Un incendio sospechoso, temores del Este y un decreto ley

 

Bienvenidos al capítulo doce de «Sangre entre los escaños». Espero que os guste y que dejéis vuestro comentario al final.

Ver capítulo anterior.


 

Un incendio sospechoso, temores del Este y un decreto ley

 

La aportación de hoy viene de la mano de:

(Antonio Arenas)

 

Eurípides Pascal era el miembro del partido Granate mejor dotado intelectualmente. A nadie le cabía la menor duda. Todos sabían que mientras Prometeo Nadal llegó a la presidencia del gobierno por casualidad, no haciendo nunca nada de fuste y tronío, a Eurípides acercarse a la cima le costó sudor y lágrimas. Sangre no, esa materia era más propia del bachiller Monegal.

En su juventud destacó por ser estudiante ejemplar en todas las ramas del conocimiento. Gran experto en ciencias jurídicas, su doctorado en matemáticas le confería un plus, una suerte de reloj suizo mental de gran precisión que él empleaba siempre con acierto.

Dos años llevaba Eurípides planteándose dar el gran salto al partido Mixto. Con los granates estaba condenado a ser eternamente segundón, discreto número dos. Una organización presidida «de iure” por un inane con suerte como Prometeo y de «facto” por un bachiller tarado como Monegal, no era el lugar idóneo para imponer su profundo sentido común, elevados razonamientos lógicos e inveterada sabiduría. Fugarse a un partido fresco donde sus ricas aportaciones fueran valoradas era su sueño húmedo.

 

El Ilustrísimo Señor Secretario de Estado, teórico número dos del Gobierno, veía día tras otro languidecer sus causas. Sentía que vegetaba en una jaula de oro. El espejo espejito en que se miraba todas las mañanas le devolvía una imagen cada vez más insignificante de sí mismo.

Pero desde hacía unos días parecía que las cosas habían cambiado de forma drástica a su favor. Quizá el salto al grupo Mixto para relanzar su carrera política no fuera ya necesario. Pensaba que su nombramiento como sustituto “en funciones” de Prometeo y la designación por la ejecutiva de los granates como candidato a la presidencia del Gobierno en los inminentes comicios, eran las decisiones más lógicas tras la muerte «oficial” de Nadal y su obligado ostracismo en el último confín del mundo. Por otra parte, muerto y bien muerto Abdón Monegal, enemigo íntimo, el mayor escollo para conseguir coronar su carrera política se había esfumado.

Al Secretario de Estado se le escapaba no obstante un pequeño detalle que el vacante Nadal le aclaró en su segunda llamada desde el teléfono presidencial.

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–Prometeo, te lo dije ayer y te lo vuelvo a repetir hoy. Resulta muy imprudente que me hagas estas llamadas. Es sumamente peligroso, las puede interceptar cualquier potencia extranjera.

–Escúchame Eurípides, –repuso Nadal– lo que te voy a decir es alto secreto de Estado. Solamente lo conocen los altos mandos del CNIA y yo. En unos meses volveré oficialmente a mi puesto en olor de multitudes. Se ha iniciado una campaña informativa ciudadana a gran escala sobre la clonación humana, con la finalidad de acelerar la asimilación de los avances científicos en esta materia. Cuando eso ocurra, haremos público que la víctima del asesinato televisado fue mi clon, y yo volveré convertido en héroe nacional. ¡El presidente está vivo! Será el grito de una población enfervorecida.

–Pero Prometeo, lo que dices no tiene pies ni cabeza. ¿Vais a dar a conocer algo que debe mantenerse en el más absoluto secreto? Permite que te lo diga. Advierto en ese proyecto un interés meramente personal por tu parte para volver al poder a toda costa. Prometeo, en ocasiones debemos sacrificarnos por un bien superior…

–¡Eurípides, ordeno que te calles! Sigo siendo el presidente del Gobierno, tú precisamente eres de las pocas personas en el Mundo que no debe poner en duda esa verdad. Hoy no se te paga por pensar amigo, sino por ejecutar mis órdenes. Mañana mismo debes acudir al Palacio Real y proponer a la reina el nombramiento de mi sustituto provisional a la presidencia, el mismo al que nombraréis en el partido como candidato electoral. He decidido que sea un hombre de paja, alguien que no rechiste cuando vuelva para recuperar mi perdido poder. Debe ser joven, guapo, bueno e idiota. El idóneo es Rendueles, nombrad a Rendueles.

–¿El becario que hace las fotocopias en la tercera planta de Ferreras? Pero Prometeo, así perderemos las elecciones. Recuerda que estamos cinco puntos por debajo de los celestes en intención de voto, y Facundo Rendueles no es precisamente la mejor opción para remontar las encuestas.

–Estupideces, desconozco si habéis hecho sondeos electorales estos últimos días, ni me importa, pero conociendo al votante medio de nuestro país tengo la certeza de que barreremos en las generales, da igual a quien pongamos, vamos a ganar de calle. Por supuesto tú, mi hombre de confianza, debes permanecer como número dos en el partido y en el gobierno para tener todo atado y bien atado a mi regreso.

Eurípides, en efecto, había encargado encuestas tras el “asesinato” presidencial. Sabía que la intención de voto a favor de los granates había subido varios enteros desde entonces. Una ola creciente de simpatía se despertó repentinamente hacia el partido que sustentaba al Gobierno. Entendió que no podía convencer con burdos argumentos a Prometeo, por lo que decidió zanjar la conversación con una lacónica frase.

–Recibido el mensaje Prometeo, no te preocupes, yo me encargo de todo.

Guillermina Conrado era la inspectora jefe de policía más reconocida de la capital. Sesenta y cuatro años de edad, ciento diez kilos de peso y un atractivo personal irresistible. Célebre por haber metido entre rejas a la mitad de los criminales de la ciudad. Sus sagaces investigaciones eran reconocidas en toda Europa.

Por esa razón Mateo y Ploteo no daban crédito a lo que les acababa de ocurrir. La mismísima inspectora Conrado les llamaba personalmente por teléfono a la redacción del Heraldo del Tiempo, rogándoles que acudieran a su despacho de la Comisaría Central ¡La inspectora Conrado detrás de dos plumillas de medio pelo! Ese fue el pensamiento compartido por ambos periodistas, que de inmediato aceptaron tan singular solicitud.

Media hora más tarde, a punto de penetrar en el edificio de la Comisaría Central, ya iban pensando otra cosa: quizá había llegado el momento de considerar que estaban dejando de ser lo que hasta ese momento habían sido.

La inspectora Conrado les cayó bien de inmediato. Sin duda influenciados por su proverbial afición juvenil a aquellas antiguas series de televisión protagonizadas por una nutrida galería de anti convencionales detectives y policías: Colombo, Mc Cloud, Kojak, Banacek, Ironside…

Los cerebros de Mateo y Ploteo, como si estuvieran hechos de idéntica materia gris, coincidieron al unísono en una peregrina idea.

¡Cannon! Guillermina Conrado era la versión femenina de Frank Cannon, aquel simpático y gordinflón detective privado televisivo de la década de los setenta.

–El motivo que me ha conducido a contactar con vosotros, me permitiréis que os llame de tú, es muy sencillo. –dijo la inspectora Conrado empleando un tono enérgico pero muy agradable–. En lo últimos días habéis destacado profesionalmente de una forma que me atrevo a adjetivar como brillantísima. Vuestros editoriales periodísticos sobre los asesinatos de nuestros políticos me han deslumbrado.

–¡Caramba, inspectora!, es un inesperado premio que alguien de su prestigio se haya fijado en nosotros –comentó tímidamente Mateo.

–En efecto, es así –continuó Ploteo– pero seguimos sin entender el motivo de esta cita.

–El motivo es que os necesito con urgencia –afirmó tajante la inspectora–.

–¿Necesitarnos usted a nosotros dos? –preguntó un sorprendido Mateo–.

–No me voy a ir por las ramas, amigos. Al grano pues. Necesito vuestro profundo conocimiento de la Cámara Baja. Lleváis años pateando el Parlamento. Sé que disponéis de una intrincada red de contactos e información personal de cada uno de los diputados. Os pido que me inyectéis en vena toda esa información. Ni que decir tiene que esta propuesta no la hago sin ofrecer algo jugoso a cambio. Toda la información que os facilite sobre nuestras investigaciones la podréis publicar en exclusiva en vuestro periódico.

–¿No nos pide discreción? –inquirió Ploteo.

–En absoluto, lo que quiero es que publiquéis mañana mismo todo lo que ahora vais a conocer. Que lo hagáis forma parte de mi estrategia, no lo voy a ocultar. ¿Qué os parece?

 

 

Mateo y Ploteo se miraron, sabiendo que estaban pensando de forma similar: no se podían negar a cualquier petición que les hiciera aquella versión femenina de su detective televisivo favorito.

–Nos da la sensación de que esto es como lanzarse a una piscina vacía –dijo Ploteo sonriendo–.

–O peor aún, –repuso en tono de broma Mateo–  es como lanzarnos a una piscina llena de agua. Nosotros que no sabemos casi nadar…

–…pero aceptamos –concluyó Ploteo–.

–Aceptamos, sí –apuntaló Mateo–.

–Estupendo, –contestó satisfecha la inspectora–. Bien, entremos en materia. Estáis por supuesto al tanto de todo lo concerniente al asesinato presidencial y posterior suicidio de su mano derecha, que confesó su crimen antes de morir. Pues debéis saber que se autoimplicó falsamente. Abdón Monegal no tuvo nada que ver en el asesinato del presidente Nadal.

–Lo intuíamos –repuso categórico Mateo.

–Consideradlo ya una certeza –continuó Conrado–. Abdón Monegal decidió suicidarse por alguna circunstancia que estamos investigando y que ahora mismo escapa a nuestro conocimiento. Lo que sí sabemos es que la causa de su suicidio no fue el sentimiento de culpa por haber asesinado a Prometeo Nadal, porque a este lo asesinó otra persona, la misma que mató a María Rojas y Ernesto Mocentes.

–¡Madre mía! ¿Y eso cómo lo saben? –preguntó perplejo Ploteo–.

–Porque esa persona ha confesado la autoría de los tres crímenes. Prepárense, porque lo que van a ver a continuación puede herir sus sensibilidades.

Tras decir estas palabras, la inspectora-jefe tomó en sus manos un mando a distancia, el de la enorme pantalla de televisión que presidía su despacho. Presionó el botón de encendido, y a continuación se sucedieron dos cortas escenas que a Mateo y Ploteo les helaron la sangre. En primer lugar, plano de una puerta, se abre y aparece el rostro de la conocidísima diputada María Rojas, que sin mediar palabra es salvajemente acuchillada en el cuello, escuchándose una inquietante voz masculina: «Perdone señorita, era necesario hacer este disparate. Necesito sus ojos para mí”. En la segunda escena, el aún más popular Ernesto Mocentes es visible en el interior de lo que parece un ascensor, recibiendo también de inmediato una terrible cuchillada en el cuello, mientras se escucha a la misma voz masculina: “Buenas tardes caballero, y perdone. Es necesario cometer este disparate. Necesito su sonrisa para mí.”

–¿Qué les ha parecido? –preguntó la inspectora Conrado a unos estupefactos, boquiabiertos y silentes Mateo y Ploteo– Esperen que todavía hay más.

Acto seguido les entregó una nota escrita en letra impresa que los periodistas leyeron con las manos temblorosas.

«Mi cruzada contra la clase política acaba de comenzar, y no puedo consentir que parezca lo que no es. Esto debía haberse conocido mucho más tarde, pero da igual. Los últimos acontecimientos me obligan a enseñar ya la patita por debajo de la puerta. Ahí tienen las pruebas. El asesino de Nadal, Rojas y Mocentes soy yo. Un respeto para el artista”.

 

–Esta sucinta nota anónima llegó anoche a la Comisaría, dirigida a mí, acompañada de las imágenes grabadas que acaban de ver –dijo la inspectora Conrado–.

–Pero esto es tremendo, –aseveró Mateo con la voz entrecortada– las frases del asesino de Rojas y Mocentes coinciden en tono e intención con el mensaje escrito que leyó la Mercé tras ser asesinado el presidente Nadal.

– ¿Estamos ante un asesino en serie de políticos? –fue la pregunta de Ploteo.

–No podemos descartar ninguna hipótesis, incluso que alguien quiera jugar con nosotros. Pero cabe la posibilidad de que el autor de los crímenes sea alguien que se mueve dentro del Congreso de los Diputados. Político o no político. Y ahí entráis vosotros en juego. Quiero que seáis mis ojos en el Parlamento –repuso la inspectora.

–¿Y dice que debemos filtrar a la opinión pública lo que acabamos de ver? –preguntó Ploteo con los ojos como platos.

–En efecto. tal vez el remitente de esa nota piense que no nos vamos a atrever a hacerla pública por no generar pánico entre la clase política, pero estoy convencida de que es mejor filtrar la información para que todos los parlamentarios estén avisados del peligro al que se enfrentan. Además, hay otro motivo para mí más importante. Este sujeto parece querer jugar al póker con nosotros, y en efecto vamos a jugar, pero con nuestra baraja.

 

 

El secretario de estado Eurípides Pascal fue llamado esa tarde a consultas por la reina Fabiola II. Era la Jefa de Estado más longeva de Europa. 93 años de edad, pero mantenía una estupenda forma física y mental. Dos años atrás había cumplido sus bodas de oro al frente de la Corona. Parecía inmortal. El célebre «Dios salve a la reina” había sido tomado muy en serio en su caso allá arriba.

Su hijo, el príncipe Evaristo, de 71 años, no veía la manera de sucederla. Su fama de borracho y putero era la causa del escaso cariño que la ciudadanía sentía por él. Mejor era que la reina viviese el mayor tiempo posible, pensaban muchos. Para colmo de males Evaristo no tenía descendencia. Los republicanos, que los había a espuertas en el país, se frotaban las manos por ello, soñando con la desaparición de la Monarquía y la reinstauración de la República el día que muriera la reina Fabiola.

Eurípides penetró en el salón real, hizo una forzada genuflexión y se sentó frente a la reina, a tres metros exactos de distancia. Era el protocolo real.

–Es un honor para mí comparecer ante su majestad para proponerle el nombramiento del sucesor del difundo presidente Nadal –dijo Eurípides impostando artificialmente su voz.

–Señor Pascal, lamentó enormemente tan irreparable pérdida. Prometeo Nadal era uno de los hombres más preclaros de este país. Todos tendremos por siempre una enorme deuda de gratitud hacia él. Su contribución al progreso de nuestra querida patria ha sido capital. Yo en particular le agradeceré eternamente la lealtad para con mi persona. En definitiva, un servidor público con gran capacidad de sacrificio e intachable hoja de servicios. Realmente lamentable también lo sucedido con el bachiller Moneguillo, Dios lo acoja en su seno.

–Monegal, majestad, Monegal.

–Eso, Monegal. En qué estaría yo pensando…

 

–Majestad, agradezco sus sentidas y sinceras palabras –repuso Pascal engolando aún más el tono de su voz–.

–Y dígame, ¿está ya en condiciones de poder darme a conocer oficialmente el nombre de la persona que tendrá el honor de presidir el Gobierno hasta la celebración de las próximas elecciones?

–En efecto, majestad. No sólo eso, usted será también la primera persona que conozca la identidad del candidato presidencial que va a designar mi partido de cara a las inminentes elecciones.

–Oh, se lo agradezco enormemente, si bien sabe que no es obligación constitucional por su parte hacerlo.

–Pero yo lo hago con sumo gusto, majestad. Tengo el honor de comunicarle oficialmente que el propuesto para sustituir mañana mismo a Prometeo Nadal en la presidencia del gobierno, así como el candidato electoral, coinciden en una misma persona. Y que esa persona se encuentra ahora mismo delante de sus serenísimos ojos.

 


 

Y hasta aquí llega el duodécimo episodio de esta saga. En breve publicaré el capítulo siguiente.

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Te deseo salud y suerte en la vida.

 

Nota: todas las imágenes de este post incluida la portada pertenecen a la página  bing.com/images/create/ a no ser que se indique otro origen en el pie de foto.

2 Comentarios
  • Nuria de Espinosa
    Posted at 20:08h, 12 junio Responder

    La víctima del asesinato televisado fue su clon? Qué derroteros está tomando la historia. El final me sorprendió. Un abrazo

    • marcosplanet
      Posted at 13:02h, 13 junio Responder

      Así es, Su clon fue el envenenado… Y vienen más novedades que te recomiendo seguir leyendo.
      Muchas gracias por tu tiempo y tus comentarios.
      Un fuerte abrazo.

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