Naturaleza, rutas y escritura.

 

BAZAR, ¡OH, MI BAZAR!

 

Pues sí, tengo un bazar variado y, debo decir, sorprendente, al lado de mi casa. Os aseguro que es la mar de cómodo para mi tomar posesión de él cada día con todo su, en fin, extraordinario contenido.

Hasta aquí he trasladado poco a poco todas aquellas piezas, sean de la clase que sean, que me llamaban la atención.

Alguien llega y dice: “Mira, tengo esta cafetera vieja que me daba pena tirar y quería regalártela por si te venía bien. Con un arreglillo puedes venderla”.

Esa era la muletilla que parecían haberse aprendido algunos bienintencionados que llegaban a mi bazar. “Lo arreglas y le puedes sacar un buen provecho”.

Otros se acercan por aquí para ver qué provecho económico pueden obtener de sus objetos en desuso.

Bueno, debo confesar que nunca me he deshecho de ninguno de los trastos que han llegado hasta aquí. Los he recuperado y mejorado, faltaría más. Mi bazar es lo más valioso que tengo en la vida. Vivo solo, no me hacen falta compañías, excepto la de mi perrita Astrid, a la que debo haber sido testigo sumiso de mis malos y buenos momentos. Nunca se ha enfadado conmigo. Por cierto, que es muy buena guardiana de todos mis tesoros, vaya si lo es, aunque a veces me enfado con ella porque se enreda a jugar con cualquier cosa que ve.

Tengo varios balones de baloncesto perfectamente hinchados, a los que acompaño de su respectiva bomba, para que nadie se queje si pierden aire. Yo siempre digo que las cosas hay que usarlas. Si dejas que un balón repose sin haberlo tocado nunca acaba perdiendo aire. Creo que eso lo sabe todo el mundo.

Por eso tengo preparadas varias bombas de goma 2 en la trastienda.

El otro día vino un vecino del edificio y se encaprichó de una bicicleta. La encontré en un descampado sin vallar donde la gente acostumbra a tirar utensilios de todo tipo que no les sirven. Y es que la gente prefiere librarse de cualquier cosa antes que intentar repararla.

Parece que les produce un rechazo insuperable encontrarse con una cartera de mano a la que se le ha roto la hebilla, un minirobot cuyo mecanismo ha decidido detenerse, incluso una claqueta de realización de cine, como la que me trajo aquel individuo de aspecto desaliñado que me dijo haber rodado en sus buenos tiempos  con uno de los directores más afamados de Hollywood. Confesó que el rodaje de ese film le reportó un buen dinero que el pobre, sin embargo, se encargó de dilapidar en los peores tugurios de juego.

Le dejé la cacharra cinematográfica esa en unos nueve mil euros, creo. Me la pagó allí mismo en metálico. Ya digo, me mostró un loro de madera que llevaba en un bolsillo y sacó de dentro el dinero como un mago saca un ferrocarril de su chistera.

Pues sí, me gano un dinerito que me permite pagar mi pisillo, y trabajando, ya digo, aquí al ladito. Voy ya por los dos millones en el banco.

Veo cada día cómo va creciendo el número de objetos que vendo, pero debo decir también que los liquido con rapidez. A veces apenas me da tiempo a arreglarlos y embellecerlos. Los clientes me los quitan de las manos. Es algo muy curioso, mientras unos se deshacen de ellos, hay otros que ven una oportunidad para decorar su casa, por ejemplo.

Una tarde de lluvia especialmente fuerte y desapacible, entró una señora acompañada de un señor, ambos sesentones ya. Ella me dijo:

—No es la primera vez que vengo. He visto aquí en un par de ocasiones esa bañera que guarda usted junto al tablero de ajedrez y eso hizo que se me encendiera una bombillita ¡La quiero para mi nuevo cuarto de baño, sí señor! Será el remate para el toque vintage que quiero darle ¿Verdad, cariño?

El hombre se limitó a emitir una especie de gruñido. A continuación discutieron conmigo el precio y acabé dejándole la bañera en 50.000 euros, una verdadera ganga.

Hay que ver lo pesados que son quienes visitan este bazar de las maravillas. Hubo un joven con pinta de aventurero que… bueno, digo lo de aventurero porque llevaba puesto un sombrero muy del estilo de los guardias de la policía montada canadiense, esos que hacen películas junto a ríos desbordados o incendios desmedidos de grandes bosques. Siempre van montados en rinocerontes blancos. No sé por qué, con lo prácticos que son los burros alados.

El caso es que el joven, que no debía tener más de sesenta o setenta años, insistió con gran fanfarria en que el objeto de sus deseos era un cohete espacial de gomaespuma del tamaño de un calabacín. Aseguró firmemente que su sueño era llegar a Ganímedes y volver en un solo día. Y la cosa que se lo permitiría reposaba en una de mis estanterías.

El jovencito se desprendió de sus gafas de bucear y quiso ver más de cerca el cohete con una de sus mutiladas manos; en ambas le faltaban los dedos anular y pulgar. Sí, sí, puedo dar buena fe de ello.

Tanto le gustó el remedo de cohete aquel que se lo dejé gratis y le regalé dieciséis céntimos para que pudiera atender los gastos que sin duda generaría su campaña de viaje espacial.

Reconozco que soy muy espléndido con mis artículos a la venta. De vez en cuando concedo a alguien que me ha caído singularmente bien la suerte de ser premiado con algún detalle sin importancia que casi siempre tengo preparado en la trastienda.

Una vez vino una mujer vestida como si fuera a ir a la ópera y me preguntó si tenía un diapasón o afinador electrónico, y unas pinzas para afinar los tonos agudos.

Yo le contesté:

—Señorita, mejor que eso, tengo nada menos que un piano perfectamente afinado. Para usted y nadie más. Es un regalo por haberme deleitado con su imagen tan bellamente ataviada. Es usted una dama de gran significancia para mí. Le declaro mi amor incondicional, con total entrega y dignidad.

Reconozco que se me fueron de control las palabras que solté así, a boca de jarro de generoso tamaño.

—¡Amor! ¡amor mío! —grité mientras intentaba inútilmente echarme en sus brazos.

Ella no tardó más que unos pocos segundos en desvanecerse en una nube de polvo ¿Saben? Hay una buena capa de polvo entre algunos de mis enseres ¡Claro!, dedico tanta atención a mantener impecables los preciados objetos de mi bazar que no queda tiempo para más. Casi ni cocinar para mi puedo.

En ocasiones me veo a mi mismo tan quieto como el tronco de un nogal, absorto en mis pensamientos. Las ideas circulan por mi cabeza como un torbellino de palabras, como un torrente desbordado que salpica mi mente.

Por cierto, acabo de acordarme de aquel tenista, número uno del mundo según me dijo, que acudió a mi tienda montado en un oso polar. El caso es que quería a toda costa llevarse una raqueta de tenis que figuraba entre mis objetos a la venta. Le comenté que, francamente, estuve a punto de dejarla en el contenedor de basura del que la saqué. A pesar de lo bien que la reparé y barnicé, me asaltaba una sospecha ¿por qué querría ese individuo desconocido, un don nadie, adquirir esa cosa con tanto afán?

—Es la raqueta con la que Tony Trabert ganó el torneo de Wimbledon en 1955 ¿Cuánto quiere por ella?

En seguida vi que no era muy espabilado aquel elemento, así que obré en consecuencia.

—Para usted, se la puede quedar en setecientos mil euros ¿de acuerdo?

—¡Oh!, si, por supuesto.

A continuación extrajo de su… frente, un par de fajos de billetes de mil euros y me los encasquetó en unos segundos.

Así he podido acumular… una… gran for…tuna porque soy… ¡Anda! Estoy oyendo pasos detrás de mí ¿quién…?

—Hola, Carlos ¿Qué demonios te pasa? —preguntó con alarma Teodoro, casi un hermano para mi—. Te estoy llamando desde ayer y no me respondes. ¿Estas… drogado? Te veo muy colgado, amigo.

—Vaya, no sé qué… me pasa, estoy…

Tan solo recuerdo que en ese momento perdí el conocimiento y cuando volví a abrir los ojos estaba tendido en una cama del hospital Rey Juan Nardos. Lo ponía en el ribete de la sábana que me cubría hasta el cuello.

—Hola Teodoro —le saludé—, recuerdo haberte visto ayer como entre brumas. ¿Qué pasa? ¿Por qué me han ingresado?

—Querido amigo, te encontré hecho polvo en tu apartamento, escribiendo frente al ordenador un relato lleno de incoherencias, aunque despertó mi interés, sobre un bazar imaginario, no sé. En él hablabas en primera persona sobre una especie de tienda…

—Ah, ya empiezo a recordar. Tío, no sé qué tendría esa pizza que me entregó un repartidor a la hora de comer, pero creo que estaba en mal estado y me provocó alucinaciones. No puede ser de otra manera porque yo no me drogo, ni bebo, ni nada parecido.

—Ah, ¿sí?, ¿te refieres a la pizzería de la esquina, esa que han abierto hace poco?

—En efecto ¿Y por qué harían algo así? Habrá que investigarles porque la cosa resulta inquietante ¿no te parece?

 

©Marcos Manuel Sánchez Sánchez


 

Y esta es mi aportación al Vadereto de octubre. Espero que os haya gustado.

El reto en esta ocasión este mes tiene por escenario…

EL BAZAR

 

  • El Bazar no tiene por qué ser el que tenemos a la vuelta de la esquina. Puede contener cosas inútiles, inverosímiles o inventadas.
  • El relato debe tener un tono fantástico. Nada de melodramas de telediario o fake-news de redes sociales.

 

Mi agradecimiento permanente a nuestro gran José Antonio Sánchez, quien tiene el ingenio y la maestría de conducir estos retos literarios con mano diestra.

Gracias por haber llegado hasta aquí y por vuestro comentario. Nos volveremos a encontrar en la más que posible continuación de este relato.

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25 respuestas

  1. jajajaj, Al principio he pensado que hablabas en serio y que tenías un bazar, pero cuando ya estaba totalmente enganchada al relato he ido descubriendo tus ironías . El final es genial. Inesperado. Realmente has hecho un relato que engancha de principio a fin y utilizando muchos objetos del bazar.
    Un placer leerte

  2. Jajaja, Marcos, ese último giro es buenísimo. Hay que ver lo que comemos… que muchas veces tiene ingredientes que no hubiéramos pedido y no, no me refiero a las setas que le dieron a este hombre con la pizza sino toda esa cantidad de Es con un número que vienen en todos los paquetes de alimentos.

    Con lo bonito que le estaba quedando el relato… una pena que el mundo que construyó no fuera real. Aparte, perdió los dos millones que tenía en el banco…,

    Un abrazo.

  3. Qué maravilla de bazar mental, Marcos. Me he reído, me he inquietado y he querido comprar ese cohete de gomaespuma para irme también a Ganímedes. El tono delirante es oro puro: cada objeto parece tener alma, y cada cliente, un universo paralelo. Todo funciona como un catálogo de lo absurdo, pero con ternura y precisión. Gracias por este viaje… Saludos.

  4. Un magnífico relato que engancha desde el principio. Ya te empiezas a escamar con eso de cada balón de baloncesto con su bomba de goma 2 para que no se desinfle y uno se prepara para una historia fantástica que va en aumento. Hace pensar que uno, si cuida bien las cosas y tiene buena vista, puede acabar montando un museo en casa, creo que algo así acabamos haciendo. Si no llega a ser por el ingreso en el hospital te acabo pidiendo la dirección de la pizzería.
    Me ha gustado muchísimo.
    Un saludo.

  5. La fantasía desborda por todos lados, te va enganchando y te lleva a ser parte de ese alucine que una pizza que quien sabe con qué venía sazonada provocó, el final inesperado, pues parecía estar en un lugar extraño pero absolutamente normal, un bazar de alguien que le encantan las cosas viejas y reparar. Lindo leerlo, te deja como salida de un sueño. Abrazo grande Themis

  6. Hola Marcos
    Yo te diría que no abuses, pero que sigas pidiendo pizza en la pizzería de la esquina de tu casa, porque el divertido relato que nos has regalado bien vale un viajecito de vez en cuando. Además sales muy contento y feliz en la foto en la que muestras tu precioso bazar.
    Mezclas el variopinto contenido de tu negocio con verdades innegables como: «Si dejas que un balón repose sin haberlo tocado, nunca acaba perdiendo aire» o «es que la gente prefiere librarse de cualquier cosa antes que intentar repararla» o la historia de la bañera que se llevaron la pareja de sesentones por la módica suma de 50.000€ o el actor empobrecido a quien le cobraste 9.000€ por una claqueta de realización de cine que te acababa de traer o… Humor, fantasía, locuras varias, ¡un universo paralelo!
    Me has hecho reír y eso siempre es de agradecer. Un abrazo fuerte
    Marlen

  7. Hola Marcos, es fascinante cómo has ido insertando todos los objetos, hablando de ellos, poniéndoles precio y fantaseando todo el rato. Te quedó un relato lleno de fantasía, muy imaginativo. Muy buena aportación al Vadereto de este mes. Un abrazo!

  8. Se nos pedía fantasía y desde luego tu relato lo destila a raudales, con y sin incoherencias. Además has usado muchos de los objetos que aparecían en la imagen también.

    Eso sí, con tu permiso, los precios de los artículos que vendía el protagonista en su bazar imaginario, no eran una ganga en absoluto jajaja.

    Un placer leerte.

  9. Hola, Marcos.
    Un relato extraordinario lleno de fantasía y, por qué no decirlo, de fascinantes locuras. Usaste los objetos de nuestro bazar con mucho arte para fabricar una historia a lo Tim Burton. Lástima que Carlos despertara (o lo sacaran de sus alucinaciones), eso nos privó de seguir disfrutando de tu creatividad e imaginación.
    Buen giro final. No soy muy aficionado a las pizzas, pero dado que te permiten vivir esas maravillosas experiencias… ¿Sirve esa pizzería a domicilio? 😜😂
    Felicidades. Muy bien engarzados los objetos de la imagen (mucho más de los tres pedidos) y transformados en una deliciosa historia. Muchas gracias por regalarlo al VadeReto.
    Abrazo Grande.

    1. Muchas gracias a ti por tu análisis, tan completo y detallado como siempre. Me animan mucho tus palabras; son para mi un chute de energía muy positiva que me ayuda a continuar escribiendo historias, y si es dentro de un reto como el Vadereto mensual más todavía.
      Un fuerte abrazo.

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Marcos

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