Ahora sí, este es el cuento de Navidad

Ahora sí, este es el cuento de Navidad

 

AHORA SÍ, ESTE ES EL CUENTO DE NAVIDAD

 

Había un pueblo perdido entre montañas donde luces y sombras perturbaban el día a día de Francino, que sufría de agorafobia y vivía en soledad desde que… ocurrió lo de Flora, allá en lo alto del pico Almanzor, en plena sierra de Gredos.

Ella buscaba rutas con nieve virgen, fuera de pista y eligiendo terrenos escarpados, localizando pendientes pronunciadas y nieve fresca. Los cortados de pinos que cruzaban aquella ladera habían sembrado el suelo cubierto por la nieve de bases de troncos unidas a la raíz. Flora y su espíritu libre quisieron volar sobre el pequeño pueblo que la vio nacer y no tuvo en cuenta tantas cosas que habrían podido evitar ese choque frontal con las puntas de sus esquíes.

Francino y ella se habían conocido esquiando en la estación donde cada año, por las fechas próximas a Navidad, se reunían cientos de personas con mayor o menor conocimiento del sano placer de deslizarse por las pistas. Él escribía artículos para un periódico digital de divulgación científica y ella era monitora de esquí para todos los niveles.

Desde el momento en que Flora desapareció de su vida, Francino cayó bajo una sombra negruzca que le presionaba para no salir de casa y entregarse a la escritura con verdadera obsesión. Escribía para el periódico un par de artículos por día porque este tiene un límite de horas. Como experto en datación de piezas arqueológicas, tenía muy claro que dependía de muchas variables para cumplir con su trabajo y eso lo sabía la dirección del periódico. Pero no tenían mucha piedad con él y aquello le impedía llevar a cabo una afición que empezó a sentir cómo salía de dentro de su ser.

Quería expresar sus sentimientos, si, por primera vez deseaba contar al mundo sus impresiones sobre qué había dentro de su alma que ahora se hallaba tan inspirada. No se trataba de datos técnicos acerca del resultado de la acción de reactivos químicos sobre piezas históricas halladas en yacimientos perdidos, ni debía llevar a cabo registros despersonalizados de hallazgos, de esos que debía catalogar tras haberlos recibido por servicios de mensajería.

Ahora era un momento de adaptación, como si estuviera hibernando por dentro, con sus pensamientos fijados en el recuerdo y en un presente muy creativo, por otra parte.

El hecho de escribir sobre aquello que asaltaba su memoria ocupaba la mayor parte de su tiempo, era como si una mano poderosa le mantuviera sentado ante su ordenador horas y horas. Hacía las pausas necesarias para mantenerse en pie mentalmente, se entregó a una rutina de ejercicios que le dejaba cansado al final del día, pero con un cuerpo fortalecido.

Recordaba los descensos con Flora, la complicidad al terminar la pista prohibida, venciendo los retos más difíciles a los que podía someterles la montaña.

—Te querré siempre, bonita mía —solía decirle mientras jadeaban tras salvar fuertes pendientes.

—Te amaré siempre, a pesar de esa cara de pato que pones en momentos como este —bromeaba ella.

—No lo dudes, tendrás que aguantarme “hasta que no estemos ya en este mundo”. A ver, ¿en qué película decían esto?

Solían ver películas guarecidos del frío en casa de Flora ante la gran chimenea del salón. Ambos disfrutaban de cualquier cosa estando juntos, como de las conversaciones con ropa de abrigo y calcetines gruesos ante ese fuego vivo que alimentaban con madera de encina, una copa de brandy y algo más.

Ahora Francino se sentía abandonado, y había decidido aislarse del mundo, casi sin darse cuenta.

Sus rutinas consistían en atender las entregas de piezas arqueológicas que le llevaban los mensajeros, los pedidos a domicilio del ultramarinos y el correo postal protagonizado por sus padres, a quienes mantenía alejados sin piedad de su retiro. Les culpabilizaba de muchas cosas desde que era un adolescente. Entre ellas, de la marcha de su hermano.

Nunca podía ir adonde quería, estar con quien le hacía sentirse bien o pasar el tiempo libre de adolescente como a él le viniera en gana. Sobre todo desde que su hermano mayor decidió abandonar la casa común, el hogar que les vio nacer. Paradójicamente Francino fue el único que permaneció en el pueblo, cuando parecía que ya había logrado reconstruir su propia vida.

Desde que entró en caída libre en la sima sin fin, sus contactos los hacía por la vía digital, atendiendo tan solo llamadas del periódico. Pero su trabajo fue cayendo en el pozo del olvido, sustituido por sus escritos, que culminaron en un proyecto de novela muy ilusionante para él.

El periódico le reclamaba artículos a los que no hacía mucho caso, llevándole días y días actualizar sus trabajos de otorgar fechas a reliquias del pasado o clasificando objetos recibidos. Hasta que recibió una medalla donde había un rostro grabado a medias. No se identificaba más que la mitad inferior de la cara. Él se vio a sí mismo reflejado ahí.

—No puedo seguir siendo una sombra de mi mismo. Debo dejarme ver.

Esa mañana decidió intentarlo. Se lanzó hacia la puerta de la casa pero por el camino tropezó con una de sus mancuernas y acabó dando con su cabeza en el suelo. Eso apenas le dolió comparándolo con el desgarro que llevaba en su corazón.

No volvió a intentarlo ese día. Su fobia era fuerte.

Al día siguiente lo intentó de nuevo. Veía caer la nieve desde el ventanal del salón, copo tras copo hasta que algunos empezaron a colorearse con la tonalidad de la sangre y se asustó.

Era el momento de terminar su novela de ciencia-ficción sobre alguien obligado a recluirse dentro de sí mismo, como sucedía en la película “El hombre lobo” del año 2010, que en más de una ocasión habían visto juntos Flora y él. Era una reinterpretación gótica del clásico, mezclando ideas de películas anteriores de la saga. Lo que había decidido Francino consistía en escribir una adaptación literaria de su propia vida, inspirado en la película.

“Dios, cómo agradecería volver a verla con ella, tan solo una última vez”, pensaba con ansiedad.

Ambos se conocieron y despidieron para siempre en el mismo lugar, los accesos a las pistas difíciles de la estación de esquí.

—¿Por qué no me quedé con ella? —se torturaba por dentro—, en lugar de haber bajado por la pista fácil hasta el pueblo.

Claro, debía estar presente para recibir una entrega de una muestra para analizarla. La destrozó entre sus manos. El periódico nunca se enteraría de aquello, algo que no le resultó complicado, pero Flora… ella había desaparecido para siempre.

Volvieron las brumas, la desazón, el ver cómo se despeñaba por la pista junto a ella, volteándose en el helador aire de la mañana, notando cómo le cortaban la cara los cristales de nieve mezclada con astillas del tronco roto. Pero eso a él no le había ocurrido.

—He de volver a la cordura y calmarme —decía para sí, medio pasmado por el momento trágico que volvía de nuevo a su memoria martilleando sin cesar—. El mal no puede adueñarse de mi.

Al cabo de unos días, en pleno ambiente navideño ya entrado el mes de diciembre, Francino sacó fuerzas de flaqueza para forzar su salida al exterior de la casa.

Luces de todos los colores adornaban el pueblo, y por primera vez un abeto gigantesco había sido instalado procedente del amplio bosque cercano. La densidad de su copa se proyectaba en forma de una sombra de decenas de metros cuando al mediodía lo depositaron con un helicóptero-grúa en mitad del prado junto a la plaza.

Él lo sabía, estaba desconectado de la vida en el exterior pero había mirado a través de las ventanas. Sin embargo, era el momento de que abandonara la fase de crisálida, de que superase sus miedos y su autocompasión.

La noche lo cubría todo de una oscuridad cortante que se suavizaba cada vez que aparecía gente con regalos en sus brazos para depositarlos bajo la copa del abeto.

Un murmullo alegre se extendía por el pueblo. Cada familia aportaba lo que podía. Unos hacían caldo para aguantar la noche gélida típica de Gredos en esas fechas, otros habían llenado platos con fiambres hechos con especialidades de la zona; cecina de vaca y de caballo punteadas con borlas de orégano y pimentón, costillar de porcino horneado y bañado en miel y salsa de moras, capones asados rellenos de foie gras con un toque a la corteza de naranja o besugos al horno macerados con mostaza y rellenos de virutas de beicon con uvas.

Fuentes con postres de fantasía adornaban las largas mesas. Litros de ponche de enebro con toque de jugo de zarzaparrilla presidían los centros de esas mesas.

Francino se había familiarizado con las fechas tan especiales que corrían a base de mirar por las ventanas de su salón durante la última semana. Le habían llamado la atención los larguísimos rollos de cableado con luces led que transportaban a mano desde niños a mayores, afanados todos en aportar adornos navideños para intentar cubrir el árbol más grande que había visto en su vida y que había logrado contemplar tan solo a través de un cristal. El helicóptero de grandes proporciones había pasado por delante de sus narices cuando maniobraba para instalar al coloso de los pinos.

De modo que esa noche Francino guardaba en su interior multitud de sentimientos enredados, envueltos en una percepción cambiante de las cosas. Era como si él fuese el resto de tronco cortado con el que Flora impactó y que le produjo a esta la muerte. Una capa de corteza nueva parecía querer empezar a crecer alrededor de ese resto para esconder los recuerdos.

Esta vez tuvo buen cuidado en no tropezar con las pesas con que se machacaba a diario. Apartó estas y se acercó a la puerta despacio. Llevaba en una mano un llamativo envoltorio con una caja en su interior. Su contribución navideña a base de galletas de jengibre hechas y decoradas a mano.

Se expuso al mundo exterior respirando una gran bocanada de aire que penetró helado en sus pulmones. Pero no le dañó. Simplemente sintió un aire de libertad por primera vez en mucho tiempo, como el aire que se deslizaba por su rostro cuando empezaba a coger velocidad en una pista larga.

Antes de decidir aislarse, llegaba un momento en los descensos en que no podía parar, es más, no quería, porque pensaba que aquel viaje por la pista lo trasladaría a un mundo nuevo, donde la pena y la culpa quedarían arrinconados sin mayor relevancia. Afortunadamente, la prudencia y la sensatez evitaron males mayores.

Pero ahora disfrutaba de instantes nuevos, donde la dicha parecía imponerse a la pesadumbre. Escuchaba los gritos de niñas y niños correteando por ahí mientras jadeaban con el vaho entre sus labios. Las mesas tan bien servidas rodeaban el enorme tronco del abeto, plagado de regalos con vistosos envoltorios, cajas adornadas y una alegría colectiva que no necesitaba estar cubierta por papeles multicolor.

Francino encontró entre los asistentes a caras conocidas, compañeros de la estación de esquí con los que había compartido momentos de ocio inolvidables, Juani la panadera y su tosco marido Gaby, que la miraba turbado por una emoción debida al momento. Lágrimas inexplicables en él brotaron de sus ojos conmovidos. Era la primera vez en más de dos años que veía a Francino. El mismo plazo transcurrió con Teodoro el carnicero o Pablo el de los ultramarinos, pues eran sus hijos quienes habían repartido los pedidos para Francino en tantos meses de encierro. Ninguna persona en el pueblo había logrado audiencia a pesar de sus intentos.

Y en un momento dado, los vio. Vio a un hombre y una mujer que le sonreían con cierta reserva, sin atreverse a dar el último paso de cercanía que les permitiría dirigirle la palabra.

—Hola, Francino ¿Cómo te encuentras? —dijo el hombre que compartía rasgos familiares con los de su hijo.

—Francino, hijo mío —exclamó la mujer con voz temblorosa—.

Una tercera persona habló junto a ellos.

—Hola hermano pequeño. Feliz Navidad.

 

© 2025 Marcos Manuel Sánchez. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción, distribución o modificación sin el permiso expreso del titular.


 

Y aquí termina el cuento. Gracias por haber llegado hasta aquí y si eres tan amble, publica tu comentario. Tu opinión me ayuda a mejorar. Y dejar un like no estaría nada mal.

¡Mucha salud y mucha suerte, amig@s!

15 Comentarios
  • Artesanos de la palabra
    Posted at 22:13h, 15 diciembre Responder

    Hola Marcos, hoy sí pude entrar a tu blog y leerte, ayer cuando intentaba me aparecía una advertencia de que no era un sitio seguro, que podían robar mis datos, etc y el antivirus no me permite entrar, solo pone advertencias, la vez anterior me pasó igual y hoy entré sin problemas.
    Tu cuento de navidad me encantó, es muy triste, pues perder a la persona amada es muy doloroso, pero tiene un final feliz y esperanzador, disfruté mucho de leerla.
    Un abrazo y buena semana.
    PATRICIA F.

    • marcosplanet
      Posted at 08:01h, 16 diciembre Responder

      Hola Patricia. Me alegra mucho que el problema desapareciera por fin. En cuanto al relato, quise hacerlo un poco diferente esta vez, destacando las preocupaciones que acosaban a Francino el protagonista y haciendo girar todo alrededor de su sentimiento de culpa.
      Un fuerte abrazo. ¡Feliz semana!

  • Andrés Solís Sanchez
    Posted at 17:36h, 15 diciembre Responder

    Buenas que bonito está muy bien escribes muy bien y lo relates cojonudo me quito el sombrero

    • marcosplanet
      Posted at 19:40h, 15 diciembre Responder

      Muchas gracias, Andri. Siempre eres un soplo de aire fresco.
      Un fuerte abrazo.

  • Froilán De Lózar
    Posted at 16:35h, 15 diciembre Responder

    Solo la imagen de portada ya es una invitación a la lectura.
    Lo de los artículos para el Diario me ha empujado a seguir porque ya me sentía protagonista, jajaja. En este tiempo coincidimos en casi todo, la nostalgia, el sentimiento, pese a que la Navidad no sea bonita para todos.
    Gracias por compartirlo, Marcos. Un abrazo y aprovecho para desearte una Feliz Navidad.

    • marcosplanet
      Posted at 19:42h, 15 diciembre Responder

      Muchas gracias por tus palabras de aprecio, Froilán. Y como dices, aunque la Navidad no sea bonita para todos, merece la pena mostrar los sentimientos.
      FELIZ NAVIDAD.

  • campirela_
    Posted at 14:25h, 15 diciembre Responder

    Un cuento de verdad, tenemos tendencia hacer la Navidad demasiado mágica, así pasa que el batacazo es mayor..
    Me gustó el enfoque que le has dado.
    Gracias, Marcos por compartirlo
    Besotes.

    • marcosplanet
      Posted at 19:43h, 15 diciembre Responder

      Me animan mucho tus palabras, Campivampi. Una dosis de realidad siempre viene bien.
      Abrazos.

  • María
    Posted at 19:10h, 11 diciembre Responder

    Qué ternura y cuántas emociones en la vida del protagonista… Es un cuento de Navidad lleno de nostalgia y que te hace sentir de verdad eso tan preciado que tenemos y que pasamos por alto cada día, ese amor incondicional de una familia, ese amor único de unos padres, se tenga la edad que se tenga… qué bonita historia papá.

    • marcosplanet
      Posted at 19:39h, 11 diciembre Responder

      Me alegra mucho que te haya gustado, María. La familia es lo que nos da unidad y fuerza, y nosotros la disfrutamos especialmente en estas fechas.
      Muchos besitos.

  • Themis
    Posted at 16:00h, 11 diciembre Responder

    Dulce cuento, hermosa la forma de ser narrado, muy sentidas esas emociones vueltas sentimientos que perduran por tiempos ilimitados en nuestro adentro…La búsqueda de los motivos, las culpas por la falta de atención, por el abandono, por el no haber hecho otra cosa, el fantasear volver atrás, todo ello eco de nuestra propias conflictivas que poco a poco y sin tiempo el alma va sanando, la aceptación llega, lo irremediable está consumado, no es obra nuestra y se sigue el camino y se acepta la vida, ya que tarde o temprano seguiremos ese camino. Abrazo grande Marcos y una NAVIDAD llena de serenidad. Themis

  • Luferura
    Posted at 11:20h, 11 diciembre Responder

    Hola Marcos,
    Un cuento de Navidad muy bonito que a mí me parece la superación de un duelo. La ausencia de Flora, el remordimiento de Francino aunque no fuese culpable, el refugio en la actividad, la agorafobia que parece aumentar ese deseo de estar solo acompañado por recuerdos para transitar por esa lenta y costosa recuperación en medio de un ambiente navideño que termina en un encuentro que también es la superación de una manía adolescente que le distanciaba de su familia.
    Muy bonito y muy bien contado.
    Un saludo

    • marcosplanet
      Posted at 12:50h, 11 diciembre Responder

      Lo has expresado perfectamente, un resumen acertado y que agradezco mucho, Luferura. La verdad es que este año he querido darle otro relieve al cuento de Navidad y me ha salido así. Me alegra mucho comprobar que te ha gustado.
      Un saludo

  • Cabrónidas
    Posted at 19:48h, 10 diciembre Responder

    Al final las heridas sanan o se hacen más llevaderas. Aparte, cada uno necesita su propio tiempo para llegar a ese punto, y el proceso, queramos o no, siempre es interior y solitario. Pero un día sucede, como en tu entrada. 🙂

  • Chelo
    Posted at 15:33h, 10 diciembre Responder

    Un relato que mantiene la tensión hasta su punto final. Un abrazo

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