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Delito de supervivencia

 

DELITO DE SUPERVIVENCIA

 

La enorme pantalla del televisor preside un bar de la nación de Mainstream, donde los grandes acontecimientos vacíos, de vendehúmos sin fin, noticias de alcance masivo y escenificaciones televisivas deformantes de la realidad siembran cada día sus calles, casas, templos del consumo, lugares públicos, universidades y centros de enseñanza de toda clase.

Una figura muy conocida a nivel nacional recorta su silueta contra un fondo anaranjado que, según los asesores del cargo público, consideran idóneo para transmitir su mensaje.

—«En una sociedad donde las libertades circulan con total seguridad —afirmaba el teleparlante—, es fácil dejarse llevar por ciertas pasiones en aquellas circunstancias en las que los individuos, en sus lugares de trabajo, en su convivencia con los demás, chateando en las redes sociales -donde cada uno expresa lo que siente y es respetado por el resto-, en esas circunstancias, repito, es fácil dejarse llevar. Esa no es forma de respetar los controles. Y digo esto porque la comodidad ha anidado en vuestras vidas y la ciudadanía podría querer adherirse a ese movimiento radical que viene de colectivos políticos asociales ¡No os dejéis convencer por ellos!

—¡Qué repetitivo! Este señor es un cantamañanas cansino que no se despega de su poltrona ni aunque esté en el punto de mira de la justicia.

Un grupo numeroso de los clientes del bebedero observan de reojo al autor del comentario. Es un señor de unos cincuenta años, de pelo rizado, vestido con chaleco y chaqueta de estar por casa.

—O está bebido o es uno de esos jubilados antes de tiempo que no tienen miedo. Cada vez aparecen más —dijo un parroquiano vestido con chaqueta marrón—. El otro día en el trabajo me enfrenté con uno.

—Ah ¿Sí? —inquirió el compañero de confidencias, tocado con una boina—. ¿Y le diste la razón?

—¡Nada de eso! Le presioné para que dejara de decir barbaridades.

—Ah, bueno. Ya pensaba que eras de los de Eox, ¡qué horror! Ja, ja, ja.

—Pues le dije a ese rarito que a mi no se me convence con palabras gruesas y mal tono. Ante todo soy ciudadano de este país, que es lo que cuenta.

—Además, vaya osadía la de esta gente con eso de desafiar al gobierno —dijo su interlocutor ajustándose la boina—. Luego se quejarán de la injusticia de las pruebas de supervivencia.

—La mayoría de esos saben que no pueden ser débiles ante, por ejemplo, una expropiación de su patrimonio o unos controles seguros sobre sus sembrados o su ganado. Qué menos que registrar en una tablet cada cuánto someten a un terreno a un cultivo determinado, si sigue la norma del ministerio correspondiente de respeto a los cupos de lo que viene de fuera, en fin, sobre todo que sepan que han topado con la Gran Comunidad de países y sus reglas. Luego están los controles de calidad, y se quejan de ellos, je, je. ¿Pero no se dan cuenta de que deben registrar sus productos bajo la normativa? Y para eso están los test. Control y más control. Aún me parece poco lo que exige el gobierno.

—En total, son decenas de preguntas y datos que hasta un niño sabría rellenar, ja, ja, ja, —rio el compañero de charla.

—¡Venga, amigos, os invito a otra! —dijo el mismo hombre que acababa de aplicar su sentido crítico al discurso televisado—. El personaje fotogénico de la pantalla hablaba sin parar entre multitud de cámaras.

—No, no, gracias —negaron los dos casi al unísono mientras centraban su atención en el político.

—Os estoy invitando —aclaró con inesperado ardor—. Mi dinero vale igual que el vuestro… aunque mi puesto esté bien por encima de vosotros.

Los dos compañeros de barra se miraron el uno al otro con un gesto que reforzaba su impresión de que estaban ante un chalado.

—Pero, ¿de qué vas, tío? —inquirió el de la boina.

—No debéis rechazar nunca un ofrecimiento como este, sobre todo viniendo de alguien como yo, agente del gobierno para delitos de supervivencia.

—Pero si llevamos un buen rato de charla hablando sobre lo bien que este gobierno gestiona el control. Y la clasificación de delitos de supervivencia nos resulta óptima ¿verdad, compi?

—¡Claro qué si! A ver, ¿qué has dicho? ¿que eres agente del gobierno? Me parece que no me lo puedo creer —indicó el de la chaqueta marrón.

—Gestiono la calidad y el control de las operaciones, y esto que estoy viendo es una muestra de descortesía que puede incurrir en delito.

—Pues identifíquese —solicitó el interlocutor de la chaqueta marrón—. A ver… Juan Pérez Sobrado, de la unidad de pruebas de calle ¡Vaya! Esto si que es chocante, porque nosotros pertenecemos a la unidad de bares y recintos públicos —anunció el de la chaqueta mostrando sus credenciales.

—¡Por favor! Basta ya de cháchara, que queremos enterarnos de lo que dice el presi —comentó uno de los clientes del local.

Acto seguido, varios de los presentes miraron de arriba abajo al que acababa de hablar.

—Oye, esa familiaridad con nuestro presidente no está nada bien —comentó uno con uniforme de motero—. Yo y todos los demás somos miembros de la Brigada de carreteras para delitos de supervivencia. Ya sabéis que vigilamos los lugares adonde deciden ir quienes han querido dar… el último paso. Cada vez que me planto ante ellos con mi moto todos se dan cuenta de que es su último minuto antes de ser sancionados.

El discurso del político estaba en su fase final.

—«Es que la gente a veces olvida que hay escenarios donde se puede incurrir en delito de supervivencia, como llegar a una edad con una enfermedad de grado 1, permanecer en plantilla de una entidad cuando esta ha echado a gente, continuar cultivando su tierra o criando su ganado estando fuera de la norma de control. Como no cumplir los cupos anuales de pesca o no respetar las importaciones establecidas por el órgano regulador comunitario. O quienes se saltan los controles de la Brigada de carreteras para huir a destinos que ocultan a este gobierno para intentar salvar sus vidas de la sanción… En fin, queridos ciudadanos y ciudadanas, hoy por hoy, mantener la vigilancia sobre posibles delitos de supervivencia es necesario para el engrandecimiento de nuestro país.

Una nube de aplausos dentro del bar acogió las palabras pronunciadas por el mandamás. Todos los clientes guardaron sus credenciales de agentes del gobierno y alzaron sus copas para brindar por él, el monstruo del control.

 


 

Y eso es todo, amigos. Gracias por haber llegado hasta aquí y por dejar vuestro comentario.

¡Hasta la próxima, ciudadanos y ciudadanas!

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