Vida truncada. Cap. 10 de Sangre entre los escaños

Os presento el capítulo 10 de «Sangre entre los escaños», que escribo a medias con mi amigo Antonio Arenas.

 

Resumen del capítulo anterior

 

La vileza de Abdón Monegal había quedado reflejada en traiciones y engaños que siempre permanecían impunes. La tragedia había acompañado siempre la vida de Abdón, pero se trataba de algo provocado por él mismo como el sujeto peligroso que era; una amenaza para la sociedad. Algunas víctimas supervivientes de la masacre del orfanato «Almas de Dios» consiguieron reciclar sus vidas como empleados del Centro Nacional de Inteligencia Artificial, entidad con la que el hospicio mantenía un acuerdo de colaboración para la reinserción social de ex alumnos. Dos de ellos habían desarrollado un sofisticado software para dar la luz a auténticos clones humanos.

Por otro lado, Olivia Turner (novia del periodista Ploteo) y el ex showman José María Índigo, hacen planes para la definitiva separación entre ella y Ploteo.

 


En esta ocasión el capítulo corresponde a la labor de Antonio Arenas.

 

Habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde que el magistrado jefe de la Audiencia Nacional acordase la orden de prisión incomunicada y sin fianza para Abdón Monegal. Los cargos eran gravísimos. Magnicidio y sospechas fundadas de su implicación en el asesinato de una diputada y un diputado. El potente escrito de acusación del Ministerio Fiscal y la extraordinaria presión gubernamental condujeron inevitablemente a que la autoridad judicial adoptase tan extrema medida.

Sin embargo, la prensa destacaba la endeblez de los argumentos esgrimidos en el escrito de la fiscalía para imputar al bachiller la autoría de tan atroces crímenes. Los periodistas Mateo Santesmases y Ploteo Hermida, en su segundo editorial a cuatro manos para el “Heraldo del Tiempo”, los desmenuzaban punto por punto: el disparate que suponía perpetrar el asesinato del presidente en directo y en un programa de televisión de máxima audiencia, la infantilidad increíble de sustituir a pelo pastillas tranquilizantes por otras conteniendo un potente veneno, la ausencia de motivos de Monegal para cometer el crimen, siendo el principal perjudicado por la muerte de Nadal… Su suerte, afirmaban Mateo y Ploteo, iba unida a la de su jefe político. Desaparecido Prometeo, desaparecía su buena estrella.

En cuanto a los dos primeros asesinatos, el editorial era contundente: ninguna prueba objetiva conducía a la implicación del bachiller Monegal. Se atrevían a aseverar que todo era una cortina de humo, una manera de colgar el mochuelo al primero que pasaba por allí, con la exclusiva finalidad de acallar a la opinión pública y publicada.

Mientras tanto Abdón, en su celda incomunicada, permanecía sumido en oscuros pensamientos. Su mente estaba poblada por recuerdos terribles. Tenía la mirada perdida. Un dantesco espectáculo de escenas horrendas se reproducía en su cerebro una y otra vez, sin que su voluntad pudiera evitarlo. Una suerte de macabra tortura que le mantenía en irremediable vigília. Pasaban por su cerebro todo tipo de imágenes truculentas: sangre y vísceras humeantes, cuellos cortados de los que manaba abundante sangre, sujetos agonizando entre terribles estertores…

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La sala principal de la Audiencia Nacional se encontraba totalmente abarrotada de público, la mayor parte periodistas. No era para menos. Se iba a celebrar la vista preliminar de lo que ya se conocía en todo el país como “Caso Bachiller”. Se trataba de tomar una primera declaración al presunto asesino y sentar las bases del futuro proceso.

La sala, ubicada en el cuarto piso de un vetusto edificio del siglo XIX, era muy luminosa. Llamaban poderosamente la atención sus amplios ventanales a la calle, que ocupaban gran parte de las recias paredes del inmueble. Tanta luminosidad contrastaba con la seriedad de los miembros del tribunal, todos con rostro adusto.

Monegal llegó cabizbajo, con la mirada perdida en un punto indeterminado. El magistrado jefe dio por iniciada la audiencia rogando que cesara el incómodo murmullo producido por el nutrido número de asistentes al acto, y concediendo la palabra a la letrada de la defensa, Cristina Arteche. Esta acababa de ser contratada para tan ardua tarea por el partido Granate.

–Buenos días, con la venia, señor presidente de este tribunal. Me gustaría iniciar mi intervención haciendo unas preguntas al señor Monegal, con el propósito de demostrar la barbaridad que supone su imputación, a fin de que no permanezca un día más en esta injusta situación…

Entonces ocurrió algo que dejó estupefactos a todos los presentes. Abdon Monegal, que hasta ese momento había mantenido la cabeza gacha, levantó la mirada, la dirigió hacia su defensora con los ojos inyectados en sangre y un gesto absolutamente crispado, escupiendo unas palabras que dejaron a todos helados.

–Pero ¿Qué dice usted? ¿Está loca? ¡Yo soy el único culpable de todo lo que ha sucedido! Merezco pudrirme en la cárcel hasta el fin de mis días. ¡Déjenme en paz! No pueden hacer nada por mí. Esto no es nada más que un lamentable teatro…

Por la mente de Abdón circulaban una y otra vez escenas recurrentes. Y ahora las podía percibir con mayor claridad y detalle que antes: María Rojas abría una puerta y recibía a continuación una mortal cuchillada en el cuello. Ernesto Mocentes penetraba en un ascensor corriendo idéntica suerte. Prometeo Nadal se retorcía agonizante entre pastillas de colores…Y en todos los casos aparecía el propio Abdón, sonriente, satisfecho, porque él, y sólo él, era el autor de aquellos crímenes.

–Señor Monegal –dijo su abogada– ¿sabe lo que ha costado que yo esté hoy aquí defendiéndole? En el partido Granate casi todo el mundo le odia. De espaldas a la cúpula actual, algunos de sus escasos compañeros, todavía fieles a usted, me han encargado su defensa…

–… y yo le tengo que decir que se largue ahora mismo por donde ha venido, no merezco que me defiendan –contestó Monegal fuera de sí–.

–Señor Monegal –intervino el magistrado jefe– repórtese, debe ceñirse a responder las preguntas de su abogado –comentario que resultó para todos los asistentes francamente ridículo, dada la situación que acababa de crear el bachiller–.

–¡Basta ya! ¡Digo que basta ya! Confieso aquí y ahora todos mis crímenes. Yo asesiné a María, a Ernesto y a Prometeo –gritó Monegal con el rostro desencajado–.

Los asistentes estaban boquiabiertos. Mateo y Ploteo se miraban perplejos, no dando crédito a lo que veían sus ojos.

–Mis crímenes son horribles y debo pagar por ellos. Sólo una mente retorcida como la mía ha podido cometer tamañas atrocidades –fueron las últimas palabras del bachiller, que acto seguido lanzó un terrible alarido e inició una loca carrera hacia los amplios ventanales de la sala de vistas. El estado de aturdimiento de los presentes era tal, que nadie hizo ademán de frenarle.

El decimonónico cristal del amplio ventanal contra el que se estampó el cuerpo del bachiller quedó hecho añicos. Mil pedazos salieron disparados en todas direcciones, hiriendo a varios asistentes, entre ellos a Ploteo, al que se le clavó uno de pequeño tamaño en la mejilla. El revuelo producido por los proyectiles de vidrio hizo que nadie reparase en el tremendo salto al vacío que acababa de ejecutar Monegal.

Su vuelo en caída libre concluyó cuatro pisos más abajo, estampado contra el suelo. Un creciente charco de sangre lo fue rodeando.

Mateo y Ploteo se seguían mirando atónitos.

–¿Así que no te cuadraba lo de que el asesino fuera Abdón Monegal? Pues ahí lo tienes. Convicto, confeso y con los sesos desparramados por la acera –dijo Ploteo mientras se llevaba un pañuelo de papel a la cara para contener la sangre que le manaba de su herida.

–Por Dios Ploteo, déjate ahora de historias. Vamos corriendo a urgencias a que te curen eso, que tiene muy mala pinta.

♠♠♠♠♠

El edificio donde se ubicaban las antiguas dependencias del CNIA llevaba quince años abandonado por obsoleto. Actualmente era utilizado por la organización como almacén y poco más. Las paredes de sus inmensos y lúgubres sótanos fueron antaño testigos de todo tipo de atrocidades, encontrándose las torturas de Estado entre las de menor importancia.

En una de sus oscuras y siniestras salas, dos sujetos esperaban la llegada de un tercero. Eran Primitivo Pérez y Andrés Poveda, miembros del equipo auxiliar número 6 del CNIA.

Cuando el individuo que ambos esperaban apareció, quedaron ojipláticos al ver la estrafalaria pinta que traía. Portaba una enorme maleta y vestía prendas aparatosamente grandes, barba desaliñada y canosa; abundante y luenga melena, sobre la que destacaba un enorme sombrerucho de ala que le confería un aspecto peculiarmente anacrónico.

–Os tengo que agradecer todo lo que habéis hecho por mí –comenzó diciendo el recién llegado– La jugada ha salido a la perfección. Todo el mundo se lo ha creído. Ha sido espectacular. Ahora podré continuar con mis planes.

 

Pérez y Poveda sonrieron satisfechos.

 

–En está ratonera hace un calor mortal –prosiguió diciendo el estrafalario individuo–. Me permitiréis que me desprenda de este impresentable disfraz.

El extraño sujeto comenzó deshaciéndose de la holgada gabardina y el ridículo sombrero, y acto seguido se arrancó de cuajo las barbas postizas y el pelucón de guardarropía, dejando a la vista al fin su verdadera imagen.

–Lo que más trabajo nos ha costado ha sido alterar el software para variar las reacciones del clon en línea con lo que nos pediste. Pero conseguido esto, su comportamiento ha sido como el de un coche teledirigido. Lo hemos conducido a nuestro antojo y hacia donde hemos querido –dijo satisfecho Andrés Poveda–.

–Y no te preocupes por lo que vaya a suceder a partir de ahora. –continuó Primitivo Pérez– El clon es idéntico a ti poro por poro. Le practicarán la autopista y se certificará tu muerte por suicidio. Ya eres libre, Abdón.

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Al bachiller Monegal no se le escapaba jamás el más oculto de los secretos de Estado. Cuando el CNIA decidió dos años atrás iniciar el proyecto «Primer Clon”, destinado a crear una réplica biológica del presidente del Gobierno, el asunto sólo era conocido por la cúpula de la Organización, los escasos científicos encargados de su desarrollo, el Secretario de Estado Eurípides Pascal y el propio presidente. Pero Monegal era mucho Monegal. El CNIA lo subestimaba. Sus tentáculos alcanzaban a todos los niveles del poder.

Primitivo Pérez y Andrés Poveda cayeron pronto, hacía ya años, bajo las abyectas garras de Abdón Monegal. El nombramiento de dos de sus antiguos compañeros de Hospicio como investigadores científicos de alto rango en el CNIA llegó enseguida a oídos de la todopoderosa mano derecha del presidente Nadal. De inmediato los citó en su despacho y les intimidó con sus malas artes. Primitivo y Andrés, tantos años después de los terribles hechos de los que fueron testigos siendo niños, seguían traumatizados con lo ocurrido. La figura de Abdón les imponía un temor reverencial. Se creó entre ellos un extraño vínculo basado en la sumisión. Monegal daba órdenes, Pérez y Poveda las ejecutaban sin rechistar.

Cuando sus dos lacayos del CNIA informaron al bachiller del ultrasecreto proyecto “Primer clon”, destinado en exclusiva a fabricar la réplica presidencial, aquel les encargó bajo serias amenazas que trabajaran en el desarrollo de su propio clon, por si alguna vez le pudiera ser útil. Finalmente Abdón acabó necesitando a su clon antes de lo que creía. Su imputación en un asesinato que no había cometido, lo precipitó todo.

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Monegal era perfecto conocedor de que la víctima del envenenamiento en el programa de televisión era la réplica de Prometeo, y también sabía que las cloacas del estado le iban a pringar hasta las cejas en el caso. Era la salida más a mano. Por lo que concluyó que su única opción viable era utilizar a su clon para salir indemne y libre.

Aunque el clon estaba inicialmente diseñado para no apartarse un ápice de la figura del sujeto clonado, sus dos siervos del CNIA alteraron el programa informático inserto en su cerebro, suministrándole imágenes falsas previamente procesadas, alterando artificialmente sus reacciones y provocando finalmente un suicidio inducido.

–Lo que más lamento es quedar para la historia como el asesino de Prometeo, yo jamás le habría hecho daño. Lo aprecio de verás, y si hubiera querido acabar con él o con su clon os aseguro que no habría sido con pastillitas de colores, vosotros dos lo sabéis muy bien.  En fin, algún día se conocerá la verdad –comentó Abdón–.

–¿Y qué tienes previsto hacer ahora? –dijo Poveda–.

–¿Yo? –respondió con una siniestra sonrisa el buen bachiller Monegal– Lo de siempre, controlar el Poder en la sombra, vengarme de los que me quieren mal y lograr la Victoria Final. Pero antes, tengo una asignatura pendiente con vosotros dos. Y ha llegado el momento de aprobarla.

Acto seguido «Abdón el Exterminador” se dio a la noble labor de recuperar su asignatura pendiente. Maniató a Pérez y Poveda, que aterrados y presos del ascendiente que Monegal ejercía sobre ellos no ofrecieron resistencia alguna.

Abrió la enorme maleta y extrajo de ella instrumental de lo más variado. Clavó sendos cuchillos de sierra en los pechos de Pérez y Poveda, y todavía vivos y gimiendo de dolor procedió a la eventración de sus vísceras, rajándoles el abdomen hasta el mismo pubis. Acto seguido fue capaz de clavar un destornillador de punta plana en las arterias femorales de sus piernas para rematar el trabajo. Nada nuevo bajo el Sol.

Antes de dar la espalda a sus agonizantes compañeros de Hospicio y despedirse de ellos, hizo un último comentario.

–No vayáis a pensar que esto lo he hecho para no dejar testigos. Yo no soy así, en serio, es por lo de la asignatura pendiente.

♠♠♠♠♠

Ploteo, al igual que las dos decenas de personas que habían resultado heridas con carácter leve por los cristales voladores de la sala de la Audiencia Nacional, acababa de ser sometido a una cura de urgencia, cuatro puntos de sutura en la mejilla. Su compañero de fatigas Mateo le acompañaba en todo momento.

–Anda, no te quejes –comentó Mateo entre risas– Lo que hemos presenciado hoy nos va a facilitar veinte editoriales en el periódico, y encima has recibido una herida de guerra de la que vas a poder presumir eternamente.

–Eres tú muy graciosillo. En fin, gajes del oficio, qué le vamos a hacer –repuso Ploteo– ¿sabes qué es lo que más me fastidia? Que el cristalucho ese se me ha clavado en la mejilla que tan amorosamente besó Olivia la otra noche. Fue uno de esos momentos mágicos que uno nunca olvida, llevaba días sin querer lavarme la cara.

 


 

Y hasta aquí llega el décimo episodio de esta saga. No os perdáis el capítulo siguiente.

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Te deseo salud y suerte en la vida.

Nota: todas las imágenes de este post incluida la portada pertenecen a la página  bing.com/images/create/ a no ser que se indique otro origen en el pie de foto.

7 Comentarios
  • Io
    Posted at 03:23h, 22 junio Responder

    Así me he quedado ????. En el comentario del capitulo anterior, hice mención al terror que me provocaba la infancia de Abdon…..rectifico…..es terrorífica tanta maldad,. Menuda frase tan apropiada la de » la asignatura pendiente». …. lastima que marcados por el miedo accedieran a hacer el clon de bachiller, ya que eso no les libró del destino que tenía planeado con tanta crueldad para ellos
    Sin palabras me he quedado después de este capítulo.
    Un saludo chicos, excelente guión

    • marcosplanet
      Posted at 17:20h, 22 junio Responder

      Muchas gracias Io, veo que sigues con interés la saga. Prepárate para lo que está por llegar…

  • Federico
    Posted at 12:05h, 31 mayo Responder

    Ya es práctica habitual que los políticos tengan dobles que los sustituyan en situaciones comprometidas. Cuando los clones o ciborgs sean posibles los usarán. Seguro que Putin tiene más de un doble. Saludos y buen finde.

  • Arenas
    Posted at 16:11h, 27 mayo Responder

    Eso es lo que parece

  • Nuria de Espinosa
    Posted at 17:04h, 25 mayo Responder

    Está historia está tomando tintes de novela corta. Qué pasará con Ploteo y Olivia? Veremos cómo se desenvuelve todo. Ya veremos si el exterminador no hace otra de las suyas. Un abrazo

    • marcosplanet
      Posted at 15:00h, 27 mayo Responder

      Va a ser novela larga, de eso estamos seguros.
      Gracias por tu opinión y por tu tiempo, Nuria.
      Abrazos.

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