Naturaleza, rutas y escritura.

 

Corría el mes de octubre de 2018. Partíamos de la estación de Chamartín en un mes que ofrecía un clima propio del otoño y prometía no estropearse mucho allá en Asturias, en los Picos de Europa.

Fue un viaje de esos que marcan para siempre en el mejor de los sentidos y te invitan a repetirlo, aunque nunca sabes cuándo se volverá a presentar la ocasión.

El viaje en tren hasta Oviedo nos regaló a mi hermano Rubén y a mí una secuencia de paisajes que reflejaban la belleza presente en toda la tierra española. El hecho de discurrir entre montañas añadía una atracción irresistible a nuestra aventura, pues podíamos atisbar a través de las ventanillas las cimas de montañas cubiertas de roca caliza o bien de mantos verdes con la más diversa fronda.

 

Aquello era un crisol de coloridos tonos incluyendo el rojizo de la arcilla, el pardo de la arenisca, el verdear de praderas tapizadas de menta, orquídeas silvestres y gencianas; tierras donde una rica combinación de robles, abedules, acebos y castaños coloreaba la superficie como la paleta gigantesca de un artista.

A medida que nos acercábamos a nuestro objetivo, la Basílica de Santa María la Real de Covadonga, en el concejo de Cangas de Onís (Asturias), se hacía cada vez más presente esa ilusión que bulle en tu interior cuando emprendes un viaje de placer. Mirando por la ventana conectabas con el entorno natural como si ya hubieses empezado a transitarlo. Todas las persianas de aquel vagón de tren estaban subidas, de modo que contemplar la maravilla que nos rodeaba era posible casi desde cualquier ángulo. El relieve del terreno iba creciendo en altura, las cimas de la cordillera lucían crestas escarpadas. Estas ofrecían a la vista conjuntos de rocas combinados con praderones trasversales extendidos junto a robledales anaranjados. Era la impronta del otoño con su bosque tornasolado entre rojos y naranjas.

Las vistas se mantuvieron durante el trayecto que cubrimos en autobús desde Oviedo hasta Cangas de Onís, con paradas en la iglesia de Navas, Infiesto, Arriondas, Cangas de Onís y por último Covadonga.

 

La basílica

 

Nada más llegar, mi hermano y yo nos desplazamos hacia el impresionante edificio de la Basílica de Santa María la Real, construido con piedra caliza rosa propia de la región.

Fue declarada “Basílica menor” en 1901, un título que el Papa otorga a algunas iglesias católicas. La fachada principal es lo primero que divisamos nada más bajar del autobús. Con esa imagen en la retina, recogimos nuestras mochilas de trekking dispuestos a correr una aventura única, incomparable con ninguna otra salida senderista que hubiera hecho yo antes.

La basílica llama la atención por las esbeltas agujas que rematan las torres y la presencia indiscutible de esos tonos rosáceos de la sillería.

La entrada al edificio se hace por un pórtico adelantado a la nave, con tres arcadas de medio punto rematadas por una balconada. En todo el edificio destaca la tonalidad rosácea que aporta la caliza, contrastando con el verde intenso del paisaje.

Nos esperaban siete días de duras rutas entre el macizo occidental de los Picos de Europa, conocido como el Cornión, y el macizo Central o de los Urrieles. La idea era seguir el camino de la Reconquista, GR-PNPE 202 desde Covadonga hasta Espinama y terminar con el trayecto Espinama-Potes.

El templo fue diseñado por Roberto Frassinelli y levantado entre 1877 y 1901 por el arquitecto Federico Aparici y Soriano, de estilo neorrománico, construido en su totalidad en piedra rosada marmórea extraída del monte Auseva.

 

El Monte Priena

 

Protegiendo con sus lomas la Basílica de Covadonga se encuentra un monte histórico a más no poder: el monte Priena.

Desde este promontorio (725 m) el rey don Pelayo preparó una emboscada a las tropas sarracenas en el año 722, haciéndolas retroceder y dando lugar a la batalla de Covadonga, hecho que se considera el punto de arranque de la Reconquista. Es por eso que la cruz que corona este monte se conoce como la cruz de Pelayo.

Desde la cima, mirando hacia el sureste se puede divisar el Real sitio de Covadonga, con la basílica de Santa María la Real y la Santa Cueva, ambas asentadas entre los densos bosques del monte Auseva.

La basílica de Nuestra Señora la Real de Covadonga, con el monte Priena al fondo.

 

La sagrada cueva-santuario

 

El Santuario de Nuestra Señora de Covadonga o La Cueva de la Santina nos saluda desde su impresionante ubicación. Se trata de un santuario católico ubicado en las estribaciones del Monte Auseva. El monarca Alfonso I ordenó construir en el año 740 una iglesia de madera de tejo con tres altares. Estaban dedicados a la Virgen María, a San Juan Bautista y a San Andrés.

Hicimos el recorrido de subida hasta el Santuario contemplando la belleza de aquel entorno. Es una sensación a la que no puedes permanecer indiferente. Toda tu alma se llena de ella, de la frondosidad de esos bosques, de la montaña omnipresente ejerciendo su labor de guardiana de los sitios sagrados que la historia ha conservado para nuestro deleite y reconocimiento.

Estamos en el concejo de Cangas de Onís. Las cangas son senderos entre peñas de difícil y peligroso acceso, un anuncio de lo que está por venir en nuestro recorrido de siete días por los Picos de Europa.

En la imagen inferior, la Fuente de los Siete Caños del Santuario de Covadonga, que se encuentra bajo la cueva de La Santina.

 

Subida al monte Auseva

 

Según este estudio toponímico, el nombre Auseva proviene de la raíz prerromana au-s- (agua) y el componente -eva que podría remontarse al término deiw-dewa (divinidad, diosa).

Estamos en la comarca del oriente de Asturias, la tierra astur que primero recibe el baño del sol. Es Covadonga un lugar, santuario y parroquia arropado por el angosto valle que forman los ríos Reinazu y Deva. El lugar es venerado por miles de peregrinos que acuden allí durante todo el año.

El valle de Covadonga se haya acotado por la verticalidad del murallón del Monte Auseva (440 metros de altitud), extendiéndose por su cumbre un frondoso bosque conocido por los vecinos como “La Matona”. En el tajo vertical de su pared norte, se ha formado al cabo de los siglos una gran concavidad llamada La Cuevona o La Santa Cueva, donde se rinde culto a la virgen de Covadonga. Sobre la cueva se precipita el río de Las Mestas, que proviene de esos invernales boscosos y de la vega de Orandi, formando una vistosa cascada de unos veinte metros. Es El Chorrón, del que podemos disfrutar más que nada en épocas de deshielo y cuando la lluvia ha sido benévola con la zona.

La cascada da lugar en su caída a El Pozón

 

Allí, los visitantes arrojan monedas pidiendo un deseo según dicta la leyenda. Las aguas que proceden del pozo se unen a las que acumula la filtración a través de la roca caliza y dan nacimiento al cauce del río Deva. Las corrientes bajo el monte Auseva discurren por estos lares hasta que se funden con los ríos Reinazu y La Guxana, en el Campu del Repeláu, lugar a partir del cual reciben el nombre de río Deva.

 

Hay que señalar que hay dos ríos Deva, el que desciende a Panes por Potes, Urdón, La Hermida… y el que nace del monte Auseva en Covadonga.

Son las aguas divinizadas por un nombre, convertidas en diosas: «Deva» procede del indoeuropeo, deiw– (brillar, cielo, divinidad), en sánscrito, deva; latín deus, dea (Eduard Roberts, 1996: 34).

Por algo en la antigüedad los ríos se consideraban de origen divino, por la bondad de las deidades que ofrecían ese bien vital para el sustento.

Iniciamos la marcha desde El Pozón caminando por un trecho bien empedrado y jalonado por unas farolitas encantadoras, lo que puede despistar al caminante haciéndole pensar que es un paseíto cómodo.

Nada de eso, pues enseguida vemos un desvío señalizado hacia la derecha por el que debemos meternos para encauzar el ascenso. El cambio de perspectiva es radical. Desde la vista que se ofrece a nuestros ojos por un camino plano bien cuidado, hasta la panorámica de ascender por una trocha muy escarpada formada por tierra húmeda. Esta se separa en terrones y piedras resbaladizas bajo nuestros pies debido a la gran humedad reinante.

Los doce kilos de la mochila cuelgan sobre la espalda para recordarnos que además de vigilar nuestros pasos también hemos de estar atentos a mantener el equilibrio. Hay tramos que obligan a avanzar en vertical, a lo largo de los cuales estás atento a todos los asideros que puedas localizar en forma de rama.

Alcanzamos tramos donde el terreno se ensancha, algo muy de agradecer, y el bosque que nos rodea se manifiesta agreste, diverso y colorido. Bosque mixto en su parte baja, con más presencia de robles a medida que se asciende en altura y misteriosas hayas en la umbría.

Fauna

 

Abundan las aves propias de la zona, como los quebrantahuesos, las águilas reales y los buitres leonados. Además, hay cantidad de aves que viajan desde África para criar en este entorno, como la tarabilla, la collalba gris o el roquero rojo.

Los bosques mixtos atlánticos de los Picos de Europa, propios de la vegetación Eurosiberiana, son reliquias difíciles de encontrar en España. Aparecen en las zonas más bajas del monte intercalados con los prados de siega. Robles y avellanos se entremezclan con arces, tilos, fresnos, castaños y nogales; a sus pies, un sotobosque de zarzas, brezos y arbustos alfombra el descenso.

Además aquí habitan el corzo y el jabalí junto al tejón, que en el crepúsculo abandona su madriguera en busca de alimento. Entre otros, la marta, el armiño y la comadreja pululan entre la espesura enmarañada, junto al río Las Mestas y su eterno reflejo dorado.

 

Encinares relictos

 

Sorprende por su presencia en las paredes rocosas de los desfiladeros, el desarrollo de una espesura de encinas, laurel y madroño que forman una floresta muy atractiva. Esta selva aparece incluso en las laderas suaves de orientación sur, entre los 50 m y los 650 m. Son masas relictas, es decir, supervivientes de un grupo o especie prácticamente desaparecido. En otra época probablemente ocuparon la mayor parte del fondo de estos valles.

 

Hayedos umbríos y frondosos

 

Al comienzo del verano, las diferentes especies arbóreas muestran orgullosas un verdor fresco y vivaz, que sirve para contrarrestar las temperaturas más cálidas de la estación. La inmersión en el otoño aporta al Parque una plenitud colorista. Las hayas cobrizas compiten con los robles y castaños rojizos en contraste con los abedules amarillos y con el verde penetrante de brezos y piornos.

Nos adentramos en el enigmático y húmedo hayedo.

Puentecito sobre el río Las Mestas, en la cumbre del Auseva. Un poco más allá, sus aguas se infiltran por el sumidero natural para formar la cascada junto al Santuario.

La vega de Orandi, junto al río Las Mestas, en la cima del monte Auseva.

 

Finalmente, en el invierno, el visitante hallará a su paso un bosque desnudo, tapizado por el tupido manto de la hojarasca. Las nieblas envuelven estos boscajes en verano y otoño, mientras que en invierno ocupan zonas muy bajas cercanas a la costa.

Es la estación donde el lirón gris, adormecido, aguarda el tránsito del frío.

Y en primavera, las yemas infladas y rojizas de las hayas apuntan en sus ramas hacia un cielo de esperanza.


© 2025 Marcos Manuel Sánchez. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción, distribución o modificación sin el permiso expreso del titular.

 

Esto es todo de momento. Ya sabéis que siento pasión por los Picos de Europa. Esta es una entrega más de las muchas que publico sobre lo que ese entorno paradisíaco me hace sentir desde lo más profundo de mi ser.

Deja por favor tu comentario, que apreciaré mucho y dale like al corazoncito de más abajo si te ha gustado.

Os deseo mucha salud y mucha suerte.

 

Nota: todas las imágenes que aparecen publicadas en este post las he realizado durante el viaje que he descrito en este artículo.

© 2025 Marcos Manuel Sánchez. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción, distribución o modificación sin el permiso expreso del titular.

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11 respuestas

  1. Qué bonita tierra y cuánta naturaleza! Da gusto ver cómo la aprecias.
    Vaya pasada de flora y de arquitectura. ¡Ya tenía pendiente visitar Picos de Europa, pero ahora más! Me lo apunto para algún futuro viaje.
    Un abrazo!
    Celia

  2. Qué tierra maravillosa. Y qué envidia sana me das…
    Un disfrute de artículo, tanto por el paisaje y la botánica como por la parte humana de la arquitectura e historia. Genial.
    Tu blog debía ser de lectura obligada para todos los que amamos la naturaleza.
    Un abrazo!
    Maite

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Marcos

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