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Sorpresas con sabor a campo

Esta es mi aportación al microrrelato del jueves 18 de septiembre, organizado en esta ocasión por Artesanos de la palabra bajo el título:

Un fin de semana diferente

 

Sorpresas con sabor a campo

 

Eran demasiados meses seguidos sintiendo la presión. Mauricio pasaba largas horas nocturnas y diurnas escribiendo la novela que la editorial le había encargado. Al principio le dijeron que necesitaban una historia de ficción sobre una catástrofe natural. Después cambiaron a una historia con un tono más romántico que acabara en un final dramático.

Mauricio informaba al corrector de estilo sobre cada giro que daba a la acción. La trama, a su juicio, iba muy bien encaminada y revisaba el texto con frecuencia.

—He tenido que modificar diez párrafos —aseguraba Clodoviro, el asesor ortotipográfico—. No me des tanto curro que tu obra no es la única que pasa por mis manos.

Simancas, el maquetador, azuzaba a Mauricio.

—Que no exceda las 400 páginas, la sangría ha de ser de 2,5 cm, y si te extiendes más nos quedará un tocho demasiado gordo.

—Debe ser una lectura cómoda ante todo —indicaba el editor—. Nada de florituras.

Total, que ese fin de semana Mauricio decidió coger su todoterreno e ir a explorar junto a María la belleza de la campiña salmantina.

—Nos vamos a una casa rural en medio de la nada, a veinte kilómetros del pueblo más cercano.

Al cabo de un par de días de disfrutar del sotomonte, la pareja decidió tomar una ruta senderista que prometía experiencias de aroma, descubriendo arboledas cuajadas de jara, brezo, romero, lavanda y aliaga en los bordes de los encinares.

Cuando aspiraban la fragancia del brezo, dulce, amaderada, a veces con efluvios de caramelo, un toro de enormes dimensiones apareció tras ellos.

La sorpresa fue paralizante al principio, pero a los pocos segundos ya estaban corriendo como gamos buscando un lugar elevado donde ponerse a buen recaudo ante semejante amenaza.

El animal, de planta soberbia, inició una carrera desbocada hacia donde se hallaban los excursionistas, quienes no paraban de correr y mirar a lo que había a sus espaldas.

Al mismo tiempo, unos mugidos procedentes de un lugar indeterminado llegaban a sus oídos, emitidos por otro animal. Mirando hacia su izquierda contemplaron cómo una manada de vacas se hallaba pastando apaciblemente, mientras que el astado atravesaba con su trote veloz el camino que llevaban los senderistas, perdiéndose por el lado donde los bovinos rumiaban sin cesar.

Al parecer, una de las vacas estaba emparejada con el enorme animal que espantó a nuestros protagonistas, el cual acudió presuroso a la llamada mugiente de su amada.

Mauricio y María subieron al todoterreno lanzando un último vistazo a aquella pradera, tranquilos ya tras la sorpresa taurina.

—Mira María, la próxima vez nos vamos al cine.

—¿Y quien nos garantiza que no nos pondrían de los nervios los que rumian las palomitas?

 

©Marcos Manuel Sánchez Sánchez


 

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Nota: las imágenes de este post han sido extraídas de freepik.es

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