿hubo algo que le llamara la atención el día del fallecimiento del rey?

La mujer se estaba secando las manos después de haber preparado un ragoût de ternera en salsa de menta famoso en Nordalia por su cualidad de deshacerse en la boca.

–¿Algo o alguien? –preguntó ella a su vez.

Draguis revoleteaba sin cesar alrededor como cada vez que le venía una nueva idea a la cabeza.

–Sí, sí, señora mía, cualquier detalle es bienvenido. Diga, diga…

–Pues verá, nosotros no acostumbramos a ver por aquí dragones de cuello azul como usted, pero aquel día se presentó uno curioseando por los fogones mientras volaba de un lado a otro. No esperaría esa visita en la vida, porque se supone que un dragón de compañía debe estar con la persona a la que está ayudando ¿verdad?

Draguis paró en seco su aleteo y se posó en la encimera junto a uno de los fogones. No reflejaba la emoción de sorpresa que invadía su cuerpecito escamoso, pero sintió una imperiosa necesidad de saber más, mucho más.

–¿Un dragón como yo? Eso no puede ser porque no hay dos iguales, no en nuestra raza Mercedes, ¿te fijaste si tenía alguna mancha o reflejo en sus escamas?

–Ahora que lo dice sí, una especie de reflejo verde intenso cruzaba su… tripa. Se dedicó a recorrer las cocinas durante un par de minutos y luego desapareció sin más.

–¿Nadie más lo vio? ¿Nadie? –insistió Draguis incómodo por la falta de información.

–Puede preguntar a mi compañero Mario, si quiere. Es muy observador –aclaró Mercedes– ¿Quiere un vaso de zumo de grosella, Draguis? Creo que lo va a necesitar para aclarar la voz.

El dragoncillo lo aceptó con ganas y bebió el vaso casi sin respirar.

–Muchas gracias señora. Iré a hablar con Mario ¿Es aquel hombretón de allá?

–El del sombrerito amarillo, sí.

 

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El sombrero amarillo cubría la cabeza de aquellos empleados de las cocinas especializados en componer recetas innovadoras, con las que los ilustres visitantes de la Corte de Nordalia quedaban impresionados desde el primer bocado y que tanta buena fama daban a la capital del reino de Samodia.

–Hola Mario, ¿Cómo estás? ¿Llevas hoy un buen día? –preguntó Draguis con su premura habitual.

–Vaya, un dragón de compañía. Es la segunda vez que veo a uno este año –dijo el hombre grande retorciendo un extremo de su gran bigote.

–¿Lo viste el día en que murió el rey?

–Pues así fue ¿cómo iba a olvidarlo? Ese colega tuyo no paraba de curiosear por aquí y allá como si quisiera vigilar lo que hacía cada uno de nosotros.

–Bueno, pero, ¿pudiste hablar con él o averiguar qué quería? ¡Qué quería! –repitió Draguis con su clásico énfasis inquisidor.

–Es curioso, él hablaba igual que usted. “Dime Mario, dime. ¿Vais a preparar hoy algo especial para el banquete? ¿Algo especial?” me dijo. Y le contesté que habría capones de la granja en salsa de setas de temporada con río de queso fundido de Nordalia, pularda de espárragos frescos a la flor de hamamelis, patatas enanas a la crema de arándanos y varios postres especialmente preparados para la ocasión.

Draguis prefirió obviar el torrente de conocimiento y memoria que acababa de lucir Mario e ir al grano.

–¿Te dijo por qué estaba tan interesado en conocer el menú?

–Me aclaró que en Limodia les gusta mucho el pescado de río como la trucha, el reo o el salmón y que si disponíamos de algo así en la Carta.

–Bueno, ¿entonces hubo pescado o no?

–Por supuesto, los ríos de Nordalia albergan ejemplares únicos, sobre todo el salmón rojo de la parte alta del Nordar. Nuestro río es único para criar lo mejor de esa especie.

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–Muy bien, Mario, me gusta oír eso ¿Sabes a quien acompañaba ese dragón?

–Le vi salir de la misma limusina que unos cortesanos de Limodia. Ese coche es muy conocido por aquí y lo usan los emisarios del rey Fadrique.

El dragoncillo volvió a ejercer el control de emociones para ocultar su sorpresa y se despidió de Mario.

Draguis estaba cada vez más suspicaz con la osadía de los limodios. En unos minutos se presenta ante la princesa Ranais, quien se encontraba en sus aposentos junto a la dama María.

–Así que el día de la muerte del rey Borgundio –comenta el dragón mientras devora las pastas de té de la princesa– habían aterrizado en el castillo dejándose ver descaradamente ante todos y preguntan detalles del menú a través de un dragón de compañía nunca antes visto. Es como si quisieran que en algún momento se les relacionara con el asesinato del rey ¿No os parece?

–Pues es llamativo, si –dice Ranais–. Pero me alarma más que la policía no haya averiguado nada de lo que nos has revelado, Draguis. Eres un gran detective…

–No tenemos nada aún y yo necesito ayuda, princesa. ¿La dama María querrá unirse a mí en mi investigación?

La dama se tomó unos segundos para esbozar una sonrisa y contestar.

–Ah, pues claro que sí, amigo mío. Cuenta conmigo para lo que quieras. Haremos un buen equipo.

María llegó a conocer a Draguis mejor que muchos en los meses de visitas que hizo a la Academia Dragonland para Dragones de Compañía y le consideraba más como un hermano que como un amigo.

–Aún no tenemos el equipo completo –añadió Draguis con gesto resabiado–. Falta el príncipe Gabriel –concluyó.

–¿De verdad que mi hermano cuenta para ti? –preguntó la princesa esperanzada? –. Me hace mucha ilusión que sea así porque a Gabriel le hacen falta estímulos en su vida. De lo contrario… tiende a caer en un estado de apatía que no es bueno y se dedica a holgazanear con demasiada frecuencia.

–Pues sí, princesa. Desde que le rescatamos en la montaña del oso he visto al príncipe con otros ojos. Tiene una mente despierta y sé además que podré contar con él.

Draguis era alumno destacado de la Academia para dragones de compañía, pero en particular lo era en “El arte de saber escuchar a los humanos”, asignatura impartida por el profesor Leo, quien siempre notaba alivio en sus doloridas rodillas cuando conversaba con su mejor discípulo.

–Pues nada querido amigo –interviene María–, espero que podamos servirte de ayuda.

 

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Hernando el boticario se dirigió a la recepción del castillo preguntando por un visitante recién llegado en un lujoso carruaje.

–Iba equipado con un bastón de mando de gran tamaño ¿Lo han visto entrar?

El empleado reconoció al instante a quien hasta hace poco había sido la pareja de la princesa Ranais y contestó rápidamente.

–Así es, señor Hernando, se trata de Augusto Melvin, un emisario de alto rango de Limodia en misión diplomática. Dijo que los de protocolo le habían reservado habitación en el castillo para tres días.

–Muy bien ¿y dónde le puedo encontrar ahora?

–Probablemente en la planta cuatro, donde se alojan los diplomáticos. Deje que haga una llamada.

Cinco minutos más tarde, Hernando llamaba a la puerta de la habitación veinticinco.

–¿Si? Pase –dijo desde el interior una voz en un tono cantarín.

–Gracias por recibirme tan pronto, señor Melvin. No sé si sabe bien quién soy.

–Es usted Hernando, el hijo del boticario real –proclamó el diplomático con su voz de barítono.

–En realidad –carraspeó Hernando–, mi padre se ha jubilado y me encargo yo del negocio.

–Pues tendrá bastante trabajo con la cantidad de personal que habita el castillo.

–Sí, bueno, llevo mucho tiempo atendiendo sus necesidades. Es mi cometido.

Hernando echa un vistazo a través del gran ventanal que preside la estancia y deja que su mirada se pierda entre las cumbres montañosas de Nordalia. Piensa en lo contradictorio de su situación, alejado de su amada la princesa por ser sospechoso de estar relacionado con el envenenamiento del difunto rey y, sin embargo, gozando de la confianza de todos en sus fármacos dispensados día a día.

–Si me lo permite, y para no robarle mucho tiempo, le explico el motivo de mi visita –dijo el boticario–. He oído que hay intención de reabrir las minas de cobalto y eso me interesa porque pienso colocar una suma importante como inversión. Sé que es algo que no rentará hasta un plazo largo, pero no tengo prisa.

Augusto Melvin ha escuchado las palabras que a emisarios como él les gusta oír.

–Habiendo capital de por medio, siempre encontrará usted la puerta abierta. De hecho, el fuerte fondo de inversiones a quien debemos el proyecto de reapertura ha dispuesto un apartado para los depósitos de fondos particulares y de empresas. Sea bienvenida su propuesta señor Hernando.

–Aparte de esto deseaba preguntarle si me puede presentar a personas con cierta… experiencia en el proyecto. Quizá si en el pasado hubo algún comité que hubiera hablado con la Corte de Nordalia, podría ayudarme a orientar el montante de la cantidad que voy a invertir.

A Augusto Melvin le entró un rubor repentino que acrecentó su interés por corresponder a su visitante.

–Por supuesto, no dude en que conocerá a esas personas –confirmó casi eufórico–. Hace un año, poco antes de la muerte del rey de Nordalia, este mantuvo conversaciones con una delegación de nuestro rey Fadrique para hablar de la reapertura de las minas. Lamentablemente fue un sonoro fracaso. Bueno, los dos reyes vecinos nunca llegaron a entenderse bien.

–Pues sería ideal si me indicara los nombres de los miembros de esa delegación.

–Con mucho gusto, Hernando –¿Le apetece una taza de té?

 

 

Draguis se encontraba en la conocida como “sala de entrenamiento” de la fortaleza ejecutando planeos rápidos animados por un rápido batir de alas que le proyectaban de un lado a otro como una bala. Practicaba los trucos aprendidos en la clase de “Salud y buen vuelo”, una de las asignaturas preferidas de los simpáticos dragoncillos de cuello azul de la Academia. La profesora Lovaina era experta en las técnicas que necesitaban aprender sus alumnos pues se había criado con una familia de Nordalia que los adiestraba para volar.

–¡Cuidado insensato! –le avisaba la dama María cada vez que planeaba por encima de su cabeza.

–No te preocupes María, Draguis nunca falla… –Justo en ese momento hace acto de presencia Hernando anunciándose con un ¡Buenos días! que despista a Draguis y le hace precipitarse contra una enorme estantería.

–Oh, lo siento, lo siento mucho Draguis –intentó disculparse claramente apurado.

La dama María no podía parar de reír.

–Te lo advertí, dragoncillo. No es prudente volar a esas alturas… –consiguió decir mientras ayudaba a Draguis a salir de entre los restos de unos libros y estatuillas.

–Vaya, vaya, el boticario quiere verme, intuyo ¿Vienes a ofrecerme algo?

Hernando se sorprende por el comentario. Parece que el dragón ha adivinado sus intenciones.

–Sí, tengo algo que ofrecerte y es mi colaboración para investigar el asesinato del rey ¿te parece bien?

–Umm, algo tendrás que aportar, amigo Hernando y sé que lo harás ahora.

–En efecto, he hablado con un delegado del vecino país de Limodia que reside en la fortaleza y viene a negociar la reapertura de las minas de cobalto. Me presentará a los miembros de la delegación de Limodia que visitaron el castillo el día de la muerte del rey Borgundio.

–¿Y te ha dicho con quién piensa hablar de las minas?

–Lo hará conmigo acompañado de Rubando, el primer ministro Limodés –anuncia la princesa Ranais–. Deseo reactivar ese negocio que daba empleo a tantos trabajadores de Nordalia. Vamos a evitar los problemas de salud que obligaron a cerrar la explotación minera, con un programa de prevención que estará pendiente de las condiciones de trabajo en todo momento. Nordalia necesita actividades que generen prosperidad para este reino.

La sorpresa inicial se tradujo en una expresión de aceptación en las caras de María y Draguis.

–Me complace oír eso, princesa. Siempre estás pensando en tu pueblo –afirmó María con admiración.

 

Otro dragoncillo de cuello azul y de nombre Floro se paseaba extendiendo las alas sobre la mesa del rey Fadrique en Limodia. El rey le preguntaba sobre el ambiente que había visto en el castillo durante las últimas semanas.

–Me está llevando su majestad por un camino desconocido porque no tengo madera de espía. Me lo decían los profesores del Instituto de dragones de compañía aquí en Limodora. La belleza de esta ciudad es lo que llevó a mis padres a trasladarnos desde Nordalia, donde ya vivían bien a gusto. A lo mejor si hubiese recibido mi formación en Nordalia habría aprendido habilidades, quién sabe…

–No te estoy pidiendo nada del otro mundo, Floro. Tu papel fue muy importante en la visita de nuestra delegación de gobierno el día en que murió el rey de Nordalia. Además, te empeñaste hábilmente en anunciar a los cuatro vientos que una comisión de Limodia había hecho acto de presencia ante el rey como gesto de buena voluntad.

–Bueno sí, un gesto interpretado por todos como el deseo de reactivar las minas de cobalto. Pensé que nuestra estancia gustaría a Borgundio por el detalle de presentarnos justo en el día Nacional de Nordalia.

–Fue un acierto en principio –apuntó Fadrique, pues es el día más especial del año para los Nordalos y particularmente para su rey.

–Dice bien su majestad, “en principio”, pues todo acabó en un despropósito. Al mal talante de Borgundio se unió el rechazo a congeniar con usted, majestad. Desconozco el motivo, pero debe haber alguno oculto por ahí que aún no me ha desvelado mi rey ¿no es cierto?

–Me sorprendes una vez más con tu perspicacia, querido dragón de compañía. Si te traje del Instituto de dragones fue porque atravesé una frontera inesperada en mi vida, yo que estaba feliz y residía plácidamente en mi castillo. Pero mi fortaleza no es la de un castillo. Necesité de tu ayuda para poder librarme de mis fantasmas.

La sinceridad con la que se expresaba Fadrique cautivó la atención del dragón. Este le escuchaba completamente inmóvil, posición muy poco habitual en los inquietos dragoncillos de cuello azul.

–Tuve que enfrentarme a un hecho que marcó la vida del rey Borgundio y también la mía. Un hermanastro de Borgundio, a quien nunca reconocieron en la familia real, fue desterrado nada más nacer a las estepas del sur de Nordalia, donde convivió con una humilde familia de pastores hasta su edad adulta, momento en que se incorporó a los equipos de trabajo de las minas de cobalto.

–Ajá –dijo por fin Floro saliendo de su silencio–. Así que Borgundio envió a un destino incierto a su hermanastro, eso le reconcomió el alma y… usted, majestad, ¿Qué tuvo que ver con ello?

–Pues fui el responsable de mantener abiertas las minas mientras ocurrieron los casos de intoxicación que produjeron varias muertes, entre ellas las del hermanastro del rey de Nordalia…

 

 

Un escenario que parecía pertenecer a un planeta ignorado de cualquier galaxia aparecía ante los ojos asombrados del príncipe Gabriel, la dama María y Draguis. Se hallaban en tierras donde el cobalto había sido extraído con ahínco durante años duros, en los que cientos de trabajadores lo habían dado todo por mantener sus vidas a flote con un cierto nivel de calidad pues no estaban mal pagados.

La mayoría de ellos procedían de países fronterizos con Nordalia y Limodia pues su nivel de vida no era tan bueno como el de los reinos de Fadrique y Borgundio. Muchos obreros procedían del trabajo en el campo cultivando patatas enanas, setas de temporada o frutos del bosque y otros se dedicaban a pescar salmones y truchas. Todos esos productos tenían como destinos principales las Cortes de Nordalia y Limodia.

–Es una lástima que todo este trabajo tuviera que terminar tan mal –comentaba el príncipe Gabriel–. ¿Y existen informes clínicos sobre el origen de la enfermedad?

–Enfermedades, mi querido príncipe, enfermedades –canturreó Draguis ejecutando un doble giro en el aire.

–Hubo casos muy distintos de cáncer de piel y otros órganos –intervino la dama María–. Pero a esos se añadieron complicaciones respiratorias, vómitos incontrolados y hasta hubo que… –aquí ya no pudo continuar.

–¡Amputaciones de piernas, amputaciones de brazos! –anunció Draguis de la forma más dramática que pudo.

El príncipe no salía de su asombro.

–No me extraña que cerrasen todo. Vaya desacierto tan descomunal. La empresa indemnizaría a los damnificados ¿no?

–Nada de dinero, ¡nada de dineros! –gritó el dragoncillo–. Se declararon insolventes y a correr.

–Pues no serán los mismos que intentan reabrir todo ahora –apuntó el príncipe.

–Ahora es un fondo de inversión muy importante el que trae el capital –añade el dragón–. ¿Verdad María?

–Lo dices porque es la propia princesa Ranais quien ha decidido impulsar el proyecto. La financiación la pondrá ella con parte de su fortuna además de otro fondo por parte del rey Fadrique de Limodia.

–Pues mi hermana últimamente no me cuenta mucho de lo que hace. Tendré que insistir para poder ayudaros mejor en esta investigación. Es para mí una prioridad sacar a la luz al culpable o los culpables de la muerte de mi padre.

 

Draguis lleva unos minutos en silencio, abstraído por la superficie abandonada de la mina. Observa con atención casi hipnótica aquellas enormes paredes circulares que bordean un precipicio como un embudo gigantesco. Percibe una especie de energía muerta, algo indescriptible que le cruza los sentidos excitados propios de un dragón de cuello azul. Solo él puede captar lo que parece ser una presencia inerte, como si un ser latente permaneciera encerrado allí, en las profundidades de la mina de cobalto maldita de Nordalia.

 


 

Bueno, hasta aquí por hoy, amig@s. Dad like en el corazoncito de más abajo y dejad vuestro comentario, que es muy valioso.

Os deseo mucha salud y mucha suerte.

¡Hasta el próximo capítulo!

 

Nota: todas las imágeens de este post pertenecen a las webs: Artstation.com y Leonardo .

6 Comentarios
  • marcosplanet
    Posted at 20:23h, 19 diciembre Responder

    Qué puedo decir ante tal torrente del lenguaje. Tus comentarios enriquecen todos mis relatos, Antonio. Un placer siempre leerte.
    ¡¡Un fuerte abrazo, gran amigo!!

  • Arenas
    Posted at 18:55h, 19 diciembre Responder

    Estupenda entrega de la simpar saga draconiana, en la que todo se adensa y extiende.
    Las tramas son interesantísimas, y la profusión de detalles grandes y pequeños con que pueblas el relato nos permite interiorizar la historia con enorme riqueza de matices.
    Y qué decir del inefable Draguis, ese detective sin gabardina, al que ni falta le hace, porque resulta tan perspicaz como tronchante en esas pesquisas suyas, interrogando a tirios y troyanos como si no hubiera un mañana.
    Delicioso.

  • Ana Piera
    Posted at 12:39h, 18 diciembre Responder

    Hola Marcos, vaya que ese detective-dragón resulta un personaje atractivo. Muy buena narrativa, las imágenes lo complementan todo de maravilla. Abrazos.

    • marcosplanet
      Posted at 22:30h, 18 diciembre Responder

      Muchas gracias por tus palabras, Ana. Me alegra mucho que te haya gustado esta saga del dragoncillo Draguis.
      Un fuerte abrazo.

  • Ángel B. García
    Posted at 09:36h, 18 diciembre Responder

    Una idea muy original el crear un relato de ambiente policiaco en medio de reinos con dragones y princesas. Seguiré con interés esta historia bien hilvanada, enhorabuena.
    ¿Las ilustraciones está hechas con IA? Quedan muy bien en el contexto del relato

    • marcosplanet
      Posted at 22:37h, 18 diciembre Responder

      Si, así es. Las combino también con las extraídas de webs como Deviantart o Arstation.
      Me alegra mucho que te unas a los que siguen la saga del dragón.
      Saludos!

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