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El desagüe del tiempo

 

El desagüe del tiempo

 

Ninguno de ellos sabía que el final de sus vidas iba a quedar sellado en el interior de un supermercado de barrio.

Amanda y su hija adolescente, Charito, solían pasear sin prisa por los pasillos de la tienda recogiendo de aquí y allá los productos que se les antojaba, más a capricho que por pura necesidad.

Amanda había enviudado hacía cosa de un año y desde entonces había descubierto la tranquilidad y la paz interior. El estrés había sido una constante en su día a día gracias a la impredecible forma de ser de su marido, fallecido en extrañas circunstancias. Tras la autopsia, cuando el oficial de Policía la interrogó para esclarecer por qué aparecía una alta concentración de pentotal sódico en el organismo del esposo, Amanda alegó que él llevaba tiempo manifestando una conducta inestable por lo que, entre sollozos, la viuda reconoció que el suicidio era la única razón de su muerte.

El caso quedó cerrado y así empezó la nueva vida de Amanda. Su hija Charito acusó la ausencia paterna durante un tiempo, pero las dos mujeres descubrieron pronto que viajar por el mundo era un buen bálsamo para abrir una puerta al olvido.

El tendero y dueño del supermercado, controlaba a los clientes a través del gran monitor sobre la mesa de su mini despacho. Media docena de cámaras retransmitían lo que hacían en cada momento los visitantes del recinto.

Humberto disfrutaba revisando la actividad de la gente, sus reacciones cuando buscaban algo, las indecisiones a la hora de elegir un producto o ciertas costumbres de algunos como toquetear productos aquí y allá para terminar por no llevarse ninguno.

El dueño de los ultramarinos había descubierto en su público todo tipo de conductas anómalas, como los pervertidos que usaban un espejo acoplado al zapato para fisgar las intimidades de ciertas clientas que llamaban su atención o ladronzuelos de ocasión que enrojecían sobremanera ante el chillido de la alarma al intentar salir del establecimiento. Humberto no necesitaba guardia de seguridad pues él desempeñaba a la perfección el papel.

El culmen de su afición al espionaje lo constituían los audios que grababa en lugares estratégicos de la tienda. Así pudo enterarse de varias noticias enormemente relevantes para él en un futuro muy próximo.

 

Juan llevaba una década sin perderse una montería. Su afición a la caza había arraigado en él, teniendo por costumbre compartirla con sus amigos de siempre; uno de ellos era el único hermano del tendero Humberto. El día en que sucedió el mortal desenlace en una montería por la Sierra de Gata, Juan llevaba encima una frustración acumulada por no haber podido cobrarse una buena pieza desde hacía mucho. Sus compañeros ya lo habían tomado como normal en él y no llegaban a la mofa, pero los comentarios hacía tiempo que para Juan se pasaban de la raya.

Eran las seis de la mañana y Juan había desayunado huevos fritos con torreznos y migas extremeñas sobrantes del día anterior. Todo ello acompañado por media botella de tinto “Tierra de Barros”, delicioso néctar local. Era el tercer y último día de montería sin que el cazador hubiese cobrado pieza alguna. Tras repartirse los puestos de ojeo, Juan se apostó en el suyo dispuesto en esta ocasión a acertar en el blanco de una vez por todas. Se oían disparos a cada momento, la partida de cazadores daba buen uso a sus armas de fuego creando una disonancia de ruidos explosivos.

Una sombra entre los matorrales se deslizó en un momento dado a cierta distancia entre los puestos. La sombra se detuvo unos instantes y alguien apretó el gatillo de su escopeta de dos cañones del calibre doce, acabando con la vida de Leopoldo, el hermano del tendero.

 

Luciano realizaba recorridos en su bicicleta de montaña que le llevaban por rutas rompepiernas coronando en ocasiones desniveles de más de ochocientos metros. Sus compañeros de ciclismo le advertían de que se machacaba demasiado con sus exigentes recorridos, pero él seguía empeñado en batirse a sí mismo, por lo que controlaba sus tiempos de ruta al segundo.

En más de una ocasión tuvo que descansar debido a un dolor punzante en el pecho. Tras recibir varias advertencias de ese tipo en su cuerpo y con la insistencia de sus amigos, Luciano visitó al cardiólogo y tras unas pruebas médicas este le diagnosticó una lesión cardíaca inoperable, por lo cual debía guardar reposo durante una temporada y después podría recuperar la práctica del ciclismo pero de forma muy moderada. En esto el cardiólogo insistió con vehemencia en su informe médico. Luciano decidió a pesar de todo que seguiría metiéndose por senderos difíciles.

 

Humberto el tendero había empezado los estudios de Ingeniería Industrial y no quiso terminarlos. Le interesaba más heredar el negocio familiar de los ultramarinos. Sin embargo, el conocimiento acumulado le había llevado a manejar bombonas de gases a presión desde sus primeras prácticas en la universidad. Parte de estas consistían en visitar empresas que se dedicaban a dicho menester.

Entre ellas hubo una que le llamó la atención pues embotellaban el venenoso monóxido de carbono residual en actividades industriales y una vez comprimido lo llevaban a vertederos oficiales o las vendían directamente para uso exclusivo en desratización y desinsectación. Dos de esas bombonas fueron adquiridas por Humberto y llevaban un par de días en la oficina de la tienda.

El tendero solía hacer reparto de propaganda por los buzones del barrio para lo cual pagaba veinte euros al hijo de un vecino. La oferta de la semana comenzaba los lunes y era el mejor momento para disfrutar de buenos precios en bastantes artículos, por lo que los clientes elegían ese día o el martes para surtirse.

El cazador solía visitar la tienda de Humberto los lunes a primera hora por el tema de la gran oferta. En esta ocasión lo hizo diez minutos después de que Humberto abriera al público y cuando este lo vio acceder a través de su monitor de vigilancia su pulso se aceleró. Una emoción indescriptible se apoderó de él y no lo abandonó hasta que hubo conseguido su objetivo. Hacía cosa de dos semanas, en una de sus escuchas registradas por el sistema de audio distribuido por la tienda, dos vecinas hablaban de la partida de caza en la que fue herido mortalmente Leopoldo hacía ya seis meses.

–Mira Norberta, te lo dije hace tiempo y te lo repito ahora, la investigación de la Guardia Civil llevó a la conclusión de que era imposible identificar de qué arma provenía el disparo pues todos ellos habían estado utilizando sus escopetas en el momento de la desgracia.

–Ya te dije que un amigo de mi marido que estuvo en aquella cacería asegura que fue Juan quien disparó y otros dos más coinciden en lo mismo, aunque ninguno de ellos dijo esta boca es mía a los investigadores.

–Como también te he comentado otras veces, Norberta ¿Quién se va a arriesgar a señalar en un juicio a un compañero con el simple argumento de la sospecha?

 

El tendero colgó el cartel de “Hoy abrimos a las diez” y cerró la puerta nada más ver al cazador caminando por uno de los pasillos. Al final del pasillo principal Humberto tenía preparada como siempre su “Cabina de los regalos”, una especie de habitacioncita de cristal donde cada cliente podía apuntar su nombre, apellidos y correo electrónico con el fin de disfrutar de una serie de regalos por orden de llegada. Hasta el interior de esa cabina había extendido Humberto una improvisada conducción de caucho por cuyo interior circularía una corriente de monóxido de carbono en cuanto abriera la válvula desde su despacho.

Una vez abierta la espita, el tendero fue en busca del único cliente y amablemente le explicó las ventajas de apuntarse el primero en la “Cabina de los regalos”. A los pocos minutos y cuando una nube tóxica mortal pero inodora e invisible se había apoderado del habitáculo, el cazador y asesino involuntario se tomó su tiempo para escribir todo lo que la oferta requería. Así el gas tuvo ocasión de colapsar las vías respiratorias y el riego sanguíneo del cerebro de aquella primera víctima del lunes.

Humberto sacó de allí el cadáver cuyo rostro se hallaba cruzado por un rictus agónico que lo desfiguraba grotescamente y tuvo el cuajo de esconderlo en el enorme refrigerador del almacén para deshacerse de él cuando cerrara. Esto lo hizo pensando en cómo se libraría uno a uno de los otros compañeros de caza de su hermano que sabían la identidad del asesino y lo callaron.

Después de abrir de nuevo el ultramarinos, lo que aconteció en tan solo unos minutos Humberto jamás lo habría podido imaginar.

Amanda y su hija Charito hicieron su entrada atraídas por la irresistible oferta. Al igual que el cazador y el ciclista, eran vecinas del barrio y acudían al ultramarinos con mayor o menor frecuencia.

Madre e hija no podían creerse tal muestra de generosidad por parte del establecimiento. Salami cochón con pimienta verde, queso Emmenthal y morcilla de León en un pack de tres por uno. Aceite de oliva virgen extra con veinte por ciento de descuento, lomos de salmón fresco congelado a quince euros el kilo y pack de dos paletillas de cordero a dieciocho euros completaban el grueso del cebo comercial.

 

Enseguida hizo acto de presencia un individuo de mirada aviesa ataviado con una larga gabardina. Parecía afectado por algún tipo de droga y ocultaba algo bajo su atuendo. Se acercó con inesperada habilidad al cuerpo de Amanda y le mostró un enorme cuchillo mientras le pedía la cartera.

Amanda resultó no ser presa fácil e intentó forcejear pero el inestable individuo la acuchilló sin piedad. La adolescente Charito gritó con todas sus fuerzas ¡mamá, mamá!, pero se precipitó de tal manera que tropezó contra unas estanterías llenas de cacerolas y artefactos de cocina. La columna de estanterías impactó sobre la góndola de los jamones y la hija de Amanda murió en el acto aplastada por una mezcolanza de ollas y jamones de diez kilos.

El ciclista hizo su aparición cuando madre e hija sucumbían ante tales adversidades y empezó a notar una punzada aguda en el pecho al contemplar el sangriento espectáculo. Su corazón enfermo no pudo soportarlo y la vida le abandonó en cuarenta segundos.

A todo esto, el ladrón intentaba escapar con la cartera de Amanda en un bolsillo y se topó con el aturdido tendero que tan solo había sido capaz de echarse las manos a la cabeza durante los macabros sucesos. En un alarde de lucidez decidió enfrentarse al delincuente pero este le empujó violentamente contra la cristalera de la entrada y le destrozó el cráneo. Un cristal blindado de triple capa para evitar robos cumplió su cometido frente al testarazo. Pero solo sirvió para añadir una víctima más a un lunes más que aciago.

Para cinco personas infortunadas, el factor tiempo había concluido en un desagüe virtual esa mañana en una tienda de ultramarinos.

 


 

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Esta es mi aportación al microrrelato de los jueves, organizado en esta ocasión por El Vici solitari con el título:

«Horror en el ultramarinos»

 

Se trata de relatar las circunstancias de la muerte de cinco personas en el interior de una tienda de ultramarinos. Deben ser muertes debidas a causas diferentes unas de otras.

Aquí se encuentran las reglas para participar. en este caso no hay límite para el número de palabras.

Bloody hand on old concrete wall. Imagen

 

Nota: todas las imágenes de este post incluida la portada las he elaborado desde la página  bing.com/images/create/ a no ser que se indique otro origen en el pie de foto.

 

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