DISFRÁZAME OTRA VEZ
«Disfrázame otra vez, disfrázame otra vez…». Con la música del tema «Ven, devórame otra vez», … de Lalo Rodriguez, un artista de la farándula canturrea alegremente mientras se mezcla con la masa de gente que celebra los carnavales en el pueblo de San Cebrián. Su joroba es tan generosa como su barriga, que le cuelga de tal manera de su cintura que parece como si fuese a despegarse del resto del tronco en cualquier momento.
El curioso pueblerino se une a un pasacalle mientras describe contorsionismos y aguanta su pesado disfraz de Polichinela, que en italiano significa “pollito”, todo de blanco, tocado con un sombrero con alas levantadas que sigue el estilo gallináceo de todo el conjunto. Lo rematan su aparatosa nariz ganchuda y su máscara negra. Encarna el alma del pueblo y sus instintos más primitivos.
La astucia del personaje tiene hoy que ponerse de manifiesto forzosamente porque ha de resolver un problema complejo de corte social: la hija del alcalde, una jovencita de veintipocos años, ha perdido su broche de oro junto al camafeo que le regaló su difunta madre, y el suceso se produjo a plena luz del día.
El mandatario había establecido una recompensa no muy generosa en un principio pero que posteriormente se vio en la obligación de acrecentar en valor para entregarla a aquel o aquella que fuese capaz de recuperar las tan apreciadas posesiones de su hija Anardina.
—Cien ducados de plata será lo que llenará los bolsillos del afortunado que resuelva este robo —anunció Don Fulgencio en un bando municipal.
El personal protestó porque en verdad pensaban que el premio merecía un reconocimiento mayor. Una comparsa se hizo notar en la entrada sur de la plaza, junto a los adoquines humedecidos por el verdín y los orines depositados allí por todo aquel carnavalero que había sentido la necesidad de atender el apremio urinario.
La plaza bullía entre una algarabía de colores y un bullicioso canto de grupos de alegres coristas, que interpretaban chanzas variopintas mediante charangas atrevidas donde se mencionaba de forma burlesca a los poderosos.
Nadie de relevancia en la vida política del país escapaba a las chirigotas que dirigían sus chanzas contra ellos, como gargüeros humanos enfebrecidos por el ambiente y la omnipresente música.
Polichinela esperó a que pasara una procesión de cantores en cuyos miembros el alcohol ya había hecho estragos. Contempló cómo pasaban ante él un Arlequin junto a su amada Colombina. Distinguió a Pierrot con sus vistosos botones negros y la gorguera al cuello con anchos pliegues que rodeaban su cara blanca enharinada.
En ese momento, un brillo metálico casi imperceptible llamó su atención como buen observador que era.
Apenas asomaba la cinta negra atada a la voluminosa cintura de Pulcinella, pero destacaban los desproporcionados zapatos y el gorro de pico que se colocaba apuntando a las nubes. Polichinela hacía sonar sus cencerros y gesticulaba de forma exagerada para llamar la atención de los presentes.
—¡Tengo algo que anunciar! —gritó observando a la masa brava—. ¿Queréis saber quién es el ladrón de las joyas?
La muchedumbre clamaba a mandíbula batiente un montón de síes ensordecedores. El conjunto de aquella humanidad multicolor plagada de múltiples disfraces, unos más improvisados que otros, alzaba los brazos como si estuvieran manifestándose contra alguna ley malhadada. Pulcinella esperaba el momento clave.
—El ladrón del broche de oro y el camafeo de Anardina es… ¡Pierrot! ¡Ahí lo tenéis! ¡Acabo de detener a ese infame! Gracias por sujetarle, amigos.
Polichinella había logrado captar la atención de toda la plaza. Sus siguientes palabras estaban haciéndose esperar.
»Has cometido un delito grave, aparte de servir de humillación y farsa barata para la hija de nuestro querido alcalde. Don Fulgencio —dijo Pulcinella mientras hacía una reverencia—, le hago entrega de estas joyas que acabo de arrebatar al ladrón.
—Ejem, muy bien, ehh, amigo, supongo que esperas ansioso la recompensa. Tomad, vuestros cien ducados. Que os sirvan para tapar deudas y malas decisiones.
—Amigo Pierrot, no debes empinar tanto el codo —recomendó a continuación—. Si no es porque llevabas las joyas casi a la vista nunca me habría percatado.
En ese instante, Pulcinella reaccionó de una forma que sacó un ¡oh! A modo de ovación de todos los asistentes al acto.
—Toma, los cien ducados de plata son para ti, por haberme ayudado a montar esta obra teatral maravillosa ¡El mismísimo Esquilo estaría orgulloso!
—Renuncio al vil dinero, amigos. Tan solo quiero… tu mano, dulce Anardina, soy un pretendiente sincero, honesto y… enamorado.
La cara de sorpresa de la chica era para haberla retratado. El actor que encarnaba al alcalde Fulgencio empezó a sudar de forma repentina, lo que enrojeció el tono blanquecino de su faz, y su papada temblaba como reflejo fiel de su estado de nervios.
—Pero bueno, ¡qué sorpresa, Anardina! ¿Dónde se ha visto esto? ¿Y tú qué respondes a esta proposición?
—Pues… está claro, papá. Polichi… bueno, Ernesto, está pidiendo que nos casemos.
El falso alcalde dio muestras de un azoramiento forzado y no sabía hacia dónde dirigir la mirada, aunque una sonrisa franca iluminaba su rostro.
Alguno de los asistentes a la sesión de teatro comentaba que esa era la petición de mano más original que había visto nunca.
Polichinela se quitó la máscara y arrojó el gorro a su público. Después guiñó un ojo a su interlocutor y, sin ningún pudor, se dirigió a él a voz en grito.
—Toma amigo, los cien ducados son para ti.
Su muy holgado traje no revelaba lo que había bajo el disfraz. Ernesto vive de sus sesiones como “boy” en varios clubs como el “Campeones” o el “Sonarium”. Su cuerpo es adorado por muchos de los clientes y en especial por su pareja Anardina desde hace mucho. Era la época en que él fue diagnosticado de obesidad mórbida y fue capaz de perder más de cuarenta kilos, convirtiendo sus carnes en pura fibra muscular. Ella había estado siempre a su lado, admirando su habilidad para la interpretación y para seguir una dieta natural y sana.
© 2025 Marcos Manuel Sánchez. Todos los derechos reservados.
Esta es mi aportación al Vadereto del mes de febrero organizado por nuestro amigo José Antonio Sánchez. Esta vez hay que crear una historia donde:
- La trama del cuento suceda durante los Carnavales.
- Será imprescindible que el disfraz sea el sujeto principal. Es decir, nuestro(s) personaje(s) tendrá(n) que usarlo de alguna forma: ocultamiento, robo, juego, fiesta, espectáculo, espionaje, justiciero, villano…
- Podemos jugar con la identificación del disfraz. Es decir, detallar específicamente de qué se trata o, simplemente, dar pistas al lector para que adivine de qué forma está enmascarado nuestro personaje.
